[R-P] [Enrique Lacolla] Guerra y racismo

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Sab Mar 17 08:17:52 MDT 2012


*Guerra y racismo *

/Por Enrique Lacolla/

/Un episodio brutal de la guerra en Afganistán –un soldado
norteamericano mató a sangre fría y porque sí a 16 civiles, en su
mayoría niños- debería servir de referencia para una definición de las
guerras coloniales, indisociables del racismo./

Todas las guerras son brutales, crueles y están plagadas de crímenes.
En ocasiones de crímenes contra la humanidad, dada la enormidad de las
masacres producidas sobre personas indefensas. Hay sin embargo un dato
que pone de relieve la diferencia que se se establece, no sólo entre
guerras justas o injustas, o entre naciones o incluso entre clases,
sino respecto a la guerra que se hace de acuerdo a prácticas
coloniales. Este dato no es otro que el desprecio fundado en el odio o
el desdén racial: para el agresor las sociedades a las que enfrenta
están integradas por no- hombres, por seres que son poco menos que
animales o alienígenas. “El choque de las civilizaciones” teorizado
por Samuel Huntington, es el resultado -cuidadosamente filtrado y
refinado, por supuesto-, de esta percepción visceral y se encuentra en
la base de un esquema mental que no es de ahora, pues proviene de
lejos; pero que, al confundirse con el discurso políticamente correcto
predominante en el occidente de hoy, conforma un espectáculo que se
cuenta entre los más repugnantes y cínicos que muestra la historia.

En el calor de la guerra y al compás de la propaganda la concepción
racista puede contagiar incluso a las colisiones entre los estados
imperiales. Tal fue el caso de la Gran Guerra y sobre todo el de la
segunda guerra mundial. Los alemanes, pongamos por caso, pese a ser un
grupo esencial de la civilización occidental, fueron descritos como
unos autómatas sin alma por la propaganda aliada y por consiguiente se
hicieron merecedores de los peores castigos, que fueron desde los
bombardeos terroristas que mataron a medio millón de ellos, a la
promesa de su erradicación como factor aglutinante de la Europa
central a través del Plan Morgenthau, que preveía la liquidación de
sus industrias y la reducción de Alemania a la condición de estado
agrario y apto apenas para proveer a su propia subsistencia. Los
alemanes evitaron este destino gracias a la existencia de la Unión
Soviética, que todavía se perfilaba como una amenaza sistémica al
capitalismo debido a su concepción comunista de la economía.
Necesitados del contrafuerte germano contra los soviéticos, los
norteamericanos archivaron el Plan Morgenthau y en su lugar lanzaron
el Plan Marshall.

No obstante, la designación de Alemania como víctima propiciatoria de
las rivalidades imperiales de occidente, no se fundó en una hostilidad
irremediable y estuvo mechada por una apenas disimulada admiración por
las cualidades marciales y la capacidad organizativa del Tercer Reich.
Algo parecido pudo decirse respecto de Japón, que también fue
requerido para asociarse con Estados Unidos en contra de la URSS y de
la China Popular para estabilizar el frente asiático, trastornado
después la guerra por la revolución encabezada por Mao Sé Tung. En
este caso, sin embargo, el componente racista del antagonismo
estadounidense respecto de su rival nipón en el extremo oriente estuvo
mucho más presente. Baste señalar que los norteamericanos de origen
japonés fueron los únicos descendientes de inmigrantes que fueron
trasladados a campos de concentración durante la guerra, mientras que
los alemanes y los italianos, que tenían asimismo raíces nacionales
originadas en países enfrentados con la Unión, siguieron con sus vidas
y sus carreras sin inconveniente alguno. Es más, como en el caso del
almirante Nimitz, ocupando alguno de los cargos de mayor
responsabilidad en el manejo de las operaciones.[1]

El odio y el desprecio hacia los japoneses se puso de manifiesto, de
una manera aun más terrible que en Alemania, en los bombardeos
incendiarios de las ciudades niponas en el último año de la guerra,
horrores que culminaron en la destrucción atómica de Hiroshima y
Nagasaki. Destrucción gratuita, practicada contra un país vencido, que
entre bastidores intentaba negociar la paz, y sobre dos urbes que
habían sido respetadas hasta entonces por los bombardeos a fin de
disponer de dos blancos intactos para probar la potencia de la nueva
arma. Esto permitió también arrojarla como una pesa en la balanza
internacional del poder en el momento de la victoria aliada.

Sin embargo, el componente más paradigmático de la bestialidad a que
puede arrastrar la concepción racista de la historia que arraiga en la
dinámica del imperialismo occidental, estuvo dado por la Alemania nazi
con su sistematización del concepto biológico de la nacionalidad, que
dio a su vez lugar al Holocausto de la población judía de Europa. La
oriental, principalmente.

Esta puesta en práctica de los extremos más escalofriantes de la
lógica del poder fue posible porque se verificó en el escenario de una
conflagración mundial. Sólo ahí, en el marco de una lucha sin
confines, se hizo factible no sólo la liquidación de la judería
europea sino también la puesta en práctica de un proyecto de
colonización y esclavización en masa de las poblaciones eslavas, que
tuvo un principio de cumplimiento en el intento de liquidación de la
/intelligentsia/ polaca y rusa en los territorios ocupados.

/Las circunstancias propiciatorias/

Para que estos crímenes a escala masiva puedan tener lugar hace falta,
en efecto, el elemento /globalizador/, la existencia de un espacio
donde todo es tan grande que se pierde la noción de las magnitudes, o
bien se establece un factor de distanciamiento que obnubila la
percepción de las cosas. Las prácticas coloniales en América, Asia y
África, que regaron de oro a la civilización europea y que hincharon
sus arcas a través de la piratería y la apropiación de la riqueza
ajena, estuvieron signadas por este último factor. ¿A quién le
interesaba la suerte de los indios, hindúes, chinos o negros que
vivían en lugares de los que se tenía una concepción legendaria antes
que real? Para los casi inexistentes medios de comunicación de los
siglos 16 y 17, 18 o incluso para los del 19 eran una remota
constelación donde –se presumía- convivían el atraso con la
ignorancia.

El presente y su red de información intercomunicada complican el
ejercicio desnudo de la fuerza al poner en contacto a universos que
resultan estar al alcance de la mano. Pero esos medios, al mismo
tiempo, disponen de un poder de saturación que puede suspender
momentáneamente la conciencia de la realidad en gran parte del
público. La primera posibilidad paraliza hasta cierto punto los
desafueros más extremos. Pero la segunda imposibilita una reacción
orgánica contra la injusticia. De no ser por el primer factor, ¿podría
imaginarse que el problema palestino siguiera en pie, sin que los
elementos más fundamentalistas de Israel no hubiesen intentado aplicar
su propia Shoah contra ese pueblo? La Nakba, o Catástrofe, la
expulsión terrorista de los palestinos de sus hogares en 1948, fue un
anticipo de lo que pudo pasar. Asimismo, una situación de conmoción
general en el mundo podría dar lugar a que se repitiese, en el
escenario mesoriental, la triste suerte de los judíos europeos entre
1941 y 1945.

Atrocidades peores se dieron en el mundo colonial: durante la
dominación británica en la India, en la colonización española de
América –donde sin embargo ese fenómeno se fundió con un proceso de
mestizaje que dio lugar a una nueva cultura-; en el exterminio de los
pieles rojas o en las infinitas atrocidades cometidas por los blancos
y los árabes contra las culturas de la negritud del África profunda el
racismo sirvió para exculpar a los depredadores y para justificar la
conciencia que tenían de sí mismos.

Las guerras que Estados Unidos ha estado llevando adelante después de
1945, pero muy especialmente las que ha desencadenado después de la
caída de la Unión Soviética y del 11 de diciembre de 2001, han estado
imbuidas por este componente racista al que la retórica democrática
hace doblemente detestable. La falacia largamente probada en el pasado
acerca del “mensaje civilizatorio” que los estados europeos propagaban
por el mundo a cañonazos y a punta de bayoneta, se repite en el
presente con una desfachatez insoportable. A veces una imagen vale por
cien mil palabras y días pasados, en una portada on line de la revista
Rebelión, hubo ocasión de ver una caricatura que denuncia esa ecuación
hipócrita con gran precisión. Por desgracia no pudimos reencontrar la
imagen para reproducirla aquí, pero su descripción vale: un bombardero
norteamericano deja caer una hilada de gruesas de bombas y con ellas
se va componiendo la siguiente oración:

/Let

me

teach

you

Democracy./

“Permíteme que te enseñe Democracia”.

El soldado norteamericano que una noche se fue a dar un paseo afuera
de su base en Afganistán y mató a 16 mujeres y niños en las dos casas
en las que se introdujo y donde vació sus cargadores, es un ejemplo de
la locura a que puede llevar ese tipo de doble concepción, que integra
la retórica “liberadora” con la práctica de actividades exactamente
opuestas a ese mensaje. Venía de cumplir dos turnos de servicio en
Irak y estaba comenzando un tercero en Afganistán, de modo que no
faltarán quienes invoquen el estrés del combate para justificar su
acto; pero semejante conducta hubiera sido imposible si en el fondo de
su odio no perdurase el efecto de una intoxicación propagandística que
muestra a los musulmanes como a seres extraños, invariablemente
fanáticos, opresores de su entorno familiar e inmunes al discurso de
la modernidad. La burbuja informativa en que vive gran parte del
público norteamericano contribuye a demonizar a los musulmanes, que
para sectores de la opinión se están convirtiendo en lo que los judíos
fueron, tanto para los alemanes como para un ancho sector de la
opinión europea, durante las crisis del siglo XX. Esto es, en la
encarnación de todos los males y en los chivos expiatorios en los que
descargar las propias culpas. Representantes de una dimensión cultural
que se supone ajena e inasimilable, los musulmanes son susceptibles de
ser tratados de la peor manera posible y los factores que de verdad
cuentan en el diseño de los conflictos –petróleo, materiales
estratégicos, geopolítica, maximización del beneficio- hacen de su
presunto carácter demoníaco una óptima cortina de humo para
disimularse. Estamos frente a una empresa colonial a escala inédita, a
una globalización asimétrica que intenta crear un apartheid mundial.

Pero la historia, por supuesto, no termina aquí.

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Nota

[1] El almirante Chéster Nimitz fue el comandante en jefe de la Flota
del Pacífico y el Comandante en Jefe del Área de Operaciones del
Pacífico hasta la rendición japonesa.

(www.enriquelacolla.com)


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Néstor Gorojovsky
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