[R-P] Los Cañones de Malvinas

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Lun Ene 9 07:02:33 MST 2012


[Como decía Marechal, la mejor espada es la que se forja en el propio
suelo, el que está llamada a defender. Ya que ahora estamos hablando
del nuevo papel de las FFAA, no estaría mal recordar estas cositas...]

Gentileza Fundación Malvinas Ushuaia

Los cañones de Malvinas

Por Alejandro J. Amendolara

Las piezas de artillería cordobesas que fueron trasladadas a las islas
se convirtieron en un arma
 clave para las tropas argentinas y se ganaron el respeto de los
ingleses; hoy una de ellas ocupa un lugar en el Museo de los
Paracaidistas de Aldershot, cerca de Londres.



Es la mañana del 1º de mayo de 1982 en Puerto Argentino. Pocas horas
atrás habían terminado los ataques aéreos de los Vulcan y Sea Harrier
sobre el aeropuerto y otros objetivos estratégicos en las islas. Ahora
sería el turno de los buques británicos de acercarse a las costas para
continuar el castigo sobre las posiciones argentinas con su artillería
naval.

La reacción argentina no tardaría en llegar. Varias oleadas de aviones
Dagger arrojaron sus bombas sobre las embarcaciones enemigas, las que,
tras evaluar los daños recibidos, debieron repensar seriamente sobre
la táctica utilizada.

A partir de entonces, las incursiones de bombardeo naval se
realizarían sólo por la noche, lejos del alcance de la artillería
terrestre y sin la molestia de las aeronaves argentinas,
imposibilitadas de operar en misiones de ataque naval nocturno.

Transcurrían las noches, y la guarnición argentina sufría el constante
martilleo de los proyectiles británicos. Cada buque tenía un cañón
automático de 115 milímetros, con capacidad para efectuar 80 disparos
por minuto. Resultaba indispensable dar una respuesta. Y rápido.

En la tarde del 13 de mayo, aterrizaba en Puerto Argentino un C-130
Hercules de la Fuerza Aérea Argentina, luego de un prolongado vuelo
rasante sobre las olas del mar burlando el bloqueo. Al abrirse la
compuerta de la bodega de la aeronave, no fue poca la sorpresa. Se
asomaba la boca de una mole impresionante: era un cañón remolcado
Sofma, calibre 155mm
 L33 Modelo 1977, del Ejército Argentino.

La pieza había sido concebida y desarrollada en Argentina por Citefa
durante la década del setenta, y producida en la Fábrica Militar de
Río Tercero, en la provincia de Córdoba.

Tenía un alcance máximo de 20 kilómetros, con munición convencional de 43 kilos.

Suficiente para que los incursores perdieran también su impunidad
nocturna. La pieza era considerada de gran avanzada y con
características similares a las mejores del mundo. Ahora sería su
turno para demostrarlo.

Tres días después, y con la pista de aterrizaje totalmente a oscuras,
llegó otro Hercules con una segunda pieza.

Por su gran tamaño (más de 10 m de largo), estos cañones recibieron en
Malvinas apodos afectuosos, tales como "Gran Berta", "Gran Chaparral",
"Gran Leopoldo", luciendo inscripciones
 jocosas alusivas a algún miembro de la corona sobre sus tubos.

Se decidió su emplazamiento en los alrededores de Puerto Argentino,
sobre el camino que pasaba por Sapper Hill, al abrigo de su ladera
nordeste. El peso del cañón (8500 kilos) y la ausencia de caminos
adecuados provocaban su hundimiento en la esponjosa turba malvinense.
Ello causaba grandes limitaciones en su movilidad, requiriendo un
mayor trabajo y la utilización de una retroexcavadora para lograr el
emplazamiento de las piezas en su posición, a unos 150 metros una de
otra. Estas tareas y el traslado de la pesada y escasa munición
culminaron al día siguiente. Como jefe de la Batería "D" del Grupo de
Artillería 3 fue designado el teniente primero Luis A.
 Daffunchio, de quien se decía que a los Sofma "los tiraba al aire y
caían parados". Los soldados argentinos, refregándose las manos,
comenzaban a sentir que vengarían las molestias nocturnas de las
últimas dos semanas. Ahora había que esperar. Pero no por mucho
tiempo.



Bautismo de fuego

Esa misma noche, pasadas las 23:00 hs, el jefe de la pieza recibió la
información sobre la aparición en el radar de un eco sobre el mar. Era
un buque que navegaba hacia el circuito de tiro cerca de la costa para
cumplir con su rutinaria tarea de bombardeo naval contra las
posiciones argentinas, confiado en la ausencia de respuesta. Esa noche
se
 equivocaría.

Con los datos suministrados por el radar se establecieron la distancia
y el ángulo de dirección para el disparo que, sumado a la velocidad
del buque y el tiempo estimado en que el proyectil llegaría al blanco,
permitiría preparar la pieza para abrir fuego. La munición era escasa,
por lo que los artilleros argentinos no podían permitirse fallar.

Cuando el incursor se encontraba a unos 18 km de distancia, el
silencio de la noche se quebró con el hasta entonces desconocido
estampido del disparo del Sofma. Para sorpresa de la desprevenida
tripulación, los impactos cayeron cerca del buque. Si bien no causaron
daño,
 lograron el efecto esperado. Abruptamente la nave viró con rumbo
opuesto, alejándose a toda velocidad. La guarnición argentina estalló
en júbilo. El efecto sobre su moral resultó asombroso. Habían
culminado las infernales noches de impotencia contra los buques
agresores.

En la noche del 17 de mayo se repetiría la acción. A las 22:50 hs, el
radar recibió un eco ubicado a unos 30 km de la costa. Pocos minutos
después aparecieron en la pantalla dos ecos más, que se aproximaban a
gran velocidad en dirección a la costa. Ahora se contaba con un
segundo cañón. Los buques comenzaban a realizar el habitual circuito
de carrusel para el bombardeo naval. Los artilleros argentinos
concentraron el fuego sobre uno de los blancos. Con los primeros
impactos sobre el agua, los tres buques
 repitieron la desesperada maniobra, alejándose velozmente del lugar.
Ya no se acercarían más impunemente. Había comenzado un duelo personal
entre los buques ingleses y la artillería argentina.


Mirando al poniente

A principios de junio, con la infantería y artillería británicas
aproximándose desde el oeste sobre el perímetro defensivo de Puerto
Argentino, los Sofma recibieron una nueva tarea. Durante el día debían
apuntar sus bocas de fuego en dirección a los cerros que comenzaban a
ser ocupados para el avance final sobre la capital isleña.

Así, en varias oportunidades efectuaron disparos sobre los montes Kent
y Wall, atacando posiciones de artillería, infantería y puestos de
observación enemigos.

Los efectivos británicos rápidamente aprendieron a distinguir el
zumbido de la munición de 155 mm aproximándose, y a hundir sus cabezas
en la turba apenas lo escuchaban.

Los intentos para silenciar la molesta artillería argentina fracasaban
uno tras otro.

Las tropas enemigas recibían su castigo mientras intentaban avanzar
sobre Monte Longdon, Dos Hermanas y Monte Harriet.

Ahora eran los ingleses los que sentían la impotencia. Y su paciencia
estaba llegando al límite.

En la mañana del 12 de junio, mientras los cañones eran aprestados
para realizar una salva de disparos sobre blancos terrestres, dos
aviones Harrier GR3 se lanzaron temerariamente en vuelo rasante hacia
las posiciones argentinas ubicadas en las cercanías de Sapper Hill.
Buscaban los cañones de 155 mm. Lanzaron sus bombas racimo alcanzando
una de las piezas, hiriendo
 además a varios de sus sirvientes, incluyendo a "Tom", el perro
mascota que los soldados habían traído del continente. Uno de los
aviones fue alcanzado por el fuego de armas livianas, y
dificultosamente aterrizó en el portaaviones HMS Hermes, con un
incendio en la zona posterior de su fuselaje. Si bien fue reparado, no
volvería a participar en la guerra. El incursor pagó cara su osadía.
La localización y ataque a las posiciones de estos cañones serían una
de las máximas prioridades para la Royal Artillery y la Royal Air
Force durante la campaña. En la costa, disipados el humo y la
confusión, las ruedas de una de las piezas quedaron hechas jirones,
inmovilizando el cañón. Con la posición convertida en terreno arrasado
por las bombas e innumerables proyectiles navales, se decidió su
traslado al día siguiente a una nueva. Los ingleses tendrían un
respiro, pero breve.

Pasarían menos de 24 horas para que otro cañón, junto con más
munición, llegara a las islas en la bodega de un avión Hercules. En
prevención de otros ataques, la pieza recién llegada fue transportada
a una nueva posición más hacia el este de la anterior, adonde llegó
luego el cañón sobreviviente del ataque aéreo.

El asalto final sobre Puerto Argentino se aproximaba. Los duelos de
artillería eran incesantes. A los Sofma se les sumaban los obuses Otto
Melara de 105 mm, pero las piezas inglesas quedaban fuera del alcance
de los proyectiles argentinos. Ello hacía muy arriesgada la situación
de nuestros artilleros, obligándolos a cambiar su posición
permanentemente para evitar ser
 alcanzados. Pero la munición les estaba escaseando.

El último vuelo en entrar a Puerto Argentino en la noche del 13 de
junio llevaba en su vientre una última pieza de 155 mm. Tal vez, un
intento desesperado para prolongar el desenlace final. Sería muy
tarde. Las tropas inglesas ya estaban en las afueras de la capital y
esa última noche los artilleros argentinos callarían finalmente sus
cañones. Dispararon hasta agotar su munición.

En la mañana siguiente se produjo el cese del fuego.

El último cañón no alcanzó a ser emplazado y quedó estacionado en una
de las calles de la ciudad.

Los artilleros sacaron de sus piezas los blocks de cierre,
enterrándolos en la turba, en un intento para inutilizarlas.

No fue poca la sorpresa de los ingleses al constatar la escasa
cantidad de cañones Sofma que tantos dolores de cabeza les habían
ocasionado.

Cualquier inglés que hubiera experimentado la sensación de quedar bajo
el fuego de los 155 mm, con sus esquirlas y explosiones, aún los
recuerda con respeto. La reputación que por estos cañones nació entre
las tropas de elite inglesas los llevó a conservarlos como trofeos.

Una de las piezas fue colocada en un lugar de honor en el Museo de los
Paracaidistas en Aldershot, a pocos kilómetros de Londres.

Con inmensa fortaleza y coraje, contando con cañones fabricados en el
país, al igual que los forjados por fray Luis Beltrán más de un siglo
y medio antes para el Ejército de los Andes, los artilleros argentinos
habían cumplido su misión.

Desarmar a las Fuerzas Armadas es desarmar la Nación y entregarla por
unas rupias a cualquier patán.......

Es traicionar la herencia recibida de San Martin, Belgrano, Güemes,
Brown, y tantos próceres esculpidos en el bronce....

También es darle la espalda a los que quedaron en Malvinas creyendo en
la Gran Patria Argentina......

Es despreciar el sacrificio y la sangre derramada en nuestra Nación.....

Es traicionar el juramento hecho a la Celeste y Blanca......

Tengamos memoria con los traidores....

Dr Alejandro Luis Gallo


--

Néstor Gorojovsky
El texto principal de este correo puede no ser de mi autoría



Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular