[R-P] [Enrique Lacolla] Fundamentalistas sin turbante

Nestor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mie Sep 22 13:28:36 MDT 2010


*Fundamentalistas sin turbante*

/Por Enrique Lacolla/

/A nueve años del 11/S el mundo es un lugar cada vez más peligroso, 
donde las tensiones parecen fijarse en contradicciones insanables. Sólo 
en América latina reverdece la esperanza/

El naufragio de la utopía socialista y el materialismo desenfrenado de 
la sociedad de consumo han erosionado los fundamentos morales de la 
concepción de la vida que informara hasta hace poco la visión de las 
cosas para la generalidad de las gentes. Temas como la responsabilidad, 
la aplicación al trabajo, la disciplina y la certidumbre acerca de la 
existencia de objetivos, trascendentes o inmanentes, que debían fundar 
nuestro paso por el mundo, se convirtieron en conceptos débiles. Pero el 
vértigo de los cambios tecnológicos y su impacto en el entorno, el 
deterioro psicológico que ello implica y la degradación de las 
condiciones de vida de gran parte del planeta, más la evidencia de la 
flagrante injusticia que castiga a enormes cantidades de gente en 
África, América latina, Asia y en los segmentos menos privilegiados de 
las sociedades desarrolladas (no nos animaríamos a decir “cumplidas”), 
suponen, sin embargo, una tortura insoportable. Para escapar a ella 
muchos se han lanzado a la búsqueda desesperada de motivaciones por las 
que vivir y, si es necesario, morir. El eclipse de la utopía “racional” 
ha dado lugar al avance de las utopías, o más bien distopías, en sentido 
inverso. El fundamentalismo se ha convertido así en uno de los elementos 
que distinguen a los tiempos que corren.

El universo islámico es el más fecundo en casos de este tipo. El 
ahogamiento de los intentos de modernización a la europea por el mismo 
Occidente que los ofrecía como ejemplo, rompió el espejo en el cual 
muchos musulmanes pretendían mirarse. En su lugar cobró vigor entonces 
una reviviscencia de los antiguos preceptos de la “sharia” y de una 
comprensión rigorista de la vida, con el añadido de una pulsión 
vengativa respecto de los “infieles” que no sólo no comparten esa mirada 
sino que son considerados como directos responsables de un estado de 
cosas manifiestamente injusto, cuya brutalidad se expresa en continuos 
bombardeos, bloqueos, corruptelas de sus agentes locales e invasiones a 
troche y moche. La respuesta ha consistido en una erupción de 
/kamikazes/, de voluntarios suicidas dispuestos a volarse para arrastrar 
consigo al mayor número posible de quienes ven como parte del sistema 
innoble que los oprime.

Más allá de los entretelones conspirativos que pueden haber aceitado la 
vía para que los atacantes del 11/S llevaran a cabo su ataque contra las 
Torres Gemelas, no puede haber dudas acerca de la determinación de esos 
individuos en inmolarse. Y los cientos de ataques suicidas con los que 
fundamentalistas iraquíes o afganos reaccionaron contra las invasiones 
estadounidenses, más los ya conocidos, de antigua data, producidos 
contra los israelíes, también atestiguan sobre la resolución de esas 
gentes. Aunque sin duda ese furor es utilizado por la CIA, el Mossad y 
el MI6 para montar provocaciones dirigidas a encontrar pretextos que 
sostengan las líneas maestras de la política agresiva de Occidente, la 
verdad es que unos individuos provistos de esa resolución no dejan de 
representar un peligro para el común de las gentes que pueden ser 
objetivo de sus acciones o víctimas “colaterales” de ellas, para usar 
una de las figuras favoritas de los mandos militares estadounidenses.

La gran engañifa del terrorismo como emergente demoníaco de un averno 
subterráneo, es utilizada sin reparos por los /mass media/ del Occidente 
imperial. Esto suscita a su vez rebotes en el seno de sus propias 
sociedades, donde hay una tendencia creciente a repeler a los individuos 
provenientes de otras culturas como si fuesen alienígenas. Dentro del 
esquema de contrapesos que regenta el sistema, esa contradicción puede 
ser utilizada para los fines de este, al suministrar un pretexto para 
recortar aun más las libertades civiles y para reforzar un control que 
ya es poderoso gracias a la hegemonía del discurso comunicacional; pero 
no deja de suponer peligros. Un ejemplo de tales riesgos lo dio días 
pasados la furibunda reacción que generó un proyecto de la comunidad 
islamita de Nueva York en el sentido de levantar una mezquita en las 
proximidades del /Ground Zero/, es decir, cerca del lugar donde se 
elevaban las torres del Centro Mundial de Comercio, demolidas en los 
atentados del 11 de Septiembre de 2001. Todo el abanico del pensamiento 
conservador norteamericano y una amplísima gama del público reaccionaron 
airados contra semejante ocurrencia, juzgada como agraviante.

Un ignoto pastor protestante llamado Terry Jones se montó en la oleada 
de indignación para promover al 11 de Septiembre, el día del aniversario 
del ataque a las Torres, como una ocasión para un gran auto de fe en el 
cual se arrojarían a las llamas cuantos ejemplares del Corán pudieren 
hallarse en las inmediaciones de su templo, incitando al resto de la 
población a hacer lo propio. La vía para tal mensaje fue Facebook. Los 
medios se abalanzaron sobre tan tentador cebo y al presidente Barack 
Obama se le prendieron todas las alarmas. Un gesto semejante no puede 
sino agravar las tensiones interraciales en Estados Unidos y generar una 
violentísima reacción en el mundo musulmán, dijo, exhortando al pastor a 
rever una actitud que para la Constitución de Estados Unidos no es 
ilegal. Lo mismo pensó el general David Petraeus, comandante de las 
fuerzas que ocupan Afganistán, quien puso en guardia acerca del rebote 
que semejante proceder tendría en su campo de operaciones y de los 
riesgos y las urgencias que generaría. No hubo que esperar mucho para 
comprobarlo: ayer mismo cayeron allí las primeras víctimas de los 
disturbios suscitados a propósito de la grotesca propuesta de Jones.

Después de la intervención presidencial el pastor en cuestión volvió 
sobre sus pasos, moderó su discurso y proclamó su deseo de encontrarse 
con el Imán neoyorquino que propuso levantar la mezquita. Pero sus 
afirmaciones fueron elusivas y, de cualquier manera, el daño ya estaba 
hecho.

Las culturas y los pueblos discurren en planos antagónicos y a la vez 
complementarios. Sus acuerdos y desacuerdos en definitiva confluyen en 
la generación de nuevas formas de vida, a lo largo de la historia. Pero 
cuando lo que está en juego es la lógica del poder global, cuenta 
esencialmente la utilización de esos antagonismos y diferencias para 
exacerbarlos y tornar a la gente llana cada vez menos capaz de acceder a 
una comprensión abarcadora que acepte la figura del Otro como la de un 
semejante. Se lo hace abstracto, se lo reduce a una imagen 
despersonalizada y se lo nulifica como ser humano. Dato que hace viable 
su exterminio. Es, para la mentalidad alienada por el miedo, poco más 
que una cosa y suprimirlo aplicando la fuerza desmesurada de que 
Occidente dispone se convierte en una tentación irresistible. El campo 
de acción que una predisposición semejante da a los factores de poder 
del sistema imperial es enorme, si este actúa con rapidez a través de la 
niebla informativa y de la suspensión del buen sentido que una situación 
paroxística puede generar en el público. Los gobiernos de las potencias 
son duchos en este tipo de procedimientos.

/La derechización de Europa y la excepción latinoamericana /

Ahora bien, amén de los fundamentalismos –musulmán u occidental, 
derivado este último del racismo ínsito en las tendencias xenófobas que 
cada vez se expanden más en Europa y en Estados Unidos- hay también un 
deslizamiento hacia la derecha en grandes capas de la población del 
Occidente avanzado. ¿De quién es la culpa? Pues… de la izquierda. Porque 
las diversas vertientes de la social democracia hace rato que han 
abdicado incluso sus veleidades reformistas para acoplarse al discurso 
neoliberal. La predisposición a antagonizar al sistema capitalista, ya 
muy moderada desde los albores del siglo XX, se ha convertido en una 
aquiescencia hacia este que ni siquiera se esfuerza por preservar las 
conquistas del Estado de Bienestar sino que, por el contrario, se aboca 
a reducirlas o mocharlas, como está ocurriendo ahora en la España de 
Rodríguez Zapatero. El discurso políticamente correcto, la evasión de 
cualquier asomo de confrontación –aun de confrontación democrática, 
institucional y acorde a las reglas del juego- implican la ausencia de 
cualquier alternativa que compita con el sistema a través de vías que de 
veras encaucen el debate. La consecuencia es una afluencia marcada hacia 
algunas variantes de la derecha que por supuesto no van a arreglar nada, 
pero que suministran una imagen de resolución y de tratamiento 
expeditivo de los problemas que resulta en suma bastante más 
reconfortante que el balbuceo leguleyo y la justificación vergonzante de 
los ajustes que practican quienes desde el gobierno deberían encargarse, 
por el contrario, de poner coto al salvajismo o la codicia del capital 
financiero y empresario. Silvio Berlusconi es un paradigma de esa clase 
de referente.

No todo es desesperanza en el mundo de hoy, sin embargo. El contrapeso 
del panorama que acabamos de esbozar está dado por la situación que se 
vive en Latinoamérica. No es que aquí no existan problemas de bulto 
–todo lo contrario- pero hay un trabajo en progreso en el seno de estas 
sociedades que excede las debilidades e inseguridades de sus direcciones 
y las dificultades que permanentemente siembran quienes quieren que nada 
cambie. Quizá esta situación se deba en parte a la arrasadora 
experiencia de la represión y de la contrarrevolución neoconservadora 
que devastaron estos lares. La economía neoliberal dejó una tierra 
arrasada y persiste aun en la absolutización de su modelo privatista, 
que pretende imponer, más que una política de /laissez faire/, una de 
/faire main basse/ sobre las riquezas y los recursos nacionales. Este 
proyecto ha sido paladeado en todo su horror por estos países y su 
recuerdo sugiere la necesidad de elaborar proyectos distintos al de ese 
modelo y que nos permitan no volver a él.

Con las inconsecuencias y debilidades que son connaturales a unas 
sociedades que no han atinado aun a generar cuadros políticos dotados de 
gran visión estratégica, en América latina se están abriendo paso 
proyectos alternativos que responden a una lógica diferente a la de la 
locura fundamentalista o a la del conformismo político pronto a mutarse 
en agresividad xenófoba que se perciben en otras partes del mundo. En 
Venezuela, Brasil, Argentina, Ecuador, Paraguay y Bolivia hay procesos 
de integración social que, por endebles o insuficientes que sean, 
representan un gran paso adelante. Más que la amenaza del enemigo 
exterior, el mayor obstáculo que encuentran es interno, y consiste en la 
ausencia de una oposición racional, que defienda los intereses del 
estatus quo configurándose, según la definición de la politóloga Chantal 
Mouffe, como una contrahegemonía pero sin caer, como lo hace, en un 
antagonismo feroz. En un antagonismo furibundo, amén de estúpido, que se 
erige en una máquina de impedir y que, si pudiera, procedería a romper 
los marcos de una institucionalidad apenas inaugurada para volver a 
implantar el vale todo del capitalismo salvaje.

Las nuestras son sociedades jóvenes, frescas, sin lastras ideológicas 
enconadas (salvo en el caso de algunos grupúsculos de locos sueltos) y 
listas por lo tanto a dirimir una batalla por la vida muy diferente a la 
de las pulsiones suicidas que se incuban en el seno de las masas 
oprimidas sin remedio o en los búnkeres económicos y militares del Imperio.

Ojala este siglo pueda ver la concreción de esa esperanza.

(www.enriquelacolla.com)







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