[R-P] [Alicia Dujovne Ortiz] Pogrom

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Mie Dic 15 05:45:35 MST 2010


[Alcia Dujovne Ortiz es una refinada mujer que escribe en "La Nación",
no entiende porqué el funcionariado ruso le pone mala cara a un
investigador que viene de Francia a leer los archivos del Estado, ha
pasado de ser hija de un militante stalinista a una visión liberal y
(no necesariamente es una contradicción) más o menos popular de la
vida, ha tratado de reivindicar la trayectoria de su padre (quien a su
modo logró sacarse de encima el antiperonismo cerril del viejo PC y
trató de ponerse al servicio de algún pueblo latinoamericano, en este
caso el de Bolivia). Y además recuerda que la Revolución de Octubre
tenía un sentido: el de terminar con las condiciones sociales que,
entre otras cosas, hacían posible un pogrom.

Hoy en día está de moda (cosas del oportunismo de aquellos que sufren
una derrota moral) olvidar esos pequeños detalles que validan ante la
historia humana esa revolución. Pero la Dujovne Ortiz, con buen
criterio, no sigue esa moda.

Entonces, una fuente insospechable de "populismo" pero que sabe muy
bien de qué se trata, define lo que hizo el macrismo en el Parque
Indoamericano como lo que realmente es: EL PRIMER POGROM EN LA
ARGENTINA.

Un pogrom antiboliviano, antiparaguayo, tan miserable como cualquier
otro pogrom.

Excelente nota.]

Pogrom
Por Alicia Dujovne Ortiz *

Cuando yo era chica, mi madre, bolche si las hubo, solía referirse a
un misterioso personaje llamado “pequeñoburgués”. A juzgar por el
rictus de sus labios, el tamañito del personaje no la enternecía para
nada. Además, la mención del pequeñuelo iba siempre acompañada por la
palabra “prejuicio”. Un montón de cosas que a mí me encantaban eran
desechadas categóricamente por formar parte del “prejuicio
pequeñoburgués”. Con el correr del tiempo tuve por fuerza que admitir
la existencia real del enanito, y comprender, de paso, que su pequeñez
no sólo se relacionaba con su bolsillo, menos abultado que el del gran
burgués, sino con las dimensiones de su cerebro. No es que la gran
burguesía no tenga cerebro de mosquito, sino que el del pequeñoburgués
se empequeñece en la medida misma de su terror a que los haberes se le
reduzcan todavía más, y a pasar de medio o cuarto de burgués a pobre
entero. La definición del pequeño burgués y de su prejuicio podría
justamente ser: alguien con miedo.

¿De qué? De que el diferente no se le vaya a convertir en semejante o,
más bien, de que él no se encuentre de buenas a primeras convertido en
otro: pobre, negro y feo. Y maloliente, ya que estamos. Cuando Jacques
Chirac quiso congraciarse con la mayoría de pequeñoburgueses
prejuiciosos que integra su país, aludió a “los olores” de la
inmigración. Lo mismo ha hecho Sarkozy con los gitanos, obteniendo
como compensación un 60 por ciento de opiniones pequeñoburguesas
favorables, y lo mismito, para decirlo en boliviano, acaba de hacer
Macri.

La falta de ternura de mi madre hacia el personajito de marras se
basaba en cierto conocimiento de la historia. ¿Cómo se arma un pogrom?
Atizando el miedo de los pequeños y, créase o no, su envidia: ese
judío ropavejero tiene más plata que yo, a ese negro de mierda lo
ayudan con planes y a mí no. Siempre hay un Zar o un Führer que echa
leña al fuego y siempre los punteros por ellos enviados con el objeto
de excitar al pequeñoburgués encuentran las palabras justas para que
el temeroso y/o envidioso, en general buen muchacho, buen padre y buen
amigo, se vuelva criminal.

Como uno, lo del buen muchacho, un poco se lo cree, la imagen de la
policía y de los barrabravas masacrando a miembros de una de las
comunidades inmigrantes más solidarias y laboriosas de la Argentina me
impresionó menos que la de los honrados vecinos envueltos en la
bandera argentina, como durante la Guerra de la Soja. Que hay
violencia organizada lo sabemos, pero calibrar la potencia generadora
de esa violencia, su capacidad de avivar la que hasta ahora había
permanecido en estado latente en el interior de las vísceras
pequeñoburguesas ya cuesta más. Si con alguno de los actores de este
drama me identifico, aparte de los bolivianos industriosos, es con el
médico al que le dio un ataque al corazón cuando le bajaron al pibe
herido de la ambulancia con la pretensión de fusilarlo en tierra.
Semiataques a menudo han sabido darme cuando los choferes de taxi me
prometían cortar a los negros a rebanadas o, solución final, proponían
coserles las trompas a las negras para que no siguieran pariendo, pero
una cosa es palpitársela y otra verla.

Lo único que me consuela es que a los bolivianos los conozco. Los
conocí antes, mucho antes de que vinieran a sembrar los alrededores de
nuestra ciudad, trabajando de sol a sol y llenándonos la vida de
plantas y verdura barata, lindas santarritas, zapallos cortaditos con
paciencia ancestral (el Conurbano tendrá la napa contaminada, pero
igual, para ellos, plantar sobre la tierra negra, viniendo de la luna
cenicienta en la que han nacido, es un regalo divino). En los años
cincuenta viví de cerca una de las primeras revoluciones
latinoamericanas, la del MNR que hizo la reforma agraria en tiempos de
Paz Estenssoro y Siles Zuazo. Esa revolución se vino abajo como
tantas, pero fue entonces cuando aprendí a admirarlos. Si la
definición del enano blanco, también llamado pequeñoburgués, es la de
miedoso, la del indio o el cholo boliviano es la de resistente. Un
pueblo que ha durado desde el Incario manteniendo el sentimiento
comunitario no es tan fácilmente expulsable como lo creen nuestros
esforzados patriotas cubiertos de azul y blanco (colores a los que amo
demasiado como para que verlos usados para eso no me dé grima). Basta
observar a las familias bolivianas distribuyendo sus guisitos de toldo
en toldo, o reunidas en círculo y guardando una distancia respetuosa
en torno de la viuda de un asesinado, para entender que ese Parque
Indoamericano de nombre premonitorio acabará por ser suyo.

Mientras tanto, hemos asistido a nuestro primer pogrom. La Semana
Trágica tampoco estuvo mal, pero los que quemaban barbas de judíos
eran militantes nacionalistas y niñitos bien. Estos honrados vecinos
de los monoblocks de enfrente se hallan lejos de ser pitucos, no están
afiliados a nada, no tienen ninguna ideología, salvo la de aferrarse
con uñas y dientes a sus bienes y defenderlos de su enemigo, el negro.
Es por eso que marcan territorio meando alrededor, lo cual no torna
más fragante la historia.

En cambio puede que la torne más peligrosa: tampoco la baja clase
media alemana de los años veinte comenzó por tener ideología; lo que
tenía era bronca, desazón y, es claro, miedo. Esta que a nosotros nos
ha crecido como un grano, como una excrecencia, esta que traiciona la
memoria del abuelo, el que llegó con el monito al hombro, se ha
desnudado en público, o, como dicen los psi, ha pasado al acto. Su
racismo primario, sus dos dedos de frente y, digámoslo con dolor y
temblor, sus evidentes ganas de aplastar cráneos la convierten en una
excelente materia prima puesta a disposición del que la quiera usar.
Por lo visto, alguien quiere.

Concluyo estas líneas con un sentido homenaje (o un feminaje, para no
emplear una palabra que no me corresponde en vista de mi sexo) a la
extrañada Silvia Bleichmar que, refiriéndose al jefe de Gobierno
porteño, escribió con sencillez: “Esto es El huevo de la Serpiente”.

* Escritora.

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Néstor Gorojovsky
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