[R-P] [Enrique Lacolla] La moda de defenestrar a Roca

Juan María Escobar escobar45 en infovia.com.ar
Mie Dic 8 11:14:46 MST 2010


Historia
Defenestrar a Roca, una moda peligrosa

por Enrique Lacolla



El "progresismo" suele adolecer de una manía: la de dibujar en blanco y 
negro a personajes y hechos que provienen de una realidad abigarrada y 
multifacética.


La actualidad argentina contiene estimulantes tendencias a una recuperación 
de los hechos históricos que hacen a la conformación de una conciencia 
nacional. La revalorización de la Vuelta de Obligado es un ejemplo, entre 
varios, en este sentido. No hay duda de que los méritos de los gobiernos 
Kirchner han sido altos en esta materia. La recuperación del revisionismo 
histórico está empujando hacia atrás a la historia oficial y esto es muy 
importante. Una conciencia del pasado fundada en conceptos vinculados a la 
realidad y no a la fábula en que fueron educadas muchas generaciones de 
argentinos, es un elemento básico para poner en pie cualquier proyecto de 
desarrollo y asentarlo sobre bases fuertes y provistas de la consistencia 
que se requiere para mantener un esfuerzo prolongado en el tiempo.

Pero falta bastante por hacer, y no todas las señales que emergen del 
espectro cultural que sostiene al gobierno son alentadoras en este sentido. 
Por ejemplo, hay en auge un progresismo difusamente teñido de un moralismo a 
la violeta que hace bandera con el tema de los pueblos originarios, 
extrapolándolo de los elementos de la realidad histórica y reduciéndolo a 
los contornos de otra fábula, distinta de la oficial, pero a su vez perdida 
en la niebla del humanismo genérico y de la mitificación del buen salvaje. 
Quizá como contrapartida del hecho de que muchos de los que la sostienen se 
identificaron en algún momento con otra estampa de matriz también romántica: 
la del buen revolucionario.

Hemos dicho en otras oportunidades que generar divisionismos aprovechando 
los particularismos étnicos es un arma muy bien aprovechada por el 
imperialismo para perseguir sus propios fines. Provocar falsos problemas y 
agitar polémicas estériles es una de ellas. El espíritu generoso, 
predispuesto a inflamarse ante la injusticia, es un atributo nobilísimo de 
la naturaleza humana, y pocos elementos pueden inducir con mayor eficacia a 
esta comunión flamígera que el maltrato a los pueblos aborígenes. Sobre todo 
si se ve el estado de abandono en que algunos gobiernos provinciales dejan a 
las reservas donde subsisten los pobladores que provienen de esa raíz. Pero 
no hay que confundir a los árboles con el bosque. Es necesario aproximarse a 
los datos de nuestra historia armados con una visión panorámica que 
comprenda los elementos que la integran y juzgue a quienes los 
protagonizaron en el conjunto de las circunstancias que caracterizaron a su 
tiempo.

De unos años a esta parte se ha puesto de moda atacar de manera inclemente 
al general Julio Argentino Roca. La embestida proviene de grupos 
progresistas que han encontrado su principal inspiración en Osvaldo Bayer, 
un escritor anarquista que tiene cuentas pendientes con la dictadura que lo 
exilió y que parecería haber encontrado en la figura de Roca al espécimen 
ideal para comprimir en él todos los rasgos del régimen criminal que 
abomina, que lo expulsó del país y que a muchos otros miles de argentinos 
les arrebató la vida.

Sea o no correcta esta apreciación psicológica, la verdad es que la prédica 
antirroquista de Bayer ha prendido en mucha gente, en especial entre los 
jóvenes. Hay una natural predisposición en la juventud a aferrarse a 
cualquier discurso que parezca resolver los enigmas de la realidad con unas 
pocas formulaciones simples. La demonización del "milico" y la 
identificación con unas víctimas ideales a las que se presume se encontraban 
indefensas y a las que por otra parte no supone riesgo alguno reivindicar 
puesto que están muertas o cuyos descendientes no representan un factor 
social de peso, resultan útiles para alimentar una agitación a la que el 
canon del humanismo abstracto provee de prestigio. Pero al hacer esto se 
corre el peligro de que muchos otros problemas concretos, provenientes del 
pasado y activos en el presente, sean dejados de lado.
Denunciar la ignorancia o el prejuicio superficial de estos planteos se 
constituye, entonces, en una obligación. Tal vez antipática, pero 
inevitable. Esta nota deviene entonces de la necesidad de rebatir una 
afirmación asombrosa por su inexactitud y por la sede en la cual fue 
formulada. Días pasados hubo ocasión de escucharla en un programa emitido 
por el Canal Encuentros, empresa televisiva que depende del Ministerio de 
Educación de la Nación y que está realizando una labor más que meritoria en 
el ámbito de la comunicación. Lo que hace doblemente pecaminosa la falta 
cometida.

Disparate

En un programa muy interesante titulado El Arte cuenta la Historia, dedicado 
a comparar los testimonios pictóricos del pasado latinoamericano con los 
datos de la realidad concreta que los había inspirado, de pronto saltó una 
frase que era un puro y simple disparate. Mientras se observaban unas bellas 
y clásicas pinturas de la Conquista del Desierto y la vida de frontera, el 
locutor en off sentenció, palabras más, palabras menos: "La expedición de 
Roca implicó un genocidio que costó la vida a 100.000 aborígenes". ¡Cien mil 
muertos en un país que contenía menos de dos millones de habitantes!

La televisión es el reino del despropósito, pero deberían existir límites 
para estos, al menos en un canal oficial que se precia de renovar la visión 
del pasado y de indagar en sus raíces. El historiador Roberto Ferrero ha 
formulado una jugosa reflexión sobre el uso indiscriminado de la palabra 
"genocidio", aplicada a la conquista del desierto. Dice Ferrero, en efecto, 
que se trata de

"una ligereza semántica y política, porque, ¿qué es un genocidio? El 
exterminio deliberado de una etnia o de un grupo social por el solo hecho de 
serlo, y generalmente y casi siempre, ejercido sobre gentes imposibilitadas 
de defensa alguna. Los turcos exterminaron a un millón y medio de armenios, 
pero estos no victimaron uno solo de sus perseguidores. Eso era un 
genocidio. Los nazis exterminaron seis millones de judíos, sin que los 
judíos persiguieran o mataran un solo alemán. Eso también era un genocidio. 
Pero el caso de Roca y la Conquista del Desierto es totalmente distinto. No 
fue un genocidio, sino la culminación de una larguísima guerra."

Según el profesor Carlos Martínez Sarasola, autor del libro Nuestros 
paisanos los indios, durante la guerra de fronteras que se extendió 
aproximadamente entre 1820 y 1882, la lucha costó la vida a unos 8.000 
indios, pero en el mismo lapso se cobró la vida de unos 4.000 soldados y 
pobladores criollos, a los que hay que sumar las cautivas que los aborígenes 
arreaban a las tolderías. El malón de 1875 sólo en Azul asesinó a 400 
vecinos, cautivó a 500 y capturó 300.000 animales que fueron luego vendidos, 
como era de práctica, en Chile. Estamos a una enorme distancia de los 
100.000 muertos concebidos por el imaginativo guionista televisivo.

El imperativo geoestratégico

En las condiciones del país incompleto que era la Argentina por aquel 
entonces, la conquista del Desierto emanaba de una necesidad geopolítica y 
de una fatalidad que estaba en rigurosa relación con el papel que al país le 
correspondía en el mercado mundial. A la necesidad de asegurar la posesión 
de la tierra para la colonización agraria se sumaba la de garantizar las 
fronteras del inmenso desierto patagónico contra las ambiciones chilenas o 
de cualquier eventual aspirante trasatlántico. No se ve bien en base a qué 
código ético puede denunciarse el deseo de cumplir con esa necesidad como un 
rasgo racista. La historia no es el reino de la virtud abstracta ni de los 
buenos deseos; es un ámbito en el cual la virtud se identifica con la 
eficacia en procurar la salvaguarda del mayor número y en verificar un 
desarrollo que sea apto para crear nuevas oportunidades de realización 
comunitaria. El proceso argentino renqueó horriblemente en estos aspectos; 
pero fue precisamente la negativa a reconocer la misión que les competía, de 
parte de la burguesía comercial, de los ganaderos y de las élites ilustradas 
de Buenos Aires, lo que deformó al país. Encerrados en su mezquino interés, 
lejos de asumir a la nación en su conjunto, la concibieron apenas como un 
apéndice colonial de su confort portuario. La cuestión residía en suprimir 
la resistencia del criollaje (que no estaba compuesto por indios sino por un 
paisanaje decantado a lo largo de siglos a través del mestizaje de españoles 
y aborígenes) asentado en el suelo, provisto de conciencia patria y de 
intereses vinculados a un sistema de vida artesanal que Buenos Aires quería 
destruir, para hacer lugar a un modelo de país integrado al mercado mundial 
a través de la importación de manufacturas y de la exportación de productos 
primarios.

Para la época de la conquista del desierto la situación ya se había 
consolidado a favor de Buenos Aires, a través de las expediciones punitivas 
de Mitre contra el interior y del exterminio del último foco de resistencia 
iberoamericano a la penetración imperialista que fue el Paraguay de los 
López.(1) Pero no todo estaba jugado. En el ejército de línea, forjado en la 
guerra del Paraguay y forzado luego a actuar como instrumento de castigo 
contra el interior cuando este se sublevó contra la aventura paraguaya, 
había un fermento que provenía del origen provinciano de muchos de sus 
oficiales. Entre ellos el tucumano Roca ocupaba un lugar preeminente por su 
solvencia profesional y por el carácter ponderado que lo distinguía. El 
ejército fusionaba a hombres antes enfrentados en las filas de la 
Confederación y en las de Buenos Aires, aunque fuese porteño por su 
conducción superior. Como dice Alfredo Terzaga en su magistral Historia de 
Roca, ese ejército

"que había sido ensanchado forzosamente para las necesidades de guerra, 
impresionado por la resistencia del pueblo hermano cuya masacre se le 
imponía, y testigo de la resistencia porfiada de los provincianos, comenzó a 
pensar en una solución distinta". (2)

La solución distinta era, en un principio, la designación de Sarmiento para 
ocupar la presidencia, obviando la continuidad del mitrismo en la figura de 
su candidato Rufino de Elizalde; pero el diseño de país que empezaba a 
abrirse paso en las filas militares no contemplaba ya la subordinación 
mecánica a los dictados de Buenos Aires y tendía a interpretar al país como 
una totalidad a la que había que integrar. En ese esquema, que era también 
el de José Hernández y el de los sectores nacionales de la opinión 
ilustrada, el problema de la frontera sur comenzaba a plantearse como algo 
más que como una táctica defensiva o como una política contemporizadora para 
con los indígenas, en la cual se alternaban las transacciones y los choques, 
en una guerra de posiciones que solo servía para sacrificar a la milicada de 
leva en los fortines. Había que pasar a un proyecto estratégico dirigido a 
acabar con la frontera móvil. Había que dominar o liquidar a los salvajes 
para asegurar la propiedad de la tierra, frenar las aspiraciones chilenas a 
ocupar la Patagonia y expandir el capitalismo hasta el Río Negro y los 
Andes.

Todo esto no podía verificarse por medios asépticos. El moralismo "progre" 
se eriza de espanto ante la dureza de la expedición y de sus expedientes 
militares para acabar con la resistencia indígena, pero no toma en cuenta 
los factores que estaban en juego ni se conmueve por la liquidación del 
gauchaje en las provincias federales,

"muy superior tanto en números absolutos como en la importancia económica y 
política del procedimiento".

Este último supuso la instalación del proyecto exportador agroganadero y 
portuario ligado a la dependencia semicolonial, mientras que la conquista 
del desierto supuso la obtención de 20.000 leguas de territorio y la 
abolición, en la práctica, del mito renunciatario que imaginaba que "el mal 
que aqueja a la Argentina es su extensión", mito del que todavía se hacía 
eco, no mucho tiempo atrás, el ex ministro de Economía Domingo Cavallo 
cuando afirmaba con desparpajo que "algunas provincias argentinas son 
inviables".

Elegir a Roca como chivo emisario para denostar a la oligarquía y atribuirle 
el papel de factótum de esta y de la consolidación del modelo dependiente de 
país, es una equivocación. Lo que es más grave: se trata de una equivocación 
a veces a sabiendas, que en el fondo intenta deprimir, fundándose en rasgos 
genéricos que eran propios de un momento de la historia y que se pueden 
encontrar en todos los argentinos de aquel entonces, el rol positivo que el 
general Roca cumplió al sofocar el intento secesionista porteño de 1880, 
nacionalizando el puerto de Buenos Aires en la más breve pero más sangrienta 
de las batallas de nuestras contiendas civiles del siglo XIX. Ahí se cerró 
la organización nacional, cortando el nudo gordiano que la había 
imposibilitado durante 70 años. Estuvo lejos de ser perfecta, pero el daño 
venía de antes. Es imposible no preguntarse si no se trata en el fondo de 
aquel hecho lo que no se le perdona a Roca.

Quienes despotrican desde la izquierda contra el conquistador del desierto a 
la vuelta de tantos años, harían bien en tratar de evaluar el sentido 
general de su misión, en especial durante la primera etapa de su carrera. 
Pero quizá no quepa pedirle margaritas al olmo. La tozudez de personajes 
como Bayer deriva de una confusión entre los datos objetivos de la historia 
y la subjetividad de una comprensión de esta que sólo toma en cuenta los 
datos de un humanismo genérico, preocupado sobre todo por las 
individualidades y que no divisa ni intenta divisar las líneas generales por 
las que discurren los procesos históricos. Pero lo que en un individuo puede 
no ser otra cosa que un berrinche, traspolado a una gran cantidad de gente, 
en especial de gente influenciable por su juventud y por la carencia de 
referencias anteriores, corre el riesgo de transformarse en un factor de 
confusión que hace perder el tiempo polemizando en torno de falsos 
problemas, mientras por otro lado alguien se roba la ropa.

Notas
1 - Dicho sea de paso, las expediciones punitivas contra el interior, 
posteriores a la victoria de Mitre en Pavón, arrojaron un saldo de 5.000 
gauchos muertos, cifra que, dada la cantidad de habitantes que había por 
entonces, en términos contemporáneos equivaldría a que la última dictadura 
militar hubiera eliminado a 100.000 argentinos durante el período que duró 
su vigencia.

2 - Alfredo Terzaga, primer tomo de la Historia de Roca, ed. Peña Lillo, 
Buenos Aires 1976, pág. 230.

3 - Jorge Abelardo Ramos, Revolución y Contrarrevolución en la Argentina, 
tomo II, pág. 112. 





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