[R-P] [Aldo Ferrer] ¿Alcanza con el campo?
Nestor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Jue Jul 30 12:20:18 MDT 2009
[No se le puede pedir a Aldo Ferrer que perciba los motivos por los
cuales, pese a todas las transformaciones técnicas, el sector agrario
pampeano sigue bajo control de una oligarquía. Eso implica pedirle que
acepte la teoría marxista del valor, que permite descubrir el carácter
_político_ de la liberación de los límites estructurales al desarrollo
económico, y Ferrer no la acepta. Pero su planteo general es
indiscutible: debatir si alcanza con el campo o no, es un anacronismo y
una verdadera salvajada (esto lo agrego yo)]
Fuente: http://www.elargentino.com/nota-51624-Alcanza-con-el-campo.html
Por Aldo Ferrer
¿Alcanza con el campo?
30-07-2009 /
Aldo Ferrer | Director Editorial
Aceptemos, como afirma Aldo Ferrer, que “con el campo no alcanza” para
el pleno desarrollo del país. En una nota reciente en un matutino de
esta Ciudad, el ingeniero Héctor A. Huergo, parte de ese reconocimiento
de mi punto de vista para formular el suyo sobre el papel del agro y la
industria en la economía argentina. El comentario es significativo, por
tratarse de un dilema no resuelto a lo largo de nuestra historia y por
la relevancia de su autor y solidez habitual de sus argumentos, en la
defensa del campo. Además, en pleno desarrollo de la 123ª Exposición
Rural y la renovada evidencia del potencial agropecuario y el impulso
innovador de los emprendedores del sector, es oportuno volver a la
cuestión que destaca Huergo.
El campo ha ocupado, desde siempre, una posición central en la economía
argentina. Su integración en el mercado mundial, a partir de la segunda
mitad del siglo XIX, se realizó precisamente sobre la base de la
producción y exportaciones de productos agropecuarios. Compartimos la
experiencia con otros dos grandes espacios abiertos del “Nuevo Mundo”,
los Estados Unidos y Canadá y otro de Oceanía, Australia. En esos tres
casos más el nuestro, la ocupación y puesta en explotación de las
fértiles praderas, fue fundamental en el poblamiento del territorio y el
aumento de la producción rural y las exportaciones.
Lo que diferencia la experiencia argentina de las otras tres es que, en
éstas, las sociedades y sus gobiernos comprendieron, tempranamente, que
el campo era un sector fundamental de su riqueza, pero que “no
alcanzaba”. Por eso, desplegaron, simultáneamente, el desarrollo del
campo y de la industria, a partir de políticas promotoras de ambos
sectores. Para sostener su desarrollo industrial, los Estados Unidos
fueron el país más proteccionista del mundo, todo el siglo XIX hasta la
Primera Guerra Mundial. Los otros dos, siendo formalmente dependencias
del Imperio Británico y con poblaciones menores a la nuestra, también
defendieron sus mercados internos, su industrialización y empresas
nacionales. La Argentina no. Nuestro país se adhirió incondicionalmente
a la división internacional del trabajo articulado por la potencia
hegemónica, Gran Bretaña. Así se organizó el modelo primario exportador,
fundado sobre el principio que, con el campo “alcanzaba”, para el
desarrollo del país. Las razones que explican nuestro distinto
comportamiento reflejan la debilidad relativa de la densidad nacional
argentina. Son causas complejas y de ellas me he ocupado en otras partes
(“La economía argentina: desde sus orígenes hasta principios del siglo
XXI”.F.C.E, 2008).
La debilidad de una economía subindustrializada en la Argentina se hizo
evidente durante la crisis de los años ’30 y la guerra mundial. En 1930,
nuestro ingreso per cápita era todavía semejante al de Canadá y
Australia. En 1945, ya estábamos entre un 30 y un 40 por ciento detrás.
Como nunca resolvimos el problema, en el 2002 la diferencia era del 65
por ciento. En definitiva, el campo “no alcanza” por dos razones
principales. Primero, porque, toda la cadena agroindustrial emplea
alrededor de 1/3 de la fuerza de trabajo. Sin industrias y el pleno
desarrollo de todas las regiones, nos sobraría la mitad de la población
o funcionaríamos con un alto desempleo y condiciones insoportables de
inseguridad, en el campo y en las ciudades. En parte, esto nos viene
sucediendo. Segundo, porque el desarrollo descansa en la capacidad de
gestionar el conocimiento e incorporarlo en todo el tejido económico y
social. Para ello, es preciso contar con una estructura diversificada y
compleja, que incluya los principales conocimientos y tecnologías de
frontera.
El hecho que todavía hoy nos estemos formulando la pregunta de esta
nota, es una originalidad argentina. La cuestión está nuevamente
presente en la actualidad, como consecuencia de la expansión de la
demanda de alimentos y energías no convencionales en el mercado mundial.
Esto ha revivido la ilusión que, sobre esas bases, el campo argentino se
puede poner el país al hombro y sacarlo adelante. No, no puede. Basta
con observar lo que pasó en la década del ’90, cuando ya estaba en pleno
despliegue la revolución tecnológica en el campo argentino, la explosión
de la soja, un aumento espectacular de la producción de cereales y
oleaginosas, en un promisorio mercado mundial. El campo no pudo evitar
la crisis de toda la economía y, antes bien, también la soporto, con
altos niveles de endeudamiento e incertidumbre.
Desgraciadamente, no aprendimos de la experiencia y nos metimos en este
interminable conflicto entre el campo y el Gobierno. El debate está
cargado de prejuicios y memorias del pasado. Para, al menos una parte de
la opinión “progresista”, el campo de hoy es el heredero del régimen
oligárquico, del fraude, los golpes de Estado y la subordinación a la
potencia imperial, primero Gran Bretaña, luego los Estados Unidos. En la
actualidad, el agro, sus bases sociales, la organización de los
recursos, la tecnología, la inversión, el financiamiento, poco tienen
que ver con ese pasado. Todo o casi todo ha cambiado. En la cadena
agroindustrial operan actualmente muchos de los mejores emprendedores,
innovadores, creadores de riqueza, artífices de la “agricultura de
precisión” que, hoy, produce en la frontera del conocimiento. Subsisten
muchos problemas que deben resolverse. Como ejemplos figuran las
asimetrías y desigualdades al interior del sector, posiciones dominantes
en las cadenas de valor, desequilibrios regionales, insuficiente
participación de los insumos nacionales en los paquetes tecnológicos que
han transformado la cadena agroindustrial. Pero, en las condiciones
actuales, los reclamos del campo no provienen necesariamente de los que
lo tienen todo y quieren más. Son parte de una realidad compleja que
tiene que ser atendida, para desplegar todo el potencial productivo
existente, con un fuerte sentido nacional y solidario,
El ruralismo, por lo menos, en su versión fundamentalista, es portador
de otros prejuicios. Por ejemplo, aquel, según el cual, el productor
rural es eficiente y el empresario industrial un prebendario, que lucra
con los subsidios que se financian con el dinero que se quita,
injustamente, al campo. En verdad, es inconcebible que, en la misma
sociedad, los emprendedores, criados en el mismo medio, con la misma
cultura y valores, salgan buenos en el campo y malos en la industria.
Incluso que esto suceda en la misma persona, en los casos, frecuentes,
de empresarios industriales que son, también, productores rurales. En
realidad, la operación y resultados en el campo y la industria son
también consecuencia de las condiciones propias de cada sector,
incluyendo, en el campo, el peso decisivo de la oferta de recursos
naturales.
Pero volvamos a Huergo. Si la opinión ruralista acepta su reconocimiento
que con el campo “no alcanza”, puede cambiar el contenido del debate y
su desarrollo, en cuestiones tan complejas y puntuales como las
retenciones y el tipo de cambio.
Los países, como el nuestro, en los cuales sus recursos naturales son el
origen principal de sus exportaciones, registran presiones a la baja de
la paridad de sus monedas con el dólar y otras divisas. La explotación
del recurso natural goza de una ventaja competitiva internacional no
accesible al resto de la economía. Por lo tanto, la paridad suficiente
para la rentabilidad de esa actividad no alcanza para la competitividad
del resto de la economía, productora de bienes y servicios
comercializados internacionalmente.
A su vez, si la paridad es consistente con la rentabilidad de las otras
actividades, se genera una renta exagerada en el sector que exporta
bienes originados en la abundancia relativa de recursos naturales. En
nuestro país el dilema se agrava porque la Argentina exporta el mismo
tipo de bienes que consume. Por lo tanto, un tipo de cambio
exageradamente alto para la producción primaria aumenta los precios
relativos de la alimentación. En otros términos, el tipo de cambio es
una variable crítica de la distribución del ingreso y del salario real.
Es preciso así aplicar una política cambiaria que tome en cuenta estos
desequilibrios de la estructura económica argentina, como proponía
Marcelo Diamond, para asegurar la rentabilidad del campo y la industria
y la equitativa distribución del ingreso.
Pero, en la práctica, la discusión sobe las retenciones se realiza en
términos de distribución de una renta, en lugar de tratar la necesidad
de contar con tipos de cambios diferenciales, para darle competitividad
a toda la producción de bienes transables, desde la soja hasta las
manufacturas complejas. La diferencia entre uno y otro, son las
retenciones. Como sucedió en otros momentos, pueden eliminarse las
retenciones, colocando el tipo de cambio al nivel competitivo para la
soja y la actividad primaria. En ese caso, como lo demuestra la
experiencia, son inevitables la contracción industrial, el desempleo, el
aumento de la pobreza y los desequilibrios inmanejables en el
presupuesto y pos pagos internacionales. En resumen, el tratamiento de
las retenciones es indivisible del nivel de tipo de cambio y la
estrategia económica.
Siendo esto así, lo que debe resolverse son los problemas de costos y
otras circunstancias que determinan la rentabilidad de los sectores,
para adecuar las retenciones a los datos cambiantes de la realidad. Y,
también, el reparto equitativo de los ingresos fiscales que resultan de
las mismas.
De una buena vez debemos admitir que el país tiene la fortuna de
disponer de una formidable dotación de recursos naturales para la
producción agropecuaria, con productores competentes capaces de
gestionar los conocimientos de frontera. Y, al mismo tiempo, del
talento, el mercado interno y los recursos necesarios para constituir
una amplia y diversificada base industrial, abierta al mundo y
competitiva. Las condiciones son ahora propicias para poner en marcha
una estrategia de desarrollo integrado del campo y la industria y formar
cadenas de agregación de valor con la participación creciente de
insumos, bienes de capital y conocimientos argentinos. Se trata, de
abrir espacios de rentabilidad difundidos en todo el tejido productivo
del país y su extenso territorio, de tal manera que el destino más
rentable y seguro del talento y del ahorro argentino esté aquí mismo. El
desarrollo integrado del campo y la industria es así una condición
necesaria para erradicar definitivamente la fuga de capitales y de
cerebros. Éstas son cuestiones centrales que deberían tratarse en el
proyectado Consejo Económico y Social y ser objeto de un amplio debate
en el Congreso.
Director Editorial de Buenos Aires Económico
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