[R-P] [Jorge Sanmartino] El modelo y los modales

Nestor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Jue Jul 16 13:08:31 MDT 2009



-------- Mensaje original --------
Asunto: 	Debate post-electoral: Jorge Sanmartino
Fecha: 	Thu, 16 Jul 2009 10:06:32 -0300
De: 	Peronismo Cordobés en el Proyecto Nacional
<peronismocordobes en gmail.com>
Responder a: 	Peronismo Cordobés en el Proyecto Nacional
<humbertoeduvera en hotmail.com>
Organización: 	Peronismo Cordobés en el Proyecto Nacional
Para: 	nmgoro en gmail.com <nmgoro en gmail.com>



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Gentileza de "PERONISMO CORDOBÉS EN EL PROYECTO NACIONAL"

* *

*Derrota del oficialismo en las elecciones legislativas. El modelo y los
modales*

* *

Jorge Sanmartino

10/7/2009

La restauración del reinado del FMI, el retraso salarial, los despidos,
serán arduas faenas que ni la oposición ni un futuro gobierno de
derechas lograrán fácilmente



Para algunos analistas la gente no votó contra el modelo, sino contra
los modales. Sobre esa base, algunos dirigentes del PJ reclaman que
se ?democratice? el poder con los gobernadores que ganaron. La oposición
de derecha afirma que los modales son parte del modelo, aunque ella
misma se esconda detrás de las formas para no revelar su contenido.
Existe confusión sobre las causas de la derrota.

El ciclo kirchnerista entró en su ocaso desde la crisis de las
retenciones y las elecciones del 28 de junio afirmaron y aceleraron la
tendencia. Los ganadores que pasaron de pantalla, entre ellas Reuteman,
Macri y Cobos, y juegan la del 2011, son todas variantes de derecha.
Pero también existió un voto a su izquierda, representado por el de Pino
Solanas en Capital, Sabattella en Provincia de Buenos Aires, y la
izquierda en tercer lugar. Los próximos dos años serán escenarios de
fuertes disputas de poder, de reacomodamientos y de fuertes desafíos
para los movimientos populares, en sintonía con la polarización política
y la crisis económica que presenciamos en América Latina.

*La burguesía nacional y sus mentores*

El desgajamiento y la pérdida de poder del elenco de gobierno, comenzó
con la crisis del campo. Una derecha dividida, desorientada y debilitada
encontró en la burguesía agraria, moderna, dinámica, y fundamental para
el tipo de acumulación capitalista vigente, al aportar el grueso de las
divisas que ingresan al país, a los voceros más conspicuos para taladrar
la muralla que en aquella época, que parece una eternidad, se mostraba
inquebrantable. Lo hizo incluso con los métodos de las clases
subalternas: con piquetes, manifestaciones masivas, cacerolazos. Ya
había dicho hace tiempo el investigador marxista Nicos Poulantzas que
las clases sociales no se forman mirándose a sí mismas en el espejo sino
en la confrontación, relación y comunicación con las clases enemigas. La
burguesía agraria, acompañada por la pequeña burguesía rural, logró
desarticular el poder oficial no sólo por los errores del Poder
Ejecutivo, no sólo por el papel espectacular, extraordinario de los
medios de comunicación (que de ninguna manera se debería subestimar),
sino porque constituyen un pilar sobresaliente del tipo de economía
exportadora que la Argentina reproduce, al igual que los otros países de
la región, como parte de la división internacional del trabajo, en la
que participa como exportadora de agroalimentos de bajo valor agregado
para mercados como los asiáticos que, a su vez, participan en este mundo
globalizado como proveedores industriales de bienes de consumo masivo.

De la soja viven provincias enteras y para el 2010 se prevé que la
siempre total del yuyo verde ascienda al 70% de toda la agricultura
nacional. Este esquema hace de la Argentina una país económicamente
frágil y dependiente y sólo una radical modificación del esquema de
poder, de la estrategia política industrial y de servicios, y de una
poderosa base social que la sostenga, podría modificar de raíz esta
tendencia que el ?automatismo económico? del mercado impone por su
propia lógica y penetra en los poros más profundos de la sociedad, hasta
calar hondo incluso en los valores y el espíritu de una época. La
burguesía agraria, si descontamos a ciertos sectores de la banca, y un
grupo muy reducido de industrias, como las automotrices, Techint y pocas
más, constituyen el factor más dinámico de la burguesía nacional,
aquella que el peronismo en el poder se empecinó en levantar de sus
cenizas para que eche a andar. La UIA, al denunciar en época de crisis
la ?chavización? del gobierno, demostró que no aspira ser el ?estandarte
de la patria? ni el sujeto social de la salvación nacional, como
pretendían Néstor y Cristina, sino una capa semi parasitaria que vivió
al calor de los subsidios y que exige defender sus posiciones aún a
costa de su propio programa.

Porque al exigir hoy una fuerte devaluación del peso (en definitiva ahí
radica el núcleo de la disputa y el affaire Chávez), se consideran
naturales aliadas de la burguesía agraria para enfrentar juntas las
demandas salariales y la caída de las ganancias. Pero los industriales
lo hacen a costa de su propio pellejo, pues una fuerte devaluación
encarece los precios de los alimentos y disminuye el consumo popular, la
esencia de la producción nacional según los mejores manuales peronistas.
Pero todo eso es teoría. Es que la Argentina de hoy no es la de los años
70, ni siquiera de los 80. Ahora domina claramente el capital
concentrado, orientado a la exportación de la producción y a la
explotación de los recursos naturales, como la siderurgia y los
alimentos o el petróleo, mientras la producción de bienes de capital
sigue siendo marginal.

Fue el poder real, económico, cultural y social que esta burguesía posee
la que, junto con las tradiciones políticas de amplios sectores de las
clases medias urbanas, le dio un eco decisivo al ?reclamo del campo? y
la que cimentó el triunfo electoral de todas las variantes que se
opusieron a la resolución 125. La burguesía nacional no está muerta,
sólo que no es nacional y popular como se la imaginan algunos
trasnochados de la morada oficial. El gobierno cayó preso de sus propias
contradicciones. Lejos de apostar a medidas radicales para afianzar
social, económica y políticamente a su base social popular, apostó por
lo que creía eran sus aliados naturales: la burguesía nacional
concentrada (agraria e industrial) y el aparato del PJ. Apostó y perdió.
Por eso se simplifica demasiado cuando se habla de ?lo que se hizo? y
?lo que falta?, pues lo que falta no es el producto de una carencia,
sino de un exceso, es decir del carácter de clase de toda una política y
unos objetivos de colaboración de clases que hoy, mejor dicho, ya en el
conflicto con el campo, comienza su eclipse.

El matrimonio presidencial no se parece a Chávez ni a Evo Morales, no
posee las cualidades de la ?izquierda carnívora?, ni se propuso
democratizar la democracia convocando a una asamblea constituyente, a
pesar que la derecha aviva el fantasma ?populista?. Fue útil a la clase
capitalista cuando cumplió el papel de bombero de la crisis social
desatada en el 2001, pero inútil como vehículo de sus propios intereses.
Se puede objetar que entre el gobierno y la oposición no había discusión
de fondo, porque, en última instancia, el kirchnerismo jamás propuso
cambios de fondo. Pero en política los matices cuentan, y mucho. No se
trata de embellecer o disfrazar a nadie. La feroz disputa que se
propusieron las cámaras patronales contra el ?neodesarrollismo? oficial,
quizá no constituya una ?guerra de modelos? (habría primero que ponerse
de acuerdo en lo que significa esta palabra tan poco ?científica? en las
ciencias sociales), pero, cómo llamarlo, si responde a ?matices? que a
los actores del drama parecían importarles mucho. A confesión de partes
revelo de pruebas. Pero, si la burguesía ganó tanta plata durante estos
6 años, ¿por qué motivo ?serrucha? el poder del gobierno?, ¿por qué mata
a la ?gallina de los huevos de oro?? En mi opinión, porque a pesar de
todo, no lo sienten como su gobierno. Nunca pudieron entrar a la Casa
Rosada desfilando por aquellas alfombras rojas como lo hicieron en
épocas doradas. Nunca dejaron de sufrir los arbitrajes del ministerio de
Trabajo, que antes era una oficina patronal y ahora había que fatigarla.

En definitiva, tuvieron que negociar con una fuerza sindical a la que se
habían desacostumbrado y que creían más muerta que el tiranosaurio rex.
Después de más de 15 años de puro capitalismo, después de haberle
torcido el brazo a un desahuciado y mendicante Alfonsín, después de
haber entregado su alma al diablo y volverse diablo al fin, los
capitalistas nativos no soportaron siquiera tibias regulaciones
estatales ni suaves distribuciones de renta. Los portavoces del ?modelo
neodesarrollista? creían en un angelical equilibrio entre las ganancias,
las rentas y los ingresos. Qué tiernos. Defendieron, bajo métodos
capitalistas, el mandato popular de seguir creando empleos y recuperar,
aunque lentamente, el salario, algo que desde comienzos del 2008 se le
hizo muy difícil. Algunas de las medidas tomadas fueron un
reconocimiento a la exigencia social que encabezaron los piqueteros
desde las luchas contra el menemismo. Y las retenciones móviles fueron
una de ellas, por los motivos que hayan sido. Por eso fue correcto
defender la resolución 125 a pesar de todas las críticas que podía y
debía hacerse al elenco presidencial (y por eso fue ¡ay!, tan equivocada
la postura de Pino Solanas y Claudio Lozano al votar contra la 125,
hecho que quizá, ojalá, hayan meditado y rectificado, aunque no lo digan
en público): el más evidente, haber fomentado, él mismo, el modelo de
acumulación sojero-petrolero.

Hoy, aquí, se hizo evidente que entre el neodesarrollismo light y
pejotizado de la pareja presidencial y la pulsión al beneficio puro y
sin mediaciones regulativas de la clase capitalista, había tanta
distancia como la que se evidenció en el terremoto político que la
Argentina vive desde el voto ?no positivo? del teniente general don
Cleto Cobos y que dividió, como en la época de Perón, a las mejores
familias. No se trató, estoy convencido, de que Néstor Kirchner se haya
enredado con el cable del teléfono, ni de que haya ?chocado la
calesita?. Para una clase capitalista exaltada y acostumbrada a los
triunfos, eran más que matices. No discutamos más si fue el modelo o los
modales. Los Kirchner creyeron resolver el tema como se hace en la
estancia. Se equivocaron, porque quisieron ser capataces cuando debían
ser, para el establishment, simples peones. No pudieron ser lo primero y
no quisieron ser lo segundo. Y se fueron hundiendo, sin pena ni gloria,
llevando con ellos los consejos demodé de un folletito doctrinario que
no se consigue ni en las viejas bibliotecas: ?La comunidad organizada?.

*El consenso y la democracia que pregona la derecha*

Un componente cultural indiscutible anida en el rencor de buena parte
del establishment y la cúpula del poder social, hasta el lapsus de
considerar al elenco dirigente como un reciclado de montoneros
trasnochados a los que había, sí o sí, que derrotar. ¿La idea del
consenso no comenzará a hacerse presente de nuevo en el pedido de
amnistía, para ?no avivar los odios del pasado?? El intelectual orgánico
de la carpa menemista, pero también de una legión de hombres de la
caverna, el Clown Jorge Asís, o el filósofo del golpe militar Mariano
Grondona, no pierden un segundo. La simbología derechista es producida
en cantidades industriales en la prensa y la web y distribuida y
consumida diariamente. Que las clases dominantes no se resignan a perder
ni una parcela de su poder, aun incluso bajo los gobiernos más moderados
de la región, lo demuestra la sorda lucha de la inmensa mayoría de las
corporaciones empresario-mediáticas en todos los países de la región.

En Honduras fue depuesto Zelaya, un liberal que se deslizó
peligrosamente hacia el ALBA y comenzó a mirar con cariño a Chávez y sus
contratos petroleros, que afectó negocios de empresas como la Shell y
ESSO. Fue un golpe apoyado por las corporaciones, la Iglesia, las élites
económicas y culturales y la totalidad de los grandes medios de
comunicación. Al coro de golpistas se le ha unido la CNN con fervor
inusitado. Pero otro tanto ocurre en Venezuela, Bolivia e incluso en
Paraguay, Brasil o Ecuador. Los medios de comunicación se han vuelto un
arma poderosa de los sectores más reaccionarios y un instrumento de
agitación para las elites y las nuevas clases medias altas. Aquí
también, el kirchnerismo es víctima de su propio enredo. El proyecto de
ley de radiodifusión irritó a los barones de la multimedia, pero llega
demasiado tarde, como en aquellas novelas que, para darle dramatismo, el
héroe acude a destiempo, y claro, al final el drama se vuelve comedia.
Su fuerza parlamentaria quedó irremediablemente menguada y es poco
probable que prospere.

Aún así, ni el dinero de De Narváez (que existe), ni la saturación de la
corporación mediática (que existe), ni la ?traición? (¿traición?) de los
intendentes (que parece no existir) explican de por sí una derrota que
se veía venir (incluso si Kichner hubiera ganado por poco en Buenos
Aires). Prevalecieron, como se viene diciendo, varios factores que lo
explican. La batalla ideológica es una, de importancia fundamental,
porque la derecha no triunfó sobre un gobierno que hizo de este país un
jardín de rosas sino sobre la impotencia y los límites del neodesarrollismo.

La Iglesia, las patronales y la oposición de derecha ganaron a la
opinión pública en torno al ?consenso?, que se volvió en todo el
continente, un eufemismo de la sumisión al status quo neoliberal. Vargas
Llosa y toda la runfla reaccionaria del continente vienen machacando
contra el ?autoritarismo? y la ?falta de consenso? de los gobiernos
?populistas? como el de Chávez o Evo Morales. A ella se acaba de sumar
hace pocos meses nuestra querida burguesía nacional, la que supimos
conseguir. Bajo la denuncia de ?autoritarismo? las derechas del
continente han apelado al golpe militar (Venezuela 2002), al paro
petrolero y la asfixia económica (Venezuela 2003 y 2004), al sabotaje
autonomista (Bolivia hasta el día de hoy), a la presión política y
económica (Ecuador), y al golpe militar (Honduras), con el visto bueno o
la indiferencia de las administraciones norteamericanas. Hoy, aquí, no
hizo falta. Su triunfo fue haber revestido de manera exitosa el lenguaje
de la guerra de clases y la revancha social y política, bajo el suave
manto de la ?libertad de expresión?, la ?democracia? y el ?consenso?.

El paro agrario y el corte de rutas, la presión económica de la UIA a
favor de la devaluación, la campaña permanente de los medios de
comunicación, la espoliación demagógica de mayor seguridad, fueron
utilizados en los dos últimos años bajo la impronta de la
?institucionalidad?, el ?diálogo? y en ?repudio a la soberbia?. A falta
de una defensa digna de ese nombre, la derecha cosechó a favor de su
discurso más del 60% de las opiniones. El resultado electoral no hace
más que certificar un hecho. Ganaron la batalla porque las armas del
gobierno fueron pálidos recuerdos de ?un tiempo mejor?, destellos apenas
poetizados de ?un país feliz? con ?empresarios nacionales? como ?Don
Carlo? y trabajadores orgullosos a imagen de Moyano.

Para poder neutralizar el vendaval de la derecha, hacía falta una
movilización social y política de grandes mayorías populares que el
kirchnerismo, convocado para poner orden y pacificar el país, nunca
incentivó. Al sacar al movimiento popular de la calle, selló al mismo
tiempo su propia suerte. El mito de la ?falta de consenso?, basado en
una campaña ?republicana? inclusos por aquellos que siguen hoy alabando
a Onganía o defendiendo al menemismo, o que pedían hasta hace poco
tiempo mano dura contra los piqueteros, ha derramado su ideología
incluso entre los sectores populares del conurbano. El decisionismo
kirchnerista (en verdad un pálido e irreconocible boceto de lo que
entendía Carl Schmitt) fue lindo para sacar a la gente de la calle y
poner orden en el país, pero es horrorosamente autoritario para
establecer impuestos sobre la renta extraordinaria?

La parodia del pan radicalismo y del PRO fue eficaz en franjas pobres
porque el declive de los índices económicos desde principios del 2008
comenzó a sentirse en el bolsillo de los sectores más humildes. Quizá no
de los asalariados formales y sindicalizados, que votaron masivamente al
gobierno, pero sí entre los sectores más desprotegidos.

La recomposición del radicalismo luego del desastre de De La Rua, el
triunfo de todas las vertientes pro ruralistas del peronismo y de la
?nueva política? de Francisco billetera De Narváez, constituyen un
triunfo, mediado, no conclusivo, relativizado, pero triunfo al fin de
una derecha revanchista, antipopular, que intentará revertir las pocas
conquistas democráticas, sociales y políticas que se han logrado desde
el 2001 a esta parte. Pero una cosas es querer y otra poder. Es dudoso
que amplios sectores populares hayan votado un programa conservador a
conciencia. Se trató, para ellos, más de modales que de modelo. La
restauración del reinado del FMI, el ajuste fiscal, el retraso salarial,
los despidos, el aumento de los precios a consecuencia de la eliminación
de las retenciones, serán arduas faenas que ni las bancadas de la
oposición ni un futuro gobierno de derechas lograrán fácilmente. Por
algo hablaron más de los modales que del modelo, y en ese acto de
deliberado ocultamiento está el homenaje que el vicio le rinde a la virtud.

/[*] Sociólogo, integrante del EDI (Economistas de Izquierda), de la
Asociación Gramsciana y de la Corriente Praxis./





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