[R-P] El huevo de la serpiente: 16 de junio de 1955

Juan María Escobar escobar45 en infovia.com.ar
Lun Jul 13 06:12:25 MDT 2009


Página 12, Lunes, 13 de Julio de 2009

ENTREVISTA AL HISTORIADOR LUCAS LANUSSE
"Aún hay quienes creen que los bombardeos estuvieron bien"

En su libro Sembrando vientos, explora las responsabilidades en la expansión 
de la violencia que sacudió al país entre 1955 y 1973. "Ni las Fuerzas 
Armadas ni los partidos políticos antiperonistas le encontraron la vuelta a 
un país ingobernable", señala.

 Por Silvina Friera

El historiador Lucas Lanusse escribe libros que podrían provocar un infarto 
agudo a una rama de su árbol familiar -es sobrino nieto del dictador que fue 
presidente de la Argentina entre el '71 y el '73- que tiene que digerir, 
como puede, que el joven se apasione con la génesis de Montoneros, con los 
sacerdotes que entendieron el Evangelio como un mensaje revolucionario y con 
la violencia política. En Sembrando vientos (Vergara) explora a través de 
veintiún episodios las responsabilidades de los principales actores 
políticos en la expansión de la violencia que sacudió a la Argentina entre 
1955 y 1973.
Para contextualizar, el libro arranca con la llegada de Perón al poder en 
junio de 1946. Este punto de partida, lejos de pretender adjudicarle la 
culpa de todos los males al peronismo, le permite trazar un bosquejo de cómo 
la sociedad comienza a dividirse. Los exabruptos de los discursos de Perón 
en contra de la Iglesia no pueden ni deben ser equiparados con las bombas 
que se arrojaron sobre los civiles en la Plaza de Mayo en junio de 1955. El 
historiador recuerda que en 1953 el capitán de fragata Jorge Alfredo Bassi, 
que era aviador naval, compartió con un puñado de oficiales de confianza una 
idea que fue el germen atroz de una escalada que no se detendría: "¡Qué 
lindo imaginar la Casa Rosada como Pearl Harbor!". La brutalidad de la 
matanza, alrededor de 250 muertos y ochocientos heridos, no admite 
justificación. La tregua ya no sería posible. Perón, acorralado, subió el 
voltaje de sus últimas declaraciones. "¡A la violencia le hemos de contestar 
con una violencia mayor! (...) ¡La consigna para todo peronista, esté 
aislado o dentro de una organización, es contestar a una acción violenta con 
otra más violenta! ¡Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de 
ellos!"
Desde el Paraguay, donde comenzó un largo y accidentado exilio, Perón 
respondió a un periodista que le preguntó qué pensaba hacer para volver a la 
Argentina: "Nada, en absoluto. Todo lo harán mis enemigos". Lanusse afirma 
que "la historia demostraría que tenía razón: durante casi dos décadas, ni 
las Fuerzas Armadas ni los partidos políticos antiperonistas le encontraron 
la vuelta a un país ingobernable, y Perón debió regresar convocado por 
propios y extraños para intentar poner orden". Aunque tampoco él lo 
conseguiría. El historiador desmonta capítulo tras capítulo los discursos 
crispados y narra los hechos tratando de distribuir equitativamente las 
responsabilidades del desmadre entre el peronismo, el radicalismo y la 
Iglesia Católica. Pero no duda en inclinar la balanza contra las Fuerzas 
Armadas que encabezaron la Revolución Libertadora y la ofensiva revanchista 
de Aramburu, que mandó a fusilar al general Juan José Valle y a otros 
veintitrés peronistas tras el frustrado levantamiento cívico-militar de 
junio de 1956. Como en su anterior libro, Cristo Revolucionario, donde se 
sirve del testimonio de Rubén Dri, uno de los fundadores y referentes del 
Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, que dijo: "El hijo de puta de 
Lanusse sabe que está retrocediendo, que el Gran Acuerdo Nacional se le está 
yendo a la mierda, y manda estos mensajes para meter miedo", en Sembrando 
vientos tampoco tiene ningún prurito a la hora de cuestionar a su tío abuelo 
cuando repasa la masacre de Trelew. "Que Lanusse salga ampliamente 
favorecido en términos relativos frente a un Videla, frente a lo que pasó en 
el '76, y que ahora se lo pinte como abanderado de la democracia, me hace 
pensar que estamos todos en pedo -subraya el historiador en la entrevista 
con Página/12-. Cuanto más se agranda la figura de Lanusse, porque hay 
muchos militantes y ex guerrilleros que lo respetan, más tiendo a tomar 
distancia de él. Me parece que representaba ese discurso de las Fuerzas 
Armadas y ciertos sectores sociales de que era una suerte de 'elegido' por 
designio divino en cuyas manos estaba el destino de la Patria. No me cuesta 
nada criticar a Lanusse."
-¿En el bombardeo a la Plaza en 1955 está el huevo de la serpiente?
-Sí, es así. Algunos me han planteado que tal como está desarrollado ese 
capítulo parecería que fue el peronismo el responsable de la violencia. El 
libro iba a comenzar con los bombardeos, pero me pareció que si no contaba 
la historia de la década previa era muy difícil, era muy abrupto arrancar 
con las bombas. La desmesura, la criminalidad de los bombardeos, claramente 
inaugura la violencia política en el país. Y esto no lo digo solamente yo, 
sino todos los estudiosos del período. Esos bombardeos superaron lo conocido 
hasta entonces y abrieron una etapa en la que realmente parecía que todo 
valía.
-Aunque dice que los historiadores no dudan en afirmar que con los 
bombardeos comienza la violencia, parecería que aún hoy, sotto voce porque 
es incorrecto asumirlo en voz alta, se sigue "legitimando" ese bombardeo en 
tanto se piensa que el peronismo es violento, pero las clases medias están 
como inmunizadas.
-Ese es el núcleo central del libro. Todos parecen tener la excusa perfecta. 
Aun hoy, cuando leés algunos documentos, te sorprende la manera en que ellos 
creen que esos bombardeos estuvieron bien, que lo que hicieron no fue 
criminal. Pero ahí están los hechos y son incontrastables. En los capítulos 
del libro se cuentan episodios de la historia argentina donde hubo muertes, 
sangre, irracionalidad, grandes dosis de locura, y todos tienen entre 
comillas la justificación perfecta. Ningún peronista puede discutir el 
discurso de Perón del 31 de agosto de 1955, que fue una animalada, de una 
irresponsabilidad tremenda, por más que estén inscriptos dentro del 
bombardeo de la Plaza de Mayo. Muchas veces las mejores fuentes son las de 
los propios protagonistas. La descripción que hace de la jornada del 16 de 
junio Isidoro Ruiz Moreno en La revolución del '55 es tan apestosamente 
elitista y tan transparente en cuanto a que le importaban tres mierdas la 
vida entre comillas de esos negros, que ese relato es francamente 
escalofriante.
Cuando el padre Hernán Benítez, un peronista de la primera hora y uno de los 
pocos que no temía criticar a Perón en la cara, leyó las "Directivas 
generales para todos los peronistas", las "Instrucciones generales para los 
dirigentes peronistas" y el "Plan de rumores", objetó el tenor de estos 
documentos y lanzó, como subraya Lanusse en el libro, "una de las más 
impactantes profecías de la historia argentina": "Lo grave es que de seguir 
empecatado Perón en sus trece subversivas y los gorilas en su frenesí 
revanchista, en su elitismo apestoso, en la injusticia social 
institucionalizada y blasonada, y sobre todo, en la escandalosa entrega del 
país al imperialismo y los monopolios, las nuevas generaciones convertirán a 
Perón en héroe, en visionario, y a la guerra civil en la única solución y el 
único remedio para salvar a la Argentina (...). Los hijos de los gorilas, 
por repudio a sus padres, se volverán peronistas y guerrilleros. Desde lejos 
verán sólo lo positivo de Perón. Lo que sellará su figura histórica". El 
historiador define a Benítez como un "hombre brillante". "Esa carta es un 
buen ejemplo, si uno quisiera rastrear una línea editorial del libro, de lo 
difícil que es ver en Perón un paradigma de virtudes o a la lacra más 
tremebunda de la historia argentina. En este año 2009 resulta tan ridículo 
hablar de Perón como el salvador de los trabajadores como del tirano", 
plantea Lanusse.
-¿Por qué cree que a pesar del tiempo transcurrido sigue prevaleciendo un 
pensamiento tan dicotómico en torno de Perón y del peronismo?
-Quizás es una teoría un poco forzada. Pero esto de hablar de ángeles o 
demonios, de salvadores o de las lacras de la Patria, es una transpolación a 
nivel colectivo de algo muy habitual. Siempre es mucho más cómodo descargar 
en una persona o en un grupo las responsabilidades para no hacernos cargo de 
la cuota que nos corresponde. Es medio paradójico hablar de víctimas, pero 
somos un poco víctimas de este discurso muy peligroso. Aun hoy escucho una 
de las frases más grotescas que se puedan oír, y más seguido de lo que se 
puede imaginar: "La culpa de todo fue de Perón". Con el libro terminado 
empecé a pensar en todas estas cuestiones.
-En Sembrando vientos también parece cuestionar ciertos rescates recientes, 
por ejemplo la figura de Frondizi o de Aramburu.
-¿Por qué a Frondizi ahora lo rescatamos como "el estadista"? Frondizi no 
tuvo el más mínimo reparo de reprimir a palazos; era un hiperpragmático que 
hizo un pacto con Perón que sabía que no podía cumplir. Lo mismo sucede con 
la izquierda revolucionaria. Qué historia triste, patética, la del Ejército 
Guerrillero del Pueblo (EGP) de Masetti en Salta, que tiene más fusilados 
por su propia tropa que muertos en combate, pero también cuánto nos dice 
aquella caricatura del '64 sobre muchas concepciones e ideas de las 
guerrillas setentistas. Nos está hablando de ese extremado dogmatismo y la 
verticalidad que tuvieron. Aquella experiencia del EGP me parece muy válida 
rescatarla hoy porque desnuda ciertas concepciones muy militaristas que 
después se verían en Montoneros y en el ERP. Está muy naturalizada la muerte 
de Aramburu, personaje para mí siniestro como pocos, por lo cínico que fue, 
porque vendía una cosa y hacía otra. El episodio de los fusilamientos del '55 
es terrible; él le mandó a decir a la mujer de uno de los coroneles 
sublevados que fue a implorarle clemencia: "El presidente duerme y ha 
mandado no ser molestado". Qué decir de Montoneros, una organización que 
nace, que se da conocer, secuestrando a Aramburu y teniéndolo tres días en 
una estancia. Al margen del rechazo que me genera la figura de Aramburu y lo 
"simpática" que pudo haberme caído esta acción de Montoneros, yo mismo que 
tengo esa veta medio infantil de la guerrilla heroica, y especialmente de la 
guerrilla montonera y peronista, pasadas las décadas me pregunto si cabía 
esperar algo demasiado diferente de una organización que secuestra a un tipo 
durante tres días y después lo mata a sangre fría en un sótano. A esta 
altura del partido se pueden conversar estas cuestiones y no quedarnos sólo 
con la versión de que eran jóvenes que por fin le pusieron un freno al 
avance oligárquico y a los atropellos de las clases dominantes, que hubo 
mucho de eso, y poder ver el conjunto. Hoy escucho discursos exacerbados que 
me llevan a decir: "Pucha, será que no aprendimos nada".
-¿O será que el peronismo tiene por su origen y naturaleza elementos muy 
viscerales que conducen a la exacerbación?
-Sí, seguramente. El peronismo es un fenómeno único y el antiperonismo 
también. No es casual que en San Isidro haya visto recientemente unos 
carteles que decían "Cristina atea, montonera, prostituta..." y cosas por el 
estilo. Tal vez peco de ingenuo, pero quizá tanto el Gobierno como la 
oposición deberían ser un poco más responsables, sobre todo teniendo en 
cuenta lo que fue nuestra historia en estas décadas, donde ha prevalecido la 
descalificación, la cosa apocalíptica y maquiavélica. Quizá se podrían sacar 
algunas lecciones de nuestro pasado reciente.
El viejo refrán sobre el que pivotea el título del libro es "Siembra vientos 
y cosecharás tempestades". "Aunque nos disguste, cosechamos lo que 
sembramos. Claro que esto produce frustración y uno a veces se enoja con la 
vida -admite el historiador-. A riesgo de ser poético, el título me parece 
perfecto para resumir esas tres décadas de la historia de nuestro país." 
Lanusse confiesa que le costó mucho escribir el capítulo sobre los 
fusilamientos de 1956. "Me ensañé muchísimo con Aramburu, ¿se nota?", 
pregunta.
-Sí, se nota la rabia que le generaron los fusilamientos.
-Es que fue una matanza de tres días, ¡durante 72 horas! Los autoproclamados 
defensores de la civilización, de la Constitución, "nosotros somos el 
derecho, la gente buena y bien nacida", tuvieron la sangre fría para 
asesinar sin que les temblara el pulso (se enoja y levanta la voz). Quise 
narrar minuciosamente los detalles de cómo se dieron esos fusilamientos. Y 
cómo la multitud de gorilas pidió sangre en la Plaza y la hipocresía de la 
clase política y de los obispos, que muy tibiamente deslizó que se debía 
frenar la masacre. Pero nadie de los que se decían cristianos, occidentales 
y civilizados levantó la voz para detener el derramamiento de sangre. 





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