[R-P] Reportaje a Aurora Venturini.

Gustavo Battistoni gustavo.battistoni en gmail.com
Dom Jul 5 22:42:08 MDT 2009


Lunes, 6 de Julio de 2009

LITERATURA › AURORA VENTURINI, A DOS AñOS DE HABER GANADO EL PREMIO NUEVA NOVELA
“Soy prisionera de mis ficciones”

La autora se muestra orgullosa del camino que ha recorrido su libro.
“Quería un mundo a la manera de mi imaginación creadora”, dice esta
joven de 87 años que no deja pasar ni un solo día sin escribir. De
hecho, Las primas ya tiene sucesora, aún inédita: Yuna y las
lunáticas.

  	

 Por Silvina Friera

La voz ronca de Aurora Venturini, esta muchacha peronista sin edad que
por esos accidentes burocráticos del destino tiene 87 años, transita
de la escala del grave a un agudo apenas audible cuando se sorprende.
Hace dos años, esta escritora nacida en La Plata en 1922 salió de un
relativo anonimato, a pesar de que llevaba publicados más de treinta
libros en muchas “ediciones de cabotaje”, con una obra maestra, la
novela Las primas, ganadora del Premio Nueva Novela organizado por
Página/12, que ahora se acaba de reeditar en Mondadori. Hace un mes se
publicó en España por Caballo de Troya; en agosto se editará en Italia
y a fin de año en Francia. “¡Qué lindo camino que ha recorrido este
libro!”, repasa la escritora, sin que la emoción le quiebre el tono de
cantante de boleros. “Me han llamado a casa preguntando si yo soy Yuna
Riglos. Este personaje me ha trascendido de tal forma que ahora Yuna
es más importante que yo.” No hay atisbos de reproche hacia esa
criatura que parió en su máquina de escribir eléctrica en apenas dos
meses, a esa narradora de un mundo sórdido, cruel, asfixiante, que
pierde el hilo ante los signos de puntuación y cuando puede, los
evita, alterando todas las reglas sintácticas habidas y por haber. A
la voz de Yuna y su fragilidad ante la gramática –a ese dolor por la
sintaxis, al hambre por superar esa atávica debilidad mental con la
ayuda del diccionario que le permite reponer las frases– le debe su
consagración definitiva como escritora.

“Recién ahora me está gustando la novela –confiesa–, está bien escrita
¿no?”, pregunta retórica que Venturini, que recibió de manos del
mismísimo Borges el Premio Iniciación en 1948 por El solitario, lanza
con la convicción de que la respuesta se cae de maduro. Nadie ha
logrado escribir supuestamente “tan mal”, con una sintaxis
maravillosamente endiablada que despliega los compases de un cerebro
ajeno a la “normalidad”. La musiquita de Aurora sacude al lector de
punta a punta, de la primera página hasta el punto final. Como subrayó
el jurado del concurso –integrado por Juan Boido, Juan Forn, Rodrigo
Fresán, Alan Pauls, Sandra Russo, Guillermo Saccomanno y Juan
Sasturain–, Las primas es una “novela única, extrema, de una
originalidad desconcertante, que obliga al lector a hacerse muchas de
las preguntas que los libros suelen ignorar o mantener cuidadosamente
en silencio”. La novela es devorada aún hoy con la sospecha de que
detrás de esa “terrorista” que puso un puñado de efectivas bombas
molotovs a las convenciones del lenguaje hay una joven vanguardista
atrevida, que se ríe a carcajadas de la broma maestra que ha
pergeñado. El que avisa no es traidor. Venturini pronosticó el efecto
que generaría la lectura de su novela: “se van a caer de culo”, ha
dicho. Enrique Vila-Matas, uno de los que celebra el haberse caído de
culo desde España, tuvo el enorme acierto de decir que quizá tras el
manuscrito pudiera ocultarse el prolífico César Aira disfrazado de
loca faulkneriana. “Las primas es el boom de la Venturini”, aclara la
escritora, como si no fuera ella la que habla.

Si nadie en su sano juicio puede perderse esta novela, que ya ha sido
leída por 80 mil personas, Venturini, desde que se transformó en la
“joven y nueva promesa de la literatura argentina”, no ha dejado de
escribir ni un solo día. El secreto de su éxito es darles duro y
parejo a las teclas de su máquina ocho horas diarias, hacer bicicleta
fija –se recomienda a todas las mujeres que lean esta nota seguir al
pie de la letra estas sugerencias–, y comer alimentos que no engordan.
“Esta es la fórmula que sigo para no envejecer, así la edad no me
alcanza”, bromea la escritora que ha traducido y escrito trabajos
críticos sobre poetas como Isidoro Ducasse, Conde de Leautréamont y
Arthur Rimbaud, entre otros. “No ves que casi no tengo arrugas”,
subraya orgullosa de su cruzada antivejez. En dos años ya escribió
varias novelas. La continuación de Las primas, que tiene unas
doscientas páginas, se titula Yuna y las lunáticas. “Son los amigos
que Yuna va conociendo cuando viaja a Europa –anticipa la escritora–;
la gente que conocí cuando estuve en París, Simone de Beauvoir, Jean
Paul–Sartre, Violette Leduc, Eugène Ionesco y Juliette Gréco, pero
también como fui mucho al teatro aparecen Jean-Paul Belmondo y Alain
Delon, la farándula de la época. Las noches de París que vive Yuna son
las mismas que viví yo a fines de los años ’50.”

La muchacha peronista, que trabajó con Eva Perón, además de haber sido
una amiga íntima de “la Abanderada de los Humildes”, tuvo que rajarse
con la marchita a otra parte durante veinticinco años; más
precisamente a Francia, para escapar de la salvaje represión de la
Libertadora. “El peronismo no ha perdido –plantea minimizando el
resultado de las elecciones del domingo pasado–. Te lo digo yo que
tengo experiencia. Ningún peronista puede dejar de ser peronista.
Mientras haya alguien que se acuerde de nuestras épocas de lucha, el
peronismo vivirá. No hay que olvidar que fue una epopeya, el
movimiento más importante del mundo –continúa envalentonada, a pesar
de que parezca que no son buenos tiempos para los peronistas–. Evita
se dio tanto al prójimo que se olvidó de sí misma. El peronismo
siempre que se cae se levanta. Pero hay que cuidarse mucho porque nos
van a tirar con piedras. A veces me pesan las angustias que he
vivido.”

Venturini ha esquivado muchas piedras en su camino. Ahora goza de esa
sabiduría que le ha dado la bicicleta de la experiencia y la
escritura. El sillón de mimbre es otra de las novelas que escribió
después del bombazo de Las primas. Transcurre en su ciudad natal, La
Plata, y cuenta que la escribió sugestionada por la sabiduría de su
abuelo siciliano. Narrada en primera persona, es la historia de una
muchacha, María Addolorata, que se queda soltera en los años ’40
mientras observa cómo todas las otras mujeres de su entorno se casan.
“María se enamora de un muchacho que estudia medicina, pero es un amor
imposible. El se casa con otra mujer que estudia medicina como él.
Pasan los años y al negocio de costura de María llega el nieto de ese
muchacho del que ella estuvo enamorada y le cuenta que el abuelo, que
enviudó muy joven, siempre le decía que estaba enamorado de María, de
ella –explica Venturini–. Entonces María descubre que su abuelo era un
gran castrador. Cuando ella está fatigada, se desmorona en el sillón
de mimbre.”

–¿A qué se debe tanta productividad?

–Yo siempre fui muy novelera, vengo a ser una suerte de prisionera de
las novelas que estoy escribiendo. Yo tecleo en la máquina eléctrica y
la temática de la novela surge como si fuera agua de un manantial.
Creo que aunque escribamos muchísimos libros, todos los escritores
somos una novela o un libro. Borges es El Aleph, Sabato es El túnel, y
yo voy a ser Las primas eternamente. Aunque me sorprendí cuando me
llamaron para avisarme que había ganado, íntimamente estaba segura de
que ese premio era para mí.

–¿Cuál es el origen de la crueldad que hay en Las primas?

–Mi infancia fue cruel; yo era una chica autista, solitaria, a la que
querían socializar. A los cuatro años se me daba por llorar
puntualmente de cuatro a seis de la tarde porque en esa época veía en
las tacitas de porcelana del té unos dibujos encantadores y quería
irme con esos dibujos. Mamá, que era maestra, me daba unas palizas
tremendas, yo era una chica muy molesta. A esa edad ya leía y
escribía; en la escuela me pasaban de un grado a otro, cada medio año
me sacaban del curso porque no me aguantaban y no sabían qué hacer
conmigo. Por eso entré a la Universidad a los dieciséis años. Quería
un mundo a la manera de mi imaginación creadora y terminaba duramente
castigada. Por eso mis novelas tienen un fondo muy angustioso. ¿Sabés
que me atemoriza?

–No.

–Las escaleras mecánicas, no he podido vencer el pánico que me generan...

–¿Tendrá que ver con la edad?

–No, yo soy una mujer sin edad (risas). No siento la edad que tengo,
voy y vengo a todas partes, soy muy ágil. Yo no cumplo más años, no
nací todavía. A mí el Altísimo no me tiene en cuenta. Me hizo por
descuido, por eso no me quiere terminar de aceptar (risas).




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