[R-P] [Aldo Ferrer] El caso de las retenciones

Nestor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Lun Feb 16 11:59:16 MST 2009


Gentileza Mov. Pop. Liberación

El caso de las retenciones. Por Aldo Ferrer.

Sábado 14 de febrero de 2009

El caso de las retenciones. Por Aldo Ferrer.

Emergencias y estructura productiva.

El campo argentino enfrenta una situación crítica provocada por la 
sequía. La emergencia reclama el apoyo de la sociedad y las políticas 
públicas para ayudar a los productores y compensar, en la mayor medida 
posible, las consecuencias del siniestro. En este escenario, deben 
replantearse los problemas y evaluar el marco regulatorio del sector 
agropecuario y la cadena agroalimentaria. Es, entonces, comprensible la 
reciente propuesta de los gobernadores de Santa Fe y Córdoba de 
suspender el cobro de las retenciones a las exportaciones agropecuarias 
por un período, mientras dure la emergencia.

La necesidad de recurrir en apoyo del campo es incuestionable. El 
interrogante es si suspender el cobro de las retenciones es o no la 
forma más eficaz de hacerlo atendiendo, al problema puntual, en el 
contexto de los intereses de toda la economía nacional y su pleno 
desarrollo en la actualidad y el largo plazo.

La respuesta es no porque la emergencia del campo debe resolverse sin 
desatender los problemas estructurales preexistentes, que es lo que 
sucedería si se suspenden las retenciones y establece un tipo de cambio 
único. Por lo tanto, si se decide que el ingreso fiscal de las 
retenciones vuelva al campo para paliar las consecuencias de la sequía, 
no debería ser a través de su eliminación o suspensión, sino por medio 
de la transferencia de los fondos involucrados a los programas de ayuda, 
con la mayor participación posible de los gobiernos provinciales. Debe 
evitarse que esta situación de emergencia se convierta, en otra vía, de 
la apreciación del tipo de cambio y el desaliento a la inversión y 
transformación de la estructura productiva.

Los países que sustentan su desarrollo básicamente en sus recursos 
naturales abundantes (petróleo, cobre, tierras fértiles, etc.), nunca 
llegan a ser naciones integradas avanzadas ni, por lo tanto, superar el 
subdesarrollo. Argentina debe contar con una estructura integrada 
agroindustrial, entre otras razones, para gestionar el conocimiento. La 
ciencia y la tecnología son los motores fundamentales del desarrollo y 
sólo se despliegan plenamente en las economías integradas industriales 
complejas. Si además ellas cuentan, como sucede en los Estados Unidos, 
Canadá y Australia, con grandes recursos naturales, amplían sus 
posibilidades de crecimiento. Argentina puede también lograrlo.

Es, por lo tanto, indispensable ubicar el problema de la emergencia 
agropecuaria en su debido contexto y tener en cuenta que los precios 
relativos en la economía argentina son distintos a los internacionales. 
En nuestro país, los productos del campo son relativamente más baratos 
que los industriales por dos razones. Por un lado, la extraordinaria 
dotación de recursos naturales del país fortalecida, en los últimos 
lustros, por la capacidad de buena parte del empresariado rural de 
aplicar las tecnologías de frontera.

Por el otro, el todavía insuficiente desarrollo industrial del país 
debido a las turbulencias políticas y económicas que signaron nuestra 
historia. Esa asimetría entre los precios relativos internos y los 
internacionales implica que, para otorgarle competitividad, en el 
mercado interno y en el mundial, a la totalidad de la producción 
nacional de bienes sujetos a la competencia internacional, tiene que 
haber tipos de cambio diferenciales para los diversos sectores productivos.

Esto es válido con sequía o sin ella y emergencia agropecuaria, y es la 
consecuencia inevitable de lo que Marcelo Diamand llamó la “estructura 
productiva desequilibrada”. Por ejemplo, si para que la producción de 
soja sea rentable es necesaria, digamos, una paridad de dos pesos por 
dólar, para que lo sea la de textiles, productos químicos, maquinarias, 
etc., es necesaria una paridad, supongamos, de cuatro. Si el tipo de 
cambio se fija en dos pesos por dólar, no hay retenciones pero 
desaparece buena parte de la producción manufacturera.

Al mismo tiempo, por diversos mecanismos, como sucedió en tiempos de la 
“tablita” y de la convertibilidad, se termina castigando también al 
campo. Si la paridad se fija en cuatro pesos sin retenciones, se genera 
una renta excesiva en la soja que profundiza los desequilibrios en la 
estructura productiva del país.

Todos los estados modernos administran las señales de precios del 
mercado internacional, para acomodarlas a las características de sus 
precios relativos y estructuras productivas internas, con vistas a su 
pleno desarrollo económico y social. Éste es el sentido de los subsidios 
de la Política Agrícola Común de la Unión Europea, sin los cuales no 
existirían el agro ni seguridad alimentaria en Europa.

La sequía ni la emergencia que atraviesa el campo modifican las 
características estructurales de la economía argentina. En consecuencia, 
si se suspendieran las retenciones existiría un tipo de cambio único e, 
inevitablemente, sobrevaluado. Vale decir, un tipo de cambio de 
equilibrio de mercado (TCEM) que torna no competitiva, en el mercado 
interno y en el mundial, la producción interna, no basada en los 
recursos naturales

Además, para evitar el impacto de los precios internacionales sobre los 
alimentos en el mercado interno, bajo un régimen de tipo de cambio único 
sin retenciones, el Gobierno estaría impulsado a apreciar la moneda aún más.

Al mismo tiempo, esa política cambiaria fomentaría las entradas de 
capitales especulativos, que son atraídos por las altas tasas de interés 
prevalecientes en economías con paridades sobrevaluadas. Este enfoque 
genera desequilibrios macroeconómicos insostenibles y escenarios 
inestables, por la volatilidad de los mercados financieros y las fuertes 
variaciones a que están sujetos los precios internacionales de los 
productos primarios. Esto siempre es fatal y, mucho más lo sería en el 
actual contexto internacional.

En sentido contrario, una política cambiaria orientada a dar respuestas 
a los desequilibrios de la estructura productiva, promover la 
competitividad de la producción interna de bienes y servicios transables 
y desalentar los movimientos de capitales especulativos, opera con tipos 
de cambio de equilibrio desarrollistas (TCED). Tal política cambiaria 
supone que el tipo de cambio conveniente es aquel que persigue cuatro 
fines principales.

A saber:

1. Privilegiar el compre nacional en las decisiones de gastos de consumo 
e inversión de las empresas, las familias y el gobierno.
2. Estimular la diversificación de las exportaciones incorporando bienes 
y servicios de creciente contenido tecnológico y valor agregado y, por 
lo tanto, impulsando la gestión del conocimiento y la transformación de 
la estructura productiva.
3. Lograr que el lugar mas rentable y seguro para invertir el ahorro 
interno sea el propio país.
4. Desalentar los movimientos de capitales especulativos creando 
incertidumbre en los especuladores y previsibilidad en los tomadores de 
decisión de inversión productiva.

El TCED contribuye al crecimiento del comercio exterior y a generar un 
superávit en la cuenta corriente del balance de pagos, con el 
consecuente aumento de reservas del Banco Central. Por lo tanto, 
fortalece la estabilidad macroeconómica y los mecanismos de defensa 
frente a las turbulencias internacionales.

Éste es uno de los dilemas centrales que tiene que resolver actualmente 
la política económica. A saber, cómo sostener un TCED con tipos de 
cambio diferenciales, en el marco de una crisis internacional de vasto 
alcance y la emergencia agropecuaria planteada por la sequía.

En consecuencia, lo que debería discutirse no son las retenciones sino 
las medidas para enfrentar la emergencia incluyendo la asignación, para 
tales fines, de los ingresos fiscales originados en las mismas. Es 
también imprescindible resolver la emergencia atendiendo a las 
situaciones diferentes dentro del complejo sector que, para simplificar, 
llamamos campo, tanto por tamaño de empresas, producciones, regiones 
cuanto en la dimensión social involucrada en la agricultura familiar y 
las condiciones de empleo y retribución de los asalariados rurales.





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