[R-P] Sed de sangre: más allá del indoeuropeo

Néstor Gorojovsky nmgoro en gmail.com
Jue Dic 25 07:41:59 MST 2008


[Perdón, error de tecleo. Vuelvo]

Hará una década o dos, un grupo de lingüistas de origen soviético que
trabajaba en Chicago aplicó a todas las lenguas conocidas métodos
glotocronológicos relativamente burdos pero en la práctica -como se
vio- bastante rendidores, porque les permitieron reconstruir algunos
centenares de vocablos hipotéticos no ya del indoeuropeo sino de la
lengua que originó todos los troncos lingüísticos contemporáneos: la
lengua de donde derivaron todos los idiomas de nuestro tiempo, dicho
de otro modo la "lengua inicial" de la humanidad, según puede
determinarla el estado actual de nuestros conocimientos.

En esa lengua, la sed parece haberse determinado "leb". Los lingüistas
establecían, según decía la nota (la leí en el "Clarín" de entonces),
una directa relación entre la palabra inglesa "love" (amor) y este
vocablo primigenio, la sed.

El amor, entonces, es en el fondo una forma derivativa y sofisticada
de la sed. Al menos así es desde el punto de vista del idioma.  Y
francamente me parece que en esto el idioma no se equivoca.

Pero entonces, cuando uno lee que según Marianito

"los Kirchner ... al decidir lo hacen por las suyas, sin consensuar ni
consultar", no solo falsifica los hechos (los Kirchner sí consultan,
solo que no consultan a Marianito y los como él). Es más: no solo
critica como antidemocrático lo que en rigor constituye un aspecto
fundamental de todo régimen democrático (que el gobierno solo
consensúe con los que lo apoyan, renunciando en la práctica al
ejercicio del poder).

Antes de ir a lo que queremos destacar, nos permitimos preguntarle a
Marianito, en el improbable caso de que pose su lánguida mirada de
gorila sempiterno sobre estas líneas: ¿acaso Konrad Adenauer -el
ejemplo no es banal, se verá en seguida- "consensuó" con los
comunistas alemanes la marcha del país en la inmediata posguerra
mundial, o "consensuó" con los EEUU, una potencia extranjera, y partió
en dos Alemania para defender los intereses de la gran burguesía
germana que él representaba tan bien? Por cierto que a Adenauer, el
admirado por Marianito "estadista ejemplar", no solo no "consensuó"
sino que además "dividió" con toda su furia, hasta el punto que el
tajo quedó marcado en el mapa por más de sesenta años. En ese caso,
Marianito no cree que la falta de consenso con el que quiere
desestabilizarlo sea una forma de "dictadura". Y todas sus
elucubraciones posteriores sobre la raíz indoeuropea de "dictar", o
sea "decir", se disuelven en su propia contradicción.

Y nos llevan a la cuestión central: si un gobierno legítimo no puede
gobernar sin consenso de aquellos que le son hostiles, es decir, si no
tiene "leb", sed, de apoyo en los sectores que Marianito dice
representar, ¿entonces cuál es la solución? Qué amor (es decir, qué
"love", qué sed) expresa Marianito cuando expulsa sus demonios y los
estampa en el papel? Aquello que uno ama dice mucho sobre lo que uno
es.

El "consenso" que pretende Marianito es, en síntesis, la voluntad de
doblegar al gobierno para que comience a cumplir el plan de sus
adversarios mortales (o enemigos jurados, tanto da). Ese "consenso"
llevaría a traicionar las esperanzas de quienes hoy lo apoyan, que son
los más humildes y humillados del país. Llevaría a un posible
derrocamiento "electoral" tras haber forzado al gobierno a
"consensuar" las condiciones de su futura derrota. Es un consenso,
entonces, con el retorno de los brujos antipopulares que tuvieron que
guarecerse en sus covachas después del 19 y 20 de diciembre de 2001. Y
con todas sus consecuencias, en particular sobre la vida y la muerte
de las mayorías argentinas. La muerte, en especial, que esos brujos
llevan en sus entrañas y segregan con su bilis.

Ése es el objeto del amor, de la "leb", de la sed de Marianito.

Marianito solo tiene sed de sangre. Sed de sangre. Por las buenas, por
las malas, y por las peores también, como decía Benedetti en relación
a otra sed, la sed de justicia, cantándole al Cordobazo en el Cielito
del 69.

Me quedo con esa sed. Nada de "consenso" con los que se permiten
considerar una "dictadura" el derecho a no respetar a los responsables
de la tragedia argentina. Bien por Cristina Kirchner, y bien por
Néstor Kirchner.

¿A los Grondona no les gusta que tengamos, los argentinos, una pareja
"reinante"? Tampoco les gustaba a los Grondona de la vieja Roma
republicana que el tribuno de la plebe se convirtiera en imperator.
Pero así fue que se salvó Roma, por varios siglos, del mortal abrazo
de los usureros, entre cuyas filas se destacaba Cicerón...

Salvemos a la Argentina de los "republicanos de la entrega y de la usura".

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Néstor Gorojovsky
El texto principal de este correo puede no ser de mi autoría



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