[R-P] De doños Camilos y Pepones

Boletín Bambú bambuprensa en yahoo.com.mx
Mie Oct 17 23:01:05 MDT 2007


“Hace casi exactamente 1860 años, actuaba también en el
Imperio romano un peligroso partido de revoltosos. Este
partido minaba la religión y todos los fundamentos del
Estado. Negaba de plano que la voluntad del emperador fuese
la suprema ley; era un partido sin patria, internacional,
que se extendía por todo el territorio del Imperio, desde
la Galia hasta Asia y traspasaba las fronteras imperiales.
Llevaba muchos años haciendo un trabajo de zapa,
subterráneamente, ocultándose. Pero desde hacía bastante
tiempo se consideraba con la suficiente fuerza para salir a
la luz del día. Este partido de la revuelta, que se conocía
por el nombre de los cristianos, tenía también una firme
representación en el Ejército. Legiones enteras eran
cristianas. Cuando se los enviaba a los sacrificios
rituales de la iglesia nacional pagana, para hacer allí los
honores, estos soldados de la subversión llevaban su
atrevimiento hasta el punto de ostentar en el casco
distintivos especiales —cruces— en señal de protesta”.

Esto no lo escribió Edgar Schmid, sino Federico Engels.
Figura en la Introducción a “La lucha de clases en Francia
de 1848 a 1850”, publicado en Alemania en 1895.

Lo cita Juan José Hernández Arregui en “Nacionalismo y
liberación” (editorial Hachea, Buenos Aires, 1969), que
lleva por subtítulo “Metrópolis y colonias en la era del
imperialismo”.

Hernández Arregui recuerda que el cristianismo
posteriormente se apartó de sus fuentes primitivas, acabó
en culto del Estado y se convirtió en la religión de las
clases poderosas. También se apartó de san Pablo, un judío
converso –el verdadero fundador de la Iglesia– que por
primera vez en la historia formuló la idea de la “unidad
del género humano” cuando se pronuncia por:

“[...] una inteligencia en que no haya paganos ni judíos,
ni circuncisos ni incircuncisos, ni extranjeros ni
bárbaros, ni hombres libres ni esclavos, sino que Cristo
sea en todo”.

Creo que esto se podría considerar como una de las primeras
nociones –si no la primera– de socialismo (no “científico”,
ya sé, ya sé).

En “El origen de la religión”, S. Enshlen (ignoro el nombre
de pila del autor y la editorial es una palabra
impronunciable, Moscú, 1954) escribió que “Cristo triunfó
porque Espartaco fue derrotado”.

Hernández Arregui dice que “los diálogos entre católicos y
marxistas no sean enteramente inútiles, ya que es
preferible encender una débil vela antes que maldecir en
las tinieblas”.

Muchos intelectuales católicos, con Pierre Theilard de
Chardin a la cabeza entendieron esta cuestión. El filósofo
cristiano Jean Lacroix (1900-1986), fundador de la revista
Esprit y editor de la sección de Filosofía en Le Monde,
escribió:

“El marxismo es la filosofía inmanente del proletariado
[...]. Lo que caracteriza al marxismo es su realismo, que
considera a la humanidad en su realidad concreta”. 

Emmanuel Mounier (1905-1950), amigo de Lacroix y cofundador
de Esprit –donde también escribían Nicolás Berdiaeff,
Jacques Maritain y François Mauriac– se propuso conciliar a
Marx con el cristianismo a través de Soren Kierkegaard. Y
lo mismo hizo Joseph Folliet, un representante del llamado
“catolicismo social” francés.

Arnold Toynbee, influenciado por san Agustín y Oswald
Spengler, le recordó a la Iglesia que el mérito del
marxismo consistía –cito a Hernández Arregui– en “su
llamado a atención a los católicos sobre la importancia
decisiva de la cuestión social y que, por tanto, la Iglesia
debía reconocerle al marxismo su fuerza estimulante
respecto a la exigencia de un retorno a un cristianismo
evangélico”.

El reverendo y doctor en Filosofía V. H. Demant, autor de
Religion and the Decline of Capitalism (Oxford, 1949), fue
más crítico: “El hecho que quita significado a la mayoría
de nuestras teorías de la Iglesia y el Estado es la
supeditación política de ésta a la economía y las
finanzas”.

El religioso dominico y sociólogo francés Louis Joseph
Lebret (1897-1966) que a los 21 años, antes tomar los
hábitos, fue condecorado con la Legión de Honor por su
coraje en la Primera Guerra Mundial, no se anduvo con
vueltas: “Los cristianos deben romper en todos los terrenos
su complicidad permanente con el régimen capitalista”. 

Esta idea acompañó a Lebret hasta el ultimo día de su vida
y quedó registrada en sus libros El Drama del Siglo y
Cartas a los Cristianos de Buena Voluntad, los dos editados
en Buenos Aires en la década de los 60. Pero el dato que
pinta entero a este cura es que fue el principal inspirador
de la encíclica Populorum Progressio (1967).

Los seguidores de Lebret –cuya obra también reconoce
Hernández Arregui– destacan “su misión en favor de los
pobres, los oprimidos y los pueblos en vía de desarrollo”.

En Tacuara citaban a Job, de la tierra de Uz y considerado
“íntegro y recto”: “Es milicia la vida del hombre sobre la
tierra” (Job: 7, 1). Lebret desarrollo esta idea en un
mensaje sencillo, como hablan los curas:

“Hay que amar la lucha. Hay que considerarla normal [...].
No debemos maravillarnos ante ella; sino aceptarla,
mostrándonos valientes en el combate; ser nosotros mismos,
y no faltar nunca en esa lucha ni a la verdad ni a la
justicia [...]. Pero no debemos amar el combate por el
combate mismo, sino por amor del bien, por amor a nuestros
hermanos que hemos de liberar”. 

¿Liberarlos de qué? De lo que él se opuso siempre: el
capitalismo.

Aunque no soy chupacirios sino chupatintos, podría
extenderme mucho más en este tema pero creo que ya abusé
demasiado de la paciencia de eventuales lectores. 

Otro día me gustaría escribir algo sobre Jean-Yves de
Calvez y Gustav Wetter.

Calvez, jesuita francés, director del Centro de Estudios,
Investigación y Acción Social (CERAS), de París, profesor
de moral y jefe de redacción de la revista Etudes, es
considerado uno de los especialistas internacionales más
competentes de la doctrina social de la Iglesia. 

Wetter, jesuita austriaco, conferencista internacional y
analista erudito, escribió una voluminosa obra sobre las
cuestiones del comunismo que, a su juicio eran negativos,
sin dejar de mencionar algunos aspectos sociales que
resultaban más humanitarios que en el capitalismo.

Para terminar, vuelvo a citar algo de Hernández Arregui que
me hizo gracia: “Alrededor del marxismo andan también los
jesuitas. Lo cual, hasta hace poco años, hubiera sido como
rezarle a Dios y ponerle velas al diablo”.





Roberto Bardini
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