[R-P] Sionismo: el real enemigo de los judíos - Alan Hart

Patricia desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Sab Nov 24 12:45:19 MST 2007


Estimados amigos:

He aquí una prueba de que nuestra prédica de años no
es solitaria ni descabellada.

El autor de este artículo (y del libro que comenta) es
Alan Hart, un prominente pensador norteamericano de
religión judía que, con toda valentía y lucidez, ha
enfrentado a los sionistas, a quienes, igual que
nosotros, considera el verdugo de palestinos,
libaneses y sirios, a la vez que el mayor peligro para
 la Humanidad , para el pueblo estadounidense y para
los propios judíos. De la misma manera que nosotros,
Hart cree que el sionismo será el responsable de una
eventual repetición del Holocausto, esta vez en EE.UU.

Lo he resumido porque  es muy largo, pero creo haber
conservado lo esencial.

Agradezco a mi amigo Oscar Abudara Bini el envío de
este trabajo de Hart.

Un abrazo.

Juan Gabriel Labaké.

21-11-2007 
 

El largo brazo del sionismo llega a todas partes

SIONISMO: el real enemigo de los judíos

(El libro que no puede publicarse en USA) 

Alan Hart

Information Clearing House

Traducido para Rebelión por Manuel Talens y Paloma
Valverde
 
“¿Por qué nos odian?”, fue la pregunta que se hicieron
los estadounidenses tras el horror del 11 de
Septiembre. Y, para muchos de ellos, los odiadores no
eran solamente el grupo de fundamentalistas islámicos
violentos que, según la versión oficial de los hechos,
acababan de derribar las Torres Gemelas, sino también
los árabes y los musulmanes, es decir, un cuarto de la
humanidad.

Desde aquel día terrible y atroz me he estado
repitiendo a mí mismo cuán diferente sería hoy el
mundo -cuánta muerte y destrucción nos habríamos
ahorrado- si el presidente Bush hubiera dicho algo
como esto: “Ésa es una buena pregunta, tratemos de
encontrarle respuesta antes de actuar”.

De haber intentado responder a la pregunta, el primer
axioma que se habría establecido es que una mayoría
abrumadora de árabes y otros musulmanes no odian ni a
los estadounidenses ni a USA. Quizá, si pudieran,
muchos árabes y musulmanes, quién sabe si la mitad de
todos ellos, vivirían en USA para disfrutar de la
supuesta buena vida que hay allí.

Lo que odian es su política exterior. Y la causa
principal de ese odio es el apoyo que el Congreso y la
Casa Blanca le prestan al Estado sionista de Israel,
con razón o sin ella. Pero el desprecio arrogante que
Israel exhibe hacia el Derecho Internacional -aceptado
por USA- es sólo uno de dos factores de la ecuación
que, a lo largo de los últimos sesenta años, ha hecho
que el dolor, la cólera y la humillación de árabes y
otros musulmanes se conviertan en odio a causa del
conflicto en Palestina. El otro factor es la
impotencia de los represivos y corruptos regímenes del
orden árabe existente, percibidos por sus propias
masas como títeres al servicio estadounidense y
sionista. (...)

En el volumen I de mi libro recuerdo una entrevista
que le hice a Golda Meir, la madre de Israel, para el
programa Panorama de la BBC. En un momento dado la
interrumpí para decirle: “Primera Ministro, quiero
estar seguro de haber comprendido lo que usted está
diciendo... ¿Dice usted que si Israel estuviese en
peligro de caer derrotado en el campo de batalla,
estaría preparado para destruir la región y todo el
mundo con él?” Sin la menor vacilación (...), Golda
respondió, “Sí, eso es exactamente lo que estoy
diciendo”. Una hora después de que yo transmitiese la
entrevista, el Times de Londres alteró su editorial
principal. El texto corregido aludió a lo que Golda me
había dicho y añadió el siguiente comentario: “Más
vale creerle”. (...)

... El grupo de presión en USA representa al sionismo
de línea dura, intransigente y (por lo menos algunas
veces) batalla por políticas que no son las mejores a
largo plazo para Israel. (...)

En mi opinión, así como en la de todos los expertos
verdaderos que conozco -entre los cuales están, por
ejemplo, los dos historiadores israelíes
“revisionistas” (honrados) de nuestro tiempo, los
profesores Ilan Pappe y Aviv Shlaim-, la clave (de
este problema) es la diferencia entre judaísmo y
sionismo. El mundo occidental, básicamente
judeocristiano pero no judío, ha sido condicionado
para creer que judaísmo y sionismo son la misma cosa.
Pero no lo son. Son cosas opuestas.

El judaísmo es una religión de judíos (no de “los
judíos”, porque no todos los judíos son religiosos) y,
al igual que el cristianismo y el Islam, se centra en
una serie de principios éticos y valores morales. 

El sionismo es una ideología laica y colonialista que
en 1948, haciendo uso principalmente del terrorismo y
la limpieza étnica, creó un Estado para algunos judíos
en el interior del mundo árabe (en 1897, en el momento
de la creación del sionismo y de la primera
declaración de cuál era su objetivo, su ambición
colonial sólo fue respaldada por una escasa minoría de
los judíos del mundo y puede afirmarse que, sin la
obscenidad del holocausto nazi -un crimen europeo por
el que fueron castigados los árabes de Palestina-,
Israel no habría existido nunca). Dicho en pocas
palabras, el sionismo aplicado en la práctica ha
convertido en una burla los principios éticos y los
valores morales del judaísmo, principios y valores que
en realidad desprecia. Por dicha razón, los judíos
religiosos, a menudo descritos como “ultraortodoxos”,
dicen que el sionismo está destruyendo el judaísmo.

(...)

El conocimiento de la diferencia entre judaísmo y
sionismo es la clave para comprender por qué es
perfectamente posible ser antisionista (opuesto en
todo o en parte a la empresa colonial del sionismo)
sin ser de ninguna manera antisemita. La trascendencia
de esa declaración está explicada en las líneas que
siguen.

La falsa acusación de antisemitismo es el chantaje que
utiliza el sionismo con la excusa de la obscenidad del
Holocausto nazi y que le permite silenciar cualquier
crítica contra Israel, su retoño farisaico y agresivo,
para sofocar el debate informado y honesto sobre quién
debe hacer justicia y traer la paz, cómo y por qué.
Pero cuando los ciudadanos conozcan la diferencia
entre sionismo y judaísmo (y la verdad histórica
después) no tendrán por qué callarse asustados, como
la mayoría de los gentiles ahora hacen, por miedo de
que los acusen falsamente de antisemitismo si critican
al Estado sionista de Israel.

Sin embargo, hay otra razón que hace esencial el que
los ciudadanos de las naciones occidentales, entre
quienes viven la mayoría de los judíos del mundo, sean
conscientes de la diferencia entre judaísmo y
sionismo. El conocimiento de dicha diferencia explica
por qué es erróneo culpar a todos judíos de los
crímenes de unos pocos (que son los sionistas a
ultranza de Israel/Palestina). (...)

(Mi libro) refleja dos verdades relacionadas con
nuestro tiempo.

La primera de ellas es que el gigante dormido del
antisemitismo tradicional se ha despertado de nuevo en
las naciones predominantemente no judías de Occidente
(donde, lo repito, vive la mayoría de los judíos del
mundo como ciudadanos integrados). La segunda es que
la causa principal de ese nuevo despertar es el
comportamiento del Estado sionista (¡no judío!), tal
como la mayor parte de las mejores mentes judías
anteriores al Holocausto nazi temieron que sucediese
si las grandes potencias permitían que el sionismo se
saliese con la suya. 

(...)

Soy de la opinión de que, tras la obscenidad del
Holocausto nazi, y a causa de éste, lo más probable es
que el gigante (del antisemitismo) se habría vuelto a
dormir, habría permanecido dormido y, con toda
probabilidad, habría muerto en su sueño si las
principales potencias, en primer lugar Gran Bretaña y
luego USA, no hubiesen permitido que el sionismo se
saliese con la suya, como dijo Balfour, “con razón o
sin ella” (hay motivos para decir que, con “amigos”
como los políticos británicos y estadounidenses, los
judíos del mundo no han necesitado enemigos).

¿En qué se basa la creencia de que el antisemitismo
está en auge? El aumento de las profanaciones de
sinagogas y tumbas judías (y actos similares), los
insultos y agresiones contra judíos son un indicio.
Pero hay algo mucho más siniestro: lo que un número
creciente de gentiles, en particular de las clases
media y alta, están pensando y empiezan a decir a
puerta cerrada y en reuniones sociales. ¿Qué es lo que
dicen? “¡Estos judíos de mierda!” Y dicha antipatía ha
aumentado en respuesta a la arrogancia del poder de
Israel y a la correcta percepción de Israel como el
opresor. Y cuanto más aparente resulta que Israel es
el obstáculo para la paz en cualquier término que la
mayoría de los palestinos y otros árabes y musulmanes
pudiesen aceptar, más crecerá esta antipatía, con el
peligro real de que estallará, se volverá
incontrolable y se manifestará como antisemitismo
violento.

Tal como están y parecen evolucionar las cosas, el
segundo Holocausto contra los judíos es una auténtica
posibilidad en un futuro previsible.

Soy asimismo de la opinión -que sé compartida en
privado por algunos judíos eminentes- que si el
monstruo del antisemitismo se pone de nuevo en
movimiento, podría iniciar su andadura en USA.

Dos razones resumen el porqué:

1) Muchos congresistas (anteriores y actuales) se
detestan a sí mismos por haberse vendido al grupo de
presión sionista. Si surgiese la oportunidad de
desatar su cólera reprimida y la rabia que les crea su
culpabilidad, querrán venganza.

2) Los principales instigadores neoconservadores de la
invasión de Iraq son también sionistas de la línea
dura. Aunque pocos quieren admitirlo públicamente,
muchos saben que eso es cierto.

(...)

Mi libro tiene dos temas principales y relacionados
entre sí. 

Uno es cómo Israel, el retoño del sionismo, se
convirtió en su propio peor enemigo y en una amenaza
no sólo para la paz de la región y el mundo, sino
también para los mejores intereses de los judíos de
cualquier parte y para la integridad moral del
judaísmo. 

El otro es por qué el mundo árabe y musulmán es una
auténtica bomba de relojería de frustración y
desesperación.

El libro es épico tanto en su longitud (dos volúmenes)
como en su alcance y su contenido, porque es una
reescritura completa de la historia de la creación y
del mantenimiento del conflicto en Palestina y sobre
Palestina, y porque reemplaza con hechos documentados
y verdad histórica la falsa mitología sionista sobre
la que se basó la versión inicial y todavía existente
de la historia judeocristiana. Tal como le señalé en
una carta abierta a la Secretaria de Estado
Condoleezza Rice (divulgada por Information Clearing
House el 7 de noviembre), la versión inicial de esa
historia no es más que un sinsentido de propaganda
sionista. Se centra en dos falsos mitos:

Uno de ellos es que el Estado sionista de Israel ha
vivido en peligro constante de aniquilación, de que
“arrojen al mar” a sus judíos. La verdad histórica es
que la existencia de Israel nunca ha estado en
peligro. No lo estuvo en 1948/49. Tampoco en 1956.
Menos en 1967. Y ni siquiera en 1973. La aseveración
sionista de lo contrario fue la tapadera que permitió
que Israel se saliese con la suya donde más importaba,
en USA y en la Europa occidental, al presentar su
agresión como defensa propia y a sí mismo como la
víctima, cuándo lo que fue, y sigue siendo, es el
opresor.

El otro falso mito es que Israel no ha contado con
ningún personaje palestino dispuesto a negociar la
paz. La verdad histórica es que Yasser Arafat sí
preparó el terreno en el lado palestino para alcanzar
la paz, y lo hizo en 1979, hace más de un de cuarto de
siglo. En aquel año, 1979, Arafat convenció al Consejo
Nacional Palestino -la más alta instancia decisional
en el lado palestino- de que apoyara su política y el
hasta entonces inimaginable acuerdo con Israel
(inimaginable para los palestinos, porque la
aceptación de Israel en el interior de sus fronteras
anteriores a 1967 exigió que renunciasen a reclamar el
78% de su territorio).

Tal como señalé en mi libro Arafat (...), el histórico
líder palestino necesitó seis años para persuadir
primero a sus colegas de la cúpula de al-Fatah y luego
a otros miembros del Consejo Nacional Palestino para
que aceptasen la realidad de la existencia de Israel.
Cuando en 1979 se procedió por fin a la votación, hubo
296 votos a favor de su política y del compromiso y 4
en contra. Arafat, que había arriesgado su vida tanto
como su credibilidad para lograr que su entorno
cambiase de opinión, estaba entonces en la cima de su
poder y, a partir de ese momento -como bien lo sabía
el presidente Carter-, podrían haberse celebrado con
éxito unas eventuales negociaciones de paz auténtica y
duradera sobre la base de dos Estados, con Israel de
vuelta a sus fronteras anteriores a 1967 y con
Jerusalén -preferentemente como ciudad abierta- como
capital de ambos Estados.

El problema fue que Arafat no tuvo enfrente un
interlocutor israelí por la paz, porque el sionismo no
ha estado nunca, y sigue sin estarlo, interesado en la
paz en ninguno de los términos que la mayoría de los
palestinos y otros árabes y la mayoría de los
musulmanes de cualquier parte pudieran aceptar. Es
cierto que en 1993, y gracias en parte a la gestión de
la etapa del presidente Clinton y a la influencia de
éste, Arafat “quizá” tuvo un interlocutor israelí por
la paz encarnado en Yitzhak Rabin, pero un sionista
visceral lo asesinó. Y a Rabin lo sucedieron
dirigentes israelíes cuyo principal objetivo era
volver a demonizar y destruir al dirigente palestino.
A Arafat el terrorista lo podían manejar, pero a
Arafat el hombre de paz no podían (¿acaso es verdad
que Barak le ofreció el 95% de todo lo que había dicho
que quería? No, no es verdad. Eso, también, fue una
mentira propagandística. ¿Envenenaron a Arafat?
Probablemente. ¿Acaso su sucesor, el presidente Abbas,
es en realidad una marioneta israeloestadounidense?
Lamentablemente sí, o así lo parece. Pero, incluso si
lo es, podemos estar seguros de una cosa: sea o no un
dirigente títere, el pueblo palestino no aceptará
nunca las migajas de la mesa sionista en forma de dos
o tres bantustanes a los que pudieran llamar un
Estado).

En mi libro y en otros foros públicos también he
analizado la cuestión del derecho de Israel a la
existencia.

Según la primera versión histórica, aún en vigor, a
Israel se le concedió su certificado de nacimiento y,
por lo tanto, su legitimidad mediante la resolución de
Naciones Unidas del 29 de noviembre de 1947 que
establecía la partición. Esto no tiene sentido: en
primer lugar, sin el consentimiento de la mayoría del
pueblo palestino, la ONU no tenía derecho a decidir la
partición de Palestina ni a asignar cualquier parte de
su territorio a una minoría de inmigrantes extranjeros
con la finalidad de que establecieran un Estado sólo
para ellos. 

A pesar de eso, con un margen mínimo y sólo tras una
votación amañada, la Asamblea General de la ONU aprobó
una resolución para dividir Palestina y crear dos
Estados, uno árabe y otro judío, sin que Jerusalén
formase parte de ninguno de ellos. Pero la resolución
de la Asamblea General era sólo una propuesta, lo que
significa que no habría tenido efecto, que no se
hubiera convertido en una norma aplicable a menos que
lo aprobara el Consejo de Seguridad.

La verdad es que la propuesta de división de la
Asamblea General nunca llegó al Consejo de Seguridad
para su estudio. ¿Por qué? Porque USA sabía que, si se
aprobaba, sólo podría ser puesta en práctica mediante
la fuerza y el presidente Truman no estaba dispuesto a
usar la fuerza en la partición de Palestina. 

Por ello, el plan de partición estuvo viciado, nunca
adquirió validez, y la cuestión de qué diablos hacer
con Palestina (después de que Gran Bretaña la
convirtiera en un desastre y se desentendiera) volvió
a la Asamblea General para ser discutida. La opción
apoyada y propuesta por USA fue entregarla en
fideicomiso a la ONU. Mientras la Asamblea General
estaba debatiendo qué hacer, Israel declaró de manera
unilateral su derecho a la existencia, en realidad
desafiando el deseo de la comunidad internacional
organizada, incluido el gobierno de Truman.

La verdad de la época fue que el Estado sionista, que
se creo fundamentalmente como consecuencia del
terrorismo sionista y de la limpieza étnica, no tenía
derecho a existir y, para más añadidura, no tiene
derecho a existir a menos... a menos que fuera
reconocido y legitimado por aquellos que fueron
desposeídos de su territorio y de sus derechos durante
la creación del Estado sionista. Según el Derecho
Internacional, únicamente los palestinos podrían dar a
Israel la legitimidad que reclama. Y esa legitimidad
era lo único que los sionistas no podían arrancar por
la fuerza a los palestinos.

La total comprensión de la verdadera naturaleza de la
empresa colonial sionista requiere además el
conocimiento de que la mayoría de los judíos que
llegaron a Palestina en respuesta a la llamada
sionista no tenían relación biológica alguna con los
antiguos hebreos. Los judíos sionistas llegados eran
fundamentalmente extranjeros de muchos lugares,
descendientes de aquellos que se hicieron judíos
mediante la conversión al judaísmo (se refiere a los
llamados "azquenasis) siglos después de la caída del
antiguo reino judío de Israel y de lo que se llamó la
“dispersión” en el “olvido” de sus gentes. La idea de
que había y hay dos pueblos con el mismo derecho a
reclamar el mismo territorio es un sinsentido
histórico. Los relativamente pocos judíos con derecho
a una reivindicación válida son los descendientes de
aquellos que permanecieron en Palestina en todo
momento. En la época del nacimiento del sionismo eran
sólo unos pocos miles. Se consideraban a sí mismos
como palestinos y se opusieron radicalmente a la
empresa colonial sionista debido a que temían, con
toda la razón, que los convirtiesen, al igual que a
los que llegaron, en extranjeros judíos sionistas
enemigos de los árabes, entre quienes vivían en paz y
seguridad (a pesar de que no todos los judíos de hoy
son conscientes de esto, es también un hecho que el
retorno de los judíos a la tierra del Israel bíblico
por el empeño humano –una posible pero lamentablemente
inadecuada definición del sionismo- fue rechazada por
el judaísmo).

La pregunta que debe contestar el presidente Bush y
todos aquellos que exigen que Hamás reconozca a Israel
es ésta: ¿Cuál es el Israel que debe reconocerse... el
Israel de las fronteras anteriores a la guerra de
1967, y por lo tanto, en consonancia con la resolución
242 del Consejo de Seguridad, o un Israel más grande
que, día tras día, está usurpando más y más territorio
y expandiendo sus asentamientos en la Cisjordania
ocupada?

De hecho, la posición real de Hamás no oculta secreto
alguno. Si mañana Israel dijera y demostrase que está
listo para negociar una paz completa y definitiva
basada en una verdadera solución de dos Estados, uno
que devolvería a Israel a sus fronteras anteriores a
1967, con Jerusalén como ciudad abierta y capital de
los dos Estados, Hamás diría: “Sentémonos a negociar”.

Los dirigentes de Hamás dirían eso y lo demostrarían,
porque no son idiotas y saben que no tendrían elección
alguna, ya que una verdadera solución de dos Estados
sigue siendo lo que la gran mayoría de los palestinos
está preparada para aceptar. Pero nunca se les
presentará esa ocasión.

La verdad del presente es que la solución de los dos
Estados ya está muerta, aunque no enterrada todavía...
asesinada por los asentamientos que Israel ha creado y
sigue creando en Cisjordania, en claro desafío de las
resoluciones de la ONU , la legislación internacional
e incluso en claro desafío de los deseos un día
expresados por el gobierno de Bush. Al menos en lo que
respecta a la actividad ilegal de crear asentamientos,
es la cola sionista quien mueve al perro
estadounidense. 

(...)

Los dirigentes del sionismo en Israel y quienes los
apoyan en USA aún creen que con el uso de la fuerza
bruta y reduciendo a los palestinos a la más abyecta
pobreza quebrarán su voluntad de continuar la lucha
por sus derechos. La asunción es que, en este punto, y
absolutamente desesperados, los palestinos estarán
dispuestos a aceptar las migajas de la mesa sionista
en forma de dos o tres bantustanes o, mejor aún,
abandonarán su tierra y buscarán una nueva vida en
otros países. Desde mi punto de vista, la convicción
de que el sionismo logrará un día anular la voluntad
palestina de seguir la lucha por un mínimo de justicia
aceptable es el producto de mentes que se engañan
hasta la enajenación mental. Algunos afirman que
Israel está a punto de convertirse en un Estado
fascista, pero yo creo que la terminología más
apropiada es (decir que se está convirtiendo) en un
manicomio.

Lo que parece casi demasiado terrible de pensar es
algo así como: ¿Qué harán los sionistas cuando sea
patente incluso para ellos que no pueden destruir el
nacionalismo palestino con bombas y balas y medidas
represivas brutales de todo tipo?

Mi opinión es que ellos, los sionistas, se lanzarán a
una limpieza étnica definitiva para expulsar a
Jordania y más allá a los palestinos de Cisjordania.
Eso, me temo, será la solución final sionista para el
problema palestino. Si llega a ocurrir, Cisjordania se
teñirá de rojo, fundamentalmente con sangre palestina.
Y los periodistas honrados lo describirán como un
Holocausto sionista.

Pero eso no tiene por qué ser el fin de la historia de
Palestina. Habrá, sin embargo, un nuevo comienzo.

(...)

¿Por qué creo que es importante que los
estadounidenses conozcan la verdad de la historia
sobre los hechos y la continuidad del conflicto dentro
y fuera de Palestina y quien debe trabajar por la paz,
qué debe hacer y porqué?

La respuesta es escueta: Debido a la impresionante
influencia del grupo de presión sionista (como han
documentado Mearshimer y Walt y, antes que ellos, el
ex congresista Paul Findley), ningún presidente
estadounidense tendrá jamás la voluntad política de
exigir responsabilidades al sionismo, a menos que la
opinión pública informada lo empuje a hacerlo poniendo
en marcha la democracia real. El problema en USA,
hablando en general, es que la opinión pública está
muy poco uniformada (y desinformada) para presionar,
para hacer que la democracia trabaje en pos de la
justicia y la paz. 

¿Por qué mi libro Zionism: The Real Enemy of the Jews
no puede publicarse en USA?

La respuesta es concisa: porque el sionismo no quiere
que se publique y todos los editores estadounidenses,
los más importantes y también los menos al parecer
temen demasiado ofender al sionismo si lo publicasen.

En realidad, lo mismo ha sucedido en el Reino Unido,
incluso si mi editor recibió cartas y otros mensajes
con elogios poco habituales hacia mi trabajo de los
editores más importantes. Una de esas cartas, que he
citado en el primer párrafo del volumen I de la
primera autoedición de mi libro en pastas duras,
describe mi manuscrito como “[...] Sorprendente...
hecho con pasión, compromiso y profunda sabiduría” y
luego sigue: “[…] No hay duda de que merece que se
publique.” Pero, a la hora de la verdad, tuve que
crear mi propia editorial. Se suponía que no tendría
acceso al mercado minorista, pero lo tuve. Para vender
bien en el mercado minorista los libros necesitan
publicidad. Los primeros que la hacen para el público
lector son, en general, los medios de comunicación,
pero no en el caso de mi libro. Ni uno solo de los
periódicos o revistas, ni tampoco ningún programa de
radio o televisión estaban dispuestos a prestar a mi
libro ninguna atención, crítica u otra cosa. La
complicidad de los medios en la eliminación de la
verdad histórica y la traición a la democracia
demostró su solidez. Ésta es la situación aquí y en
Reino Unido (y en toda Europa occidental) y sé que es
peor, mucho peor, en la “Tierra de la Libertad ”.

En el prefacio del Volumen II afirmo que no me cabe
duda alguna de que las editoriales, los editores y los
políticos que son cómplices en la eliminación de la
verdad histórica creen sinceramente que sirven a los
mejores intereses de los judíos, así como a sus
propios intereses personales a corto plazo. A todos
ellos (editoriales, editores, políticos) les digo lo
siguiente: “Os equivocáis. Os equivocáis
peligrosamente. Negándoos a aceptar la verdad de la
historia y, en concreto, la diferencia entre judaísmo
y sionismo y por qué es perfectamente posible ser
apasionadamente antisionista sin ser antisemita,
ayudáis a que se culpe a todos los judíos de los
crímenes cometidos por unos cuantos.” Y concluyo con
la siguiente reflexión: “También sería de ayuda si más
de unos pocos judíos que viven fundamentalmente en las
naciones del mundo judeocristiano pudieran encontrar
la voluntad y el valor para terminar con su silencio
sobre la mala conducta (en palabras de Harkabi) de
Israel y aceptar el hecho de que el sionismo es, como
afirma el título de este libro y demuestra su
contenido, el verdadero enemigo. El silencio no es la
forma de refutar y desbaratar una acusación de
complicidad en los crímenes sionistas.” 

Para el sionismo, el problema de mi libro es su
título. La fuente originaria del poder y el chantaje
sionistas está en su éxito al haber convencido a un
mundo agobiado por la culpa de que el judaísmo y el
sionismo son la misma cosa. Cuanta más gente sepa de
que esto no es así y que, por lo tanto, es
perfectamente posible ser un acérrimo antisionista sin
ser antisemita, más desnudo y más vulnerable será el
sionismo. Únicamente entonces será una misión posible
el detener la cuenta atrás de la catástrofe y sólo
entonces la paz tendrá una oportunidad, su última
oportunidad. 

Zionism: The Real Enemy of the Jews
Alan Hart
Word Power Books
Fecha de publicación: 7 de octubre de 2005
http://www.word-power.co.uk

Fuente:
http://www.informationclearinghouse.info/article18716.htm

Artículo original publicado el 14 de noviembre de 2007
Esta traducción se ha publicado también en Tlaxcala.

Sobre el autor
El escritor y traductor español Manuel Talens es
miembro de Cubadebate, Rebelión y Tlaxcala. Su novela
más reciente es La cinta de Moebius (Alcalá Grupo
Editorial). Paloma Valverde es miembro de Cubadebate,
IraqSolidaridad y Rebelión. Esta traducción se puede
reproducir libremente a condición de respetar su
integridad y mencionar al autor, a los traductores y
la fuente.



"(...) Ya acabó el día de tu cumpleaños y como si
fuese el último que te haya acompañado te dejo mis
palabras, para que cuando despiertes sepas que fui yo
quien te acomodó las sábanas para que descanses y
sueñes con la belleza de tus días venideros. Hoy no te
beso, no quiero desvelarte "



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