[R-P] Opine Outa!!! Biocombustibles y uso energético de la biomasa
José María Cavalleri
ingcavalleri en hotmail.com
Mie Mayo 2 18:04:44 MDT 2007
A ver que opina nuestro gallego de otro gaita ...
Biocombustibles y uso energético de la biomasa: un análisis crítico
OPINION… ARGOS: MAYO 2 DE 2007…
x Óscar Carpintero…
El autor hace un repaso de varios de estos estudios para rebatir los
hipotéticos beneficios de esta energía, al tiempo que apuesta por un uso de
la biomasa y de los residuos orgánicos que permita cerrar los ciclos de
materiales, devolviendo a la tierra la materia orgánica que se le extrajo,
para aumentar su fertilidad y reducir la erosión de los suelos.
Hemos pedido un cambio de civilización, y nos ofrecen porcentajes de
biodiesel.
Jorge Riechmann ([1])
Los movimientos sociales activos y con cierta vitalidad –y el movimiento
ecologista lo es– presentan a veces tensiones entre el análisis honesto de
la situación ambiental y la elaboración de propuestas y alternativas que
sean viables técnica y económicamente. Esta tensión en ocasiones da lugar a
contradicciones internas o a incoherencias. A pesar de que no siempre es
fácil eliminar esas inconsistencias, parece razonable hacer un intento por
minimizarlas.
En un afán –inicialmente bienintencionado– por plantear alternativas
renovables al uso de los combustibles fósiles, venimos asistiendo desde hace
años a propuestas que ponen en un lugar destacado el uso de los
biocombustibles y de la biomasa como elemento importante de la transición
hacia un modelo energético más sostenible. Efectivamente, una parte
importante del movimiento ecologista y algunos trabajos científicos que
discutiré más adelante, se han esforzado en ofrecer una visión
cautelosamente positiva del aprovechamiento energético de la biomasa y de
las posibilidades de los biocombustibles.
Sin embargo, me parece que las dudas y las críticas frente a estos
planteamientos –que proceden también tanto de una parte del movimiento
ecologista, como de científicos y académicos con una larga experiencia en
cuestiones energéticas y ambientales– no han sido suficientemente atendidas
ni valoradas. Esto es aún más lamentable habida cuenta que el marco
institucional que se está imponiendo en nuestro país, y que más tarde
comentaré, es claramente favorable a la extensión e intensificació n en el
uso de la biomasa y los biocombustibles como fuentes energéticas.
Resumidamente, las dos opciones que protagonizan la controversia son las
siguientes. De un lado, los partidarios de la utilización energética
(cautelosa) de la biomasa y los biocombustibles apoyan su opción sobre tres
supuestas ventajas: a) los biocombustibles presentarían un balance
energético positivo (es decir, la energía obtenida es superior a la
invertida en la producción del cultivo de base y en su fabricación); b)
desde el punto de vista de las emisiones de CO2 la biomasa y los
biocombustibles tendrían un efecto neutral, esto es, emitirían a la
atmósfera el carbono que previamente habrían absorbido en el proceso de
fotosíntesis; y c) dadas las condiciones de crisis estructural de la
agricultura y de despoblamiento del medio rural, la alternativa de los
biocombustibles (a través de cultivos energéticos) serviría para fijar
población en esos territorios y frenar un proceso demográfico tan negativo (
[2] ).
Desde una perspectiva diferente, los contrarios al uso energético
generalizado de la biomasa (para usos térmicos o eléctricos) y de los
biocombustibles (para el transporte) hemos venido razonando en un doble
sentido. De una parte, negando la validez real de las tres razones
esgrimidas anteriormente y, en segundo lugar, resaltando el mejor uso
alternativo que, concretamente en un país como España, tiene la biomasa y
sus residuos, a saber: cerrar los ciclos de materiales, devolviendo a la
tierra, en forma de nutrientes, la materia orgánica que se le extrajo y, de
paso, frenar el grave proceso de erosión que sufre una fracción considerable
de nuestro territorio ( [3] ). A desarrollar estos argumentos dedicaré el
resto del artículo.
Razones para rechazar (desde un punto de vista ecologista) el uso de los
biocombustibles
Comencemos primero por discutir la veracidad de las bondades y ventajas
ofrecidas por los biocombustibles.
a) ¿Es realmente cierto que los biocombustibles presentan un balance
energético positivo? La controversia en el movimiento ecologista sobre este
punto era previsible pues tampoco la polémica ha sido ajena al ámbito
científico. Algunos estudios de los años noventa y comienzos de esta década
han tratado de demostrar que, en concreto, el bioetanol obtenido a partir
del cultivo de cereales (sobre todo maíz) y su posterior fermentación y
destilación, aporta mayor energía que la consumida en su producción y
fabricación. Los resultados varían, según los estudios, desde un rendimiento
neto adicional positivo del 34% –esto es: por cada kilocaloría gastada en la
producción del biocombustible, obtenemos 1,34 kilocalorías en forma de
etanol– ( [4] ), al 36% ( [5] ), o hasta incluso el 49% ( [6] ). Bajo
supuestos tecnológicos e hipotéticos diferentes, las últimas estimaciones
arrojaron ratios de eficiencia positivos de 1,98; 1,21; y 1,05 ( [7] ).
Sin embargo, estos resultados contrastan con varias estimaciones que arrojan
un panorama muy diferente. Por ejemplo, David Pimentel y Tad Patzek han
puesto de relieve que se utilizan 1,29 kilocalorías de combustibles fósiles
por cada kilocaloría obtenida en forma de etanol (es decir un rendimiento
negativo del -29%); ratio que empeora si en vez de maíz se utiliza mijo, ya
que en este caso el rendimiento alcanza el -50%, llegando incluso hasta el
-59% cuando se utiliza madera aunque sea procedente de bosques gestionados
de manera sostenible. Y la cosa no mejora tampoco cuando, en vez de etanol,
hablamos de biodiesel: aquí los rendimientos negativos alcanzan el -27% si
se obtiene a partir de soja o del -118% si se produce utilizando cultivo de
girasol ( [8] ). De esta manera, los trabajos de Pimentel y sus
colaboradores se vienen a sumar a otras investigaciones que, con diferencias
en los porcentajes, ofrecen tendencias similares ( [9] ).
En la explicación de las diferencias aparecen dos tipos de elementos. Una
parte cabe achacarla a las distintas hipótesis mantenidas para la conversión
en términos energéticos de los factores productivos de la agricultura
(fertilizantes, maquinaria, herbicidas, etc.). Este sesgo se puede discutir
y estaría razonablemente acotado. Sin embargo, el grueso de la discrepancia
entre ambos tipos de estudios descansa, sobre todo, en la contabilizació n o
no de toda la energía que directa e indirectamente se utiliza en la
producción del etanol o el biodiesel ( [10] ), es decir, el ciclo de vida
completo: incorporando, por ejemplo, la energía necesaria para producir y
reparar la maquinaria agrícola (y no sólo el combustible que utiliza ésta
para funcionar), o la maquinaria del proceso de destilación y fermentación,
etc. Y es precisamente al incorporar todos estos elementos cuando el balance
negativo hace su aparición ( [11] ).
Pero, incluso aunque el resultado de los balances energéticos fuera
positivo, la proliferación de cultivos energéticos no tiene ningún sentido
por una sencilla razón que ya puso de relieve hace dos décadas José Frías:
“dados los elevados consumos energéticos de la agricultura actual
procedentes de combustibles fósiles [...] aun en los casos en que la
eficiencia energética sea superior a la unidad se trata simplemente de
‘cambiar’ por ejemplo, 10 toneladas de petróleo (energía no renovable) por
el equivalente de 12 toneladas de petróleo en alcohol obtenido a partir de
la biomasa. Así pues, el punto más débil para el desarrollo de la
agroenergética lo constituye su dependencia de los combustibles fósiles, por
lo que en definitiva el proceso resulta equivalente a un pequeño aumento del
rendimiento energético del petróleo” ( [12] ) (énfasis mío).
Se podría alegar que, al proponer cultivos energéticos, se está pensando en
recurrir a prácticas de agricultura ecológica –o cultivos como el cardo–,
menos intensivas en el uso de combustibles fósiles. Pero sería paradójico
que se pusiera un empeño especial en recurrir a esta estrategia cuando se
quiere dedicar la superficie agrícola a producir energía, y en cambio se le
preste escasa atención y recursos cuando se trata de reconvertir
ecológicamente los sistemas agrarios para mejorar sustancialmente la calidad
de los alimentos y la salud de los ecosistemas.
b) En todo caso, los partidarios de los biocombustibles argumentan la
reducción de las emisiones de CO2 como una ventaja indiscutible de esta
opción energética, que equilibraría los inconvenientes anteriores. Ahora
bien, ¿es realmente cierto que la producción de biocombustibles resulta
neutra desde el punto de vista de las emisiones de CO2? Aunque la
explicación de la neutralidad ya ha sido expuesta anteriormente, cabe de
todas formas hacer una importante matización. Tanto el proceso de cultivo
como las fábricas de destilación y fermentación de etanol utilizan
combustibles fósiles para su funcionamiento, a lo que habría que añadir la
energía necesaria para la recogida y el transporte de las cosechas hasta la
planta industrial.
Si se hacen bien las cuentas, ¿cuál es entonces el balance neto de emisiones
de CO2 de un biocombustible como el etanol? ¿Son de verdad neutras? Patzek
(2006) ha realizado este cálculo de manera exhaustiva, es decir,
incorporando el resto de emisiones de gases con efecto invernadero (óxidos
de nitrógeno, metano, etc.), que también se generan en el proceso de cultivo
y fabricación, y las ha transformado en toneladas de CO2 equivalente. El
resultado al que ha llegado es muy ilustrativo: en términos netos, por cada
hectárea de maíz dedicada a la producción industrial de etanol en EE UU se
generan 3.100 kg de CO2 equivalente, lo que quiere decir que, si se quisiera
satisfacer únicamente el 10% del consumo de combustible en ese país con
etanol, las emisiones alcanzarían los 127 millones de toneladas ( [13] ).
c) Existe, por último, un tercer argumento que defiende los cultivos
agroenergéticos como vías para mantener la población en el medio rural.
Conociendo la historia del entorno rural y las transformaciones sufridas por
el sector agrario en las últimas décadas, su utilización no me parece muy
afortunada. Sinceramente, no creo (más bien lo contrario) que con la
difusión y generalizació n de los cultivos energéticos –ya sea poniendo en
producción tierras abandonadas, o desviando aprovechamientos actuales hacia
otras vocaciones más energéticas–, se frene la despoblación y el abandono
del campo.
Y ello por varias razones. En primer lugar, y paradójicamente, la
agricultura moderna se ha convertido en un potente instrumento de expulsión
de población del medio rural. El énfasis productivista ( [14] ) de la actual
agricultura –espoleada en Europa por la PAC– ha fomentado un tipo de negocio
agrario en el que el factor trabajo se va convirtiendo en un elemento
marginal, donde predominan las grandes explotaciones de monocultivos,
altamente dependientes de la industria tanto para la compra de inputs
(maquinaria, fertilizantes, herbicidas.. .) como para la venta de su output
o producción. Y allí donde existía un sector autónomo y excedentario
económica y financieramente, nos hemos encontrado con una actividad
profundamente deficitaria –cuyas ayudas van a parar finalmente a pagar los
préstamos para comprar los inputs que le vende el sector industrial–, y que
no cumple ninguno de los objetivos por los cuales podría ser merecedora de
ayudas: mantenedora de población rural, socialmente justa, y ecológicamente
compatible.
La PAC no satisface ninguno de estos requisitos como se puede ver
claramente, por ejemplo, con la injusta asignación de las subvenciones entre
las explotaciones, o el deterioro y la contaminación ambiental de los
agrotóxicos. Y la puesta en marcha de cultivos energéticos dentro del mismo
marco institucional seguramente no va a cambiar nada de eso. Posiblemente
ampliará la dependencia de la agricultura respecto de la industria,
incorporando ahora los intereses de las empresas energéticas.
Las tres objeciones planteadas tienen, a mi juicio, suficiente peso para
relativizar las bondades de los biocombustibles. Incluso aunque se pudiera
discutir algún aspecto como el del balance energético, la sola presencia de
análisis divergentes sobre esta cuestión debería ser ya motivo para aplicar,
al menos, el principio de precaución en la producción de biocombustibles.
Sobre todo cuando, al salirnos del ámbito específico de la energía, se
observa que la producción de etanol o biodiesel no hace sino agravar directa
e indirectamente la erosión y degradación del suelo (algo especialmente
importante para España), además de ser un proceso muy exigente en
utilización de agua (lo que también debería preocupar en nuestro
territorio): se estima que para la producción de un litro de etanol se
requieren entre 10-12 litros de agua en la fase de destilación, y entre
20-25 litros en la fase de fermentación, lo que supone en total una
exigencia de entre 30 y 37 litros de agua por cada litro de etanol ( [15] )
.
No parece, por tanto, que la consideración de otros aspectos como la erosión
o las exigencias hídricas de los cultivos que sirven de base a los
biocombustibles jueguen a favor de esta alternativa. Máxime cuando se añaden
algunas consideraciones relacionadas con la desmesurada ocupación de espacio
que exigiría satisfacer el consumo de energía para el transporte con
biocombustibles: lograr el 10% del consumo de combustibles en EE UU con
etanol requeriría, por ejemplo, 22 millones de hectáreas ( [16] ).
Y cuando las cifras de consumo de grano para combustible se comparan con la
cantidad necesaria para alimentar a una persona durante un año, el resultado
es si cabe más demoledor: suponiendo que cada coche recorre por término
medio 20.000 km/año con un consumo de 7 litros/km, esto supondría la
utilización de 1.400 litros de etanol producido a partir de 3.500 kilos de
grano. Es decir, aproximadamente siete veces más grano que el que necesita
un individuo para alimentarse durante un año ( [17] ). Lo que nos lleva
directamente al último de los efectos nocivos de la proliferación en el
consumo de biocombustibles. Habida cuenta de que los países ricos no van a
poner en cultivo esos millones de hectáreas necesarias para satisfacer su
consumo de biocombustibles, ya se están desarrollando proyectos en países
pobres de Latinoamérica, Asia y África para que éstos destinen una parte
importante de su superficie agrícola a la plantación de cultivos energéticos
destinados al consumo de los países ricos, poniendo en mayor riesgo su
seguridad alimentaria y aumentando sus servidumbres ambientales con los
países “desarrollados” ( [18] ).
Argumentos contra el uso de la biomasa como opción energética
Una vez analizado el caso de los biocombustibles, resta por debatir los
motivos que llevan también a dudar del uso de la biomasa con fines
principalmente energéticos. Es cierto que el aprovechamiento térmico y
(parcialmente) eléctrico de la biomasa (residual) no se enfrenta con las
objeciones de eficiencia energética que, por ejemplo, se han detectado en el
caso de los biocombustibles. Al tratarse, principalmente, de residuos
agrícolas, ganaderos o forestales – y, como tales, subproductos de la
actividad principal – no se les debe computar ningún consumo energético, por
lo que su quema sí que arrojaría un balance positivo.
Pero la razón más importante para dudar de una estrategia energética como
ésta descansa en otro hecho. Con las características edáficas de un
territorio como la Península Ibérica, en el que avanzan de manera importante
los procesos de erosión y desplazamiento de materia orgánica vinculados a
actividades antrópicas (agricultura, urbanización y construcción de
infraestructuras) ( [19] ), sabemos que existe un destino alternativo más
provechoso para esos residuos agrícolas, ganaderos y forestales, que
contribuiría a cerrar los ciclos de materiales de las actividades agrarias,
y a paliar los procesos erosivos: la elaboración de compost y la devolución
al terreno de aquella parte que previamente se ha extraído en forma de
materia orgánica y nutrientes con la recolección de los cultivos.
Como se ha recordado ya hace varios lustros, dada la preocupante situación
de nuestros suelos, si quisiéramos elevar hasta el 2% su contenido de
materia orgánica, necesitaríamos un aporte anual de 232 millones de
toneladas, equivalentes a 6,5 t/ha/año durante una década ( [20] ). Una
parte de ellos están representados en los más de 40 millones de toneladas de
residuos de cultivos, a los que podríamos sumar los casi 90 millones de
estiércol ganadero y los más de 15 millones de residuos sólidos urbanos que
incorporados arrojarían una cifra cercana a los 150 millones de toneladas.
Sólo así se podría contribuir a reducir tanto los efectos erosivos de origen
antrópico como aquellos relacionados con fenómenos meteorológicos naturales
( [21] ).
Ahora bien, la magnitud del daño se hace más patente si caemos en la cuenta
de que el suelo fértil es un recurso renovable un tanto especial, pues el
tiempo necesario para su renovación lo convierte a efectos prácticos en un
recurso no renovable. “En condiciones naturales de cubierta vegetal
–recuerda Robert Allen– […] se necesitarían de 2.000 a 8.500 años para
generar suelo hasta una profundidad de 20 cm. Así pues el suelo, a efectos
prácticos, una vez desaparecido, ha desaparecido para siempre” ( [22] ).
En un país donde la agricultura sigue ocupando una fracción importante del
territorio, la erosión sigue siendo preocupante, y la materia orgánica no
abunda especialmente, resulta un lujo completamente innecesario quemar la
biomasa para obtener energía. Sobre todo porque el coste de oportunidad es
muy alto. El uso energético de la biomasa compite con su aprovechamiento en
forma de compost y lo más inteligente, dadas las circunstancias, es
emplearlo en aquello que ofrece mejores resultados desde el punto de vista
de la conservación de los ecosistemas y la propia agricultura. La energía se
puede obtener utilizando más eficientemente la ya disponible, o de forma
renovable con tecnología solar o eólica, pero es obvio que ningún panel
fotovoltaico o molino de viento nos va a proporcionar la materia orgánica
necesaria para abonar nuestros campos ( [23] ) .
No hay que olvidar, además, otro elemento fundamental. Si queremos tener una
visión integrada de la gestión ambiental, y a la vez ser coherentes con
nuestras propuestas para alcanzar una economía sostenible, la transformació
n ecológica del sistema agropecuario necesitará del abono orgánico necesario
para nutrir los cultivos de la propia agricultura ecológica. Pero si
decidimos quemarlo, ¿cómo abasteceremos de materia orgánica a nuestras
explotaciones de agricultura ecológica? ¿Cómo lograrán proporcionarnos
alimentos saludables y conservar adecuadamente los ecosistemas agrarios?
Reducir nuestras contradicciones y calibrar la bondad de las dos
alternativas
Seguramente, la mejor manera de reducir las contradicciones internas en un
asunto importante –como lo es éste para el movimiento ecologista–, sea
comparar cada una de las alternativas propuestas con los principios
generales que inspiran nuestros análisis y prácticas como tal movimiento
social. Así, de paso, se calibra hasta qué punto las dos posibilidades
presentan rasgos más o menos contradictorios con esos principios, y se puede
elegir con mayor coherencia.
Si, para empezar, tuviéramos que sintetizar en un puñado de rasgos los
elementos que, desde el punto de vista ecologista y de la economía
ecológica, caracterizan a una economía industrial como sostenible, es
probable que, como mínimo, estuviéramos de acuerdo en estos tres principios
(por lo demás bien conocidos): 1) Como cuestión general, la reducción en el
uso masivo de los recursos naturales (energía y materiales) y, por lo tanto,
en la generación de residuos en todas sus formas (sólidos, líquidos o
gaseosos); 2) Desde el punto de vista energético, la articulación de los
modos de producción y consumo sobre fuentes de energía renovables; y 3) En
lo tocante a los materiales, afanarse en cerrar los ciclos convirtiendo los
residuos de nuevo en recursos aprovechables a través de su reutilización y
reciclado. Han sido precisamente las condiciones 2) y 3) las que han
permitido definir como sostenible el modo de producción propio de la
biosfera durante millones de años, y a eso mismo debemos aspirar si queremos
cumplir el manido objetivo de “satisfacer las necesidades de la generación
presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para
satisfacer sus propias necesidades”.
¿Cuál, entonces, de las dos alternativas discutidas se corresponde en mayor
medida con los principios enunciados? En primer lugar, y aunque siempre
hacemos énfasis en la necesidad de reducir el uso de recursos y, por tanto,
la generación de residuos, las discusiones y presiones ordinarias nos suelen
llevar sin solución de continuidad hacia el ámbito de la gestión. No me
parece razonable entrar a discutir formas adicionales de abastecimiento
energético (aunque sean “renovables”) sin antes exigir que se acometan
seriamente planes de ahorro y eficiencia que reduzcan el uso de energía.
Obviamente, esta medida proporciona un amplio margen siendo España el país
de la UE más despilfarrador e ineficiente en el uso energético.
Por eso mismo, en segundo lugar, me parece más necesario que nunca
revitalizar el enfoque de gestión de la demanda, en la línea del Plan de
ahorro y eficiencia en el consumo eléctrico. Horizonte 2015, presentado
recientemente por Ecologistas en Acción ( [24] ), y al que se podrían
acompañar otra serie de medidas en el ámbito del transporte, la industria y
el uso residencial. Siendo tantas las posibilidades por explorar en este
terreno no sería sensato dar alas al viejo enfoque de oferta, es decir, de
ampliación de la disponibilidad energética (aunque sea con biocombustibles y
biomasa), pues el énfasis y la discusión sobre la “bioenergía” evitaría, por
enésima vez, prestar atención al ahorro y la reducción.
Por otro lado, se minimizarían las incoherencias de nuestro discurso si
simplemente trasladásemos al ámbito energético lo que llevamos tiempo
defendiendo en la gestión del agua en España. Sería deseable, además, no
caer aquí en la trampa que la administració n y los regantes han querido
tendernos en materia hídrica, y que sabiamente hemos evitado. En efecto, en
los debates sobre el último Plan Hidrológico Nacional se dijo que el
trasvase era necesario puesto que el “déficit hídrico” del litoral no se
cubría con los hectómetros cúbicos adicionales obtenidos con medidas de
ahorro y eficiencia (reparación de redes de distribución, riego por goteo,
etc.) que ya habían sido considerados. Por lo tanto, las necesidades seguían
siendo superiores a las disponibilidades, y esto justificaría el trasvase.
Afortunadamente, la falacia del argumento fue puesta de relieve, con vigor y
buenas razones, por el movimiento ecologista y la nueva cultura del agua. Y
si este razonamiento de vieja cultura del agua nos pareció inaceptable en el
caso hídrico –porque es preciso poner coto a las demandas injustificables,
pues los trasvases antes y las masivas desaladoras ahora sirven para cebar
la bomba de un modelo agrario, productivo y turístico ampliamente
destructivo del litoral–, igual de inaceptable nos lo debe parecer ahora
cuando discutimos sobre energía.
En segundo lugar, la articulación del modo de producción y consumo sobre
fuentes de energía renovables (y no emisoras de gases con efecto
invernadero) nos lleva directamente a poner un mayor énfasis en la
sustitución de los combustibles fósiles y la energía nuclear por tecnologías
solares y eólicas, que ofrecen menores impactos ambientales y costes de
oportunidad que los biocombustibles o la biomasa. La defensa ecologista de
la energía solar y de la eólica es un hecho demostrado desde hace tiempo,
pero dado el actual marco institucional de expansión de la biomasa y los
biocombustibles se hace más necesario que nunca redoblar el énfasis en estas
energías, sobre todo la solar.
Por último, convendría saber cuál de las dos alternativas responde mejor al
objetivo de cerrar los ciclos de materiales. En este asunto, y teniendo en
cuenta los argumentos previos, existen pocas dudas de que el aprovechamiento
de la biomasa en forma de abono y compost, que devuelve a la tierra los
nutrientes y materia orgánica que previamente se extrajeron de ella, cumple
mejor ese requisito que el uso energético de la misma. A estas razones
habría, además, que sumar otras dos. De un lado, la aportación de la biomasa
y los biocombustibles al consumo energético global será muy reducida,
comparada en cambio con el gran servicio que prestaría como enmendante y
abono para la agricultura. Por otra parte, perseguir este último uso para la
biomasa resulta coherente con la política de gestión de residuos urbanos que
Ecologistas en Acción viene defendiendo desde hace años: la separación en
origen de la materia orgánica compostable para su aprovechamiento como abono
( [25] ). ¿Cómo defender la separación en origen de la fracción orgánica si
luego va a tener una finalidad energética? Difícilmente.
Frenar algunos despropósitos de las políticas energéticas públicas
Después de todas estas consideraciones, resulta triste que, a pesar de los
esfuerzos del Ministerio de Medio Ambiente, las previsiones públicas en
materia energética –algunas de ellas plasmadas en la Estrategia de Ahorro y
Eficiencia Energética en España (2004-2012) y, sobre todo, el Plan de
Energías Renovables (PER 2005-2010) ( [26] ) – hayan hecho oídos sordos de
las cautelas y argumentos anteriores. Hay varias razones para pensar así:
1) En relación con la citada Estrategia, mal se empieza si se asume de
partida –y sin ninguna justificación razonable– que el consumo de energía
aumentará un 3,3% anual acumulativo entre 2000 y 2012. Y que, una vez fijado
esto, se plantee como objetivo estratégico que el consumo aumente finalmente
“sólo” un 2,5%, anual, quedando así como un logro del ahorro y la eficiencia
el 0,8% anual restante.
2) Por otra parte, este incremento final se hace coincidir con una expansión
general de las renovables, pero también con un hecho sorprendente y
paradójico que no parece haber sido objeto de mucha reflexión crítica. El
PER 2005-2010 prevé llegar al final del período con una producción de 10.481
ktep, de las cuales 3.488 ktep serían aportadas por centrales de biomasa,
1.552 por co-combustión de biomasa, y 1.972 ktep con biocarburantes. Es
decir, el 66% de la producción energética de fuentes renovables se hará con
cargo a la biomasa y sus derivados (biocombustibles) , mientras que la
aportación de la energía solar (fotovoltaica, termoeléctrica y térmica de
baja temperatura) sería marginal: 882 ktep, esto es, sólo el 8,4% de la
producción ( [27] ) .
3) Igual de criticable resulta que, con los costes ambientales de los
biocombustibles, ya descritos en términos de consumo de energía y emisiones,
se salude positivamente la posición récord que España ocupa en la producción
de bioetanol a escala europea. Producción que se pretende complementar con
un incremento sustancial de biodiesel con cargo a aceites vegetales puros
–no usados– (sobre todo colza) ( [28] ). Si a esto añadimos que, como
reconoce el propio Ministerio de Agricultura, más de la mitad del aceite
necesario para la producción de biodiesel procede del exterior ( [29] ),
quedan claras las amenazas de servidumbre ambiental que esta opción
energética está generando sobre los países más desfavorecidos, que ven
incrementadas sus hectáreas de tierra destinadas a la plantación de cultivos
energéticos para consumo de los países ricos.
4) Tampoco es razonable el énfasis en vincular los cultivos energéticos no
sólo a la fabricación de biodiesel, sino también a incrementar la biomasa
disponible para usos energéticos más allá de los residuos agrícolas,
ganaderos o forestales disponibles: concretamente 1.908.300 tep se pretenden
lograr con cargo a cultivos energéticos, es decir, casi la mitad de la
producción energética con biomasa en 2010. De esta manera, desaparece
incluso el supuesto “balance energético positivo” del uso de estos residuos,
incorporándose todos los inconvenientes ya expuestos para el caso estricto
de los biocombustibles.
5) Finalmente, estas prioridades equivocadas tienen también su paralelo
presupuestario. Así, las ayudas públicas (directas, primas y exenciones) al
aprovechamiento energético de la biomasa y de biocarburantes alcanzarán en
2005-2010 los 6.513 millones de euros, es decir: 5,8 veces más que los 1.107
millones destinados a la promoción de la energía solar en todas sus formas.
Esta es sin duda una asignación de dinero público y de prioridades muy
desafortunada, habida cuenta de nuestras mejores condiciones y ventajas para
la expansión de la energía solar en comparación con la biomasa. Por ello es
difícil comprender, por ejemplo, cómo el Ministerio de Industria, Comercio y
Turismo está financiando con más de 22 millones de euros de dinero público,
por cuatro años, a un grupo de empresas lideradas por Repsol-YPF para la
realización de un Proyecto de Investigación y Desarrollo sobre biodiesel. Un
proyecto que, por sí solo, supone el equivalente a la mitad del apoyo
público a la inversión en instalaciones de energía solar fotovoltaica para
2005-2010, cifrado en 42 millones de euros ( [30] ).
Una propuesta final para avanzar
He tratado de aportar razones y argumentos para reconsiderar la posición
favorable al uso energético de la biomasa y sus derivados (biocombustibles)
tanto de una parte del movimiento ecologista como de las políticas públicas
en materia energética. Resumiendo, esta reconsideració n debería incluir
varios aspectos que, por otro lado, forman parte de nuestra propia tradición
desde hace años:
- Redoblar los esfuerzos, realizados desde hace tiempo, en promover una
“nueva cultura energética” de gestión de la demanda –por analogía con lo
defendido en materia hídrica–, que ponga el énfasis en el ahorro, la
eficiencia, la reducción de la movilidad y la ordenación del territorio como
elementos clave para reducir el consumo energético. Ante la pasividad de los
poderes públicos en esta materia, parece obligado que, desde el movimiento
ecologista, pongamos esta cuestión sobre la mesa antes de discutir cualquier
ampliación de la oferta energética cuyos costes ambientales parecen claros.
- Un decidido apoyo a la energía solar en sus diferentes modalidades como
vehículo de sustitución de los combustibles fósiles, habida cuenta las
ventajas comparativas de nuestro territorio, su menor impacto ambiental, y
el escaso apoyo público recibido.
- Conectar la política de residuos con la biomasa y con el principio de
cerrar los ciclos de materiales en los procesos productivos, la promoción de
la agricultura ecológica y la lucha contra la erosión. Por esta razón, el
uso óptimo de la biomasa y sus derivados debe ser la elaboración de abono
orgánico que resulta, claramente, la utilización más idónea en nuestro país
( [31] ).
Estoy convencido de que aquellos que, dentro del movimiento ecologista,
proponen el uso energético de la biomasa y los biocombustibles piensan
honestamente que es una buena solución. Pero, con la ayuda de los argumentos
presentados, espero que logremos clarificar y reconsiderar nuestra posición
sobre este notable asunto. Nos van en juego cosas importantes. Entre ellas
avanzar, aunque sea con pequeños pasos, hacia una economía y sociedad más
sostenibles. No dejemos, pues, que “el porcentaje de biocombustibles” que
nos proponen desde arriba se convierta en una rémora de la que luego
tengamos que arrepentirnos.
Notas y referencias
[1] Con los ojos abiertos. Ecopoemas (1985-2005), Ediciones Baile del Sol,
Lanzarote (en prensa).
[2] En lo que atañe a Ecologistas en Acción, esto es lo que se desprende,
por ejemplo, de los textos: Comisión de Energía (Ecologistas en Acción
Madrid): “Utilización energética de la biomasa”, El Ecologista, nº 32, pp.
41-43, 2002; y el más matizado de Begoña María-Tomé Gil : “Los
biocarburantes o biocombustibles líquidos”, El Ecologista , nº 47, pp.
24-26, 2006.
[3] Que la controversia se da en el mismo seno de Ecologistas en Acción lo
demuestra la publicación, también en nuestra revista, de dos lúcidos
artículos de Alfonso del Val en los que se defiende un aprovechamiento muy
diferente de la biomasa y los residuos orgánicos: “El aprovechamiento de los
residuos orgánicos fermentables” , Gaia, nº 16, pp. 28-32, 1999; y “¿Qué
estamos haciendo con nuestros residuos?”, El Ecologista , nº 30, pp. 44-47,
2002 (véase, para más detalle su texto El libro del reciclaje, Ed .
Integral). En la misma línea: Ecologistas Martxan, (2002): Incidencia
ambiental del empleo de biomasa con fines energéticos, Iruña. Por otro lado,
varias propuestas de organizaciones regionales de Ecologistas en Acción han
hecho suyos estos planteamientos en materia de gestión y aprovechamiento de
residuos de biomasa con usos muy diferentes a los energéticos (v.gr, Madrid,
Castilla y León,..). Véase también: Óscar Carpintero , (2005): El
metabolismo de la economía española: Recursos naturales y huella ecológica
(1955-2000), Lanzarote, Fundación César Manrique, pp. 306-321.
[4] Véase, por ejemplo: Shapouri, H., J.A. Duffield, M. Wang , (2002): The
Energy Balance of Corn-Ethanol: An Update, U.S. Department of Agriculture,
Agricultural Economic Report No. 814.
[5] Wang, M., C. Saricks, D. Santini (1999): Effects of FuelEthanol Use on
Fuel-Cycle Energy and Greenhouse Gas Emissions. U.S. Department of Energy,
Argonne National Laboratory, Center for Transportation Research, Argonne ,
IL .
[6] Lorenz, D., and David Morris , (1995): How Much EnergyDoes it Take to
Make a Gallon of Ethanol? Revised and Updated. Institute for Local
Self-Reliance, Washington , DC .
[7] Farrell A. E, Plevin RJ, Turner BT, Jones AD, O'Hare. M and Kammen D.
M., (2006): “Ethanol can contribute to energy and environmental goals”,
Science, vol. 311, pp. 506-508. Junto a este trabajo de Farrell, et al.,
este número de Science de 27 de enero de 2006 incorporó otros dos textos
favorables a la utilización de los biocombustibles: Koonin , S.E: “Getting
serious about biofuels”; y el de Ragauskas , A.J, et al: “The path forward
for biofuels and biomaterials” . Las reacciones y críticas no se hicieron
esperar y el número de 23 de junio recogía ya numerosas cartas de protesta
de científicos diversos. Vid. “Letters”, Science, Vol. 31. 23 de junio, pp.
1743-1748.
[8] Pimentel, D., T.W. Patzek , (2005): “Ethanol Production Using Corn,
Switchgrass, and Wood; Biodiesel, Production Using Soybean and Sunflower”,
Natural Resources Research, 14, pp. 65-76. Este trabajo complementa y
actualiza investigaciones previas del propio Pimentel. Véase, por ejemplo:
Pimentel , D., (2003): “Ethanol fuels: energy balance, economics and
environmental impacts are negative”, Natural Resources Research, 12, pp.
127-134; y “Ethanol fuels: energy, security, economics and the environment”,
Journal of Agriculture, Environment and Ethics, 4, pp. 1-13. En un plano más
general, véase también el excelente texto de: Giampietro, M., K. Mayumi, y
J. Ramos-Martin , (2006): “ Can biofuels replace fossil energy fuels? A
Multi-scale integrated analysis based on theConcept of societal and
ecosystem Metabolism: part 1”, International Journal of Transdisciplinary
Research Vol. 1, No. 1, pp. 51-87.
[9] Keeney, D.R., and T.H. DeLuca . “Biomass as an Energy Source for the
Midwestern U.S. ” American Journal of Alternative Agriculture, Vol. 7
(1992), 137-143; Giampietro, M., S. Ulgiati, D. Pimentel , (1997):
“Feasibility of large-scale biofuel production”, BioScience, 47, pp.
587-600.
[10] A la posibilidad de utilizar los aceites vegetales usados para la
elaboración de biodiesel me referiré al final del artículo.
[11] Algunas diferencias entre el estudio de Shapouri , et al. (2002) y
Pimentel (2003, 2005) se encuentran en Pimentel , (2005), p. 69.
[12] Frías San Román , J, (1985): “Posibilidades de aprovechamiento
económico de la biomasa residual”, Agricultura y Sociedad, 34, p. 219.
[13] Patzek (2006), op.cit, p. 50.
[14] O mejor, produccionista, como acertadamente ha recordado Enric Tello.
[15] White, P. J. and Johnson , L. A. (eds.), (2003): Corn Chemistry and
Technology Handbook, American Association of Cereal Chemists: citado en
Patzek , T. (2004): “Thermodynamics of the Corn-Ethanol Biofuel Cycle”,
Critical Reviews in Plant Sciences, 23(6):519-567. Versión actualizada de
2006 en: www.petroleum. berkeley. edu/papers/ patzek/CRPS416- Patzek-Web.
pdf.
[16] Pimentel , D., (2003), op.cit, p. 129.
[17] Así lo calculan D. Connor, I. Minguez , (2006): “Letter to Science”,
Science, vol. 312, p. 1743.
[18] Véanse, por ejemplo, los artículos firmados por Mae-Wan Ho y Elizabeth
Bravo en: Institute of Science and Society, (2006): Which energy?,
(www.i-sis.org. uk).
[19] Véase, no obstante, el interesante artículo de Julia Martínez y Miguel
Ángel Esteve , (2006): “Desertificació n en España: una perspectiva
crítica”, El Ecologista, 48, pp. 40-42, donde se matizan razonablemente
algunos tópicos sobre esta cuestión.
[20] MOPU, (1980): Estudio sobre aprovechamiento de basuras, producción y
utilización de compost, Madrid. Cfr. Del Val , A., (1999): “Aprovechamiento
de residuos orgánicos fermentables” , GAIA, 16, p. 30.
[21] “Cuando el 20% de la superficie del suelo se cubre de residuos, la
erosión será un 50% menor que en ausencia de ellos, y una cobertura del 90%
puede reducir la erosión hídrica en más del 93% en comparación con el suelo
al descubierto”. Smil , V., (1999): “Crop residues: Agriculture´s largest
harvest”, BioScience , vol. 49, p. 303.
[22] Citado por López Linage , J., (1987): “Crecimiento urbano y suelo
fértil. El caso de Madrid en el período 1956-1980”, Pensamiento
Iberoamericano, 12, p. 260.
[23] Cabría hacer un matiz sobre el aprovechamiento térmico de ciertos
residuos forestales en núcleos rurales cercanos al monte.
[24] Y en el que se plantean reducciones en el consumo eléctrico de hasta el
35%.
[25] Esto es lo que se propuso sin éxito en el caso de Madrid, y se logró en
ciudades como Córdoba o Valladolid, evitando, de paso, la proliferación del
famoso contenedor amarillo que tanto perjuicio está creando en la gestión
sensata de los residuos municipales.
[26] Ambos documentos están disponibles en www.idae.es.
[27] Llama la atención el escaso énfasis en las excepcionales condiciones
que en energía solar tiene España en comparación con los países de nuestro
entorno. Así, resulta sorprendente que Alemania –con mucha menos irradiación
que España– esté a la cabeza europea en potencia instalada solar
fotovoltaica (403 MW en 2003), mientras que España aparezca con una potencia
15 veces inferior (26,9 MW), tal y como se refleja en: Ministerio de
Industria, Turismo y Comercio/IDAE, (2005): Plan de Energías Renovables
(2005-2010), Madrid, p. 158.
[28] El objetivo a cumplir en 2010 es llegar a las 1.221.000 tep de
biodiesel, con 1.021.000 tep de aceites puros y 200.000 tep procedentes de
aceites usados. Como se puede ver, no parece que el argumento del reciclaje
de aceites usados sea determinante para la generalizació n del biodiesel.
[29] Vid. Nota de Prensa de 15 de junio de 2006 (www.energías- renovables.
com).
[30] PER 2005-2010, p. 183 y 270.
[31] Se podrían valorar dos excepciones, muy bien tasadas: a) El uso térmico
de la biomasa forestal en poblaciones rurales, ligadas al territorio donde
se genera el residuo, y que tradicionalmente la han dado ese uso; y b) el
reciclaje de aceites vegetales usados mientras no se encuentre una
alternativa mejor para su reutilización. En ambos casos se trataría de
opciones minoritarias que no justificarían los ambiciosos planes de
aprovechamiento energético de la biomasa y los biocombustibles.
Óscar Carpintero, es miembro de Ecologistas en Acción y Profesor de Economía
en la Universidad de Valladolid
El ecologista
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