[R-P] [E. Lacolla] La Anomia Argentina
Nestor Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
Mie Mar 7 08:11:59 MST 2007
La anomia política de los argentinos
Por ENRIQUE LACOLLA
Los argentinos nos hemos desinteresado de la política. Razones no
faltan, pero de persistir en esto nos anularemos como nación y como
individuos.
El valor de las estadísticas en política no tiene por qué ser
absoluto. Los números secos no nos informan sobre la naturaleza de
los motivos que están en la base de una tendencia aunque, por cierto,
pueden suministrar elementos para fundar un pronóstico a corto plazo
para prever el resultado de una elección, etcétera. Por supuesto que,
al hacer esto, pueden influir en ese resultado, razón por la cual las
fuerzas partidarias temerosas de una manipulación electoral insistan
en que esos evaluaciones no se difundan antes del cierre de un
comicio, por ejemplo.
El carácter relativo de las encuestas, entonces, no las hace del todo
fiables en un campo tan fluído como es el político, aunque en otros
ámbitos sean de gran valor para medir los índices que marcan las
pautas de la economía y de las actividades vinculadas a las ciencias
de la naturaleza.
Hace un tiempo, sin embargo, se difundió en este diario un sondeo
realizado por una firma chilena, Latinobarómetro, que abordaba el
grado de interés de los ciudadanos de diversos países de América
latina respecto de la actividad política. En la medida que aparece
desvinculado de cualquier matemática electoral y apunta a buscar no
la proyección del resultado de una instancia comicial sino a sondear
una predisposición anímica, ese estudio tiene interés, pues consiente
acercarse a un espacio psicológico en movimiento y establecer la
forma en que, a esta altura de la historia, los episodios que se han
desarrollado en ella refractan en la tonicidad social de estos
países.
Y las conclusiones que pueden deducirse son significativas. Los
argentinos, según este estudio que alcanza a 18 países a través de
20.234 entrevistas personales, son los que menos trabajan para un
partido político o para un candidato, los que con menor frecuencia
tratan de adoctrinar a sus conocidos y los que menos hablan de
política con sus amigos.
En el otro punto del espectro está Venezuela, donde por el contrario
el 25 por ciento de la población admite trabajar de manera frecuente
o muy frecuente para un partido y donde más continua y fervientemente
se habla de política.
Las razones de esta desemejanza son obvias y no hay que exprimirse el
seso para descubrirlas: en Venezuela se vive un período de transición
revolucionaria, cualquiera sea su desenlace final, y en la Argentina
estamos todavía sumidos en la apatía que resulta de un decurso
histórico que, en lo referido a lo mediato e inmediato, sólo puede
ser definido como catastrófico.
Movilización y desmovilización
Pero las catástrofes no tienen porqué ser desmovilizadoras, como
ocurre aquí. Por el contrario, en ocasiones es posible hallar en
ellas un resorte para impulsarse hacia adelante. Lo que distingue
negativamente nuestra peripecia es un hecho que la encuesta a que nos
referimos indica muy bien: que tras la tormenta de los años de plomo,
la represión salvaje practicada en la guerra sucia, la derrota de
Malvinas, la restauración de las formas democráticas, la
hiperinflación, el maremoto neoliberal, el desguazamiento del Estado
que fue su consecuencia; la corruptela indiscriminada que sumergió al
país durante la era Menem y que inficionó la sociedad a una escala y
con un alcance que nos afectan todavía; el desvalijamiento que
implicó el corralito y la desatentada fuga de capitales que lo
precedió, después de todo esto y de bastante más (atentados
inexplicados, voladura enigmática de la Fábrica Militar de Río
Tercero, asesinatos y "suicidios" de dudoso carácter), después de
toda esta balumba de acontecimientos siniestros, repetimos, no se ha
advertido en las fuerzas políticas del país una voluntad de hacerse
cargo de esta pesadísima herencia para abrirla, airearla y
redireccionar a la nación en un sentido que haga tabla rasa con el
pasado y ponga a la sociedad en un rumbo nuevo.
Este es un hecho inquietante y que no habla bien de nuestras
posibilidades de recuperación. Parece existir un hiato entre la clase
política y la realidad que nos oprime. No es que las cosas no cambien
ni que hoy no se esté mejor que ayer. La cuestión es que no se
disciernen actitudes que apunten a aprovechar una coyuntura favorable
pero quizá pasajera, para reproponer al país como un todo.
Más serio, aun: en este renuncio es imposible no ver la proyección de
una actitud moral laxa de parte de la sociedad en sus estamentos
capaces de aportar presión sobre el aparato del Estado a fin de que
sus poderes cambien de actitud.
Cuando hablamos de la revulsión social del 20 y del 21 de diciembre,
por ejemplo, no solemos poner de relieve la diferencia que existió
entre la movilización del primer día y la del segundo, que fue la que
en definitiva expulsó al gobierno de De la Rúa por la ventana. La
primera estaba compuesta de gente común, clase media en general,
enfurecida por la confiscación de sus ahorros, que pronto se dispersó
cuando les arrojaron las primeras bombas de gas lacrimógeno. La
segunda estaba integrada por militantes y gente más bien desclasada
que se enfrentó a la Policía con resolución, generando una situación
que, en el cuadro de insatisfacción y bronca que se había puesto de
manifiesto en la noche anterior, fue demasiado para el gobierno.
Es normal que las cosas discurran de esta manera: a la Bastilla no la
tomaron las amas de casa enfurecidas por la falta de pan, sino las
secciones de París conducidas por sus jefes. En todas estas ocasiones
la masa presta su apoyo y las vanguardias arremeten. Pero de lo que
se trata es de que existan, en la sociedad, estratos sociales capaces
de mantener la presión y de comprometerse a fondo con una exigencia
de cambio que no sea meramente cosmético.
Piqueteros de boutique
En Argentina esa presión no se ve por ningún lado. La única que
existe o ha existido es de naturaleza negativa y pone de relieve más
bien la laxitud que hay en las instancias responsables del poder para
fijar las líneas maestras de un desarrollo que no puede estar guiado
por cuestiones coyunturales o exigencias caprichosas. Los piqueteros
"paquetes" de Gualeguaychú, en efecto, son a la presión popular lo
que las majorettes a una hinchada de fútbol norteamericano: una
manifestación suntuaria, a bordo de costosas 4 x 4 o lanchas a
motor, embarcados en una guerrilla particular y a quienes nadie se
ocupa de hacerles entender el ridículo de su posición y el gravísimo
daño que causan a las relaciones exteriores del país en el marco de
un Mercosur en ciernes.
Que esta sea la única exteriorización de interés político que se
encuentra instalado así sea en un sector mínimo de esta sociedad, es
un síntoma revelador de la anomia por la que la misma se encuentra
pasando. Nunca había sido así. Convengamos que muchas veces ese
interés fue epidérmico o poco anoticiado de los factores que de veras
cuentan en la evolución de los acontecimientos -la frivolidad, la
ingenuidad o la ceguera de amplios sectores juveniles en los '70
fueron determinantes en el desencadenamiento de la oleada que los
barrió-, pero de cualquier modo había una inquietud bullente, y esta
nunca, en el pasado, había estado ausente. La politización argentina,
desde los orígenes de nuestra historia, fue siempre alta. Con
aciertos y errores, el país fue evolucionando desde la independencia
a una contrahecha organización nacional y luego a una serie de
intentos dirigidos a enmendarla y mejorarla. Intentos que no solieron
cerrarse con mucha fortuna, pero en los que se invirtieron dosis
importantes de pasión política.
Hoy, esa voluntad parece erosionada hasta el punto de la
desintegración. Es doloroso decirlo y más inquietante aun
constatarlo, pero el desinterés de la opinión respecto de la cosa
pública y que en cierto modo queda atestiguado por la encuesta a que
hacíamos referencia al principio de este artículo, es un dato
terrible. En parte puede estar expresando el hartazgo o el desdén que
suscita una clase política muchos de cuyos exponentes no alcanzan los
mínimos requisitos de preparación y comprensión estratégica de los
problemas, abocados como están a la atención de sus propios negocios
y al juego de las influencias y los expedientes de comité, pero
también es el fruto marchito de una sociedad sin convicciones y sin
rumbo.
Es posible que este extravío devenga de una crisis identitaria, de un
pasado cuyas claves no se terminan de interpretar, o del impacto de
una televisión descerebrada, o de la fatiga por el castigo
inútilmente padecido a lo largo de décadas; pero el caso es que la
incapacidad de la sociedad argentina para interesarse en sí misma
como un colectivo, es patente. De ahí también su ineptitud para
regenerar su cuerpo político, para hacerse valer y para recuperar la
ilusión de la historia. Pues esta requiere una esperanza activa para
construirse.
Claro está que existe la posibilidad de que se trate de un
agotamiento pasajero. América latina y el mundo están viviendo un
momento de transición en el cual las opciones no sólo están abiertas
sino que son imperativas. Es posible que reingresemos entonces a la
historia a la fuerza. Pero lo haríamos con poca gracia y sin una idea
acerca de adónde queremos ir. Tenerla no nos garantiza que
alcanzaremos un destino, pero al menos fijaría una orientación a
nuestro rumbo.
Este correo lo ha enviado
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
[No necesariamente es su autor]
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