[R-P] UN TRABAJO DE SPILIMBERGO (de 1955) SOBRE EL" MORALISMO" DE LA CLASE MEDIA, , QUE CREO CONSERVA TODA SU VALIDEZ.

Roberto Vera robertoverasigloxxi en yahoo.com.ar
Vie Ago 31 16:21:39 MDT 2007


 ACLARACION DE SPILIMBERGO, PARA LA PRIMERA EDICIÓN DE
SU LIBRO "NACIONALISMO OLIGARQUICO Y NACIONALISMO
REVOLUCIONARIO" (1958), EN DONDE SE PUBLICA ESTE
CAPITULO COMO APENDICE. 
                          ROBERTO VERA  

"VAN COMO APÉNDICE dos artículos « Autocrítica de la
revolución popular» y «El moralismo: utilización
oligárquica de la clase media», que fueron escritos
respectivamente, en diciembre de 1955 y abril de 1956.
Las tareas de redactar e imprimir «Lucha Obrera»,
órgano del disuelto Partido Socialista de la
Revolución Nacional, y la mordaza policíaca impuesta
por el tristemente célebre jurista Busso impidieron
entonces su publicación. Entendemos que conservan su
interés y que completan el panorama esbozado en el
presente. J.E.S    1956"                              
                                                      
                                               

EL MORALISMO: UTILIZACIÓN OLIGÁRQUICA DE LA CLASE
MEDIA
                 Septiembre de 1955

Publicado como apéndice de Nacionalismo Oligárquico y
Nacionalismo Revolucionario en 1956

El contubernio oligárquico ha encontrado su tema: la
moral. No hay político «democrático» ni usufructuario
en general del 16 de septiembre. Que no presente al
gobierno caído como a una banda de facinerosos que
logró mantenerse diez años en el poder, gracias a la
ignorancia de los más y al silencio impuesto sobre las
minorías «ilustradas».
Si antes del pronunciamiento militar la campaña servía
para Socavar las bases del gobierno peronista,
derrocado éste, las comisiones investigadoras y la
prensa se apresuran a publicar los escándalos para
justificar la dictadura y obtener el apoyo de la
opinión pública.
Pero, quiénes han ejecutado el golpe de septiembre? El
pueblo? No: la oligarquía y cómo la oligarquía, la
venal y corrupta oligarquía, se erige en custodio de
la austeridad republicana y en censora atrabiliaria de
sus enemigos, los gobiernos populares? Porque necesita
aliados, un mínimo de pueblo, en suma, para poder
triunfar. Va a buscarlos a la clase media, cuya
debilidad y confusión explota, ocultando sus propios
fines tras el canto de sirena de dos otras consignas
eficaces.
La «moral» es una de ellas; vale decir, la lucha
contra la «corrupción» del peronismo: gobierno y
sindicatos. Que se trata de un pretexto destinado a
legitimar el alzamiento en armas contra un gobierno de
mayoría popular, lo dice quien lo esgrime: el grupo
social más comprometido por sus fraudes, peculados y
entregas.
No obstante, el recurso obtiene resultados inmediatos
e inflama el corazón de ciertos sectores de la
pequeño-burguesía: tienen éstos su lista de agravios
contra el movimiento de las masas, justos algunos,
hijos de la miopía o el resentimiento los más. La
propaganda oligárquica moviliza este sector social a
modo de fuerza de choque, tras banderas especiosas
como «moralizar», «restaurar las libertades», etc.
El resultado está a la vista: conquistado el poder,
luchan en el conglomerado heterogéneo clases y
sectores para copar la situación. Y, por lógica
inflexible, ella cae en manos de quienes laboraron
para sí, mientras se desplazan al llano las fuerzas
que practicaron la enajenación como conducta
sistemática. Así, el nacionalismo católico desemboca
en el plan Prébisch; la democracia de Frondizi, en las
ejecuciones de junio; la pulcritud moral de unos y
otros, en el gobierno controlado por los agiotistas de
la «década infame».
Resultado de estos errores, fue la presencia de grupos
minoritarios, aunque populares, en el pelotón
septembrino. Explicar la ilusión acelera su
disipamiento, de todas maneras inevitable pues la
experiencia que hoy se vive vale más que cien sermones
«democráticos» y administrativamente «morales».
Por eso, nos hemos propuesto examinar, en primer
término, a la clase social que ha hecho profesión de
pureza inmaculada cuando se trata de juzgar al
adversario. Veremos seguidamente la inconsistencia del
moralismo como cartabón político. Y, por último, las
razones de su éxito momentáneo en las filas de la
clase media argentina.

1.	-LA MORAL OLIGARQUICA VISTA POR DENTRO

El saqueo de las tierras públicas

Decía León Trotzky que cuando un pequeño-burgués habla
de moral hay que echar mano al bolsillo, porque la
cartera está en peligro (1). Pero el pequeño-burgués
opera aquí -aunque no lo sepa- por cuenta ajena. La
oligarquía aparenta un código estricto para juzgar a
sus adversarios» llámense éstos Yrigoyen o Perón, Paz
Estensoro o Vargas. Pero, qué hay de ella?.
La nobleza antigua simbolizaba en escudos el origen de
sus linajes. De aplicarse el método a nuestra
aristocracia terrateniente, junto a la vaca consabida,
habría que poner una ganzúa. La historia de las
tierras públicas, base de la fortuna y el poder
oligárquicos, no es sólo una historia de robos» sino
de escándalos administrativos y complicidades
gubernamentales. Bajo Rivadavia y Rosas, bajo Mitre y
los gobiernos que lo sucedieron, los allegados al
poder se abalanzaron sobre las tierras fiscales –las
mejores y más extensas-, sin pagar un centavo o
abonando precios irrisorios (2).

(1) León Trotzky, «Su moral y la nuestra».
(2) Véase José Luis Torres, «La oligarquía maléfica».

Esas tierras se valorizaron varios miles de veces en
un siglo por el cómodo expediente de hacer trabajar a
los demás. Nació así, de golpe, una desmesurada
fortuna en pocas manos, que por imperio económico
gozaron también del poder político.

La «década infame»

Qué uso hicieron esas «200 familias del gobierno así
conquistado? Olvidemos el «Régimen», que estigmatizó
Yrigoyen. La «década infame» fue el reinado del
soborno y de la entrega.
La amenaza inglesa de suplantar carne argentina por la
de sus dominios, produjo el pánico en la oligarquía,
que sacrificó sin vacilar intereses nacionales a sus
propios intereses de clase.
Vino así el tratado «Roca-Ruciman», por el que
Inglaterra compró lo mismo, pero pagó mucho menos, es
decir, descargó sus crisis sobre nuestro pueblo.
Consecuencia del pacto fueron la ley de Banco Central,
redactada en Londres traducida y empeorada por Pinedo
y Prébisch (3), que enajenó al capital inglés nuestra
soberanía financiera y crediticia; El Instituto
Movilizador -700 millones de antes, repartidos entre
la oligarquía y los bancos ingleses-; las Juntas
Reguladoras, que «regularon» según la ley del pez
grande; la conversión de la deuda externa, pacto
secreto con la casa Bemberg que produjo pérdidas netas
por miles de millones (sólo a la provincia de Buenos
Aires 500 millones.); la concesión de la CADE -8.000
millones regalados a SOFINA, que gastó 14 para
«adquirir» el Concejo Deliberante (4); la escandalosa
evasión de impuestos sucesorios de la familia Bemberg,
que encontró cómplices en los tres poderes y la
administración; la Corporación de Transporte, ese
despojo a colectiveros y empresarios argentinos
perpetrado en aras del monopolio inglés; los cien
millones de la cláusula oro del puerto de Rosario (
con que remató su medio siglo una empresa extranjera
que no puso un centavo de capital y fue la más
próspera del mundo; los convenios del petróleo, que
redujeron a YPF a la impotencia, confirmando a Manuel
Ugarte cuando decía que en la Argentina el
proteccionismo regía para el capital extranjero.
(3) Otto Niemeyer, su real autor, era alto funcionario
de la Vickers, trust inglés de armamentos, al cual,
como «premio» encargó Justo le construcción del
crucero «La Argentina». El ante-proyecto se conoció en
Londres antes de que tuviera de él noticia el gobierno
argentino.
(4) Comenta Torres: «Hicieron volar con sobornos el
Congreso de la Nación, y también convirtieron en ruina
moral los tribunales de justicia, encontrándose los
miembros de la Corte Suprema entre los primeros en
capitular ante la seria ofensiva».
A qué seguir? Por cada una de esas operaciones, el
pueblo argentino perdía más dinero y bienestar que
cuanto pudieron sustraerle en diez años aquellos
jerarcas enriquecidos del peronismo.
Que quienes así obraban eran grandes señores incapaces
de robar un céntimo? (5) Que nos despojaban sin cobrar
comisión a los ingleses ? Allá ellos con su pobreza o
riqueza. Lo que al pueblo le interesa es el resultado
general de una política, el influjo que ejerce sobre
sus condiciones de existencia. La «moral « oligárquica
no reputa indigno que un hombre público sea abogado de
las empresas extranjeras, como lo fueron Ortiz, cuya
candidatura proclamó la Cámara de Comercio Británica;
o Fresco, asalariado del ferrocarril inglés; o aquel
Guillermo Leguizamón, jefe virtual de la delegación
argentina a Londres (pacto Roca-Ruciman), presidente
de media docena de ferrocarriles y otras empresas
británicas, lo que no le impidió «representar» el
interés argentino, decir que nuestra patria era la
«joya más preciada» de la Real Corona, y recibir el
título de Lord por sus beneméritos servicios.
Frente a esta formidable conjuración de bandoleros
(muy de cuello duro, pero bandoleros), qué
insignificante aprendiz ese señor Jorge Antonio, sobre
el cual se cebó la algazara cipaya de los últimos
meses.

(5) Era curiosa la probidad de estos caballeros. Al
investigarse el escándalo de la CADE, «pudo
comprobarse con la declaración de Mauro Herlitzka, que
él, como dirigente principal del monopolio de la
«ANSEC había entregado dinero a tres presidentes
argentinos: Justo, Alvear y Ortiz». (J. L.. Torres,
00. cit., pág. 192).
Asesor de los ferrocarriles ingleses, Pinedo obtuvo
por un simple peritaje 10 mil libras esterlinas oro;
Culaciatti, otro «regiminoso», cobraba cientos de
miles por cada firma que estampaba en su carácter de
abogado de la empresa Puerto de Rosario.

Pero ya volveremos sobre el tema, que desasosiega a
las vestales de septiembre.

2.— LA INCONSISTENCIA DEL MORALISMO

Nacionalización del robo

No hace mucho, un enemigo del peronismo ha tenido la
franqueza de afirmar que Perón «nacionalizó el robo».
Esta fórmula, que no aspira a ser cortés, encierra un
panegírico.
El sistema que caducó el 3 de junio tenía sumido a
nuestro pueblo al peor vasallaje de su historia. Como
resultado de improductivas servidumbres extranjeras,
el país pagaba anualmente a Gran Bretaña una suma que
excedía en muchos millones el valor de nuestra
producción de carne. El cuarenta por ciento de
nuestras exportaciones se destinaba a pagar la deuda
externa, rescatada luego por Perón.
El peronismo -cuya política limitada y vacilante
frente al capital extranjero es harina de otro costal-
redujo ese drenaje agotador. Hubo enriquecimientos
ilícitos; pero la «nacionalización del robo» no
excluyó los altos salarios, las conquistas sociales
efectivas y el pleno empleo resultante de la
industrialización.
Aún admitiendo que los millones rescatados los hubiese
acaparado en su totalidad (!) una burocracia ladrona,
esa burocracia puso fábricas argentinas, dio trabajo a
obreros argentinos, consumió productos argentinos,
reactivó el proceso económico. El dinero que se va en
libras o en dólares, llena de humo los cielos de
Inglaterra y Estados Unidos; y todos sabemos lo que
eso significa para el país semicolonial condenado al
atraso agrícola-ganadero.
Por eso, mal puede la oligarquía acusar de corrupción
al peronismo, cuando ella ha practicado y practica la
peor de las corrupciones: la que une al peculado
propio la entrega incondicional a la rapiña
extranjera.
No piensan así los miembros de nuestra «aristocracia»
de un modo u otro, en estos doce últimos años, ellos
han vivido «la tragedia del importador de autos».

La tragedia del importador de autos

El importador de automóviles -uno de los engranajes
comerciales del sistema oligárquico— desea,
naturalmente, que cuanto dólar obtenga el país se
destine a la adquisición de su mercancía para cobrar
sobre ella el riguroso treinta por ciento de su
ganancia «honorable». No cabe duda que este deseo es
perfectamente «moral», aunque signifique anteponer un
interés egoísta, de clase, a los intereses generales
del pueblo. El honrado importador monta en furia
cuando aparece un gobierno que restringe la compra de
autos en el exterior para ahorrar divisas destinadas a
la industria. Su indignación llega al paroxismo si se
entera que «su» ganancia, su robo legal logrado en una
intermediación estéril Pasa ahora a un adicto al
gobierno que se enriquece con el negocio de las
órdenes. Y ya no puede más al saber que «sus» coches,
sus queridísimos coches, norteamericanos, serán
producidos en la Argentina, dando trabajo a obreros
argentinos y ahorrando divisas en un renglón
importante de la producción.
Pero el importador no se desanima: busca el lado flaco
y lo encuentra. El país utilizó mejor sus dólares. Se
ha creado una industria de fundamental importancia. No
obstante, he aquí que tales y cuales burócratas se han
beneficiado personalmente con esa política. Como
Harpagón, nuestro tendero de automóviles exclama: ‘Au
voleur, au voleur!», cuando en realidad piensa: «Mi
dinero, mi dinero (y después, justicia)». Y así,
consumido de indignación, sale a la calle en busca de
salvadores, financia diarios... y otras cosas, para
destruir ese engendro moral que se llama burócrata de
los automóviles.
Ni tanto ni tan rápido! No es la moral lo que preocupa
a ese hijo de la década infame. Tras el pretexto bulle
la enconada oposición a una política nacional que lo
deja fuera de juego. Como en política es inatacable
(aunque susceptible de sustanciales mejoras), procura
descalificarla sin polémica apuntando a su deformación
burocrática.

La corrupción es inherente al sistema capitalista

Hemos visto que la oligarquía utiliza el peculado que
acompaña a una política intrínsecamente justa, para
filtrar sus propios objetivos, que ni son los del
pueblo, ni están libres de pesada responsabilidad
histórica.
De este modo, conceptos claros se tergiversan, y no
Sorprenda que, confundidos los términos, como remedio
de males nos propongan aceptar otros peores.
A qué obedece la moderna corrupción burocrática ? Al
fraude de los hombres o a la naturaleza de las
instituciones? Sin responder con verdad a esta
pregunta, mal puede aspirarse a una limpieza a fondo
de tantos aprovechados y vividores como hoy pululan en
la administración y en los gobiernos.
Quien se tome el trabajo de estudiar los vínculos
entre los trusts y el poder político en los países
imperialistas, encontrará que en ellos el Estado es
sucursal de un puñado de monopolios. Jefes de estas
gigantescas empresas ocupan puestos claves en la
administración y el gobierno. Inversamente, los
hombres públicos que «han cumplido» obtienen, al
retirarse, alguna gerencia que les asegura la vejez.
Para decirlo en pocas palabras, las burguesías
yanqui-europeas, maduras y rapaces, gravitan
decisivamente sobre sus Estados, y convierten la
política en cárcel de obreros y flagelo de colonias.
La burguesía, en aquellos países, crea el Estado,
organizándolo a su imagen y semejanza (6).
A su vez, las naciones oprimidas, para romper o
aligerar el yugo que las asfixia, necesitan concentrar
al máximo sus energías políticas, económicas y
culturales. Carecen de clases nacionales diferenciadas
y maduras, y la presión imperialista obra como
poderoso disociador. Esto es particularmente cierto en
lo que se refiere a las burguesías nativas. En
nuestros países existe una política nacional -reacción
ante el insoportable vasallaje- antes de que aparezca
una burguesía nacional madura. Pero mientras esa
política no cuestione la estructura capitalista que,
aunque atrasada, predomina en las semicolonias, tendrá
un inevitable contenido burgués. De ahí que el Estado
nacional, falto de una burguesía sobre la cual
sustentarse, se vea en la necesidad de crearla por el
doble método del proteccionismo y el aburguesamiento
de la burocracia.
Este proceso, en cuanto tiene de corrupción, no es
específico. La corrupción es el rasgo típico de todo
Estado burgués, por cuanto la sociedad capitalista,
basada en la competencia, impele al enriquecimiento
privado, no a la solidaridad social. Lo que varía es
la forma. En Estados Unidos la corrupción se
manifiesta como influjo decisivo de los trusts sobre
el gobierno, mediante sobornos, infiltración de
adictos y «acomodo» de funcionarios en la industria
privada. En las semicolonias el proceso es inverso: el
Estado, buscando un apoyo burgués que no existe o es
insuficiente, coloca a sus elementos en la jerarquía
de la nueva clase de patrones industriales.

(6) Puede consultarse a Selden («Los amos de la
prensa» y «Mil Norteamericanos»), y a Daniel Guerin:
«¿Adónde va el pueblo norteamericano?». Para el
aspecto teórico: Lenin, «El Imperialismo, etapa
superior del capitalismo» y «El Estado y la
revolución».

« Por censurable que resulte el «sistema» de Jorge
Antonio, el capitalismo burocrático es inherente a
toda revolución burguesa en un país atrasado. Lejos de
atenerse a una pasividad descriptiva, corresponde
luchar por formas superiores, proletarias, de
organización social. En último análisis, la verdadera
lucha contra la corrupción pública, se liga ala
conquista de un exhaustivo control popular sobre el
Estado, la economía y la cultura.
Pero cuando los agentes del gran capital vienen a
moralizar contra la administración peronista como
pretexto para desprestigiar la bandera nacional y
empujarnos nuevamente a la dictadura del dólar o la
libra, hay que responderles: «Señores, el pueblo mismo
se encargará de barrer con las deformaciones
burocráticas; de cruzar los límites, burgueses de la
revolución nacional. Pero mientras se elabora una
conciencia colectiva a ese respecto (y por que así
ocurra somos nosotros los que luchamos, no ustedes),
preferimos que nos piquen las pulgas antes de que nos
devoren los tigres disimulados de corderos».

El moralismo transforma al hombre en chivo emisario de
la burguesía, a la que absuelve

Nuestra aristocracia descubrió que Yrigoyen y Perón
eran jefes de funcionarios corrompidos. A su vez, la
izquierda oligárquica, canoniza a Yrigoyen y lo
presenta como un justo. Unos y otros reservan a Perón
el papel de villano. Admirable sorpresa! cómo es que
un ladrón y un justo, antípodas morales, llegan a un
mismo resultado? Tan irrelevante es la moral
individual de los jefes, sobre la que el moralismo
erige su tabla de valores políticos? No será que la
crítica debe hacerse a los sistemas, objetivamente
considerados? Y cuál es el sistema que empuja a la
corrupción? EI gobierno popular? Ya hemos visto que
las minorías «ilustradas» sobrepasaron los peores
escándalos del peronismo o el yrigoyenismo; las
constantes se anulan, y queda en pie la diferencia
entre una política nacional y otra antinacional, entre
el saqueo organizado y la defensa económica frente al
capital extranjero.
No es la «tiranía», ni la «demagogia»; tampoco el
«intervencionismo» ni el ‘aluvión zoológico», sino que
nuestros gobiernos populares, a pesar de serlo, no
rompieron el sistema del poder burgués, que aquí como
en todo el mundo asocia el ejercicio del gobierno con
el fraude administrativo.
La estrechez «moralista» conduce a descargar sobre
determinados hombres las responsabilidades de un
sistema, con lo cual una saludable dosis de
inconformismo, que debió aplicarse a superar por
adentro el proceso revolucionario popular empujándolo
más allá de su etapa burguesa, pasa a gravitar en el
bando opuesto, maniobrada por una oligarquía que no
busca liquidar la propiedad burguesa sino afianzarla
en sus formas más reaccionarias y parásitas: el
capital imperialista y el latifundio.
Este es el más grave cargo que merecen los apóstoles
del moralismo, los Frondizi y compañía que nos
prometen un gobierno burgués limpio de polvo y paja.
¡Ridícula utopía de ingenuos o de pillos(7).
(7) No se trata de asentar un mecanismo sociológico,
una causación absoluta. Pero es evidente que la
conducta, individual está condicionada por sistemas y
estructuras sociales que responden a leyes propias. o
a interpretación voluntarista (y el moralismo es una
de sus expresiones más estrechas, pues circunscribe la
ética a la moral) equivale, en cierto modo, a las
explicaciones animistas de los fenómenos sociales.
Pero en uno y otro caso, sólo reconociendo el
principio de necesidad es posible desarrollar una
auténtica libertad creadora. Aun en su etapa inicial,
la burocratización peronista se hubiera restringido de
existir un sistema de partidos revolucionarios
apoyando independientemente al gobierno, lo que
hubiera facilitado el juego dialéctico de las clases
«antiimperialistas». En última instancia, la
responsabilidad de las «izquierdas», incluido el
radicalismo yrigoyenista de hoy, por no haber prestado
al peronismo y a la C.G.T. el apoyo que ofrecieron a
la Unión Democrática, es decisiva en este punto. Buena
parte de los rasgos reaccionarios del peronismo, como
partido y como gobierno, son consecuencia de su
deserción. Por último, el signo de abundancia bajo el
cual transcurre la década revolucionaria, retardó la
maduración ideológica del proletariado, y permitió a
la burocracia afianzarse en sus posiciones.

3.- BASES SOCIOLOGICAS DEL MORALISMO PEQUEÑO-BURGUES

Subjetivismo idealista

La predisposición de la pequeña burguesía a absorber
la propaganda moralista surge de sus propias
condiciones de existencia.
Tratase, por lo general, de una clase desligada del
esqueleto de toda sociedad: la producción. Al revés de
lo que ocurre con los burgueses industriales y el
proletariado, su actividad se despliega en el terreno
de la superestructura. Sin experiencia concreta de las
causas y condicionantes reales, tiende a suplantar la
consideración objetiva de los fenómenos por «sistemas»
ideales. A la sociología antepone la especulación
ética. Hemos visto, por ejemplo, que la corrupción
burocrática es inherente al Estado burgués. El teórico
de la clase media ignora este hecho, y la interpreta
como una enfermedad moral, como una libre elección
entre alternativas posibles, en el sentido de la más
perniciosa.
Esta tendencia al subjetivismo idealista es reforzada
por la atomización de las clases medias, las cuales,
en contraste con el proletariado, carecen de la
estructura y organización colectivas que dan la gran
industria y los sindicatos.
La clase obrera busca en la lucha gremial, en la
elevación de la clase en su conjunto, satisfacción a
los problemas individuales de sus componentes. Su
realismo es esencialmente colectivista.
El pequeño burgués finca su elevación en la
competencia, es decir, en su actividad individual. Al
voluntarismo práctico de la clase corresponde el
voluntarismo ético de sus teóricos.
Ambas tendencias, la subjetiva y la voluntarista, se
conjugan para provocar una visión ética de los
fenómenos sociales, envolviendo con la nube del
moralismo las fuerzas que condicionan el hacer
individual de los hombres, los partidos y los
gobiernos.
Pero en el marco de esta predisposición general actúan
factores más concretos cuyo análisis es
imprescindible.

Inflación 
Ninguna semicolonia puede industrializarse sin un
proceso inflacionario que entregue a la naciente
burguesía medios adicionales para expandir su
industria. El crédito suplanta aquí las formas
clásicas de industrialización burguesa. Al mismo
resultado se llegaría despojando a los sectores no
industriales para respaldar los subsidios. Pero ese
camino choca con la garantía constitucional de la
propiedad privada. La inflación constituye un despojo
indirecto, una expropiación legal.
El gobierno peronista quitó a terratenientes,
chacareros, algunos sectores de clase media, etc.,
parte de las riquezas ( mediante la inflación, el
IAPI, la congelación de arrendamientos y alquileres,
etc.) para crear un fondo de industrialización (
malversado en parte por la burocracia) y llevar a cabo
una política de altos salarios, base de la estabilidad
del régimen. 
Por sobre estas medidas, la recuperación y defensa
económicas frente al imperialismo dieron un sello de
abundancia  al proceso en su conjunto. Las sangrías no
mataron a ningún paciente.
La inflación peronista afecto a ciertos sectores de
clase media, especialmente a aquellos de renta fija,
los cuales, al par que sufrían un empobrecimiento
relativo y hasta absoluto, presenciaban el surgimiento
de una nueva «oligarquía» de industriales, y, como
subproducto del proceso, el aburguesamiento individual
de la burocracia.
Las nuevas fortunas aparecen ante el pequeño burgués
como hijas de una formidable dilapidación de dineros
públicos y privados; como un atentado directo a su
bolsillo; como una subversión general de los valores.
En realidad, los «nuevos ricos» son la burguesía
industrial, clase más progresista que la
terrateniente, que nace al favor de la protección del
Estado y del favoritismo de la burocracia
nacionalista.
Resentimiento

Por otra parte, un sector importante de la clase media
vivió durante décadas como parásito del sistema
oligárquico. Cuando el país era una estancia y Buenos
Aires su desagüe hacia Europa, algo de la renta
nacional derivaba hacia esa clase media de empleados
públicos y de empresas imperialistas, pequeños
comerciantes y horteras, rentistas, tenedores de
cédulas, jubilados del gobierno y de servicios
públicos, que constituían el sistema conjuntivo del
aparato oligárquico, y que, junto a los profesionales
de todo tipo y pelambre, eran la aristocracia barrial
de la ciudad-puerto (8).

(8) Un personaje de Roberto Arlt, muy de camiseta y
panzón, discute en una esquina con una lavandera.
Menudean los insultos. De pronto, el personaje corta
en seco la disputa con estas palabras: «No olvide
usted que está hablando con un jubilado!».
Se non é vero é ben trovato.

Lectora de «La Prensa» y «La Nación», admiradora de
oídas de cuanto figurón oligárquico circule, inmersa
en el «somos un país agrícola-ganadero» y «los
ingleses administran mejor», electora a ratos de
diputados socialistas, esta clase media entra en el
nuevo período sin comprender nada, y observa que sus
«privilegios de pobras», su estabilidad relativa en un
país que a diez cuadras del centro, en el corazón de
Puerto Nuevo, erigía las latas de Villa Desocupación,
se eclipsa ante una clase obrera industrial poderosa
en política y sindicalmente organizada, que goza de
buenos salarios hasta el punto de eliminar los
antiguos desniveles.
Celosa de su «categoría», no admite un cuello duro ni
un juego de comedor por debajo de sus pies; y lo que
más la indigna es ver a un «cabecita» ganando lo que
ella, vistiendo dignamente, comiendo todos los días.
Si en la nueva burguesía ve una cáfila de aventureros
enriquecidos, en el proletariado encuentra a los
cómplices políticos del «saqueo».
Este moralismo expresa en fórmulas «elevadas» la sorda
indignación por la «falta de sirvientas».

Conclusión

El tema del moralismo en la política argentina es
parte de la táctica oligárquica de dividir el frente
del pueblo, aislando a sus sectores más
revolucionarios y consecuentes: el proletariado y las
masas pobres del interior, de la pequeña burguesía
urbana y rural.
Esta táctica utiliza las inconsecuencias de una
jefatura política transitoria, para descalificar en su
conjunto al movimiento de las masas, y manchar sus
banderas de lucha.
Al mismo tiempo, presenta al conglomerado
contubernista como ejemplo de pulcritud moral,
espíritu democrático y eficiencia
económico-administrativa.
Ya hemos visto cómo la clase media es arrastrada a
pactar con la aristocracia y sus personeros, a través
de fáciles demagogos como el jefe del radicalismo
«intransigente». No obstante, la contradicción entre
la pequeña burguesía y el proletariado, por momentos
tan áspera, no es esencial sino el resultado de
contingencias históricas.
El yugo oligárquico exprime al país en su conjunto, y
no es la clase media, por cierto, la que saldrá mejor
parada de esta tentativa de imponer a los argentinos
una nueva década infame.
Más que las palabras, confiamos en la experiencia
colectiva. Más que en nuestros discursos sobre la
moral hipócrita y la mentida «democracia» de estos
dignos descendientes de la emigración unitaria, son
sus actos de gobierno los que se encargan de disipar
equívocos, y mostrar quiénes son los amigos, y dónde
están los explotadores.
La restauración oligárquica, que agrava sin
resolverlos todos los problemas argentinos, producirá
su antítesis, en la que los trabajadores tienen la
última palabra.
Confiamos en que entonces sabrá elegir la clase media
con más acierto que en 1930, en 1945 y en septiembre
de 1955.



 

 


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