[R-P] De J.E. Spilimbergo: Güemes y la Gente desente de Salta

Roberto Vera robertoverasigloxxi en yahoo.com.ar
Vie Ago 24 23:57:23 MDT 2007


  GÜEMES Y LA GENTE DECENTE DE SALTA
   
 Por Jorge Enea Spilimbergo    

        El nuevo aniversario de la muerte de Güemes,
que se cumplió el 17 de junio, dio lugar a las
conocidas efusiones patrióticas. Pero estos homenajes
al caudillo popular ocultaron escrupulosamente el real
significado de su acción militar y política, así como
las causas que determinaron su muerte a los 36 años en
manos de la misma oligarquía salteña que aún hoy
mantiene su poder infame integrada a la oligarquía
nacional. 

A diferencia de Artigas, Güemes mereció el indulto
póstumo del partido unitario y los historiadores
oficiales seguidores de Mitre. Pero esta entrada en
redil se debe únicamente al hecho de que Güemes acertó
a morir oportunamente. Por otra parte, la gloria
póstuma servía para tapar el proceso del asesinato de
Güemes por la oligarquía salteña en connivencia
explícita y directa con las armas del Rey de España y
apuñalando por la espalda la empresa liberadora de San
Martín en Perú. Los Uriburu, Cornejo, Saravia,
Zuviría, Benitez, Figueroa y demás asesinos de Güemes
en complicidad con el invasor realista, tuvieron
abundante y funesta progenie que ha sabido guardarse
las espaldas de la honorabilidad patriótica con el
mismo celo con que los Mitre han creado el mito del
siniestro caudillo de la bárbara oligarquía
bonaerense. 

El asesinato de Güemes, rubricado por la designación
por aquella pérfida oligarquía del jefe de los
ejércitos realistas como gobernador de Salta,
significó la pérdida definitiva de las provincias del
Alto Perú (Bolivia), que habrían de ser liberadas y
erigidas en Estado independiente por Bolívar y Sucre.
La empresa americana de la generación de la
Independencia sufría así un colapso decisivo por el
lado argentino, ya que dejaba a San Martín en
inferioridad operativa frente a los españoles y le
obligaba a ceder al libertador Bolívar la parte final
de la campaña. Pero estos alcances no fueron tenidos
en cuenta por los autores del complot oligárquico para
quienes se trataba, exclusivamente de producir una
contrarrevolución social, un golpe de Estado contra el
gauchaje y la democracia militar del barbudo
comandante de la guerrilla patria. Como volvería a
ocurrir innumerables veces en nuestra historia hasta
los amargos días que vivimos, la causa de la soberanía
y la afirmación nacional se encarnaba en los estrados
más humildes, numerosos y explotados de la población,
mientras la oligarquía - la clase decente como
entonces se decía, el vecindario distinguido que
formaba el pueblo de los cabildos abiertos ligaba su
destino a la balcanización, la rapiña y el vasallaje.
No es difícil designar por sus nombres a los traidores
a la patria aunque se corra el riesgo de ir preso por
ofender a algún pundonoroso. 

La imagen que se nos ha dado de Güemes es la de un
monaguillo unitario que defendió como Robin Hood una
frontera desamparada permitiendo a San Martín hacerse
el Aníbal con el Ejército en los Andes. Esta Imagen es
falsa. Güemes, gobernador de Salta desde 1615, a los
29 años, defendió con método de guerrillas las
quebradas jujeñas y los valles de Salta rechazando
ocho invasiones, de las cuales la tercera dirigida por
los generales Ramírez y Canterac, fue realmente
formidable. Pero esta guerra que dejó a Salta
victoriosa aunque arrasada no se llevó a cabo con
métodos guerrilleros porque la empresa de San Martín
hubiese absorbido la totalidad de las armas
nacionales. Allí estaba, a pocas jornadas, el Ejército
del Norte, inmovilizado en Tucumán desde la retirada
de Sipe Sipe hasta la marcha hacia Buenos Aires en
apoyo del Congreso unitario, oportunamente desbaratada
por el pronunciamiento de Arequjto. ¿Por qué, en más
de cuatro años, ese ejército, a todas luces respetable
por el número de sus efectivos, su parque, oficialidad
y caballadas no osó moverse en apoyo de las bravas
milicias gauchas que combatían sobre Salta y Jujuy? 

La respuesta la suministra el eminente historiador
salteño don Bernardo Frías en el IV tomo de su
Historia del General Güemes y de la provincia de
Salta, o sea, de la independencia Argentina Título tan
pretencioso es en buena medida, justificado, aunque
merecería este subtítulo: E historia de la infamia
oligárquica en Salta, o sea, de la conjuración contra
la independencia argentina. Esta historia, como gran
parte de la bibliografía fundada en el manejo de los
archivos provinciales y las tradiciones familiares
locales yace sepultada en su misma publicidad. 

Para entender esta paradoja hay que decir que don
Bernardo Frías, hombre de la clase decente salteña
pero dotado de objetividad crítica (y sobreabundante
de documentación) dedicó largos años, en los comienzos
del siglo, a los ocho tomos de su obra, de los cuales
sólo los tres primeros vieron la luz en vida del
autor. Los decisivos tomos IV y V publicáronse en 1954
(segunda gobernación Durand) y en 1961 (Comisión
Salteña del Sesquicentenario), respectivamente. Lo
modesto de la tirada - mil ejemplares – aseguraba que
el honor no implicase publicidad, máxime porque, como
sucede con estas ediciones oficiales, casi todos sus
ejemplares duermen un sueño institucional en los más
impensados anaqueles públicos y privados. En cuanto a
los tres tomos finales, siguen en estado de
manuscritos. Pero quien desee un atisbo del material
suministrado por Frías puede consultar al tomo VIII de
la Historia de Vicente Fidel López, quien relata
entera aunque sucintamente los episodios que
desembocaron en el asesinato del comandante
guerrillero, gobernador de Salta y general en jefe del
Ejército Expedicionario al Perú (así designado por San
Martín en junta de generales y reconocido por todas
las provincias), general don Martín Güemes. 

La causa de la inactividad del Ejército del Norte
acampado en Tucumán es la misma por la cual, hacia la
misma época, el director Pueyrredón y el Congreso
unitario dejaban a los portugueses invadir impunemente
a la Banda Oriental. Si en un caso se admitía
preferible que una provincia argentina se perdiera a
que un caudillo federal la gobernase, en el caso de
Güemes el plan consistía en hacerlo servir de
paragolpes, dejar que las tropas españolas lo
liquidaran y liquidar a su vez a los godos sobre
Tucumán, previsiblemente debilitados por el accionar
de las milicias salteñas. Se mataban así dos pájaros
de un tiro, aunque en uno y otro caso el territorio
nacional quedase desgarrado en jirones. 

Tanto Salta corno la Banda Oriental tenían una
decisiva importancia estratégica en la querella del
federalismo. Si éste no lograba abrirle puertas a la
tierra estableciendo su propio enlace geo - económico
con el mercado mundial, acabaría estrangulado por el
puerto de Buenos Aires y la oligarquía bonaerense,
como en efecto ocurrió, bajo la divisa unitaria de
Rivadavia, federal de Rosas y separatista o nacional
de Mitre. Pero el portugués Lecor ocupaba Montevideo y
el godo Olañeta Salta. Desmoronada la democracia
militar, gaucha y americanista de Güemes. Salta recién
ahora se convertiría en frontera – límite, dejaba de
ser la frontera combatiente, la puerta armada hacia el
Alto Perú y el Pacífico. 

Porque junto al Güemes defensivo, que tapó la frontera
norte para hacer posible la campaña de Chile, está el
Güemes ofensivo a quien San Martín encomendará la
campaña del Alto Perú en conexión con su campaña sobre
Lima y la del General Arenales sublevando la Sierra
peruana. Esta expedición se reputaba indispensable por
la necesidad de dividir los efectivos españoles,
calculados en 24 mil hombres contra los 8 mil de la
expedición sanmartiniana, impidiendo que se
concentraran sobre el Capitán de los Andes.   

A tal fin respondió el nombramiento de Güemes como
general del Ejército Expedicionario al Perú, recibido
en Salta el 2 de agosto de 1820, un mes antes del
desembarco sanmartiniano en la costa peruana. Habiendo
quedado Salta desolada por la tercera invasión
española (cuyos efectivos lograron apoderarse durante
cierto tiempo de la misma capital) parece increíble
que se hubiese encomendado a Güemes organizar una
ofensiva hacia el norte. 

Pero San Martín medía en sus reales dimensiones el
temple del líder salteño y el entusiasmo patriótico de
sus gauchos. De hecho, faltó un pelo para que al
abandonar Salta y retirarse hostigados por la Quebrada
de Humahuaca, los españoles no fueran rodeados y
rendidos por las milicias de Güemes que volaban en su
persecución. Si éste no fue el epílogo de la tercera
invasión se debe exclusivamente al sabotaje
indescriptible del gobernador tucumano Aráoz y del
Ejército de Norte, a quien los gobernantes porteños
consideraban apto para marchar sobre Buenos Aires para
batirse por la constitución unitaria, pero inepto para
avanzar sobre los ejércitos del rey en derrota. Mucho
menos pedía Güemes: algunas caballadas de refresco
para seguir la persecución que, al faltarle por la
acción deliberada que señalamos, dejaron escapar la
presa y le permitieron rehacerse en Tarija y Mojos.   

Ahora se hacía necesario operar contra ellos
nuevamente, aunque en plan ofensivo; pero, mientras
tanto, la batalla de Cepeda había liquidado las
autoridades nacionales, ya no existía Director
Supremo, el Congreso unitario se había dispersado. La
leyenda mitrista pretende que los caudillos
traicionaron la causa de la Independencia al derribar
el poder nacional. Pero sabemos que éste cayó cuando
intentó traer a Buenos Aires los ejércitos de Chile y
de Tucumán. Los caudillos, por el contrario, apoyaron
activamente, salvo excepciones, la continuidad de la
guerra nacional. Bustos urgía la convocatoria de un
nuevo Congreso Constituyente a fin de vigorizar la
unidad y la guerra exterior, y una de las exigencias
que esgrimieron los gobernadores de Salta, Santiago y
Catamarca al suscribir el pacto del 12 de abril de
1821 contra el tucumano Aráoz fue la de obligarlo a
mandar diputados a ese Congreso. Pero el plan fracasó,
como es sabido, por la resistencia de la provincia de
Buenos Aires, cuyo ministro Rivadavia anticipaba en
las instrucciones a los diputados la tesis que años
después esgrimiría Rosas en su célebre carta a
Quiroga. Esa misma Provincia era capaz de gastar el
equivalente de 10 millones de pesos en las fiestas
mayas de 1821, pero no daría un auxilio para la marcha
de Güemes sobre el norte.   

Así y todo, Córdoba envía 350 coraceros al mando de
Heredia, Santiago reúne fondos y medios considerados
para proveer a la vanguardia del nuevo ejército
nacional, que ya enero de 1821 se mueve sobre
Humahuaca. Catamarca recluta fuerzas. El viejo general
Ocampo, gobernador de La Rioja , se ofrece a marchar a
las órdenes de Martín Güemes. Este, mientras tanto, ha
reunido 2.500 hombres en operaciones, bajo el mando
inmediato del tucumano Heredia (uno de los sublevados
de Arequito), remitido por Bustos al frente de la
división cordobesa. La exigüidad de estas fuerzas se
compensaba por la debilidad política imperante en el
bando español, cuyo jefe, el general Olañeta, no podía
unificar a sus 4.000 hombres, casi todos americanos,
profundamente trabajados por la propaganda patriótica.
De hecho, a fines del año anterior, Güemes había
logrado organizar una formidable conspiración en el
ejército español, de la que participaba la guarnición
de Oruro (parque militar de primer orden), con los
cuerpos de Chilotes, del Centro y de la Reina , y los
Cazadores y Partidarios, apostados con Olañeta en
Potosí.   

De esta Conspiración formaba parte, incluso, el
gobernador de Oruro, coronel Fermín de la Vega , y la
dirigía el coronel Mariano Mendizábal, jefe del
regimiento de la Reina , contando con la mayoría de la
oficialidad americana. Pero la demora impuesta a
Güemes por la negativa de los auxilios falazmente
prometidos por el tucumano Aráoz, determinaron el
descubrimiento del Complot y su represión en sangre. 

Una vez más la traición interna impidió abrir el
camino del Alto Perú sin disparar un solo tiro y
marchar con ejército reforzado hacia la ciudadela del
poder español. Debe recordarse que los auxilios de
Aráoz se referían a los implementos del disuelto
Ejército del Norte (liquidado en Arequito), propiedad
de la Nación , reclamados por Güemes con títulos
suficientes, en su calidad de comandante en jefe
designado y reconocido de un ejército nacional. 

A pesar del fracaso de la conspiración patriota, el
espíritu subversivo campeaba en las filas de Olañeta,
tanto más ahora que el virrey había llamado a los
cuerpos, españoles para que reforzaran la defensa de
Lima, dejando en la frontera sur, a los cuerpos
formados por americanos. 

Pero el Ejército argentino jamás franqueó la altura de
Humahuaca, alcanzada, a principios de ese año de 1821.
Seis meses después, el 17 de junio, Güemes moría a
consecuencia de las heridas recibidas de la vanguardia
española que lograra infiltrarse hasta la misma ciudad
de Salta por la traición de su clase decente. 

Este episodio trágico e infame simboliza y tipifica el
enfrentamiento prolongado hasta nuestros días entre el
pueblo argentino y la oligarquía antinacional. La
infamación y la traición desplegadas, los lemas
republicanos y democráticos contra el tirano, el
clamor de la propiedad ofendida, la genuflexión
patriota ante el enemigo extranjero, los auxilios de
la autoridad eclesiástica, la injuria contra la chusma
y el mulataje, el odio abyecto que va mas allá de la
tumba, no podrían sorprender a ningún argentino que
haya vivido en su patria en los últimos doce años,
aunque el paralelo, las constantes oligárquicas, sí
sean impresionantes. Como este aluvión denigratorio de
la gente decente tiene a su manera su imponencia, es
indispensable conocer su dimensión histórica, sus
ramificados episodios, principalmente allí donde la
perspectiva del tiempo permite con toda claridad medir
el abismo entre esa imponencia y su realidad miserable
y ruin. 

Y nada mejor que recurrir a este episodio tan
sepultado y tan paradigmático de nuestros orígenes,
como ilustración y enseñanza de lo que es una guerra
popular revolucionaria, de cómo la soberanía política
se llena en el proceso de la lucha de un contenido
social revolucionario, y de cómo la oligarquía
antepone invariablemente la mezquindad de sus
privilegios a los objetivos de la Nación. 

  

LA INMOLACION DE GÜEMES 

La hostilidad levantada a retaguardia por el tucumano
Aráoz impuso a Güemes un paréntesis en los
preparativos para invadir el Alto Perú en apoyo de San
Martín. La campaña contra el gobernador de Tucumán se
hizo inevitable cuando éste atacó a Santiago para
impedir que Ibarra enviase dinero y materiales al
ejército de Güemes. Este arrolla a Aráoz hasta las
mismas puertas de su capital. Pero el astuto tucumano
aprovecha una momentánea ausencia de Güemes para
enredar al sustituto Heredia en negociaciones y
batirlo en la sorpresa de Marlopa (3/4/21). El
imprevisto desastre acelera la conspiración en Salta,
mientras Olañeta avanza nuevamente, para aprovechar
las discordias en el campo patriota. Pero una
encerrona magistral del vicegobernador Gorriti captura
en Humahuaca la vanguardia de Olañeta (30 de Abril),
obligándolo a retroceder hasta Mojos. Güemes, en
tanto, se rehace en Rosario de la Frontera y su
vanguardia (a las órdenes de Vidt, ex oficial
napoleónico) vuelve a operar en las afueras de
Tucumán. 

Aráoz, entonces, ordena al coronel Arias (ya en tratos
con Olañeta) que avance hacia el valle de Lerma por la
apartada ruta de Las Cuestas, en apoyo de la
conspiración que trama la clase decente de Salta. La
capital tucumana hervía de exiliados salteños, quienes
azuzaban en Aráoz el temor de que Güemes, so pretexto
de guerrear contra España, se fortaleciese
militarmente. Estos exilados y la buena sociedad
tucumana captaron para la conspiración a los
comandantes salteños y al propio general Heredia. 

Era indispensable que todos estos hilos se urdieran en
un viso de legalidad. A tal fin, el 24 de mayo reúnese
en Salta un cabildo abierto semejante a aquel otro de
1815 que hiciera de Güemes gobernador. Este plenario
de la clase decente, por abrumadora mayoría, derroca a
Güemes, le quita la ciudadanía salteña y lo destierra
de la provincia nombrando gobernador a Saturnino
Saravia y comandante de armas a Antonio Cornejo. Los
facciosos se apresuran a armarse y distribuyen
abundante dinero entre la plebe con la despectiva
convicción de apartarla del demagogo. 

Pero bastó a Güemes presentarse con 25 hombres de
escolta ante el ejército adversario en las afueras de
Salta y arengarlo bravamente, para que los batallones
se pasasen en masa y huyesen los decentes con
justificado pánico. Así se hundió la "revolución del
comercio", como la llamaron sus autores con lenguaje
más franco que el de sus cíclicos herederos. Güemes
autorizó por primera vez ciertos saqueos y encarceló a
los que no pudieron huir; pero no dictó condenas
capitales, Como era derecho y costumbre. 

Uno de los fugitivos, el comerciante Benítez, se
refugia en la vanguardia de Olañeta (que avanza
sigilosamente mientras el grueso del ejército español
fingía un repliegue a Oruro). El jefe de esa fuerza,
coronel Valdez, concibe entonces el audaz plan de
capturar a Güemes en su propia capital, para lo cual
Benítez supo guiarlo por la inaccesible senda del
Despoblado hasta las puertas de Salta (7 de junio).
Aunque esta presencia fue advertida desde varias casas
principales, un silencio cómplice ocultó los indicios.
Güemes pernoctaba en casa de su hermana, que Benítez
señaló al jefe realista. Varias patrullas la rodearon,
y cuando Güemes rompió con su escolta el cerco y casi
tocaba las afueras, una bala alcanzó a herirlo. Diez
días después moría en brazos de sus gauchos. 

Al clarear el 8, Valdez rinde a la guarnición del
Cabildo con el auxilio de los conspiradores allí
presos. El 10 entra Olañeta, y el 16 el mismo Cabildo
abierto que destituyera al tirano designa al general
realista gobernador de Salta, no bajo presión del
miedo sino de la gratitud, como lo testimonia el
comandante de armas designado por la revolución del
comercio, Antonino Cornejo, en su mensaje a Olañeta:
-La gratitud es ciertamente con la que debió
manifestarse a V. S. la virtuosa Salta, por haberle
debido su sacudimiento del bárbaro poder de un déspota
que, a la funesta sombra de una libertad rastrera, fue
el mayor de los tiranos. 

El epílogo de esta deshonra sería el acuerdo entre los
gobernadores Olañeta y Cornejo, que pacificaba la
frontera, retirándose Olañeta a Humahuaca. Los
decentes arguyeron imposibilidad de hacerlo más
decorosamente; pero su falta de medios era su miedo a
los gauchos, quienes, ya sin jefe, aún hostilizaron al
español y hasta le provocaron 300 deserciones durante
la retirada. 

Con Güemes moría el impulso americano en la frontera
Norte, desgarrábase el Alto Perú, perdía San Martín su
nexo estratégico con el Plata y obligábase al
renunciamiento de Guayaquil; cerrábase la ruta del
Pacífico como contrapeso al centralismo porteño;
empezaban la balcanización, la dictadura oligárquica,
el patriotismo de la entrega. Veamos ahora cuales
fueron las causa del odio a Güemes y a su causa
americana. 

-Todo vino así a acumularse sobre Güemes: él era el
falsificador de la moneda; el corruptor de la masas
ignorantes, antes respetuosas y ordenadas; el
responsable de la destrucción del comercio del Perú.
Andaba en tratos con el enemigo. Se rodeaba de una
turba de delincuentes, - La Gavilla , cuyos desmanes
-daban los rasgos más hondos del sistema infernal o
sistema de Güemes. Zaheríanlo con la pasión amorosa,
que veían era su flaco. Y pues entregaba a sus
comandantes la dirección de los combates, tomaron tal
conducta como signo visible de su cobardía personal,
que comenzaron a atribuirle . . Los libelos corrían en
arte métrico. de mano en mano, por los cuales
derramábanse los escapes de su odiosidad para con él. 

Sobre todo, hubo una causa -que excedió en poder para
formarle una atmósfera de odio: la inclinación que
empezó a mostrar por la plebe. La plebe era tres veces
superior en número a la gente decente, mezcla grosera
de todas las razas, en que sobresalían los mulatos.
Siendo libertos, tratarlos como esclavos era para
ellos la más importante ofensa. De estos libertos y
demás gente libre de la plebe se formaba el batallón
de los Cívicos (400 plazas). Ejercían todos los
oficios viles: zapateros, blanqueadores, talabarteros,
sastres y albañiles. Por lo general, eran aquellos
mulatos fornidos y altos, de voz estentórea,
entusiastas por la política, de natural y bulliciosas
sus aclamaciones. En estos casos, formaban las
puebladas, que era así como ejercían la vida pública,
puebladas terribles a veces. 

-Güemes, que carecía de recursos y necesitaba de esta
gente para hacer la guerra, trató de captarse su
voluntad e infundirles la noción de sus derechos; con
lo que el mulataje, de natural altanero y atrevido,
fue tomando alas hasta convertirse en una malvada e
insolente canalla que alcanzaría a imponer su
repugnante dominación. 

-Tal como estaban las cosas, la guerra no podía
sostenerse sino con el apoyo espontáneo de la plebe;
que al fin, sin paga, muchas veces sin pan, era la que
iba a derramar la sangre y si Güemes exaltaba a los
derechos del hombre en las muchedumbres, también las
contenía en los lindes del orden social, pues -
necesitando también el apoyo de la clase rica -
trataba en aquella difícil situación de mantener el
equilibrio. Y así no ofrecía repartir las tierras ni
las fortunas; no era -un revolucionario en ese orden,
mostrando más bien un espíritu conservador. 

Los decentes conspiraban desde 1817. El complot -no
era ni federal ni unitario; querían -liberar la
provincia del yugo de un tirano aborrecido. La
conspiración comenzó al fracasar las instancias ante
Pueyrredón y Belgrano para que éste ocupara a Salta y
derrocara a Güemes con el Ejército del Norte.
Abortados los intentos de 1817 y 1818, en 1819 se suma
a los manejos el coronel Arias, quien propone -hacer
las paces con los españoles: en la primera vez que
cargue el enemigo, nos presentamos todos e imploramos
el perdón del Rey (Archivo prov. Salta). 

Se llega a sobornar a Panana para que asesine a
Güemes, quien lo descubre y desarma. Y aunque Güemes
perdona a todos los complotados, -su clemencia sólo
dio por fruto el calzar en la lengua de muchos de sus
terribles adversarios el candado del silencio 

Estas conspiraciones eran alentadas por la hostilidad
de los unitarios porteños. -Desde 1815, para ello,
Güemes había sido en el Norte lo que Artigas en el
Oriente: un prototipo de los tiranos. Fracasada la
Constitución de 1819, la juventud liberal salteña
(unitaria o federal) quiso organizar la provincia,
pensando así deshacerse pacíficamente de Güemes e
imponer -el orden y la libertad. 

Facundo Zuviría, Juan Marcos Zorrilla y Dámaso Uriburu
encabezaban este partido que se llamó la Patria Nueva
, el cual contaba -con casi toda la gente decente,
ilustrada, rica y culta. A las causas expresadas de
esta unanimidad añadíase el deseo de -constituir la
provincia legalmente sobre el sistema representativo.
Los seducía la implantación del verdadero gobierno
constitucional en Francia por Luis XVIII, cuyas
Cámaras llenaban de novedad el mundo. El sistema
francés era el asunto de moda de toda la gente
intelectual. Se trataba, obviamente, del
parlamentarismo aristocrático impuesto por la
Restauración. 

-Ya es necesario, decían, que se pongan frenos a la
autoridad. No es ésta la manera de gobernar a hombres
libres; queremos que se gobierne con formas. 

-Viendo que los trabajos subversivos lo ponían a
riesgo de ser derrocado y que aquella oposición se la
hacía la gente decente, no encontró Güemes más apoyo
que echarse en manos de la plebe. Y como la clase
decente estuviera formada de la raza blanca, la lucha
de razas se inició en Salta. El general acudía a los
campamentos, alejaba a los oficiales (-por lo común,
de la clase enemiga) y arengaba a sus tropas con -las
nuevas doctrinas, subversivas a su vez contra el
antiguo orden social. 

-Por estar a vuestro lado - les decía - me odian los
decentes; por sacarles cuatro reales para que vosotros
defendáis su propia libertad dando la vida por la
Patria. Y os odian a vosotros, porque, os ven
resueltos a no ser más humillados y esclavizados por
ellos. Todos somos libres, tenemos iguales derechos,
como hijos de la misma Patria que hemos arrancado del
yugo español. ¡Soldados de la Patria , ha llegado el
momento de que seáis libres y de que caigan para
siempre vuestros opresores! 

-La guerra de clases había sido declarada. El sistema
infernal se desarrolló desde esta hora de manera
tremenda y espantosa. Güemes concedió una extremada
licenciosidad a sus gauchos; la propiedad, sobre todo,
quedó sin amparo. El mulataje fanatizaba la venganza
de su condición. de nuestros días. -Habían llegado a
tal extremo las cosas que, como decían, -el gobierno
de Güemes es la negación de todo gobierno. De ahí
brotó en los decentes un odio tan fuerte que, en la
mayor parte de ellos, ni el tiempo largamente corrido
después de su muerte pudo ser capaz de extinguirlo.
-No me hables más de ese bandido - oíamos decir a los
últimos viejos que alcanzamos de aquellos tiempos, a
los 60 años de pasadas estas cosas. ¡Dios lo haya
perdonado! 

DE LA GUERRA NACIONAL A LA GUERRA SOCIAL 

El análisis de Frías que hasta aquí hemos transcripto,
señala con claridad dos momentos en la radicalizacíón
política de Güemes. Estos dos momentos se suceden a
partir de las exigencias de la propia lucha nacional.
La lógica interna de esa lucha, al exigir crecientes
sacrificios en hombres, equipos y dinero, impuso a
Güemes, surgido de la clase dominante salteña, una
creciente radicalización de su política. 

El primer momento es de carácter democrático. Como
bien señala Frías, Güemes se limita a prometer a los
gauchos, artesanos, etc. la igualdad política, la
igualdad ante la Ley. 

-Pero no les ofreció dar las tierras del Estado, ni
los sobrantes de las tierras de los ricos, no obstante
poseer éstos leguas y leguas de campos sin cultivos;
ni les repartió la fortuna de los enemigos; ni los
colocó en la altura dirigente de la sociedad. no
siendo por tal manera, un revolucionario en este
orden, mostrando más bien en esto un espíritu
conservador. Se trataba, en consecuencia, de asegurar
un frente único entre el sector decente y el plebeyo,
acorde con el carácter nacional de la lucha. Sin
embargo, la mera concesión de los derechos políticos
implicaba una amenaza al orden constituido, que el
grupo dirigente no pretendía modificar mediante la
independencia, sino adaptarlo aun más a sus
necesidades. 

Por eso, subraya Frías, -las consecuencias no fueron
tan bellas como las teorías, porque la clase decente
vino forzosamente a significar para (la plebe rural y
urbana) como un representante de la antigua opresión.
Los hombres decentes comenzaron a ser heridos por la
canalla fanatizada y ensoberbecida. 

Ahora bien, la lógica interna de la lucha nacional
obligó a Güemes a radicalizarse socialmente, pues de
otro modo no habría podido solventar los gastos de la
guerra. Al mismo tiempo, las clases dominantes
comenzaron a resistir mayores contribuciones, y esto
creó una causa complementaria de tensión. De esta
manera, el frente único entró en crisis, y Güemes tuvo
que apoyarse en los estratos más explotados contra la
aristocracia salteña. 

Frías describe con sorprendente claridad este segundo
momento de la lucha. -Por 1816 hizo Güemes una
asamblea de notables afincados en la campaña y expuso
la necesidad de sostener la guerra con los propios
recursos de la provincia. No alcanzando para pagar a
los gauchos milicianos que servían gratuitamente a la
Patria , nada más justo, les presentó, ni equitativo,
que concederles la gracia, mientras prestaran sus
servicios a la Nación , de que no pagaran sus
arrendamientos por las tierras que ocupaban. La
asamblea sancionó generosamente el pensamiento. 

-Pero, resultó a poco que aquellos hombres comenzaron
a considerarse como no sujetos ya a su patrón por
vínculo obligatorio sino voluntario a su buena gana;
generalizándose el caso de que en cuanto el
propietario les exigía prestar la obligación (trabajo
personal por 15 ó 20 días en el año, durante siembras
y cosechas; el propietario les daba el usufructo de
una parcela y los instrumentos y semillas; el
arrendero pagaba una renta anual en dinero y la
obligación) hacíanlo a su albedrío, o se le negaban
orgullosamente respondiéndole que el general les tenía
dicho e informado que no tenían que pagar arriendo ni
servicio por las tierras ocupadas, porque tenían que
servir a la Patria. Aún regía el apremio personal por
deudas, y cuando el propietario trataba de llevar las
cosas por la fuerza, el gaucho fugaba buscando el
amparo de Güemes, que le daba protección. 

-Cosa idéntica acontecía con los que habían sentado
plaza de soldados bajo sus banderas, porque la
prohibición general de que fueran ejecutados ni
compelidos al pago de cualquier cosa que adeudaran,
pues era gente infeliz que sin sueldo ni recompensa
prestaba sus servicios a la Patria , así con sus
escasos intereses como con su propia vida. Justo era
que el acreedor que no prestaba estos servicios
militares contribuyera de este modo a la causa,
pública, no exigiéndolo. 

Como vemos, Güemes se vio obligado a interferir en las
relaciones de distribución con el objeto de pagar
parcialmente a sus tropas, congelando los arriendos
feudales y el cobro de deudas. Inicialmente, la clase
dominante aceptó el criterio, que se imponía como
necesidad de las operaciones militares. Pero terminó
por resistirlo, conforme la carga de la guerra se le
volvía cada vez más insoportable. 

Por esta. vía, la medida se imbuyó de un nuevo sentido
de justicia social, por de pronto para las masas, y
también para el propio Güemes. 

Respecto a aquéllas, escribe Frías, -tanto favor llevó
y levantó al mayor grado de adhesión del paisanaje
hacia la persona y causa de Güemes, en quien vieron un
protector. 

Por su parte, Güemes, salido - como dijimos de la
clase dominante y de la milicia regular, fue
moralmente influido por la adhesión irrestricta de los
oprimidos a la causa emancipadora, y por el contraste
entre tal actitud y el egoísmo codicioso de las clases
dirigentes, que no vacilaban en traicionar a la
revolución en aras de sus propios intereses. 

En este segundo momento de la política de Güemes ha
quedado atrás la pura democracia e igualdad políticas
ofrecidas como premio de la lucha por la
independencia, y se esboza, por la vía de la
distribución, un planteo de democracia social como
fundamento inexcusable de esa lucha. 

Dialécticamente, la guerra nacional se ha convertido
en una guerra de clases. La lógica del proceso llevaba
a un tercer momento, que es el señalado por Frías
cuando dice que, inicialmente, Güemes no pensó en nada
parecido a un reparto de las tierras públicas o una
expropiación parcial de los latifundios. 

El tercer momento sería, precisamente, el de la
revolución agraria, llevando la justicia social del
mero plano distributivo al del cambio en las
relaciones de producción y las formas de propiedad, o
sea, a la constitución de una clase de pequeños
campesinos independientes. 

Es de gran interés investigar si el caudillo salteño
llegó a plantearse esta tarea tal como en el otro
extremo del virreynato lo hiciera Artigas con su Ley
Agraria de 1815. 

Otro aspecto de indudable importancia - que aquí nos
limitamos a esbozar - reside en la mecánica de la
lucha militar emprendida por Güemes. De acuerdo a
Mitre, la revolución de Mayo en Salta puso en
movimiento dos fuerzas independientes y potencialmente
antagónicas. La de la clase dirigente urbana, que
engendró el nuevo Estado y el Ejército regular; y la
fuerza instintiva del paisanaje rural, que dio
nacimiento a la táctica irregular de la guerrilla,
cuyo caudillo fue Güemes. 

Cuando esa guerrilla se subordinó al orden nacional y
regular del Estado, cumplió una función de apoyo,
permitiendo al Ejército regular obtener las victorias
decisivas, de valor estratégico. Pero, constantemente,
Güemes (y los demás caudillos) transgredieron esos
límites para convertirse en factores de caos. Este
planteo es falso y corresponde a una visión
oligárquica del problema. En primer término, Güemes no
brota en el año 10 como representante elemental del
gauchaje, pues él es oficial del Ejército regular y
actúa en ese carácter. La guerrilla nace de ese mismo
Ejército regular, a inspiración de San Martín que le
hace cumplir un papel de vanguardia defensiva luego de
los fracasos de las expediciones de Balcarce y
Belgrano sobre el Alto Perú. 

Pero, tras la dura invasión de Pezuela, rechazada sin
auxilio del Ejército del Norte, y ante el sabotaje
porteño de esa fuerza al producirse la formidable
tercera invasión, Güemes se ve obligado a replantear
los términos del problema. 

La defección del Ejército regular, que es la defección
de la clase dominante, obliga a Güemes a atender no
sólo a la táctica, sino también a la estrategia de la
guerra de la independencia. Esto significaba la
transformación de la guerrilla gaucha en un ejército
popular revolucionario, en otros términos, la
regularización de la guerrilla, pero no en torno a la
antigua dirección de clase (oligárquica), sino en
torno a una nueva dirección de clase (plebeya). 

Tal fue el problema que un siglo más tarde se
plantearon y resolvieron los revolucionarios chinos y
vietnamitas al crear la teoría del paso de las
formaciones guerrilleras al ejército popular
revolucionario. Güemes se propuso también resolverlo
mediante la constitución de regimientos regulares de
caballería gaucha, y cuando la muerte lo sorprendió,
como dijimos al principio, tenía reunido un ejército
de 2500 hombres sobre la Quebrada , para marchar hacia
el Alto Perú en apoyo de la campaña sanmartiniana. 

Esta regularización de la guerrilla implicaba superar
la antinomia guerrilla / ejército regular propia del
planteo militar clásico, en la cual la guerrilla sólo
puede servir de apoyo táctico para las fuerzas
regulares, únicas llamadas a lograr resultados
estratégicos, tal como el perro sirve al cazador, pero
no lo sustituye (a menos de convertirse en monstruo
digno de exterminio). 

Aquí, la defección de la clase dominante abre el curso
a un reemplazo de clase en la conducción del proceso.
Cómo éste se da en términos militares, la defección
del viejo ejército regular (sometido a la clase
oligárquica y a la burguesía comercial porteña) abrió
el camino para la regularización de la guerrilla, es
decir, para la irrupción dirigente de sectores
sociales oprimidos. 

Ambos procesos, el militar y el social se
interpenetran. La guerra de clases interna que
describe Frías, convirtió a Güemes de revolucionario
democrático en defensor económico de los gauchos,
según una lógica de actuación que, al menos
potencialmente, apuntaba hacia la revolución agraria. 

La lucha militar, la defección del Ejército del Norte,
lo transformó de oficial de carrera en guerrillero
clásico, subordinado a las fuerzas regulares; y de
guerrillero clásico en jefe revolucionario que en el
momento de su muerte había comenzado la tarea de
convertir sus formaciones montoneras en un ejército
revolucionario popular de nuevo tipo. 

Así, en un rincón heroico de la América del Sur a
principios del siglo pasado, las leyes de la
revolución permanente se abrieron paso en la lógica
interna de la guerra nacional esbozando por un
instante una perspectiva gloriosa, que es la que
hereda como tarea irresuelta el proletariado de
nuestros días. 

 
 






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