[R-P] Robert Kurtz: Cañones y capitalismo

edgar smith condornacional en yahoo.com.ar
Sab Sep 10 13:35:20 MDT 2005


CAÑONES Y CAPITALISMO

La revolución militar como origen de la modernidad 

Robert Kurtz 

Existen numerosas versiones del nacimiento de la era
moderna. Ni siquiera en cuanto a la fecha los
historiadores se ponen de acuerdo. Unos dicen que la
modernidad dio comienzo en los siglos XV y XVI, con el
llamado Renacimiento (un concepto que sólo fue
inventado en el siglo XIX por Jules Michelet, como ha
demostrado el historiador francés Lucien Febvre).
Otros ven la verdadera ruptura, el despegue de la
modernidad, en el siglo XVIII, cuando la filosofía del
iluminismo, la Revolución Francesa y los comienzos de
la industrialización sacudieron el mundo. Pero
cualquiera que sea la fecha preferida por los
historiadores y los filósofos modernos para el
nacimiento de su propio mundo, en una cosa concuerdan:
casi siempre las conquistas positivas son tomadas como
los impulsos originales. 
Se consideran como razones prominentes para el ascenso
de la modernidad tanto las innovaciones artísticas y
científicas del Renacimiento italiano como los grandes
viajes de descubrimiento desde Colón, la idea
protestante y calvinista de la autoresponsabilidad del
individuo, la liberación ilustrada de la superstición
irracional y el surgimiento de la democracia moderna
en Francia y Estados Unidos. En el ámbito
técnico-industrial, también se recuerda la invención
de la máquina de vapor y del telar mecánico como
«pistoletazo de salida» del desarrollo social moderno.


Esta última explicación fue subrayada sobre todo por
el marxismo, por el hecho de que está en armonía con
la doctrina filosófica del «materialismo histórico».
El verdadero motor de la historia, afirma esta
doctrina, es el desarrollo de las «fuerzas
productivas» materiales, que una y otra vez entran en
conflicto con las «relaciones de producción» que se
han vuelto demasiado estrechas y obligan a una nueva
forma de sociedad. Por eso, para el marxismo el punto
decisivo de la transformación es la industrialización:
sólo la máquina de vapor, así dice la fórmula
simplificada, habría sacudido las «las cadenas de las
antiguas relaciones feudales de producción». 

Aquí salta a la vista una contradicción clamorosa en
el argumento marxista. Pues en el famoso capítulo
sobre la «acumulación primitiva del capital», Marx se
ocupa en su obra principal de períodos que se remontan
a siglos antes de la máquina de vapor. ¿No será esto
una autorrefutación del «materialismo histórico»? Si
la «acumulación primitiva» y la máquina de vapor se
hallan tan alejadas desde el punto de vista histórico,
las fuerzas productivas de la industria no pueden
haber sido la causa decisiva del nacimiento del
capitalismo moderno. Es verdad que el modo de
producción capitalista sólo se impuso en definitiva
con la industrialización del siglo XIX, pero, si
buscamos las raíces del desarrollo, tenemos que cavar
más hondo. 

También es lógico que el primer germen de la
modernidad, o el «big bang» de su dinámica, tuviese
que surgir de un medio en buena parte aún premoderno,
pues de otro modo no podría ser un «origen» en el
sentido estricto de la palabra. Así, la «primera
causa» muy precoz y la «consolidación plena» muy
tardía no representan una contradicción. Si bien es
verdad que para muchas regiones del mundo y para
muchos grupos sociales el inicio de la modernización
se prolonga hasta el presente, es igualmente cierto
que el primer impulso tiene que haber ocurrido en un
pasado remoto, si consideramos la enorme extensión
temporal (desde la perspectiva de la vida de una
generación o incluso de una persona aislada) de los
procesos sociales. 

¿Qué fue finalmente, en un pasado relativamente
lejano, lo nuevo que en lo sucesivo engendró de manera
inevitable la historia de la modernización? Se puede
conceder absolutamente al materialismo histórico que
la mayor y principal relevancia no corresponde a un
simple cambio de ideas y mentalidades, sino al
desarrollo en cuanto a los hechos materiales
concretos. No fue, sin embargo, la fuerza productiva,
sino por el contrario una contundente fuerza
destructiva la que abrió el camino a la modernización,
a saber, la invención de las armas de fuego. Aunque
esta correlación hace mucho tiempo que es conocida,
las más celebres y consecuentes teorías de la
modernización (incluido el marxismo) siempre le dieron
poca importancia. 

Fue el historiador alemán de economía Werner Sombart
quien, significativamente poco antes de la Primera
Guerra Mundial, en su estudio «Guerra y Capitalismo»
(1913) abordó minuciosamente esta cuestión; eso sí,
sólo para luego entregarse a la exaltación de la
guerra, como tantos intelectuales alemanes de la
época. Sólo en los últimos años los orígenes
técnico-armamentistas y bélico-económicos del
capitalismo han vuelto a estar en el orden del día,
como por ejemplo en el libro «Cañones y peste» (1989),
del economista alemán Karl Georg Zinn, o en el trabajo
«La Revolución militar» (1990), del historiador
estadounidense Geoffrey Parker. Pero tampoco estas
investigaciones encontraron la repercusión que
merecían. Obviamente el mundo occidental moderno y sus
ideólogos sólo a regañadientes aceptan la visión de
que el fundamento histórico último de sus sagrados
conceptos de «libertad» y «progreso» debe ser
encontrado en la invención de los más diabólicos
instrumentos mortales de la historia humana. Y esta
relación también vale para la democracia moderna, pues
la «revolución militar» sigue siendo hasta hoy un
motivo secreto de la modernización. La propia bomba
atómica fue una invención democrática de Occidente. 

La innovación de las armas de fuego destruyó las
formas de dominación precapitalistas, ya que volvió
militarmente ridícula la caballería feudal. Ya antes
del invento de las armas de fuego se presentía la
consecuencia social de las armas de alcance, pues el
Segundo Concilio de Letrán prohibió en el año 1139 el
uso de las ballestas contra los cristianos. No en vano
la ballesta importada de culturas no-europeas a Europa
hacia el año 1000 era considerada como el arma
específica de los salteadores, los fuera de la ley y
los rebeldes, incluyendo a figuras legendarias como
Robin Hood. Cuando surgieron las armas de cañón, armas
de distancia mucho más eficaces, quedó sellado el
destino de los ejércitos a caballo y envueltos en
armaduras. 

Pero el arma de fuego ya no estaba en manos de una
oposición «de abajo» que hacía frente al dominio
feudal, sino que llevaba más bien a una revolución «de
arriba» desencadenada por príncipes y reyes. Pues la
producción y movilización de los nuevos sistemas de
armas no eran posibles en el plano de estructuras
locales y descentralizadas que hasta entonces habían
marcado la reproducción social, sino que requerían en
diversos planos una organización completamente nueva
de la sociedad. Las armas de fuego, sobre todo los
grandes cañones, ya no podían ser producidas en
pequeños talleres, como las premodernas armas de punta
y filo. Por eso se desarrolló una industria de
armamentos específica, que producía cañones y
mosquetes en grandes fábricas. Al mismo tiempo surgió
una nueva arquitectura militar de defensa en forma de
fortalezas gigantescas que debían resistir los
cañonazos. Se llegó a una disputa innovadora entre
armas ofensivas y defensivas y a una carrera
armamentista entre los estados que persiste hasta hoy.


Por obra de las armas de fuego la estructura de los
ejércitos se modificó profundamente. Los beligerantes
ya no podían equiparse por sí mismos y tenían que ser
abastecidos de armas por un poder social centralizado.
Por eso la organización militar de la sociedad se
separó de la civil. En lugar de los ciudadanos
movilizados en cada caso para las campañas o de los
señores locales con sus familias armadas, surgieron
los «ejércitos permanentes»: nacieron las «fuerzas
armadas» como grupo social específico, y el ejército
se convirtió en un cuerpo extraño dentro de la
sociedad. El status de los oficiales pasó de ser un
deber personal de los ciudadanos ricos a una
«profesión» moderna. A la par de esta nueva
organización militar y de las nuevas técnicas bélicas,
también el contingente de los ejércitos creció
vertiginosamente: «Entre 1500 y 1700, las tropas
armadas se decuplicaron» (Geoffrey Parker). 

Industria armamentista, carrera armamentista y
mantenimiento de los ejércitos permanentemente
organizados, separados de la sociedad civil y al mismo
tiempo con un fuerte crecimiento, llevaron
necesariamente a una subversión radical de la
economía. El gran complejo militar desvinculado de la
sociedad exigía una « permanente economía de guerra».
Esta nueva economía de la muerte se tendió como una
mortaja sobre las estructuras agrarias antiguas. Como
el armamento y el ejército ya no podían apoyarse en la
reproducción agraria local, sino que tenían que ser
abastecidos de manera compleja y extensa y dentro de
relaciones anónimas, pasaron a depender de la
mediación del dinero. La producción de mercancías y la
economía monetaria como elementos básicos del
capitalismo recibieron un impulso decisivo en el
inicio de la Edad Moderna por medio del
desencadenamiento de la economía militar y
armamentista. 

Este desarrollo originó y favoreció la subjetividad
capitalista y su mentalidad del «hacer-más» abstracto.
La permanente carencia financiera de la economía de
guerra condujo, en la sociedad civil, al aumento de
los capitalistas monetarios y comerciales, de los
grandes ahorradores y de los financiadores de guerra.
Pero también la nueva organización de los propios
ejércitos creó la mentalidad capitalista. Los antiguos
beligerantes agrarios se transformaron en «soldados»,
o sea, en personas que reciben el «soldo». Ellos
fueron los primeros «trabajadores asalariados»
modernos que tenían que reproducir su vida
exclusivamente por la renta monetaria y por el consumo
de mercancías. Y por eso ya no lucharon más por metas
idealizadas, sino solamente por dinero. Les era
indiferente a quién mataban, a condición de recibir el
soldo convenido; de este modo se convirtieron en los
primeros representantes del «trabajo abstracto» (Marx)
dentro del moderno sistema productor de mercancías. 

A los jefes y comandantes de los «soldados» les
interesaba hacer botín por medio de saqueos y
convertirlo en dinero. Por tanto, la renta de los
botines tenía que ser mayor que los costos de la
guerra. He aquí el origen de la racionalidad
empresarial moderna. La mayoría de los generales y
comandantes del ejército de los comienzos de la Edad
Moderna invertían con ganancia el producto de sus
botines y se convertían en socios del capital
monetario y comercial. No fueron por tanto el pacífico
vendedor, el diligente ahorrista y el productor lleno
de ideas los que marcaron el inicio del capitalismo,
sino todo lo contrario: del mismo modo que los
«soldados», como sangrientos artesanos del arma de
fuego, fueron los prototipos del asalariado moderno,
así también los comandantes de ejército y condottieri
«multiplicadores de dinero» fueron los prototipos del
empresariado moderno y de su «disposición al riesgo». 

Como libres empresarios de la muerte, los
«condottieri» dependían, no obstante, de las grandes
guerras de los poderes estatales centralizados y de su
capacidad de financiación. La versátil relación
moderna entre mercado y Estado tiene aquí su origen.
Para poder financiar las industrias de armamento y los
baluartes, los gigantescos ejércitos y la guerra, los
Estados tenían que exprimir al máximo sus poblaciones,
y esto, en correspondencia con la materia, de una
manera igualmente nueva: en lugar de los antiguos
impuestos en especie, la tributación monetaria. Las
personas fueron así obligadas a «ganar dinero» para
poder pagar sus impuestos al Estado. De este modo, la
economía de guerra forzó no sólo de forma directa,
sino también indirecta, el sistema de la economía de
mercado. Entre los siglos XVI y XVIII, la tributación
del pueblo en los países europeos creció hasta un
2.000%. 

Naturalmente las personas no se dejaron integrar de
manera voluntaria en la nueva economía monetaria y
armamentista. Sólo se las pudo obligar por medio de
una sangrienta opresión. La permanente economía de
guerra de las armas de fuego dio lugar durante siglos
a la permanente insurrección popular y de esta manera
a la guerra permanente interna. A fin de poder
arrancar los monstruosos tributos, los poderes
centralizados estatales tuvieron que construir un
aparato igual de monstruoso de policía y
administración. Todos los aparatos estatales modernos
proceden de esta historia del comienzo de la Edad
Moderna. La autoadministración local fue sustituida
por la administración centralizada y jerárquica, a
cargo de una burocracia cuyo núcleo formaron la
tributación y la opresión interna. 

Hasta las conquistas positivas de la modernización
siempre llevaron consigo el estigma de esos orígenes.
La industrialización del siglo XIX, tanto en el
aspecto tecnológico como en el histórico de las
organizaciones y de las mentalidades, fue heredera de
las armas de fuego, de la producción de armamentos de
los inicios de la modernidad y del proceso social que
la siguió. En este sentido, no es de asombrar que el
vertiginoso desarrollo capitalista de las fuerzas
productivas desde la Primera Revolución Industrial
sólo pudiese ocurrir de forma destructiva, a pesar de
las innovaciones técnicas aparentemente inocentes. La
moderna democracia de Occidente es incapaz de ocultar
el hecho de que es heredera da la dictadura
armamentista y militar del inicio de la modernidad –y
ello no sólo en el ámbito tecnológico, sino también en
su estructura social. Bajo la delgada superficie de
los rituales de votación y de los discursos políticos,
encontramos el monstruo de un aparato que
constantemente administra y disciplina al ciudadano
aparentemente libre en nombre de la economía monetaria
total y de la economía de guerra a ella vinculada
hasta hoy. En ninguna sociedad de la historia ha
habido un porcentaje tan alto de funcionarios públicos
y de administradores de personas, ni tampoco de
soldados y policías; ninguna ha despilfarrado una
parte tan grande de sus recursos en armamento y
ejércitos. 

Las dictaduras burocráticas de la «modernización
rezagada» (o tardía) en el este y en el sur, con sus
aparatos centralizados no fueron las antípodas, sino
los actores reincidentes de la economía de guerra de
la historia occidental, sin, aún así, poder
alcanzarla. Las sociedades más burocratizadas y
militarizadas siguen siendo, desde el punto de vista
estructural, las democracias occidentales. También el
neoliberalismo es un hijo tardío de los cañones, como
demostraron el gigantesco programa armamentista de la
«Reaganomics» y la historia de los años 90. La
economía de la muerte permanecerá como el inquietante
legado de la sociedad moderna fundada en la economía
de mercado hasta que el capitalismo matón se destruya
a sí mismo. 

Se publicó originalmente en "Caderno Mais!", Folha de
São Paulo, el 30 de marzo de 1997. Traducción
alemán-portugués: José Marcos Macedo [ en 

http://planeta.clix.pt/obeco/rkurz2.htm ]. 
Traducción al español Pimienta negra: Round Desk,
revisada por Reinhart Pablo Esch 



	


	
		
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