[R-P] [E, Lacolla] Los perros de la guerra

Nestor Gorojovsky nestorgoro en fibertel.com.ar
Lun Nov 28 12:15:59 MST 2005


Publicado en "La Voz del Interior" (Córdoba, Argentina) de hoy.

Los perros de la guerra

Por Enrique Lacolla | Periodista

Por estos meses han proliferado los informes y las denuncias sobre la 
progresiva privatización de la guerra en el mundo. En Irak, tan sólo, 
hay unos 15 mil mercenarios jugosamente pagados que fungen en 
colusión más o menos evidente con el gobierno norteamericano, con las 
empresas apadrinadas por éste y por los políticos iraquíes que se 
mueven en su órbita.

Por su número representan un décimo de la fuerza de ocupación. Los 
sueldos que recaban son muy elevados, en ocasiones astronómicos, 
capaces de causar envidia a más de un alto ejecutivo: hasta 50 mil 
dólares llegarían a cobrar muchos de estos “especialistas”, en 
particular si son anglosajones.

Ahora bien, ¿en qué se especializan estos especialistas? En 
operaciones encubiertas, en la provisión de seguridad para el 
entramado logístico del ejército, que incluso operan en parte; en 
interrogatorios liberados del corsé del manual que veta la tortura; 
en el espionaje y en el entrenamiento militar para unidades 
autóctonas. Y también en cuidar las espaldas de los directivos 
extranjeros y de los magnates y políticos locales que representan un 
atractivo blanco para la insurgencia.

Todo esto no es ninguna novedad. Los mercenarios existieron siempre. 
En nuestra América latina los ha habido desde tiempo inmemorial. En 
tiempos recientes se “ilustraron” mucho en las luchas 
contrainsurgentes de Centroamérica.

Lo que resulta novedoso ahora es la creciente escala en que se los 
contrata y se los emplea. A partir del hundimiento de la Unión 
Soviética hubo una explosión en la demanda de este tipo de servicios. 
En los Balcanes, en África, en Irak, en Afganistán, probablemente en 
el Cáucaso y en muchos otros lugares, el mercenario ha pasado a ser 
una figura clave. Los conflictos de baja intensidad contra fuerzas 
irregulares o con ejércitos regulares ineficientes y a veces 
susceptibles de corrupción, consienten un amplio campo de acción a 
estos personajes en busca de dólares y adrenalina, encuadrados en 
organizaciones que se registran en paraísos fiscales ajenos a la 
inspección de las grandes potencias y los grandes organismos 
económicos mundiales; no porque éstos quieran analizarlos, sino 
porque justamente juegan el papel que ellos quieren que jueguen: el 
de fraguar la guerra sucia, réplica de una economía asimismo sucia 
(droga, armas) por cuyos canales circula la masa dineraria que se 
recicla en los mercados oficiales del mundo.

La tercerización de la guerra

La tercerización de la guerra, en efecto, de alguna manera responde a 
la naturaleza del sistema-mundo que nos rodea y que tiene a la 
privatización de todo como palanca para incrementar las ganancias del 
capitalismo salvaje. ¿Y qué más salvaje que la guerra mercenaria, 
desprovista de reglas y desasida de posibles responsabilidades porque 
no tiene que rendir cuentas a nadie?

Las empresas de seguridad que se aplican a este tipo de tareas están 
registrando un crecimiento exponencial. La Blackwater, aquella que 
contaba en sus filas a cuatro contratistas que fueron linchados y 
quemados por una multitud de iraquíes enfurecidos, aumentó sus 
activos en un 300 por ciento en los últimos tres años.

Un negocio grosero

Esto va de la mano, por otra parte, con el grosero negocio de las 
empresas de construcción o, mejor dicho, de reconstrucción. En el 
caso de Irak, el gobierno norteamericano realizó adjudicaciones para 
reconstruir lo que sus armas habían destruido, apelando a 
procedimientos que en cualquier parte del mundo serían definidos como 
prebenda dolosa.

Son subsidiarias de la Halliburton, vinculada al vicepresidente Dick 
Cheney, las empresas que consiguieron la parte del león en ese 
negocio; así como las grandes petroleras que se han involucrado en la 
explotación del petróleo iraquí arrebatado a sus legítimos dueños, 
tienen vínculos más que familiares con exponentes del gobierno, 
algunos de los cuales formaron parte de sus directorios. La 
secretaria de Estado Condoleezza Rice, por ejemplo, ligada a Chevron, 
de cuyo directorio fue integrante. Para no decir nada de la familia 
Bush, parte del lobby petrolero tejano y con vínculos nunca bien 
esclarecidos con las familias sauditas del petróleo...

Volviendo al tema de la privatización de la guerra, sin embargo, cabe 
consignar que el recurso a ella consiente tomar una ventaja política 
no desdeñable: desde el momento en que se abolió el servicio militar, 
el reclutamiento voluntario no ha sido suficiente para la escala de 
las tareas que debe llevar a cabo la superpotencia, máxime cuando 
éstas, como ocurre en la actualidad, empiezan a demandar un 
apreciable número de bajas. Más de dos mil muertos y unos 14 mil o 15 
mil heridos es el estado actual del conteo norteamericano en Irak.

Ante la retracción de los candidatos a sumarse al servicio, las 
habilidades de un ejército de paga se convierten en una opción. 
Aunque es difícil que llegue a suplantar al ejército regular, su 
presencia y multiplicación representa un indicio de la progresiva 
barbarización que se produce incluso en la más bárbara de las 
funciones del Estado, cual es la de hacer la guerra.

Un corredor sombrío

Esto abre una perspectiva sombría y que no se vincula no sólo al 
escenario del Medio Oriente, sino a una perspectiva histórica que se 
diseña en extremo amenazante, si ha de ser regulada en el futuro por 
las mismas fuerzas que en la actualidad la rigen.

Los ejércitos privados suponen la abolición de los símbolos que de 
alguna manera solían prestar un ideal de nobleza a la melée, al 
combate. Evocan a las “compañías negras” de la Edad Media y sobre 
todo implican la abolición de los problemas ideológicos o de 
conciencia en aras de un economicismo desatado.

Supone también el ajenamiento del pueblo de la toma de decisiones 
que, como la guerra, en el fondo le competen absolutamente. En la 
medida en que ese pueblo está representado por un ejército regular 
provisto de distintivos y que actúa en su nombre, puede retener 
cierta influencia sobre él.

En las circunstancias que rodean al guerrero de alquiler, esa 
influencia desaparece. ¿Cómo puede identificarse un ciudadano con un 
aventurero que pone su destino en las manos del mejor postor y al que 
no le importa un ardite lo que la gente piensa o deja de pensar?

La privatización de la guerra implica en cierto modo la putrefacción 
de la historia. Pues la historia está determinada no sólo por la 
conciencia del pasado sino por la apertura al futuro. Y no hay 
apertura al porvenir sin una intencionalidad que trascienda la 
motivación inmediata; sin un propósito superior al del mero espíritu 
de aventura o al de la pura concupiscencia por el dinero, que 
excluyen por completo toda finalidad trascendente.

Así, pues, las lecciones de Irak y de la forma en que se lleva allí 
la guerra nos están diciendo algo que excede el mero análisis 
contingente de los hechos: nos están hablando de una falla en el 
sistema, de una grieta que debe ser subsanada si no queremos caer por 
ella.

Este correo lo ha enviado
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
[No necesariamente es su autor]
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"La patria tiene que ser la dignidad arriba y el regocijo abajo".
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