[R-P] El 24 de Marzo de 1976 (Alberto Guerberof)

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Mie Mar 23 05:03:30 MST 2005


A VEINTINUEVE AÑOS DEL 24 DE MARZO DE 1976

Al cumplirse 29 años del golpe de estado del 24 de
marzo de 1976, además del justo repudio y de las
consignas que lo condenan, es imperioso formular
algunas reflexiones política, dirigidas principalmente
a jóvenes y adolescentes, en busca de una explicación
sobre aquella tremenda derrota nacional y su
significado. 

La conspiración oligárquica

Hay que empezar por recordar que, un año y medio antes
de la instalación por la fuerza de la Junta Militar,
la muerte del General Perón había sumido al peronismo
y al gobierno popular en una profunda crisis de la que
ya no saldría. El legado del gran patriota, que había
encabezado el retorno del movimiento nacional tras 18
años de proscripción, fue progresivamente abandonado
por unos o tergiversado por otros, sin encontrar en
todo caso en ninguno de los sectores dirigentes que se
proclamaban sus herederos, la energía, la lucidez y la
resolución necesarias para defenderlo y aplicarlo en
las difíciles circunstancias de la época.
Circunstancias que se vinculaban con el agotamiento
del impulso histórico que nutrió al ciclo de
revoluciones nacionales que irrumpió en buena parte
del Tercer Mundo en la segunda posguerra mundial.

En ese marco no tardó en empezar a urdirse en los
centros imperialistas de poder, en las oficinas y
despachos de los grandes banqueros, de las
multinacionales y de la vieja oligarquía, una vasta
conspiración que, como en 1930 y 1955, arrastró con
facilidad al sistema de los partidos políticos
conservadores o progresistas y a las cúpulas
liberal-oligárquicas de las Fuerzas Armadas. El
terrorismo jaqueando a un gobierno comatoso
proporcionó la excusa necesaria. El gobierno de Isabel
Perón cayó finalmente abatido por el golpe
oligárquico-imperialista.

Al cabo de casi tres décadas y a poco que se encare un
balance objetivo de lo acontecido, se impone una
primera apreciación: el "proceso" cívico-militar del
76, lejos de haber sido derrotado con la restauración
constitucional de 1983 como postula una banal retórica
democratista, triunfó ampliamente y en toda la línea
en la obtención de sus objetivos principales. El
programa, que en el orden económico, social y político
se propuso llevar adelante, siguió vigente sin ser
modificado por ninguno de los gobiernos posteriores
hasta fines de la década del 90. En sus últimas
declaraciones públicas el ex-ministro Martínez de Hoz
consideró al plan de Cavallo como una continuación y
profundización de su propia gestión. La entrega masiva
del patrimonio público, el desmantelamiento del
Estado, la apertura importadora, la
desindustrialización, la reducción drástica del papel
social y político de la clase trabajadora y la
liquidación de sus conquistas y organizaciones, han
sido objetivos invariables y permanentes del
"proceso", tanto como del alfonsinismo y del
menemismo.

Los partidos políticos y el "proceso"

No sorprende entonces que la condena al golpe del 24
de marzo por parte de la mayoría de los dirigentes
políticos adquiera un carácter ambiguo, cuando no sea
la expresión de una franca hipocresía. En toneladas de
declaraciones, artículos y reportajes será difícil
encontrar algo parecido a un análisis, y menos todavía
sobre la naturaleza social y política del
justicialismo y del golpe que lo derribó. En el mismo
instante en que se proclama la necesidad de "no
olvidar" y de preservar la "memoria", se esconde
deliberadamente al conocimiento de las nuevas
generaciones el papel de ciertos sectores sociales y
de casi todos los partidos políticos en la preparación
del clima del golpe, en su realización y en la
participación directa en el gobierno de la dictadura.

En cambio, una cuidadosa campaña ha convertido a las
Fuerzas Armadas en responsables exclusivas de aquel
régimen siniestro. Lo cierto es que a estas últimas,
impregnadas del espíritu antinacional que las envolvía
desde la "revolución libertadora", les correspondió la
tarea sucia: la represión brutal, realizada con la
bárbara metodología aprendida en los manuales de
instrucción amablemente proporcionados por los
ejércitos de las potencias occidentales democráticas
(que la utilizaron sin contemplaciones en Argelia,
Vietnam e Irak). Cínicas, hambreadoras y asesinas,
resultaron ser las mismas potencias que a continuación
alentaron y respaldaron el desarrollo de los
organismos de derechos humanos.

Pero el régimen militar no pudo desplegar su poder
despótico ni cometer toda clase de abusos de no contar
con el apoyo y participación —en grueso número— de los
partidos también "democráticos". Es hora de recordar,
en tributo a la verdad y en homenaje a las víctimas de
la juventud civil y militar que se inmolaron en
aquella pesadilla del terror y el contraterror, a los
300 intendentes de la UCR (La Nación, 25/3/79) cedidos
sin pestañear a la dictadura, a los embajadores de ese
partido, entre otros Tomas de Anchorena en París,
Hidalgo Solá en Venezuela, al secretario general de la
presidencia de Videla, el radical Ricardo Jofre, al
gobernador de Catamarca, Castillo, a Jorge Vanossi,
"constitucionalista" eminente que nunca deja de
ponerse la toga para hablar, pero olvida recordar que
fue asesor de la CAL, entidad que daba forma a los
decretos y leyes de la Junta Militar. Fue seguramente
contemplando tan generosa participación que Ricardo
Balbín diría por aquellos días desde La Rioja: "Videla
es un soldado de la democracia".

Los radicales no estuvieron solos. El partido
Demócrata Progresista ocupó presuroso el Ministerio de
Educación y la intendencia de Rosario junto a
innumerables puestos menores. Más aleccionador resultó
todavía el papel jugado por el partido Socialista
Democrático, de nutrida experiencia en materia de
colaborar con golpes y dictaduras oligárquicas, en
particular con la "revolución fusiladora" de 1955. Su
jefe en 1976, Américo Ghioldi, fue designado embajador
en Portugal y a su muerte sucedido en el cargo por
Walter Constanza, dirigente del mismo partido. Otro
socialista democrático, Luis Pan, practicaba el
colaboracionismo con la Junta asumiendo como
interventor de EUDEBA, donde su primera medida fue
sacar de circulación y guillotinar ediciones enteras
de libros del revisionismo histórico recientemente
editados. Es un deber señalar que es a este partido al
que pertenecen personajes con patente de demócratas,
que alcanzan cierta notoriedad por estos días: el
diputado nacional Alfredo Bravo y el candidato a
intendente porteño Norberto La Porta (que agrega a su
curriculum un fructífero paso por la gerencia de
compras del Hogar Obrero). Por la misma época, otro
voluminoso idealista salido de las filas de los
herederos de Juan B. Justo, Simón Lázara, con el
tiempo devenido vocero personal del ex presidente
Alfonsín, recorría Europa defendiendo en la tribuna de
la Internacional Socialista a la dictadura de Videla
como el "mal menor".

En el cuadro de apoyos civiles del "proceso" se
destacó el Partido Comunista. Con la variante de que
mientras sus máximos dirigentes justificaban el golpe
y se aplicaban con ternura a catalogar a Videla y
Viola como militares "democráticos", señalando que el
verdadero peligro provenía de una presunta ala militar
pinochetista, muchos de sus afiliados engrosaban las
listas de presos y desaparecidos. Eran los días en que
comenzaba a crecer el comercio con la URSS. La lista
sería interminable.

Entre las pocas voces, en cambio, que lucharon
decididamente en defensa del gobierno constitucional a
despecho de sus errores y contra el "proceso",
condenando las provocaciones de las organizaciones
terroristas y la represión, estaba el Frente de
Izquierda Popular, manteniendo en alto la bandera
caída de la revolución nacional. Pero la relación de
fuerzas ya era totalmente desfavorable. Por eso, de
nada vale repudiar el golpe de hace 29 años sin
desentrañar las causas de fondo del mismo, la alianza
social que lo llevó a cabo, los respaldos políticos
con que contó, la actitud de la prensa comercial, fiel
termómetro de la opinión de las clases dominantes, y
la injerencia de los centros extranjeros de poder.
Procediendo de esta manera se podrá descorrer el velo
con que en los últimos actos conmemorativos se tapaba
o minimizaba el hecho esencial: el golpe del 76 se
organizó para derribar a un gobierno popular aunque
débil y sin voluntad de defenderse a sí mismo, y crear
las condiciones que condujeran a liquidar al peronismo
como movimiento nacional. No es casual que quienes
agotan la cuestión en la denuncia de las violaciones a
los derechos humanos ignoran y encubren el cinismo de
la partidocracia semicolonial que tras sostener al
régimen militar, esperanzado en su tarea de demolición
del movimiento nacional, sólo toman distancia y lo
abandonan cuando éste se enfrenta en Malvinas con el
imperialismo. Los partidos democráticos apostaron y
ayudaron a la derrota militar argentina con todo tipo
de maniobras tendientes a una salida "democrática".
Tampoco puede obviarse, como se hace, el papel jugado
por Montoneros y el ERP y la instrumentación que de
sus atentados y acciones terroristas en gran escala
hicieron fuerzas extranacionales que al mismo tiempo
azuzaban a los mandos militares lanzándolos a una
represión masiva, distrayendo su atención mientras que
el equipo civil de Martínez de Hoz entregaba la
soberanía nacional, enfeudaba al país al capital
financiero internacional y suprimía las conquistas
obreras.

Veintinueve años después: no volver a confundir al
enemigo

Veintinueve años después, ignorar todo lo acontecido y
a todos los actores de entonces para denostar
indiscriminadamente a los "milicos" , no es sino un
burdo engaño criminal maquinado en nombre de una
democracia formal y de un derechohumanismo abstracto
frente a la realidad desgarradora de un país
convertido en colonia miserable del imperialismo
mundial, quebrantada la voluntad nacional de forjar un
destino propio. Para no volver a cometer los errores
del pasado, para no repetir las tragedias vividas, no
hay solución que no provenga de los argentinos mismos,
del decantamiento crítico de la propia experiencia,
del rechazo de los cantos de sirena que desvían la
mirada del enemigo principal, el imperialismo
extranjero. Esa es la verdad que debe restablecerse
para unir férreamente a los sectores que se procura
dividir y enfrentar, porque de ello depende en buena
medida la posibilidad de preparar la lucha por una
nueva revolución nacional que rehaga de pies a cabeza
esta sociedad argentina exhausta de injusticia,
dependencia y humillación.

Alberto Guerberof
Causa Popular

        


	

	
		
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