[R-P] tomado por asalto el palacio de invierno x Jorge E Rulli

edgar smith condornacional en yahoo.com.ar
Mie Dic 7 07:25:39 MST 2005


Argentina: Ante los nombramientos habidos a nivel de
altos funcionarios

'Viejos militantes, que parecen vivir estos cambios
como si se hubiese tomado por asalto el palacio de
invierno'
Por: Jorge Eduardo Rulli (HORIZONTE SUR) (Fecha
publicación:04/12/2005)

Ante los nombramientos habidos a nivel de altos
funcionarios, nos ha saturado el chismorreo de los
medios y los análisis sesudos de los politicólogos, y
buena parte de la opinión pública se ha detenido a
sopesar probabilidades de cambios, especular con
posibles sentidos ocultos en cada nombramiento, y
hasta dejarse contagiar por la excitación de un sector
de.

Ante estas situaciones conviene detenerse un momento,
tomar alguna distancia, parar el mundo como decíamos
antaño y sobre todo: tratar de recuperar la capacidad
de asombro. ¿Y qué es lo primero, lo más grueso, lo
que más se nos impone? Al menos a mi me pasa que me
asombra la enorme medrosidad de nuestras aspiraciones
actuales. El conformismo generalizado con los cambios
cosméticos y con algunas promesas livianas. Parece que
bastaran ciertos cambios de estilo para satisfacernos,
para saciar nuestra hambre de otro tipo de vida, como
si viviésemos sin mayores esperanzas y agradecemos las
migajas del festín, nosotros, los que alguna vez
pretendimos sentarnos en la mesa de los ricos del
planeta.

Qué paliza que nos ha pegado el menemismo, qué
desplome de sueños. Pensar que alguna vez, para
contener nuestra voracidad de futuro, Perón nos
reprendía recordándonos que lo mejor es enemigo de lo
bueno y pensar que no lo queríamos entender. Ahora,
treinta años después, nos bandeamos para el lado de la
medrosidad, hasta soñamos con mezquindad, deseamos con
timidez, nos acostumbraron a chupar el palito del
helado y a disfrutar mirando que otro se lo coma.

Los que alguna vez fueron cuadros orgánicos de los
aparatos revolucionarios, hoy parecieran haber
devenido en operadores y funcionarios tan, pero tan
responsables, eficientes, leales al modelo y cautos
tanto en la palabra como en el obrar, que en realidad
serían ellos quienes garantizan hoy el mantenimiento
del statu quo. Lo digo y siento que no estoy haciendo
análisis político sino ciencia ficción o acaso
realismo mágico, con la aterradora y simultánea
sensación que no es mi propia fantasía, sino que estoy
describiendo con mesura una realidad impresionante.

Es tan impactante esta imagen, que cuando escucho los
cánticos del Ex PRT, hoy Barrios de Pie en el Salón
Blanco, 'lo sacamos a Duhalde, lo sacamos a Lavagna y
ahora acercamos compañeros al Poder' no puedo dejar de
plantearme un interrogante terrible. ¿En los setenta,
esta clase radicalizada, luchaba por cambiar el mundo
o acaso solo por tomar el Poder? Yo sé que la pregunta
es aterradora y no me la quiero responder, porque la
muerte de treinta mil jóvenes, las prisiones
espantosas que vivimos otros tantos, el exilio de
decenas de miles y la destrucción de un país
industrializado para de esa manera liquidar al
peronismo terminando con la clase trabajadora, todo no
sería más que la consecuencia de un gran equívoco, un
equívoco que se podría haber resuelto simplemente
conversando y expresando sus mutuos deseos los
integrantes de ambas cúpulas. Estamos en el espacio de
la ciencia ficción o acaso del realismo mágico y quizá
nos pudiéramos permitir imaginar esos diálogos.

Hoy, cuando los diarios presentan a los nuevos
funcionarios destacan el que combatieran contra la
dictadura militar, pero extrañamente, las fechas que
mencionan de sus renuncias a las bancas o de otros
actos de dura oposición, son del 74 y del 75, y que yo
sepa había entonces un Gobierno constitucional. De
nuevo nos preguntamos: ¿será un error periodístico
generalizado o acaso nuevas complicidades corporativas
que dan lugar a pensamientos hegemónicos?

Continuando con el cultivo de la mirada asombrada,
debo confesar que me asombra el involucramiento y
hasta el regocijo ligeramente reprimido de algunos
analistas políticos, habitualmente mesurados que,
extraviando su objetividad, su perspectiva y hasta el
crédito que nos han merecido hasta ayer nomás, no
dudan ahora en tomar partido y hasta en exhibir una
cierta confiada exaltación corporativa o hasta de
grupo etario con los nuevos nombramientos. Me
pregunto, ¿se trata quizá de un sueño de clase
largamente postergado y que ahora comienza a
materializarse? Un sueño setentista que se frustró con
Grosso y con la Renovación, que luego se pinchó con el
Frepaso y con la Alianza y que ahora retorna con
fuerza incomparable recogiendo todas las banderas
caídas y aún más todavía, las antiguas tradiciones y
modelos que en alguna época muy lejana, denominábamos
con desdén
'neoperonismo'.

Pero, y continuamos interrogándonos y cultivando
nuestro asombro. ¿Si los analistas y el común de los
comentaristas reconocen que no se trata en todo caso
de ir más allá de una mera distribución mejor del
ingreso o acaso y en un caso extremo, de poder volver
a la jubilación de reparto, a que refiere tanta, pero
tanta expectativa? Es evidente que esa expectativa se
da en el plano de lo imaginario y del discurso, del
discurso como estructura de producción de sentido, y
sobre todo se produce en el plano de la reivindicación
de las viejas identidades, es decir de la propia
historia que se justifica y vuelve a encontrar un
sentido en el ejercicio del Poder. Es allí justamente
donde opera y se realiza la satisfacción de una
generación que en realidad es una élite de poder de
los sectores medios fundamentalmente urbanos e
intelectuales.

Sí, los sectores medios se han fascinado siempre con
los discursos, pero ya el viejo Jauretche, que algo
sabía de estas cosas, nos recordaba que los
trabajadores hacen el amor en la cama mientras que la
clase media lo hace en la oficina, y no hablaba
literalmente del sexo, sino de que mejor que decir es
hacer. También solía decir el viejo con picardía que
muchos montan el caballo por la izquierda pero se
bajan por la derecha. Y esto del discurso se me ocurre
que es también, como montarse al caballo por la
izquierda para bajarse por la derecha, a tal punto que
lo normal en la práctica actual no es que el discurso
devele la realidad tal como debería hacerlo, sino que
la oculte, que la enmascare e invente el simulacro. El
simulacro sería un modo de vivir como si una manera de
hacer para no ser, un modo de hacer como si fuéramos
cuando no somos.

Todavía podríamos recordar como ejemplar, en este
plano del puro bien decir, el discurso brillante de
Esteban Righi ante la Federal el día que asumió en el
año 73. En medio de la fiesta revolucionaria del
verano camporista, aquello fue la frutilla del postre.
Enrostrarles a todos los milicos su triste rol de
represores, hablarles con valor directamente de la
tortura y de los nuevos tiempos que llegaban... ¿No es
maravilloso hacer el amor en la oficina? Lástima que
generalmente eso significa u oculta la impotencia y
que a esos discursos muchas veces los pagamos caro,
demasiado caros.

Los diarios nos traen las imágenes del primer día de
gestión y son emblemáticas. El señor presidente, con
la nueva ministra de Economía y Don Corleo, perdón,
Don Mastellone. La imagen nos recuerda una dura
realidad: la colosal concentración de la economía y en
especial de lo que se llaman las cadenas
agroalimentarias, en la Argentina durante los últimos
treinta años. Ese señor, dueño absoluto de General
Rodríguez, que nos recuerda a la película de Marlon
Brando, es el que fija a capricho el precio y la
calidad de la leche que tomamos treinta millones de
argentinos. Esas leches que no son leches, esas leches
pasteurizadas, homogenizadas, fortalecidas con hierro,
reconstituidas con leches en polvo, estimuladas con
bacilos lácteos, enriquecidas con fósforo, todo verso.
Leches adulteradas. Este señor le fija el precio a la
leche en la tranquera del tambero, gobierna con mano
de hierro las góndolas en todo el país y no deja
vender un dulce de leche que no sea propio, a riesgo
de que el camión de la Serenísima no descargue y el
autoservicio se suicide. Más de veinte mil tambos han
cerrado en los últimos años por su responsabilidad y a
seis o siete puestos de trabajo por tambo podemos ir
contando los planes trabajar que eso significa. Mi
lechero, que llega cada mañana a casa en el carrito
tirado por un caballo manso y me deja los tres litros
de leche cruda para mis hijos, en botellas de vino,
vive en la clandestinidad porque este señor durante la
época de Onganía se hizo firmar una ley a su medida
que le aseguraba el monopolio de la industria láctea y
que nos obliga desde entonces, a beber leche
pasteurizada y lo que es peor, a comer los quesos que
se hacen con leche pasteurizada.

Pero aún peor es que este señor Mastellone con el que
se negocia como si se lo hiciera con el FMI, es una
ficción igual que Yoma y sus curtiembres. Este señor
ha sido rescatado por el Estado varias veces para que
no se funda y se le vuelven a vaciar las empresas
hasta que llega siempre la mano generosa de los Bancos
nacionales a rescatarlo de sus quiebras. O sea que
negociamos, casi en situación de dependencia, con el
tipo que depende de nosotros, le reconocemos poder al
corsario que vive del Estado, y no tenemos fuerzas
para ponerlo en su lugar porque no tenemos Estado pero
sí tenemos estado para que sus empresas vivan del
Estado. No es fácil de comprenderlo, ni siquiera en el
realismo mágico argentino.

Así, nos peleamos con la Iglesia, pero vivimos en el
reino de la escolástica, la escolástica, ese espacio
donde rige la suprema Ley de la verdad por la palabra,
donde la palabra sigue siendo la vía para llegar a
Dios. Claro que nosotros a través de los discursos no
llegamos a Dios, en realidad no sé adonde llegamos, me
temo que a ninguna parte..

En esto de los discursos y de preguntarnos cosas, a mi
me viene hacerme la pregunta de saber cuánto nos va a
costar esta campaña funcional que lanza Bonasso contra
Patti en la Cámara de Diputados y que nadie podría
tildar de injusta. El comisario afecto a la picana no
debería asumir como diputado, eso está claro. si, pero
a mi como a Usted no nos alcanza el sueldo, y
quisiéramos volver a la jubilación de reparto y no nos
dejan, yo viajo en el TBA cada día de mi vida y
mientras a la empresa le aumentan los subsidios no
puedo dejar de tomar conciencia de que cada día viajo
peor, y me estafan alevosamente con el celular sin que
el Estado le fije reglas a Movistar, y la carne
aumentó y mis hijos en la mesa no quieren más el arroz
con la espinaca y la acelga de la huerta, quieren
queso y carne los desgraciados. A fin de mes, cuando
uno piensa a quién manguear este mes para llegar.
Ellos quieren carne. ¿Y los progresistas nos llenan de
discursos, pero yo no puedo alimentar a mis hijos con
los discursos del Señor Bonasso, se comprende?

Claro que Bonasso no tiene la culpa de que los trenes
desde Merlo de TBA no salgan más de noche y que
tengamos que ir cada día como sardinas 24 Kms en la
136 a puro acelerador y freno, y que a veces nos
detengamos en la terminal de la empresa para recargar
el tanque de combustible con las puertas cerradas,
abajo los obreros fumando y ya nada nos importe a esa
hora de la noche y del cansancio, y quisiéramos que
otro Cromañón terminara con nosotros porque no damos
más y porque han convertido en un infierno el vivir en
este país. Claro que Bonasso no tiene la culpa, él
como tantos hace el circo progresista solamente,
mientras todo permanece igual y los Corleone siguen
siendo los patrones…

Los políticos son apenas el síntoma de una gigantesca
gangrena social. Qué pasa con ese señor que me cuenta
que no cree ya en nadie pero que fue a votar por miedo
a que no le renovaran el registro de conducir con el
que trabaja, y que cuando entró se tapó los ojos con
la mano y eligió una boleta al azar como quien se hace
la ruleta rusa y cuando la iba a meter en el sobre, de
puro curioso abrió los ojos y se alegro de ver a
Moria, me confesó que se excitó votando a Moria.Y el
otro amigo, fiscal general de un partido importante en
la provincia, que me dice pero cómo, no sabés que los
votos en blanco y de los partidos pequeños se los
reparten los partidos grandes en miles y miles de
mesas donde no hay más fiscales que los del frente,
los del PJ y los radicales. ¿Dónde vivís vos? Claro
que lo sé, claro que sé dónde vivo y sé que el fraude
es monstruoso, si me basta ver como los taxis y los
remises llevan y traen gente los días de elecciones,
pero me cuesta asumirlo, porque ya no sabría qué decir
en estas editoriales. Hemos cambiado la Resistencia
por la resiliencia, y en vez de resistir como
hiciéramos alguna vez, ahora nos adaptamos, cedemos,
retrocedemos, pero ¿hasta dónde? ¿hasta cuándo?

Una vez, me contó mi padre, a mediados de los años
treinta y siendo él muy joven, salió del taller donde
trabajaba para comprar algo en la ferretería. Cuando
volvía, vio como la imagen de la desolación, sentada
en un umbral a una familia, él con la cabeza vencida
entre las rodillas, ella a su lado, con toda la
tristeza del mundo, y junto a ellos un montón de pibes
en racimo sobre algunos bultos. Expulsados de la
tierra o tal vez de algún conventillo, sin trabajo ni
esperanzas. la triste imagen de un país vencido.

Mi padre tuvo un impulso irrefrenable y cuando llegó a
la altura del hombre ensimismado, con un gesto rápido
le metió todo el vuelto de la compra, que era mucho
para la época, en el bolsillo superior del saco y
siguió caminando sin volver la cabeza. Más tarde, a
media mañana, como era costumbre entre los compañeros
del taller, salieron a desayunar y como cada mañana se
fueron a la lechería del gallego, aquellas lecherías
hermosas de barrio con mesas de mármol blanco y un
mostrador en que se atendía a las Doñas y a los
chiquilines que compraban la leche o las vainillas. Se
sentaron felices entre mutuas chanzas, con ese
regocijo propio de la gente de Buenos Aires que
apuesta siempre por la amistad y la alegría. Fue
entonces que mi padre vio en otra mesa a la familia
aquella, todos y cada uno frente a su respectivo tazón
de café con leche y al medio de la mesa, una enorme
parva de medialunas. Eran felices en ese momento,
parloteaban y reían y los niños tenían las caritas
manchadas de leche y de migas de medialunas. Mi padre
les contó entonces a sus compañeros lo que había
ocurrido y todos los clientes de aquella lechería se
hablaron entre sí en susurros como los conspiradores y
no quisieron ser menos que mi viejo, y todos metieron
la mano en el bolsillo generosamente, luego llamaron
al gallego y le dijeron que esa mesa estaba pagada y
que además les entregara la colecta que habían hecho y
luego se volvieron cada uno a sus respectivos
talleres.

Me gusta pensar cuando estoy triste, en esa historia
de mi padre y en que esos pequeños gestos también
aportaron al gran alumbramiento popular que se estaba
gestando en aquella argentina profunda y obrera, una
argentina que salía con enorme esfuerzo de la década
infame y que se preparaba para darle un ejemplo al
mundo incomparable.
 

        


	


	
		
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