[R-P] BERGOGLIO Y LA CANONIZACIÓN DE LOS PALOTINOS =20?=

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Jue Ago 11 07:49:33 MDT 2005


BERGOGLIO Y LA CANONIZACIÓN DE LOS PALOTINOS 

Bergoglio inició la canonización de los palotinos
asesinados en 1976. El cardenal necesita blanquear su
historia con vistas a una hipotética sucesión papal.

Diario Mar de Ajó (el diarito) Prensa Popular
Por Horacio Verbitsky

El procedimiento tendiente a la canonización de los
sacerdotes y seminaristas palotinos asesinados en 1976
en la iglesia de San Patricio forma parte de una
tentativa del arzobispo de Buenos Aires por blanquear
su historia personal con vistas a un hipotético nuevo
cónclave sucesorio del papa Benedicto XVI. El mismo
Jorge Mario Bergoglio hizo trascender a través de
voceros oficiosos aquí y en Roma que el cardenal
argentino fue uno de los que obtuvieron votos en el
que se reunió este año a la muerte de Juan Pablo II y
en el que fue electo el cardenal alemán Josef
Ratzinger, de 78 años. Sus relaciones con la dictadura
militar de hace tres décadas, durante la cual hostigó
y desprotegió a los sacerdotes identificados con la
teología de la liberación, como Orlando Yorio y
Francisco Jalics, son un punto en contra de sus
posibilidades. Para maquillar su imagen pública ya
asistió a una misa por el sacerdote Carlos Mugica,
muerto en 1974 por la Triple A del ex ministro de
bienestar social José López Rega y rindió tributo al
obispo de La Rioja Enrique Angelelli, también
asesinado en 1976 por la dictadura. La canonización de
los palotinos incluye un tramo inicial que debe
realizarse en Buenos Aires bajo el control de
Bergoglio y otro en el Vaticano. El asesinato de los
palotinos fue tratado en 1977 por el Papa Paulo VI y
el dictador argentino Emilio Massera y la Iglesia dio
por cerrado el caso, pese a que sabía que la dictadura
era responsable, como lo demuestran documentos de las
cancillerías argentina y estadounidense. La
canonización fue solicitada por la orden de los
palotinos pero no hubiera podido avanzar sin la
aprobación de Bergoglio, quien designó a un instructor
encargado de recoger testimonios sobre la vida y obra
de los asesinados.

Abollar ideologías:

A las 7.30 de la mañana del domingo 4 de julio de 1976
el organista de la iglesia de San Patricio, en
Palermo, encontró las puertas cerradas. Ante la
impaciencia de los feligreses que asistían a la
primera misa, forzó una ventana, buscó las llaves,
abrió las puertas y fue a despertar a los sacerdotes.
Al subir hasta los dormitorios, el espantado músico
descubrió a los sacerdotes Alfredo Leaden, Alfredo
Kelly, Pedro Duffau y a los seminaristas Salvador
Barbeito y Emilio Barletti, uno al lado del otro, boca
abajo, acribillados con decenas de disparos en la
cabeza y el tórax, producidos por cuatro pistolas
Browning o similar y una ametralladora. Alguien había
escrito con tiza sobre una puerta: “Por los camaradas
dinamitados en Seguridad Federal. Venceremos. Viva la
Patria”. Sobre una alfombra se leía: “Estos zurdos
murieron por ser adoctrinadores de mentes vírgenes y
son M.S.T.M.”, la sigla con que se identificaba al
Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Sobre
el cadáver de Barbeito había un dibujo de Quino,
arrancado de la pared de otra habitación. Mafalda
señala el bastón de un policía y dice: “Este es el
palito de abollar ideologías”. Un comunicado del
Comando de la Zona I de Seguridad adjudicó la masacre
a “elementos subversivos”. En el mejor estilo del
nacional-catolicismo el texto decía que el asesinato
cometido en el templo demostraba “que sus autores
además de no tener Patria tampoco tienen Dios”. La
Iglesia supo desde el primer momento que esto no era
así.

La investigación eclesiástica:

El nuncio Pio Laghi y el cardenal arzobispo Juan
Carlos Aramburu designaron al sacerdote Efraín Sueldo
Luque para que investigara lo sucedido y redactara un
informe con sus impresiones, en dos copias: una para
el Vaticano, otra para la Curia y ninguna para la
dictadura. Sueldo Luque había protestado por la
inscripción de los muertos en un parte policial como
NN y sostenido un incidente con el comisario de la
37ª, Rafael Fensore, quien preguntaba con insistencia
si entre los muertos estaba el sacerdote Emilio Neira.
“Si nadie supo decirle el nombre de los muertos, ¿de
dónde sabe usted el nombre de Emilio Neira?”, increpó
al comisario. Convencido de que lo estaban siguiendo,
el padre Neira había salido del país en forma secreta
esa misma semana, rumbo al Brasil. Sueldo Luque
también informó que la policía intentó borrar la
inscripción sobre Seguridad Federal, de la que aún
quedaban rastros en la puerta. También tomó
declaración a los vecinos, quienes dijeron haber visto
dos autos Peugeot estacionados cerca del templo la
madrugada del domingo. Corrido por el frío, el
custodio del interventor militar en Neuquén, general
José A. Martínez Waldner, quien vivía en la cuadra de
la Iglesia, se había refugiado en la casa de un
vecino, a pocos metros de San Patricio. Un familiar de
Martínez Waldner denunció su ausencia a la comisaría
37ª, que envió un patrullero, al mando del oficial
ayudante Miguel Angel Romano, acompañado por el
sargento primero Báez y los agentes Lozada y Atilio
Juárez. Romano tocó la bocina para llamar al cabo
Alvarez. “Si escuchás cohetazos no salgás porque vamos
a reventar la casa de unos zurdos. No te metás porque
te pueden confundir”, le dijeron cuando se asomó desde
la casa del vecino.
Al regresar de la comisaría, el hijo de Martínez
Waldner y un amigo vieron personas con armas largas
frente a la parroquia, donde dos de ellas entraron.
Pensaron que usarían la iglesia para acceder a otro
lugar. Los policías del patrullero hablaban con los
tripulantes de los dos Peugeot. A las 3.00 Martínez
vio salir de la parroquia a un hombre armado que se
acercó a uno de los autos. A las 4.30, cuando los
amigos se separaron y cada cual se fue a su casa, los
autos ya no estaban. No escucharon disparos. Un
documento guardado en el archivo de la Cancillería
argentina afirma que los servicios de inteligencia de
la dictadura daban por sentado que en San Patricio “se
refugiaban varios guerrilleros, según se lo había
confirmado el mismo padre Leaden a su hermano el
Monseñor Leaden” (Culto. Caja 9. Bibliorato 2B.
Arzobispado de Buenos Aires. Documento 9). El
salesiano Guillermo Leaden era obispo auxiliar de
Buenos Aires, encargado de la vicaría de Belgrano,
donde asesinaron a su hermano Alfredo.

“Sin lugar a dudas”:

Durante una misa concelebrada en la misma iglesia de
San Patricio, en la que el predecesor de Bergoglio en
el arzobispado, cardenal Juan Carlos Aramburu, rezó un
responso por las víctimas, el sacerdote palotino
Roberto Favre dijo que también había que rezar “por
las innumerables desapariciones que ocurren
cotidianamente” y reclamó a las autoridades “recuperar
el estado de derecho, como corresponde a un pueblo
civilizado”. Al día siguiente, el Procurador General
de la orden de los Palotinos, padre Weber, dijo en
Roma que “han sido asesinados por considerarlos
simpatizantes de izquierda”. Aramburu y el Nuncio se
reunieron con el ministro del Interior, general Albano
Harguindeguy.

–La Iglesia sabe sin lugar a dudas que los sacerdotes
fueron asesinados por fuerzas de seguridad del
gobierno –dijo Aramburu. Harguindeguy intentó
contestarle.

–Sería mejor que no hiciera ningún comentario, ya que
cualquier negativa sería una mentira –agregó Aramburu.

Harguindeguy le agradeció y permaneció en silencio.
Así surge del relato que Laghi hizo al embajador de
Estados Unidos Robert Hill y a su funcionario a cargo
de Seguridad Regional. El Nuncio les comunicó que a la
Iglesia le preocupaba que uno de los seminaristas
pudiera tener “conexiones tercermundistas” y que un
alto funcionario oficial le había dicho que el
gobierno se proponía “limpiar la Iglesia Católica”
porque quería una jerarquía católica “tal como la que
teníamos en la Argentina hace doscientos años”
(“Further on Murder of Catholic Priests. July 8,
1976”). Casi un cuarto de siglo después el ex
militante Ernesto Jauretche narró que los sacerdotes
asesinados en San Patricio habían guardado en la
parroquia un mimeógrafo y ejemplares de la revista de
propaganda Evita Montonera. También el periodista
Robert Cox escuchó a Laghi decir que no tenía dudas
acerca de que habían sido fuerzas del gobierno militar
las responsables del homicidio. Según el ex director
del diario The Buenos Aires Herald, Laghi estaba
apesadumbrado por haber colocado la hostia en la boca
del entonces Comandante del Cuerpo de Ejército I,
responsable de la Zona, general Carlos Suárez Mason.
“Tuve deseo de estrellar mi puño en su rostro”,
confesó Laghi a Cox. No lo hizo ni se pronunció nunca
en público acerca de la autoría del crimen.

“Altos ideales”:

Setenta y dos horas después del asesinato Aramburu y
Laghi se reunieron con la Junta Militar. Le entregaron
una carta de la Comisión Ejecutiva de la Conferencia
Episcopal, que no dieron a publicidad. Afirmaba que
cundía una sensación de miedo en el país y una
“convicción, subyacente en amplios estratos de la
población, de que el ejercicio del poder es
arbitrario, de que el ciudadano se encuentra sin
recursos frente a una autoridad de tipo policial,
omnipotente”. Pese a lo que sabían, los obispos
decidieron no confrontar con la dictadura y dar por
buenas sus hipócritas disculpas. En forma retórica se
preguntaron “qué fuerzas tan poderosas son las que con
toda impunidad y con todo anonimato pueden obrar a su
arbitrio en medio de nuestra sociedad”, lo cual
constituía una suavísima alusión a la zona liberada
con que habían actuado los asesinos. Pero también
decían que por la palabra del ministro del Interior y
la presencia en el entierro del ministro de Relaciones
Exteriores y Culto y de altos jefes militares sabían
que “el gobierno y las Fuerzas Armadas participan de
nuestro dolor y, nos atreveríamos a decir, de nuestro
estupor” y que conocían “los altos ideales y la
generosa actitud para con la patria, sus instituciones
y ciudadanos” de los miembros de la Junta.
Recién a la semana siguiente la Iglesia informó al
país del contenido de la reunión, con un comunicado en
el que ni siquiera osó nombrar el crimen de los
palotinos. La Comisión Ejecutiva del Episcopado “con
ocasión de recientes sucesos que han herido
profundamente el corazón de la Iglesia y de la
ciudadanía, se ha dirigido al excelentísimo señor
presidente de la República y miembros de la Junta
Militar, para manifestar su preocupación por las
diversas manifestaciones de violencia que conspiran
contra la paz del país, angustiando a la familia
argentina”. Para un observador atento como el
embajador Hill, “considerando que la Iglesia sabe que
sus sacerdotes fueron asesinados por la policía y que
el Cardenal Aramburu lanzó la acusación al rostro de
Harguindeguy, es llamativo el tono notablemente
moderado del mensaje a Videla y la Junta”. Su
conclusión era que la Iglesia estaba dispuesta a
“hablar con dureza en privado” al gobierno pero que
“en público mantendría una posición contenida y
neutra”(“Catholic Church Issues. Restrained statement
on Political Violence”. July 15, 1976).
Un libro de descargo de Laghi publicado en Roma en
1999 (Il cardinale e institución desaparecidos) afirma
que la respuesta del Episcopado fue “casi un documento
de absolución”, sin “la dureza crítica que imponían
las circunstancias”. También objeta la “tibia”
reacción del Vaticano. En conjunto con el Episcopado,
sostiene, la Sede Apostólica hubiera podido generar
“un hecho fuerte, importante, de severa advertencia
sobre los límites que se habían traspasado”. Los
militares hubieran reflexionado y se hubieran salvado
muchas vidas. Ni siquiera hubiera sido necesario
llegar al extremo de excomulgar a los dictadores, como
hizo el Vaticano en 1955 con Perón, ni romper
relaciones. “Hubiera bastado una denuncia clara del
Papa, con la repercusión mundial que siempre obtienen
sus palabras, seguida de la amenaza de convocar a
Laghi al Vaticano.”

“Una noche de embriaguez”:

Dos medios partidarios de la dictadura, el diario La
Nación y la revista Carta Política, dijeron que la
“participación de algunos eclesiásticos en el
desarrollo de la agresión subversiva, sea en el plano
de la instigación o en el del encubrimiento y la
complicidad”, había creado “en las fuerzas de
seguridad un ambiente de visible irritación”. Aun así,
Carta Política dijo que cargar las tintas sobre la
muerte de los palotinos era como “juzgar toda una vida
por una noche de embriaguez” (sic) y que este episodio
“de sangre y sacrilegio” clarificó el rol de la
Iglesia, ya que “no nació para justificar, sino para
sufrir violencias”. El propio Jefe de Estado Mayor del
Ejército, general Roberto Viola, reconoció en un
documento secreto que lo sucedido a los palotinos
formaba parte de “algunos hechos fortuitos que
afectaron a miembros del clero, operaciones que no
fueron acertadas pero sí justificadas” (Orden de
Operaciones Nro 9/77. Junio de 1977. Anexo 5, Ambito
Religioso). Dos días después de la masacre, el Vicario
Castrense Adolfo Tortolo ocupó la cabecera de la mesa
junto a los miembros de la Junta Militar, en la comida
de camaradería de las Fuerzas Armadas, en la que el
dictador Jorge Videla dijo que “la lucha se dará en
todos los campos además del estrictamente militar” y
que advertía “un notorio espíritu de comprensión y
colaboración en todos los sectores de la vida
nacional”, algo que respecto del Episcopado acababa de
hacerse evidente en las peores condiciones
imaginables. A partir de entonces a las autoridades
debía quedarles claro que hicieran lo que hicieran
nada debían temer de la jerarquía eclesiástica.

Comprensión y paciencia:

La Secretaría de Estado Vaticana rogó a la embajada
argentina alguna aclaración o datos que expliquen
“tamaño estrago mortal”. Recién el 13 de julio, la
Cancillería instruyó a la embajada para que presentara
sus condolencias al Papa. El 14 de julio el encargado
de negocios Osvaldo Brana en nota al secretario de
Estado, Cardenal Jean Villot, sostuvo que el gobierno
y el pueblo argentinos se sentían heridos “allí donde
las tradiciones más puras de la Nación se entrelazan
con la religión católica”. En consecuencia, un crimen
tan odioso sólo podía ser obra de “los estragos y las
tortuosidades propias del terrorismo” (Culto. Caja 9,
Bibliorato 2c. Arzobispado de Buenos Aires. Documento
1, Asesinato de los padres palotinos). Ese era el
clima el 27 de setiembre de 1976, cuando Paulo VI
recibió al nuevo embajador de la dictadura, el
político de la UCR Rubén M. Blanco. En privado, Paulo
VI le dijo que “el gobierno argentino puede contar con
toda nuestra comprensión y toda nuestra paciencia” y
elogió a los cuatro cardenales argentinos (Caggiano,
Primatesta, Aramburu y Pironio), lo cual no era
llamativo dado su rango, y a los arzobispos Plaza y
Tortolo, es decir los dos partidarios más entusiastas
de la dictadura en la Conferencia Episcopal,
defensores incluso de la tortura de los detenidos.
Pero al recibir las cartas credenciales de Blanco,
Paulo VI declaró su consternación y pena “ante los
recientes episodios que han costado la pérdida de
valiosas vidas humanas, incluidas las de diversas
personas eclesiásticas, en circunstancias que todavía
esperan una explicación adecuada”. Aun palabras tan
genéricas alarmaron a la dictadura y durante todo el
año siguiente siguió un intercambio de comunicaciones
entre el Vaticano y la Cancillería sobre la masacre de
San Patricio y los asesinos del obispo Enrique
Angelelli y dos de sus sacerdotes riojanos, ocurridos
poco después.
Una semana antes del primer aniversario de la masacre
de San Patricio, la dictadura comunicó al cardenal
Villot el resultado de las “esmeradas investigaciones”
requeridas. El embajador Blanco la atribuyó a “excesos
de grupos marginales; sectores que ocasionalmente
escapan de toda posibilidad de control de las fuerzas
de seguridad”. En octubre de 1977, una vez que el juez
Guillermo Rivarola sobreseyó la causa de los palotinos
sin procesar a nadie, tal como lo pedía el fiscal
Julio Strassera, Massera se reunió con Paulo VI y
Villot, en quienes encontró “cordialidad y cabal
conocimiento [de la] situación argentina”. Fue Massera
y no los eclesiásticos quien introdujo el tema de los
palotinos y de los sacerdotes de La Rioja, explicó la
“dificultad [de] suministrar explicaciones” y dijo que
el gobierno “tenía que cargar con la responsabilidad”.
Era una hipocresía, porque la responsabilidad del
gobierno no residía en la falta de explicación de los
asesinatos, sino en su autoría. Pero, para sorpresa de
Massera, Paulo VI lo interrumpió, dijo que se trataba
de “episodios superados” e hizo votos por un “futuro
de paz y prosperidad para la Argentina”. Massera se
llevó del Vaticano la bendición papal para la Junta
Militar. El presidente del Episcopado, cardenal Raúl
Primatesta, informó luego al gobierno que la visita de
Massera al Vaticano fue considerada “altamente
positiva” y que “Paulo VI quedó gratamente
impresionado personalidad almirante Massera satisfecho
temas conversación mantenida” (Memo 522/79. Culto.
Caja 9, Bibliorato 2c. Arzobispado de Buenos Aires.
Documento 1, Asesinato de los padres palotinos).

Bendito tú seas Massera:

Tres semanas después de esta audiencia papal la
Universidad del Salvador recibió a Massera como
Profesor Honorario, en una ceremonia en la que el jefe
de la Armada pronunció una de sus habituales homilías
grandilocuentes sobre “la vida o la muerte, la
libertad o la esclavitud” y el “choque deslumbrante de
las culturas y de las anticulturas”, el “espacio
galáctico y el coloquio del átomo”. El Señor de la
ESMA tenía predilección por los ámbitos
universitarios. Dos años después, ya retirado y en
campaña política, participó en la Universidad de
Georgetown en Washington de un seminario organizado
por dos académicos que cumplirían papeles destacados
en el futuro gobierno estadounidense de Ronald Reagan:
la embajadora en las Naciones Unidas Jeanne
Kirkpatrick y el subsecretario de Estado para Asuntos
Interamericanos Elliott Abrams. Cuando Massera dictaba
su clase magistral, dos sacerdotes norteamericanos lo
interrumpieron. Uno de ellos era Patrick Rice, quien
había logrado salir de la Argentina luego de haber
sido secuestrado y torturado. Ambos lo interrogaron
sobre la represión, incluyendo los casos en que las
víctimas eran obispos, monjas, sacerdotes y laicos
cristianos. Massera no pudo continuar y dejó el aula
hecho una furia. La Universidad del Salvador de Buenos
Aires fue creada por la Compañía de Jesús en 1956. En
1975 los jesuitas la transfirieron a una fundación
civil, cuya dependencia de la Compañía de Jesús se
prolonga hasta el presente. Esa Fundación era manejada
por la organización de la derecha peronista Guardia de
Hierro, de estrecha relación con Massera. También la
Universidad de Georgetown pertenece a los jesuitas.
Patrick Rice sostiene hoy que “dada la estructura de
la Iglesia es impensable que esa invitación pudiera
haber ocurrido sin la iniciativa o al menos el
asentimiento de la provincia argentina de la Compañía
de Jesús”. Su Superior Provincial era el entonces
sacerdote Jorge Mario Bergoglio.

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