[R-P] El nuevo orden mundial y la seguridad demográfica

edgar smith condornacional en yahoo.com.ar
Jue Ago 11 07:25:07 MDT 2005


El nuevo orden mundial y la seguridad demográfica

La ambición de controlar la vida humana desde la
concepción a la muerte es la máxima expresión del
imperialismo integral, tal como hoy se manifiesta.
Como vamos a ver, este imperialismo es metapolítico,
ya que procede de una concepción particular del
hombre. 

Por Michel Schooyans  PhD, PhLD, STD, profesor de la
Universidad de Lovaina) (*)[i]

Las expresiones políticas y no políticas de este
imperialismo no son más que las consecuencias
perceptibles de esta antropología. Esto nos va a
llevar a aclarar la dimensión totalitaria de este
imperialismo, cuyos efectos todavía no se han mostrado
en su totalidad. 

Para analizar la génesis de este imperialismo que está
naciendo ante nuestros ojos, vamos a partir de la
ideología de la seguridad nacional. 

Hacia la globalización

Desde el final de la guerra de 1939-1945, la
diplomacia norteamericana ha estado grandemente
dominada por el tema de los "dos bloques". Con ciertas
variaciones de acento, este tema fundamental aparece
bajo las etiquetas de guerra fría, enfrentamiento
Este-Oeste, zona de influencia, coexistencia pacífica,
deshielo, distensión, etc. Mas, con motivo de la
crisis petrolífera de 1973, algunos círculos
norteamericanos empiezan a percibir la importancia de
otra división, la división Norte-Sur. El congreso de
Bandung, en 1955, presentaba ya el aspecto de un
manifiesto y, poco a poco, los CNUCED y las
conferencias en la cumbre de países no alineados se
imponen a la atención de los países industrializados:
desde Ginebra (1964) a Belgrado (1989), se ha
recorrido un camino apreciable. Durante todo este
tiempo, el diálogo Norte-Sur se organiza y se
institucionaliza; los países del Tercer mundo
reivindican un Nuevo orden internacional. 

En una obra publicada en 1970, Zbigniev Brzezinski
había ya atraído la atención sobre el tema 

1 La crisis petrolífera de 1973 juega el papel de un
catalizador: si los países productores de petróleo
pueden organizarse y amenazar las bases de la economía
de los países industrializados, ¿qué ocurrirá si los
países pobres productores de materias primas deciden
ponerse de acuerdo e imponer sus condiciones a los
países ricos? 

Para conjurar el peligro, David Rockefeller,
utilizando por cierto las tesis de Brzezinski,
transpone a la división Norte-Sur las recomendaciones
que su hermano había aplicado antes a la división
Este-Oeste. Y lo que es más importante, generaliza
además, al conjunto del mundo, una visión cuyo
alcance, en 1969, estaba limitado, provisionalmente,
al continente americano. Desde esta perspectiva, David
Rockefeller, respondiendo a una sugerencia explícita
de Brzezinski, organiza la "Comisión Trilateral": los
EE.UU., Europa occidental y el Japón deben ponerse de
acuerdo frente al Tercer mundo, que parece querer
organizarse y del que dependen los países
industrializados para importar materias primas y
energía, y para dar salida a sus productos 

2. Y el Tercer mundo está en plena expansión
demográfica. 

La amenaza que pesa sobre la seguridad de los países
ricos proviene, según ellos, de los países pobres. Las
economías dependen ahora unas de otras, los pases
ricos no deben devorarse entre sí, deben al contrario
respaldarse; deben preservar e incluso acentuar sus
privilegios. Las empresas multinacionales aparecen
aquí como un mecanismo esencial del sistema global de
la dominación; llevan a cabo una industrialización que
al mismo tiempo se encargan de limitar. Gracias a los
centros de decisión e la metrópolis, hacen posible el
control de los costos de mano de obra. Mantienen un
chantaje basado en la amenaza del traslado de
fábricas, en caso de que consideren exorbitantes las
reivindicaciones de los trabajadores locales.
Organizan la competencia y, al mismo tiempo, la
controlan, ya que las relaciones de competencia quedan
limitadas al mundo de los trabajadores, entre los que
las desigualdades de retribución constituyen, a nivel
mundial, un factor de división que hay que alimentar
para seguir dominando. En suma, las multinacionales
velan sobre sus mercados, protegen, en caso necesario,
sus oligopolios, y vigilan y, en ocasiones, frenan el
desarrollo económico de las naciones satélites. Por su
parte, la investigación científica deberá
intensificarse y concertarse para garantizar el
mantenimiento de un avance constante y decisivo con
respecto a los países menos desarrollados. La alta
tecnología será exportada con gran parsimonia, para
que los países más avanzados en el camino del
desarrollo no puedan competir con la producción
sofisticada cuyo monopolio quieren conservar
celosamente los países de la era postindustrial. 

¡Multimillonarios de todos los países, uníos!

Se trata de construir un nuevo orden mundial, de tipo
corporativista, lo que se ha hecho urgente -se
asegura- en razón de la interdependencia de las
naciones. Pero lo que sucedía ya a escala
panamericana, se produce ahora a escala mundial: se
pasa rápidamente de la interdependencia a la
dependencia. Todos los países, en efecto, no presentan
un mismo nivel de desarrollo; en razón de su presencia
y compromisos en todo el mundo, los EE.UU. se
consideran con derecho a arrogarse una misión de
liderazgo mundial. A esta misión deben asociarse las
naciones ricas y las clases ricas del mundo entero; la
seguridad, su propia seguridad, debe constituir la
preocupación común y predominante de los ricos. Esta
preocupación justifica, por su parte, la constitución
de un frente común mundial, una unión sagrada, si
quieren conservar sus privilegios. Con respecto a este
imperativo de seguridad común, todos los factores de
divergencia entre ricos no tienen sino una importancia
relativa o incluso secundaria. 

Este frente común mundial sólo podrá articularse a
partir de los EE.UU. y bajo su liderazgo. En razón de
su desarrollo y de su riqueza, Europa occidental y
Japón serán asociados, a título de aliados
privilegiados, a la empresa de seguridad común. Todo
ese bloque constituido por las naciones ricas deberá
esforzarse en controlar el desarrollo en el mundo en
general. La austeridad ha dejado de ser una virtud: es
un deber. Frenar el crecimiento, frenar la capacidad
de producción y practicar el maltusianismo económico
se imponen tanto más -se nos dice- cuanto que hay que
proteger el entorno amenazado por la contaminación. Y
así, la justificación teórica del "crecimiento cero"
vio la luz en 1972 en el Informe Meadows, y ha sido
difundida por el Club de Roma, empresas ambas
generosamente financiadas por el grupo Rockefeller

3. Los países comunistas tampoco deberían quedar al
margen de este proyecto de seguridad global. China
merece una atención excepcional. Está probado -como ya
hemos visto 4- que la despiadada política demográfica
llevada a cabo en China popular ha sido apoyada e
incluso estimulada por algunos círculos
norteamericanos y occidentales inquietos por la
aparición de un nuevo "peligro amarillo". 

Los países del Tercer mundo deberán, pues, aceptar un
programa "global". Como los países ricos necesitan sus
recursos, estos países en vías de desarrollo no podrán
sentirse irritados o escandalizados por el
mantenimiento de antiguos métodos de explotación.
Tendrán que admitir que su desarrollo habrá de hacerse
bajo control; llegado el caso, podrá alabarse la
virtud del compañerismo" podrán, por ejemplo,
transferirse a su territorio algunas industrias
contaminantes, declaradas indeseables en los países
desarrollados. En cualquier caso, habrá que impedir
que se organicen para esquivar la vigilancia de las
naciones poderosas. 

De todas maneras, al igual que existen límites para el
crecimiento económico, también los hay para el
crecimiento político. Así lo subrayaba Samuel P.
Huntington en un Informe para la Comisión trilateral
sobre la gobernabilidad de las democracias: "Hemos
tenido que reconocer que existen límites
potencialmente deseables para el crecimiento
económico. E igualmente, en política, existen unos
límites potencialmente deseables para la extensión de
la democracia política."

5 Estamos, pues, ante una formulación de alcance
mundial del antiguo mesianismo norteamericano. Pero es
indispensable señalar lo que esta formulación tiene de
esencialmente nuevo y original: este mesianismo
pretende, en efecto, atraerse el concurso no sólo de
las naciones más ricas, sino también de las clases
ricas de las sociedades pobres. Se pone de relieve,
ante los ricos del mundo entero, que los pobres
constituyen una amenaza potencial o incluso actual
para su seguridad. De lo que se trata, en primer lugar
es, desde luego, de proteger la seguridad de los
EE.UU. o, más exactamente, de los ricos de los EE.UU.;
pero también de la seguridad de los ricos de todos los
países, a quienes se invita a constituir, bajo la
dirección de los Estados Unidos, una unión sagrada
cuya razón de ser y objetivo es el contener el
despegue de la población pobre: "¡Multimillonarios de
todos los países, uníos!" 

Así reinterpretada, la doctrina de la contención
resurge como el Fénix renace de sus cenizas. Son las
tesis principales de esta doctrina las que inspiran el
proyecto universalista actual de los EE.UU. Europa
occidental y Japón están asociados de manera especial
a este proyecto a título de cómplices y de objetivos
al mismo tiempo. 

Una élite dominante internacional 

La preocupación por la seguridad debe ser global. La
seguridad, cuyo ámbito se dividía en varias partes, se
percibe a partir de ahora como un todo: la seguridad
es primeramente demográfica. Esta nueva doctrina exige
la utilización de instrumentos de acción eficaces.
Estos instrumentos son de orden político, educativo,
científico, económico y tecnológico. La libertad de
iniciativa de las universidades y centros de
investigación será orientada o incluso anulada, y su
función crítica será muy disminuida. Las subvenciones
estarán subordinadas a la complacencia con la que
dichos organismos acepten plegarse a unos programas de
investigación definidos por la minoría dominante 

6. Esta minoría concederá una gran importancia al
estudio de los problemas ecológicos, pues de ese modo
será posible convencer a los países satélites para que
se resignen a la austeridad o a la pobreza: "Small is
beautiful" 

7. Esta misma minoría financiará las investigaciones
sobre la reproducción, la fecundidad y la demografía,
con el fin de desactivar la llamada "bomba P". Las
universidades, convertidas en "repetidores", junto con
los medios de comunicación, se encargarán de difundir
por todo el mundo, dramatizándolas, las tesis
maltusianas, tras las que se ocultan los intereses de
las clases ricas 

8. El programa de acción será conciso. Se pondrá de
relieve la escasez de materias primas y la fragilidad
del medio ambiente. Estos datos serán presentados como
necesidades determinadas por la naturaleza, y el
volumen de la población habrá de calcularse
necesariamente de acuerdo con estos datos. 

De esta forma se reúnen las condiciones fundamentales
que caracterizan objetivamente a un régimen de tipo
fascista. Para Juan Bosch, el "pentagonismo" era la
explotación del pueblo norteamericano por una minoría
norteamericana 

9. En la actualidad, el pentagonismo se ha
universalizado y la minoría dominante se ha
internacionalizado. Esta minoría estará constituida
por "personas con recursos", que se sentirán halagadas
al ser admitidas en grupos "informales", más o menos
conocidos (como el grupo de Bilderberg, la Trilateral
o el Club de Roma) u otros menos fácilmente
identificables. Esta minoría se arrogará la misión de
regentear el mundo y tendrá bajo control a todo un
cuerpo internacional de intelectuales, ya sean
cómplices o utilizados como instrumentos
involuntarios, pero en todo caso poco clarividentes.
No será necesaria la constitución de instituciones
complejas, ni conseguir funciones representativas o
cargos ejecutivos: una vez que haya adoptado la
ideología de la seguridad demográfica, esta "élite" se
apresurará a recurrir, con gran aplicación, a la
táctica de la infiltración. 

Un proyecto tan global y totalizador requiere
necesariamente unos dispositivos jurídicos y políticos
apropiados. En cuanto una "élite" acepta su propia
"colonización ideológica", esta misma "élite" se
separa del pueblo y pasa a ser capaz de todas las
abdicaciones. A partir de entonces, puede ser
utilizada como repetidor de un centro de poder de un
tipo totalmente nuevo, que evocaremos para terminar. 

Del Estado al Imperio totalitario

El imperio que está ahora construyéndose no tiene, en
efecto, precedente alguno en la historia. El fascismo,
el nazismo y el comunismo soviético son ejemplos
perfectos de totalitarismos. En estos tres casos, el
Estado transciende al ciudadano; es el enemigo del yo
en todas sus dimensiones: física, psicológica y
espiritual 

10. Requiere de los individuos una sumisión perfecta y
exige, si lo considera oportuno, que se le sacrifique
la vida. Este Estado somete el matrimonio, la
procreación, la familia y la educación a un control
muy estricto. Más concretamente, la familia queda
sometida a una vigilancia particular, pues en ella es
donde se forman las bases de la personalidad del niño.
El Estado totalitario que conocemos en la historia
actual se esfuerza, pues, en sustraer al niño de la
influencia familiar y le proporciona una educación
integral. Este Estado inhibe la capacidad personal de
juicio y de decisión; instaura una policía de ideas;
culpabiliza y adoctrina, desprograma y reprograma.
Impone una nueva ideología, organiza el culto del jefe
e instituye una nueva religión civil. 

La experiencia totalitaria se origina dentro de un
Estado particular que se convierte en trampolín de un
proyecto imperialista. La misión de este Estado
particular será definida y `legitimada' mediante la
ideología totalitaria. El Estado particular no sólo es
conocido, sino enaltecido. Y finalmente, una ideología
supuestamente científica precipita en las tinieblas
del oscurantismo a los que no se adhieran a la misma.
El proyecto imperialista y totalitario que está
tomando cuerpo ante nuestros ojos incrédulos presenta
unas características totalmente asombrosas si se le
compara con las que marcaron los sueños imperiales de
Mussolini, Stalin o Hitler. Este imperio naciente
tiene de increíble que no procede esencialmente de las
ambiciones de hegemonía de un Estado particular.
Tampoco es la emanación de una coalición de Estados y,
lo que es más, como ya hemos visto, le vienen muy bien
las desigualdades, e incluso las divisiones entre
naciones y hasta se ingenia en sacar partido de ellas.


El imperio que está construyéndose es un imperio de
clase que emana del consenso establecido, por encima
de las fronteras, por la internacional de la riqueza. 

Por tanto, en ausencia de un Estado de contornos
visibles, en el marco de este imperialismo de clase,
nadie sabe quién decide ni quién es responsable. El
lenguaje parece totalmente desconectado del sujeto que
lo produce; todo es anónimo, impersonal y secreto. El
productor del mensaje ideológico está oculto. No cabe,
pues, someter el discurso al juicio personal: está
listo para el consumo: frío, objetivo e imperativo.
Evidentemente, aún cuando estén ocultos, el discurso
es producido por sujetos, y éstos lo producen con
destino a otros sujetos llamados a consumirlo. Pero si
el sujeto productor de la ideología rompiera el
secreto que le ampara, no podría seguir reivindicando
la impersonalidad y la objetividad puras. La dimensión
subjetiva, utilitaria, interesada, hipotética de su
discurso se pondría inmediatamente de manifiesto. El
alcance supuestamente universal de su discurso, al
igual que las pretensiones `científicas' con que se
reviste, aparecerían en seguida como lo que son: un
engaño. El productor de ideología debe, pues, guardar
el secreto: es omnipresente, pero inaprehensible. 

De este modo, el secreto mismo introduce una falsedad
en el núcleo del discurso. No existe diálogo entre
personas que intercambian libremente sus juicios y sus
proyectos con voluntad de claridad. Uno de los
interlocutores quiere permanecer en la sombra y quiere
que el destinatario de su discurso ignore su identidad
y sus intenciones. Todo discurso está, pues, desde un
principio, marcado por la voluntad de engaño de la
persona que lo emite. El lenguaje, que debería ser el
prototipo de la mediación entre personas, se convierte
en el medio por excelencia de la posesión de los
demás. Como el sujeto productor de discursos no dice
nunca quién es realmente, todo lo que dice está
tachado de disimulo y engaño. Sus palabras se
transforman en instrumentos de agresión contra la
inteligencia y la voluntad de los destinatarios de las
mismas. Este discurso violenta a las personas que lo
reciben, reduciéndolas a la condición de receptáculos
pasivos de una verdad venida de fuera, de depositarios
de un saber alienado, alienante y hasta esotérico. De
un saber supuestamente científico, cuya revelación ha
sido hecha a sus iniciados, según éstos creen, gracias
a su competencia, de un saber que les procura las
bases del papel mesiánico que les corresponde para
abrir por fin a la sociedad humana el camino de la
felicidad... 

Pues ¿qué nuevos territorios quedan todavía por
conquistar? Las nuevas fronteras del imperialismo ya
no son físicas; coinciden con las de la humanidad
entera. No basta decir que hay que alienar al hombre,
o que hay que poseerlo en todas las dimensiones de su
yo. Lo que hay que hacer emerger es un hombre nuevo,
completamente purgado de sus creencias pasadas, de su
moral sexual, familiar, social, de su creencia en el
valor personal de cada hombre y de su creencia en
Dios, sobre todo en un Dios que se revela en la
historia con el fin de asociar al hombre a su designio
de creación, de salvación y de amor. 

Nos encontramos así, en el nuevo imperialismo, ante la
tercera característica del totalitarismo. El nuevo
imperialismo, como vimos antes, no emana de un Estado
particular, sino de la clase internacional de los
ricos y pudientes. En cambio, como ya hemos dicho,
este nuevo imperialismo está desprovisto de un "duce"
o "jefe", pues los que lo fomentan cuidan de no
dejarse ver. En cuanto al tercer punto, sin embargo,
vamos a ver que la nueva clase imperial vuelve a las
fuentes de la tradición totalitaria clásica: divulga
una ideología donde se encuentra, según ella, el
fundamento de su `legitimidad'. 

La ideología de la seguridad demográfica

La ideología en cuestión es la ideología de la
seguridad demográfica 

11. Según palabras de Marx, la ideología presenta
siempre una imagen invertida de la realidad y procede
siempre de una falsa conciencia. La ideología esconde
siempre los intereses de sus autores. Los juicios que
emite, y que constituyen la textura misma de la
ideología, no pasan de ser hipotéticos. Y lo son
incluso en dos sentidos: deben responder a una doble
condición, que corresponde, a su vez, a la doble
función que se espera de la ideología. Debe, por un
lado, disimular ante los ojos de los autores de la
ideología las verdaderas razones de su propio
discurso. La ideología está aquí al servicio de la
mala fe del ideólogo. Concretamente, la ideología de
la seguridad demográfica es una intelectualización que
disimula, ante los ojos de la misma clase
imperialista, las verdaderas razones que motivan su
conducta e inspiran su discurso. Por otro lado, esta
ideología tiene por función el seducir a los que se
invita -o fuerza- a adoptarla. Las mujeres que se hace
abortar y los pobres a los que se esteriliza son
`programados' para que hagan suyo el punto de vista
que sobre ellos tienen los que desean su alienación. 

De esta forma, la ideología de la seguridad
demográfica significa el inicio de una doble
perversión. Del lado de sus autores, engendra el
doblez; son ellos las primeras víctimas de la
racionalización que confeccionan. Y como le colocan a
su construcción ideológica la etiqueta de la ciencia,
se impiden el ir a buscar fuera de su propia
construcción la luz que podría sacarles de la prisión
espiritual que fabrican para otros, pero en la que
ellos mismos se encierran. Del lado de los
destinatarios, engendra el consentimiento a la propia
sumisión y les confirma en su alienación. Hasta el
presente, nos encontramos ante la más peligrosa
ideología imperialista totalitaria que ha conocido el
mundo. 

¿Una nueva humanidad?

Pero esto no es todo. La perversión esencial de esta
ideología, de que son víctimas tanto sus autores como
aquellos a los que va dirigida, es que procede por
paradoja: al mal le llama bien. Se niega la
trasgresión de la ley moral; la conciencia individual
sólo puede referirse a sí misma o, más exactamente, a
los intérpretes autorizados de la trascendencia social
que le dicen lo que puede desear o debe querer. 

Esta ideología sirve de fundamento a las instituciones
políticas y jurídicas que le sirven .El derecho, por
ejemplo, que debería, por definición, aplicar sus
esfuerzos a la instauración de la justicia para todos,
es objeto de una manipulación ideológica en provecho
de la minoría dominante constituida por la
internacional de la riqueza. Mas si, como individuos,
los miembros de la minoría dominante son generalmente
inaprensibles, no por ello es imposible hacerse una
idea bastante clara sobre el espíritu que les anima.
La identidad de esta nueva clase imperialista puede
determinarse fácilmente remontando desde la ideología
que produce y desde los destinatarios de la misma. 

El discurso ideológico de la nueva clase imperialista
tiene un contenido bastante burdo. Empieza afirmándose
como principio el acontecimiento liberador de la
muerte de Dios. Este principio es `liberador' se nos
dice, porque Dios impide la autonomía del hombre y su
felicidad. Así pues, Dios debe morir, e incluso hay
que ayudarle a morir, para que el hombre pueda vivir y
tomar por fin su destino entre sus solas manos.
Cumplida esta condición, la nueva humanidad puede
nacer, y de este parto deben ocuparse los iniciados. 

En este nacimiento, el papel de algunos médicos
`ilustrados' será determinante y, al mismo tiempo,
contradictorio. A ellos corresponderá el denunciar las
`creencias pasadas', `precientíficas', así como los
`tabúes' que acompañan a dichas creencias. Son ellos
quienes definirán esta tarea, pero su misión se
fundará sobre la afirmación e esos mismos postulados
12. Necesitan una ideología para `legitimar' su papel,
pero son ellos los que definen el contenido de dicha
ideología. Los tecnócratas médicos que regentan el
nuevo imperio no se avergüenzan de semejante petición
de principio. Pretenden que el objetivo que ha de
procurarse a toda costa es la seguridad demográfica,
pero es el imperativo de la seguridad demográfica el
que se supone que funda la `legitimidad' de la
tecnocracia. 

Con el apoyo valeroso de los demógrafos, los
tecnócratas se disponen a asistir a la humanidad en el
parto del `sentido' de que su evolución es portadora.
Están llamados a ejercer una nueva medicina: una
medicina del cuerpo social más que del individuo 13.
Una medicina que consiste en administrar la vida
humana como se administra una materia prima; en
constituir una nueva moral basada sobre el nuevo
sentido de la vida; en penetrar en la política con el
fin de engendrar una sociedad nueva; en derruir la
concepción tradicional de la familia disociando, con
una eficacia total, la dimensión amorosa y la
dimensión procreadora de la sexualidad humana; en
transferir a la sociedad la gestión de la vida humana,
desde la concepción a la muerte; en proceder, con
ello, a una selección rigurosa de los que serán
autorizados a transmitir la vida: temas todos ellos
que han sido dolorosamente experimentados en la
historia, incluso reciente, pero que aquí se reactivan
con energía y se integran en un cuadro lúgubre y
mortífero. 

Y en estos temas predominantemente neomaltusianos
vienen a injertarse otros temas maltusianos clásicos.
La felicidad de la sociedad humana -se nos dice- exige
no sólo una selección cualitativa; requiere igualmente
la determinación de unos límites cuantitativos.
"Nosotros sabemos" que los recursos disponibles son
limitados, y que una planificación realmente eficaz de
la población mundial es condición indispensable para
la supervivencia de la humanidad. "Nosotros sabemos"
que esta necesidad es particularmente urgente en el
Tercer mundo, donde puede observarse una trágica
desproporción entre los recursos vitales y el
crecimiento de la población. 

Una nueva religión civil

La ideología imperialista pretende ser una ideología
de oclusión de toda trascendencia que no sea la
trascendencia social. El discurso en que se presenta
es estrictamente hipotético, en el sentido que ha sido
explicado más arriba: es el reflejo de la voluntad de
los que lo emiten 14. Tiene una función utilitaria,
pero no tiene valor de verdad. Es útil para los que lo
emiten y se presenta como un lenguaje universal; pero
es la imagen invertida de los intereses particulares
de los ricos y de los poderosos. No tiene ningún valor
de verdad porque, en su principio mismo, se refugia en
el aislamiento: el pensamiento se elabora en recintos
cerrados al mundo exterior. Es la expresión más
reciente de la antigua tradición cientificista, con
una formulación orientada en provecho de las ciencias
biomédicas. Sólo los métodos de esas ciencias pueden
proporcionarnos -se nos asegura- unos conocimientos
ciertos, y sólo estas ciencias pueden aportar al
hombre la respuesta a sus interrogantes más radicales.


Este discurso cientificista ignora toda posible
búsqueda filosófica -y con mayor razón teológica- de
la verdad del hombre, la sociedad y el mundo. En
particular, queda excluido todo discurso sobre un ser
trascendente extramundano. La idea misma de una
referencia creadora común a todos los hombres es
declarada a priori sin sentido: es inútil considerarla
siquiera. De ahora en adelante, una vez reconocida la
muerte del padre, la fraternidad deja de ser posible y
no hay una participación en una existencia recibida de
un mismo creador. Sólo existe la voluntad pura. La
sociedad se declara trascendente: una nueva religión
civil ha nacido, un nuevo ateísmo político, un nuevo
reino, cuyas divinidades paganas llevan por nombre
poder, eficacia, riqueza, posesión y saber. 

Los que son ricos, sabios y poderosos demuestran,
gracias a su triunfo sobre los débiles, que están
justificados para ejercer un papel mesiánico. En ellos
se encuentra en efecto, tanto la medida de sí mismos
como la de los demás. 

Esta ideología mesiánica y herméticamente laica, así
como la moral del amo que le es inherente, exige que
sus autores reprogramen a los demás hombres. Hay que
programarlos física y psicológicamente; hay que
planificar su producción y su educación; para ello,
habrá que utilizar el hedonismo latente, y contar con
la búsqueda del placer. Pero al mismo tiempo, habrá
que alienar a las parejas, quitándoles toda
responsabilidad en su comportamiento sexual. En suma,
los tecnócratas médicos, piezas maestras de las
fuerzas imperialistas, deberán ejercer un control
total sobre la calidad y la cantidad de seres humanos.


Este discurso ideológico, que tiene la virtud de
eliminar el sentido de la responsabilidad y la
capacidad de acción en las personas, ejerce además la
misma influencia en el plano de la sociedad. Para el
Tercer Mundo, en particular, estas ideas son
totalmente desastrosas. Consisten en hacer creer que
la pobreza es natural, que es una fatalidad
estrictamente ligada a un exceso de crecimiento
demográfico. Junto a esa consideración cuantitativa,
se insinuará también, siguiendo a Galton (1822-1911),
que la pobreza de los pobres es la mejor prueba
posible de su mediocridad natural. No hay que
dejarles, pues, llenar el mundo, tanto por su propio
bien como por el bien general. El uno y el otro
recomiendan que el número de pobres sea calculado en
función de la utilidad que representen 

15. Porque según la ideología que estamos examinando,
la utilidad es el criterio único que debe tenerse en
cuenta a la hora de admitir la entrada de un ser
humano a la existencia. ¿Produce o consume bienes?
¿Produce beneficios o placer? Si las respuestas son
negativas, el nuevo ser es nocivo: es un enemigo. Y
como nada garantiza siquiera que, de ser útil lo
seguirá siendo siempre, el ser humano constituye así
una amenaza permanente para la seguridad de sus
semejantes. 

El panimperialismo totalitario... 

Finalmente, y lógicamente, la ideología de la
seguridad demográfica tiene por fundamento y término
el punto de referencia único de la muerte. La
ejecución del niño por nacer camufla la violencia de
nuestra sociedad, tanto más cuanto que la materialidad
de esta ejecución se realiza de manera furtiva 16. El
niño abortado es la víctima propiciatoria a la que se
transfiere la violencia de nuestra sociedad. Es mi
oponente, mi rival, es un obstáculo para mis
intereses, para mi placer y para mi vida; es la causa
de la pobreza, el obstáculo para el desarrollo. Va a
desear lo que deseo, primero en el terreno del tener y
luego en el terreno del ser. Va a surgir en la vida
como mi doble: está de más; hay que suprimirlo. 

Pero no se trata aquí de una violencia de menor
cuantía, o de una violencia simbólica como las que
aparecen en la historia de las civilizaciones y en la
mitología. El niño muerto en el seno de su madre no es
sacrificado: no se le hace sagrado para proteger la
cohesión de la comunidad humana 

17. Es ejecutado sin que la violencia sea expulsada de
la sociedad humana. Pues una sociedad totalmente laica
ha de desacralizarlo todo, incluida la vida, y
desmitificarlo todo, incluida la víctima
propiciatoria. El sufrimiento y la muerte constituyen,
en efecto, el absoluto sin sentido que justifica la
rebelión contra el Padre. Por lo tanto, el niño al que
se mata significa la destrucción del Padre. Su
ejecución no conjura la violencia; anuncia al
contrario mucha más violencia. Salvo una fuerza mayor,
nada puede ni debe limitar mi fuerza. Y lo que es más
grave, una de las funciones de la ideología es la de
disimular esa violencia ilimitada sustrayéndola al
control de la razón. Así pues, la legalización del
aborto señala la inminencia del retorno de un delirio
irracional, disimulado bajo el camuflaje engañoso de
una ideología de autoprotección. 

La ideología neoimperialista de la seguridad
demográfica puede, pues, considerarse bastante cercana
de la ideología nazi; es, en realidad, en más de un
sentido, una extrapolación de la misma. Mientras que
el nazismo se presentaba como una nacional-socialismo,
en el neoimperialismo actual los métodos se han
refinado. No se trata ya de un imperialismo
predominantemente militar, como entre los romanos, o
predominantemente económico, como en la Inglaterra
victoriana, se trata de un imperialismo de naturaleza
claramente totalitaria. Los ideólogos han hecho un
esfuerzo notable para disimular mejor sus designios.
El papel de la ideología se ha hecho más importante:
la conquista y el dominio de los cuerpos pasa
actualmente por el dominio de las inteligencias y de
las voluntades, y viceversa. Estamos en presencia de
un fenómeno nuevo: el panimperialismo, donde el
control de las almas es tan importante como el de los
cuerpos. 

...y "metapolítico" 

Y finalmente, como su inspiración directa es la forma
más reciente del cientificismo, este panimperialismo
es de naturaleza metapolítica: se esfuerza en hacer
triunfar una nueva concepción de la vida humana en la
que ésta sólo tiene sentido a la luz de la
trascendencia social. El panimperialismo se
caracteriza, en efecto y ante todo, por la concepción
particular del hombre que está por encima del ámbito
de lo político. En nombre de esa antropología, el
nuevo imperialismo ocupa las estructuras que le son
necesarias para su poder: políticas, científicas,
económicas, informativas, jurídicas, militares,
religiosas, etc. Todas estas estructuras transmiten el
poder imperialista, como por hipóstasis, hasta los
confines de la tierra. 

El Estado totalitario clásico es todopoderoso dentro
de sus fronteras, pero este poder está limitado por el
poder de los demás Estados. Se encarna en un príncipe
(o un gobierno) que puede identificarse, que es
visible y, por lo tanto, alcanzable, expuesto a una
posible agresión y, por lo tanto, destruible. Aquí, en
cambio, la revolución parece imposible, pues el
príncipe de este mundo se cuida bien de no desvelar su
rostro (cfr. Juan y, 44). El imperio metapolítico
aspira a una supremacía incondicional e
incondicionada; no quiere conocer o reconocer ni
iguales ni rivales. 

Los medios de comunicación, que tienen una función de
información, tienen también, en el marco de este
proyecto totalizador, una función de ocultación
indispensable. No se toleran los vaticinios de
Casandra, a menos que se garantice que no serán
tomados en serio. La información ha de ser tratada
según los intereses de los que la producen y según los
gustos de los que la consumen. La colonización de la
opinión debe tener efectos tranquilizadores en los
unos y angustiantes en los otros. Lo único que de
verdad importa es la seguridad de los pudientes; los
débiles no tienen precio: los ricos pueden, pues,
disponer de ellos a su antojo y exiliarlos fuera de
las fronteras de la humanidad. 

Los proyectos de la legalización del aborto no son, en
suma, como hemos visto, más que la parte visible de un
iceberg que oculta muchos peligros. 

CITAS:

1. "Between two ages. America's role in the
technotronic era", Harmondsworth, Penguin, 1978.
Nuestra exposición de las ideas de Brzezinski sigue
muy de cerca esta obra. 2. En francés, la
"Trilatérale" ha sido estudiada sobre todo en "Le
Monde diplomatique". Véase, por ejemplo, de Diana
Johnstone: "Les puissances économiques qui soutiennent
Carter", no. 272 (noviembre de 1976), pp. 1,13 y ss.;
de Jean-Pierre Cot: "Un grand dessein conservateur
pour l'Amérique", no. 282 (septiembre de 1977), pp.
2-3; de Pierre Dommergues, "L'essor du conservatisme
américain", no. 290 (mayo de 1978), pp. 6-9. 3. Cfr.
"Halte a la croissance". 4. Cfr., más arriba, p. 163.
5. Cfr., de Michel Crozier, Samuel P. Huntington y
Joji Watanuki, "The crisis of democracy", Nueva York,
New York University Press, 1975, p. 115. 6. Cfr.
"Between two ages", pp. 9-12 y ss. Comentando las
ideas de Brzezinski al respecto, Anthony Arblaster
escribe: "It is depressing enough that intellectuals
should be willing to accept the roles which Brzezinski
foresees for them specialists [...] involved [...] in
government undertakings and house ideologues for those
in power-. But the subordination of intellectuals to
the state and its requirements does not occur only at
the individual level. There is a strengthening
tendency for the institutions within which [...] most
intellectuals now work, also to be shaped according to
the particular political priorities of a particular
government" ("Ideology and intellectuals", en:
Knowledge and belief in politics, de Benewick y otros,
pp. 115-129; la cita es de las pp. 123 y s.) 7.
Alusión a la obra de E.F. Schumacher, "Small is
beautiful. Economics as if people mattered", Nueva
York, Perennial Library, 1975. 8. Cfr. Daniel Bell,
"The end of ideology. on the exhaustion of political
ideas in the fifties", Nueva York-Londres, Free Press
Paperback, 1965. 9. Véase, de Juan Bosch, "El
pentagonismo, sustituto del imperialismo", Madrid,
Crónica de un siglo, 1968, y especialmente: pp. 18-21.
10. Sobre el totalitarismo, véase, de Jean-Jacques
Walter, "Les machines totalitaires", Parí, Denoel,
1982; de Igor Chafarevitch, Le phénomene socialiste,
París, Seuil, 1977; de Hannah Arendt, The origins of
totalitarianism, Nueva York, Meridian Books, 1959. 11.
Por su postura en materia de demografía, la Iglesia
constituye una amenaza para la seguridad nacional de
los EE.UU. Ésta es la tesis presentada con gran fuerza
por un autor al que difícilmente puede tacharse de
excesivo progresismo: Stephen D. Mumford, en:
"American democracy & the Vatican. Population growth &
national security"", Nueva York, Humanist Press, 1984.
Complétese con: "Role of abortion in control of global
population growth", de Stephen D. Mumford y Elton
Kessel, en: "Clinics in obstetrics and gynaecology",
t.13 (marzo de 1986), p. 19-31; sobre Kessel, véase,
de L. Weill-Halle, L'avortement de papa, p.53. 12.
Cfr., más arriba, p. 176. 13. Cfr., p. 123. 14. Cfr.,
más arriba, p. 112-118. 15. Cfr., pp. 166 y 178-181.
16. Cuanto menor es la percepción que de la víctima
tiene el verdugo, menor es el control que éste tiene
de su agresividad. Cfr., de Stanley Milgram,
"Soumission a l'autorité. Un point de vue
expérimental", París, Calmann-Lévy, 1984. 17. Cfr., de
René Girard, "La violence et le sacré", París,
Grasset, 1972.

 

[i] (*) Michel Schooyans es un sacerdote belga, Dr. en
Sociología y en Filosofía, profesor emérito de la
Universidad Católica de Lovaina y miembro consultor
permanente en el Consejo Pontificio para la Familia,
presidido por el cardenal Alfonso López Trujillo.
Desde hace años investiga la cuestión demográfica, en
particular las mentiras y falacias que se propagan en
torno al «problema del crecimiento poblacional
mundial», sobre todo a partir del famoso Memorandum
Secreto 200/74, elaborado por Henry Kissinger por
pedido de Gerald Ford, en ese entonces Presidente de
EE.UU.




	


	
		
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