[R-P] Agenda de Reflexion: La guerra de exterminio (Recordando al Chacho Peñaloza)

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Vie Nov 12 06:03:04 MST 2004


No para dar por pensado,sino para dar en qué pensar

Agenda de Reflexión  Número 234, Año III, Buenos
Aires, viernes 12 de noviembre de 2004

La guerra de exterminio

[Investigación periodística de José Hernández] 

El 12 de noviembre de 1863 el brigadier general Angel
Vicente Peñaloza, a sus gallardos 70 años, está
refugiado en la casona de su amigo Felipe Oros, en la
pequeña población riojana de Olta, con media docena de
hombres desarmados, a pocos días de su derrota en
Caucete, San Juan, contra las tropas de línea del
gobernador de la provincia y director de la guerra
designado por el presidente Bartolomé Mitre: Domingo
Faustino Sarmiento, que estaba desesperado entonces
por saber dónde se escondía su peor enemigo. A
principios de mes el capitán Roberto Vera sorprende a
un par de docenas de seguidores de Peñaloza. "Acto
continuo se les tomó declaración", dice el escueto
parte de su superior, el mayor Pablo Irrazábal: seis
murieron pero el séptimo habló. El chileno Irrazábal
lo manda a Vera con 30 hombres al refugio del
caudillo, donde lo encuentra desayunando con su hijo
adoptivo y su mujer. El Chacho, el amable gaucho
generoso y valiente defensor a ultranza de las
libertades de los pueblos, sale a recibirlo con un
mate en la mano y, entregando su facón -en cuya hoja
rezaba la leyenda "el que desgraciado nace / entre los
remedios muere"-, le dice al capitán: "estoy rendido".
Vera lo conduce a uno de los cuartos y le pone
centinela de vista. Y le comunica el suceso a
Irrazábal. El mayor no tarda en aparecer. Entra al
cuarto y pregunta de un grito: "¿quién es el bandido
del Chacho?". Una voz calma, desbordante de buena fe,
le contesta: "yo soy el general Peñaloza, pero no soy
un bandido". Inmediatamente, y sin importarle la
presencia del hijastro y de doña Victoria Romero de
Peñaloza, el mayor Pablo Irrazábal toma una lanza de
manos de un soldado y se la clava en el vientre al
general. Después lo hizo acribillar a tiros. Y mandó
cortarle la cabeza y exhibirla clavada en una pica en
la plaza del pueblo de Olta. Sarmiento, que nada
deseaba más que esa muerte, le escribe a Mitre el 18
de noviembre: "...he aplaudido la medida, precisamente
por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel
inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las
chusmas no se habrían aquietado en seis meses".
            La guerra "de limpieza social", de
exterminio de los criollos, de degüello de los
federales, de carnicería feroz, de raptos, robos,
saqueos, violaciones, levas de enganchados y cepos
"colombianos" a los gauchos, es la consecuencia
directa de Pavón, "la derrota que no fue" impuesta por
las logias de Buenos Aires. El 17 de septiembre de
1861 se enfrentaron junto al arroyo de Pavón, al sur
del la provincia de Santa Fe, el ejército bonaerense
liberal de Mitre y el ejército federal de las
provincias de Urquiza. Producida la victoria
indiscutible de los federales en el campo de batalla,
inexplicablemente, Justo José de Urquiza se retira del
campo a paso lento, al tranco de su caballo, como para
demostrar que es una retirada voluntaria. ¡Y al mismo
tiempo ordena también la retirada de los suyos,
ganadores del combate! Con la insólita claudicación
urquicista, la Confederación se derrumbó y el país
quedó en las manos de "la civilización de la levita"
de los porteños, una de las páginas más tristes y
sangrientas de nuestra historia.



            La bandera abandonada por Urquiza será
alzada entonces por el Chacho Peñaloza, brigadier
general del ejército de la nación y jefe del III
Ejército -el "Ejército de Cuyo"-, aunque sin tropas de
línea ni armas. De una vieja familia fundadora de La
Rioja, de larguísima carrera de luchas en las que
había ganado todos sus grados en el campo de batalla,
Peñaloza fue teniente coronel de Facundo Quiroga, y lo
acompañó en todas sus campañas, sirviendo después de
Barranca Yaco a las órdenes del gobernador Brizuela,
con quien entró a la coalición del Norte. Este cambio
de frente obedeció a la falsa versión unitaria que le
achacaba a Rosas la inspiración del asesinato de
Facundo.

            Pero ya estamos después de Pavón, cuando
el Chacho levanta una vez más su enseña, cabalgando
sin sombrero, ceñida la melena blanca con una vincha
gaucha, y son cientos, y pronto miles los que lo
rodean, paisanos con sus caballos de monta y de tiro,
y una media tijera de esquilar atada a una caña como
lanza. De La Rioja a Catamarca, de Mendoza a San Luis,
de Córdoba a San Juan, la montonera crece levantando
voluntarios en marcha triunfal. En los Llanos, el
caudillo es imbatible. Por eso, el gobierno nacional
manda al sacerdote Eusebio Bedoya a ofrecerle la paz.
El Chacho acepta complacidísimo y se fija La Banderita
para el cambio solemne de las ratificaciones y de los
prisioneros de guerra. El acude con sus tenientes y
montonera en correcta formación. El ejército de línea,
conducido por los jefes mitristas Rivas, Arredondo y
Sandes -los dos últimos orientales-, rodean a Bedoya.

            José Hernández, el autor del Martín
Fierro, narra la entrega de los prisioneros nacionales
tomados por el Chacho. "¿Ustedes dirán si los han
tratado bien?", pregunta éste. "¡Viva el general
Peñaloza!", fue la única y entusiasta respuesta. 

            Luego el riojano se dirige a los jefes
nacionales: "¿Y bien, dónde están los míos?... ¿Por
qué no me responden?... ¡Qué! ¿Será cierto lo que se
dice? ¿Será verdad que todos han sido fusilados?"...
Los jefes militares de Mitre se mantenían en silencio,
humillados; los prisioneros habían sido todos
degollados sin piedad, como se persigue y se mata a
las fieras de los bosques; las mujeres habían sido
arrebatadas por los invasores... Al decir del joven
periodista Hernández -testigo angustiado de las
desdichas nacionales-, Bedoya y los propios jefes
militares, conmovidos, sienten asco por haberse
mezclado en la negociación. Pronto el Martín Fierro
marcará a fuego la iniquidad mitrista:

¡Y después dicen que es malo
el gaucho si los pelea!

            Pero hay uno que nada lo conmueve; queda
en pie el enemigo más formidable del caudillo de los
Llanos: Sarmiento, que además de caracterizarlo de
bandido, vándalo y ladrón, lo hostiliza y hace
perseguir implacablemente a sus hombres,
incorporándolos por la fuerza a los peores destinos
militares, después de apoderarse de sus mujeres y
propiedades. (Unos meses antes le escribía a Mitre
sobre Sandes: "Si mata gente, cállense la boca. Son
animales bípedos de tan perversa condición que no sé
qué se obtenga con tratarlos mejor"). Hasta que el
director de la guerra logra colmar la paciencia del
Chacho, que antes del año de La Banderita levanta
nuevamente el estandarte de la rebelión, declarando en
una carta a Mitre: "Los hombres todos, no teniendo ya
más que perder que la existencia, quieren sacrificarla
más bien en el campo de batalla defendiendo sus
libertades, sus leyes y sus más caros intereses
atropellados vilmente". Y toma su lanza temible
convocando a los dispersos federales, a los veteranos
de Facundo y a los jóvenes casi niños que prefieren
morir con la tacuara en la mano a aniquilarse en los
cantones fronterizos, diciendo en su proclama, que
vuelve a conmocionar los Llanos: "El viejo soldado de
la patria os llama en nombre de la ley y de la nación,
para combatir y hacer desaparecer los males que
aquejan a nuestra tierra".

            La tragedia de Olta inició una ola de
sangre descontrolada en toda la región. Pero desde
entonces una copla popular se empezó a cantar en los
Llanos:

Dicen que al Chacho 
lo han muerto.
No dudo que así será.
Tengan cuidado magogos,
no vaya a resucitar.


gentileza de Alejandro (el Magno) Pandra 


	

	
		
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