[R-P] Editorial del Gori Caro en Todo es Historia

José María Cavalleri ingcavalleri en hotmail.com
Lun Ago 23 07:31:23 MDT 2004


Editorial de Todo es Historia - agosto de 2004


“Avancen hacia atrás”



                                                                             
                          Gregorio Caro Figueroa



            Según las descripciones clásicas, la duda, el cuestionamiento, 
la pérdida de la fe y la abolición de las antiguas creencias, son síntomas 
de toda crisis. Ésta se parece y se manifiesta como una fiebre, pero es 
mucho más que eso. Toda crisis social generalizada es, también, una crisis 
de sentido y una crisis de confianza.



            Las perturbaciones conmueven los cimientos. Ante los embates de 
la incertidumbre y la incredulidad, los viejos valores se resquebrajan, los 
lugares comunes ceden, los dogmas se desmoronan. Los precarios equilibrios 
se alteran. Todo se torna inseguro, impreciso.



            Ambigua como es, la crisis abre la posibilidad para explorar 
salidas innovadoras, transformadoras y superadoras. Pero también despeja el 
camino a coartadas inmovilistas y restauradoras: la resolución de la crisis 
no pasa para ellas por el riguroso examen crítico de los complejos y 
combinados factores y fuerzas que la provocaron y profundizaron.



            Tampoco consiste en revisar los simplistas diagnósticos de 
nuestros males, ni en abandonar la búsqueda obsesiva de chivos expiatorios; 
ni siquiera pasa por el cuestionamiento y abandono del anticuado repertorio 
de ideas que la acompañaron desde sus inicios o por un simultáneo rearme 
moral e intelectual.



            Ninguna de estas tareas ocupa un sitio relevante en la agenda de 
preocupaciones de la mayoría de los grupos dirigentes de América latina. El 
empeño parece estar puesto en sacar brillo retórico al repertorio de 
creencias heredado del pasado siglo XX, antes que en el actual debate de 
ideas.



            Del mismo modo que un proceso inflacionario puede coexistir con 
la recesión, el estancamiento en las viejas ideas ya desgastadas por su uso 
y el inmovilismo cultural latinoamericano, no sólo permanecen impasibles 
frente a las turbulencias de la crisis: están dando muestras de fortalecerse 
con su profundización.



            Basta con seguir de cerca las cotidianas discusiones políticas 
para advertir de qué modo el estancamiento en las ideas está acompañado de 
un deterioro en el modo de expresarlas. “Si el lenguaje – es decir, el 
pensamiento, es decir, el comportamiento – no se renueva, el país que se 
trate va quedándose rezagado”, observó José Luis Aranguren.



            Lejos de lo que las apariencias y de la efervescencia de 
superficie sugieren, la resolución de la crisis argentina también pretende 
ser atípica, pues marcha a contrapelo de la sensatez y del sentido común. 
Parece orientarse más hacia la coartada inmovilista y restauradora que 
dispuesta a emprender el camino de la transformación.



            De lo que resulta que el remedio de esa dolencia que es la 
crisis no consistiría en la remoción de tales factores y en la revisión de 
esas desactualizadas concepciones sino que, por el contrario, radicaría en 
la permanencia e intensificación de todo aquello que originó y agravó 
nuestros problemas.



            Las crisis históricas, observó Jacob Burckhard, tienen dos 
perfiles. En su costado negativo aparece “la protesta acumulada contra el 
pasado”. En el aspecto positivo, las sociedades mezclan ese enojo contra el 
pasado con “una visión fantástica y brillante del porvenir”.



            Ese modelo propuesto por Burckhard parece darse invertido en el 
caso argentino. La crisis no desata una queja contra el pasado. Por el 
contrario, ese malestar parece estimular el surgimiento de visiones 
idealizadas de un pasado, dibujado como una supuesta edad de oro cuya 
restauración abrirá las puertas de un brillante porvenir.



            El filósofo francés Alain Finkielkraut confesó en 1999 que “La 
ingratitud”, libro que acababa de publicar, había sido inspirado por la 
lectura de un texto del pensador Leszek Kolakowski y por un letrero que leyó 
en un tranvía polaco que rezaba: “Por favor, avancen hacia atrás”.



            El contenido de recientes textos evocativos y laudatorios de 
determinados periodos y personajes de nuestro pasado y las prescripciones 
explícitas en ellos contenidos, apuntan inequívocamente en esa dirección. 
Para salir de su larga crisis, asumiendo como proyecto aquel cartel del 
tranvía polaco, nuestros países tienen que “avanzar hacia atrás”.



            En el caso de las crisis en Latinoamérica, no estamos asistiendo 
a una recusación del pasado. Por el contrario, estamos en presencia de un 
rebrote de esa “fiebre histórica” que, de tanto en tanto, nos aqueja. Fiebre 
que se presenta con distintos grados de temperatura, según los países: 
Venezuela, rebautizada como República Bolivariana; Cuba añadiendo el de José 
Martí al nombre de su “Constitución marxista-leninista”.



            Con un simple golpe de vista no se puede determinar si la oferta 
de este tipo de historia estimulante y movilizadora es mayor o menor que la 
demanda social de ese mismo producto. Usar y abusar del pasado como 
combustible para alimentar los poderes políticos del presente es un sencillo 
y antiguo, pero hoy degradado y dañino recurso. Dice Julien Benda que ese 
tipo de manipulación de la historia sirvió siempre “para organizar 
intelectualmente el odio”.



            La enfermedad de la memoria se manifiesta como olvido y pérdida 
de la memoria, o bien como exceso de memoria. El elemento histórico y el no 
histórico, dice Koselleck, son igualmente necesarios para la salud de los 
individuos, los pueblos, las civilizaciones. Lo son, con la condición de que 
se logre un equilibrio entre su utilidad y sus inconvenientes. El exceso de 
cualquiera de ellos no es remedio, sino veneno: "es perjudicial para la 
vida”.



            La prédica antidemocrática y antiliberal desatada en torno a la 
otra gran crisis argentina, la de 1930, tuvo como uno de sus síntomas esa 
“fiebre histórica devoradora” en la que solemos recaer cíclicamente. 
Revitalizada en 1940 y remozada a partir de 1960, de sus fuentes abrevaron 
los grupos violentos de extrema derecha y extrema izquierda.



            Las mochilas de los bisoños guerrilleros del EGP en Orán, en 
1964, tenían más libros del revisionismo histórico que víveres y municiones. 
No es tampoco casual que el principal grupo terrorista se llamara 
"Montoneros" y que sus oponentes de derecha denominaran “El Caudillo” a su 
revista. Si la historia debía arrodillarse para servir a la política 
militante, el oficio de historiador debía ser una “militancia combativa”.



            No se trata de exagerar ni de extrapolar: las batallas en la 
historia escrita roturan y abonan el terreno para las violencias 
posteriores. La reciente tragedia de los Balcanes es uno de los ejemplos más 
crueles y recientes. La “identidad de raza” del nazismo o la "limpieza 
étnica" en la ex Yugoleslavia se amasaron con relatos históricos 
manipulados, no sólo con teorías racistas.



            “En todas partes los nacionalistas transforman los hechos 
históricos en un relato que se auto justifica. En los Balcanes, las 
distintas partes tienen un interés particular en transformar su historia en 
destino, de tal manera que el pasado les sirva para explicar sus odios”, 
explica Michael Ignatieff. Fueron historiadores servios y croatas quienes 
atizaron esa llama que se convirtió luego en fuego devastador.



            En 1957, en la última línea de su libro Proceso al liberalismo 
argentino, Atilio García Mellid, desde el nacionalismo de derecha, sostuvo 
que el liberalismo era “un cuerpo extraño” a la Nación que era preciso 
extirpar. Y sentenció: “el fallo inapelable tiene la simplicidad de las 
grandes decisiones: puesto que el país debe sobrevivir, es forzoso que 
perezcan los liberales”.



            Años después, en 1970, Juan José Hernández Arregui, mentor del 
llamado “socialismo nacional” montonero dijo: De un lado está la Nación y el 
pueblo, del otro los vendepatrias y el antipueblo. “No hay coexistencia 
pacífica entre las dos Argentinas. La guerra contra el imperialismo y sus 
lacayos es a muerte. Una oleada de fuego que todo lo arrasa como preanuncio 
de la Argentina liberada”.



            Aunque todavía con baja intensidad, está resurgiendo la 
tentación de utilizar la historia para legitimar políticas de facción, para 
extraer de ella estimulantes para la acción y modelos ejemplares al gusto de 
un determinado sector o parcialidad.  La embestida destinada a cambiar el 
nombre de algunas calles o remover monumentos y estatuas en la Ciudad de 
Buenos Aires y en varias provincias, es sólo la punta de este ovillo.



            Como lo es la reaparición de reivindicaciones históricas 
localistas más interesadas en reiterar las viejas y refutadas acusaciones de 
los grupos antiliberales de la décadas de 1930-1940 contra la Academia 
Nacional de la Historia, institución a la que esos sectores le adjudicaron 
el propósito de escribir una versión excluyente y “porteña” del pasado 
nacional.



            Una larga lista de olvidos deliberados marcan estos reclamos. El 
primer tomo de la Historia de la Nación Argentina (1936) incluyó por primera 
vez en un texto integral de ese tipo, a las culturas aborígenes como parte 
del pasado argentino. Inclusión que mereció durísimos reproches de la 
crítica nacionalista que consideró que esas “razas” eran “completamente 
ajenas” al nacimiento y evolución de la Argentina. No dicen que Levene 
invitó a Carlos Ibarguren a escribir un capítulo sobre Rosas.



            En estos días en mi provincia, Salta, se intensifican los 
ataques contra la Academia por un supuesto desinterés por la figura del 
general Güemes por parte de esa corporación. Las voces más crispadas piden 
públicamente quitar el nombre de Mitre a una de las principales calles de la 
capital salteña. Ignoran entre otras muchas cosas, que Ricardo Levene 
encargó al capitán Juan Domingo Perón el capítulo sobre la guerra de 
recursos en Salta y Jujuy, texto que, al parecer, Perón no alcanzó redactar.



            Clausurado el pleito sobre el significado de la dictadura de 
Juan Manuel de Rosas y repatriados sus restos, hoy parecen abrirse – 
artificialmente - otras disputas destinadas a ocupar el sitio dejado vacante 
por esa larga y estéril querella que sobrepasó el terreno de los 
historiadores y que, a entre 1930 y 1990, se instaló con fuerza en el campo 
político.



            Nuestras frustraciones como sociedad, el orgullo herido, nos 
lanza hacia atrás, en cabalgaduras cargadas de rencores retrospectivos. Nos 
arroja también provistos de esa herramienta que abre de par en par las 
puertas a la irracionalidad  y al fanatismo: la causalidad diabólica. “Según 
la teoría de la conspiración, todo lo que ocurre lo ha sido por deseo de 
aquéllos que se benefician con ello”, dice Popper.



            La primera condición para superar una crisis es tener conciencia 
de su naturaleza y de su profundidad. La segunda, es no prescribir como 
remedio todo aquello que contribuyó a acentuarla y prolongarla. La tercera, 
tener una actitud crítica rigurosa capaz de sustituir los retóricos golpes 
de efecto y los excesos ideológicos y temperamentales, instalando un debate 
racional e intelectualmente honesto de ideas. La cuarta, estar dispuestos a 
actualizar y reforzar nuestro anticuado y endeble equipamiento de ideas. Si 
no logramos esto nuestro proyecto será el de aquel tranvía polaco.-





                                                                             
                                            Gregorio A. Caro Figueroa

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