[R-P] En defensa de la Industria Cinematográfica: Campanella y Vera

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Vie Ago 6 16:46:42 MDT 2004


Siempre es lindo que las intuiciones políticas que
tiene un ignorante sobre el tema, sean corroboradas
por gente que si entiende.
R.
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Víctimas de la ley del más fuerte


Por Juan José Campanella y Juan Vera 
Para LA NACION


La película Luna de Avellaneda desnudó el mecanismo
perverso en el que estaban inmersos productores,
distribuidores y exhibidores: aun con mayor demanda de
espectadores, la película veía amenazada su
continuidad en la exhibición. De no haber mediado el
peso de la opinión pública y la naturaleza vergonzosa
del caso, ya hubiera caído de la mayoría de los cines,
con lo cual su expectativa de recuperación económica
habría sufrido un mortal recorte. No hubiera sido la
primera víctima de la ley del más fuerte. El abrazo
partido, La niña santa, Roma, Los guantes mágicos y
otras sufrieron un destino así y vieron recortada su
potencialidad comercial. Y no porque el cine argentino
no convoque a la gente. 

La reglamentación de cuota de pantalla con la media de
continuidad, impulsada por el Instituto Nacional de
Cine y Artes Audiovisuales y acordada con todos los
representantes de la industria, intenta poner freno a
las crecientes distorsiones del consumo
cinematográfico en la Argentina. 

Aun así, se alzaron voces críticas. Algunas hicieron
hincapié en las importantes inversiones efectuadas por
las multisalas. Esta reglamentación atentaría contra
su recuperación. ¿Qué decir, entonces de la inversión
y del riesgo de los productores argentinos? 

Luna de Avellaneda costó tanto como un complejo de
diez salas. Se hizo con inversión genuina, de la cual
el 50 por ciento provino del exterior y no se llevó un
centavo del país. Fue una fuente de trabajo para más
de 3000 argentinos. Y debe recuperar esa inversión
básicamente en nuestro país, en un tiempo muy breve,
por lo que cada espectador y cada día cuentan. Lo
mismo ocurre con todas las demás películas argentinas.


Si a eso le añadimos que el exhibidor se queda con
entre el 50 y el 60 por ciento del valor de cada
entrada, se comprenderá la necesidad de regular el
mercado con medidas que protejan a la industria. 

La función y la razón de ser del Incaa es fomentar y
proteger al cine argentino. Es importante recordarlo,
ya que la reglamentación tuvo objeciones de quienes
alegaron que conspira contra la exhibición de
cualquier tipo de producción que no sea la
hollywoodense. 

Los siguientes datos permiten una mirada más objetiva
sobre cómo viene funcionando el mercado: en 2003,
cinco distribuidoras americanas (las llamadas majors)
concentraron el 75% de las copias que se exhibieron,
ocuparon el 85% del tiempo en pantallas y obtuvieron
alrededor del 80% de la recaudación. Resta sólo una
pequeña parte para el cine argentino, español,
francés, inglés o indio. 

En 2003, el cine argentino ocupó un diez por ciento
del mercado. Este año, debido a la costumbre de bajar
películas exitosas para hacer lugar a las cada vez más
numerosas copias del "cine tanque", ese porcentaje se
redujo a menos del siete por ciento. Magra cifra para
un país que tiene una tradición cinematográfica de
cien años. 

La cantidad de estrenos bajó de 267, en 2000, a 216,
en 2003. Esta tendencia se magnificó en el primer
semestre de 2004, con lo que queda invalidado el
argumento de que con la nueva medida se reducirá la
variedad de la oferta. En desmedro de la variedad se
aumentó drásticamente la cantidad de copias por
complejo de los "tanques" norteamericanos. El problema
para el cine extranjero independiente no es el cine
argentino, por lo que reclamarle a éste que le haga
lugar desde su pobre porción de mercado suena a
abusiva ironía. 

Dudamos de que los distribuidores y periodistas
especializados iraníes o rumanos pidan políticas de
Estado en defensa del cine argentino. Seguramente
tienen los mismos problemas que los productores
argentinos con su propio cine y harán bien en
defenderlo. 

En lo que va del año, mucha gente fue al cine a ver La
niña santa, Roma, El abrazo partido, Luna de
Avellaneda. Mucha otra gente no tuvo la posibilidad de
verlas, ya que fueron cercenadas sus posibilidades
para ceder su lugar a la cuarta copia de un "tanque" o
a una película menor, pero protegida por una
distribuidora poderosa. Nunca a una europea. 

Desde la más estricta y rígida lógica comercial, surge
como obvio que era imperioso poner un freno a una
situación que estaba fuera de control. 

Tenemos un cine que conmueve a su público natural, el
argentino, y que asombra al público extranjero. Un
cine que gana premios internacionales y que gana
públicos (palabra mucho más profunda que "mercados"). 

Un cine que es una de las pocas buenas noticias que
nuestro país le ofreció al mundo en los últimos años. 

Un cine que es manifestación de una actividad cultural
que, a pesar de los vaivenes de la economía, sigue
siendo observada con asombro por el mundo. Luchamos
por un cine argentino vigoroso, de pleno y franco
contacto con su público, un cine plural, con variedad
temática y estética. Tenemos una larga tradición de la
que enorgullecernos: Lucas Demare, Manuel Romero, Hugo
del Carril, Luis Amadori, Mario Soffici, Leopoldo
Torres Ríos, Lautaro Murúa, Leopoldo Torre Nilsson,
Leonardo Favio, Daniel Tinayre, José Martínez Suárez,
Luis Puenzo, Sergio Renán, Adolfo Aristarain, María
Luisa Bemberg y muchos más. Defendemos ese espacio que
ellos fueron creando desde hace cien años. Hacemos
cine sobre nosotros, protagonizado por nosotros. Nos
satisface muchísimo más la risa o la emoción de uno de
los nuestros que la de un extranjero. 

Es verdad que el cine argentino tiene éxito en Europa.
Y es verdad que allá el precio de la entrada es mucho
más alto. Pero el valor de la entrada es muy superior
acá. Y no queremos perdernos ninguna. 


Los autores son, respectivamente, director y productor
ejecutivo de la película Luna de Avellaneda. 


 
http://www.lanacion.com.ar/04/08/06/DO_624863.asp  
LA NACION | 06/08/2004 | Página 23 | Opinión 
 



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