[R-P] Enrique Dussel: El Cuarto Reich (1 de 2)

Julio Fernández Baraibar julfb en alternativagratis.com.ar
Sab Nov 16 11:12:29 MST 2002


Recién hoy he tenido tiempo, sábado a la tarde, para leer el artículo de
Dussel que enviara Nestor.
Recomiendo vivamente su lectura y análisis.
La genealogía de la actual política exterior norteamericana, o mejor
dicho su filosofía del derecho internacional público, vinculandola al
origen mismo del pensamiento de la burguesía comercial colonialista
expresada por Locke, su naturaleza intrínsecamente predatoria y
genocida, el carácter solipsista y de petición de principios en el que
se basa, son iluminados de modo magistral por el pensador argentino.
Y, por otra parte, y quizás sin proponérselo, ilumina el origen mismo
del capitalismo y de la dominación burguesa. No significa esto pretender
encontrar la solución del futuro en el pasado medieval o en la
escolástica, pero el pensamiento burgués, sobre todo en su etapa más
primitiva correspondiente a la del mercantilismo, es de una brutalidad e
inhumanidad que espeluzna. Imáginense como habrá espeluznado a
africanos, americanos y asiáticos en aquel momento.
Insisto, vale la pena meterse en el mamotreto.
Julio Fernández Baraibar
julfb en sinectis.com.ar






"Estado de guerra" permanente y razón cínica
Enrique Dussel
www.Herramienta.com.ar



En ocasión del IX Seminario de Diálogo Filosófico Norte-Sur, con la
presencia de mis colegas Karl-Otto Apel, Franz Hinkelammert, Georges
Labica y tantos otros amigos, desearía presentar a la discusión
algunas tesis que se me imponen ante la gravedad de la situación
mundial, que nos interpela como filósofos, y en especial en el nivel
de la ética y filosofía política.


Algo de geopolítica después del 1989

Desde el "derrumbe de la Unión Soviética" la humanidad, como un todo,

vive una experiencia geopolítica de la que los filósofos parecieran
no haber comprendido su importancia estratégica, teórica, ética. Por
primera vez en la historia mundial sensu strictu, y aún más, por
primera vez desde que la especie homo adoptó la forma erecta hace
millones de años, el globo terráqueo, nuestro pequeño planeta Tierra,

se encuentra bajo el poder militar de una sola potencia. Su hegemonía

no es cultural ni política, y aun en la economía su poder va
proporcionalmente en declive, pero militarmente, desde 1989, tiene
una indiscutida primacía, que se ha manifestado en tres guerras
situadas en el Tercer Mundo, ya que Europa Oriental se ha
"tercermundizado". Los Estados Unidos tienen, después de esa fecha,
clara intención de constituir al mundo cuasi periférico socialista de

la ex Unión Soviética en su propia periferia capitalista.

En la guerra del Afganistán (y su secuela en Israel contra inocentes
palestinos) que contemplamos atónitos y apesadumbrados diariamente,
el intelectual militarista Samuel Huntington quisiera hacernos creer
que se trata de El choque de civilizaciones, como de una
reconfiguración del orden mundial [1] ; siendo en realidad algo más
simple y claro, pero cuyo sentido se encuentra encubierto por una
maraña de argumentos y declaraciones puramente aparentes. Henry
Kissinger enseñó que la geopolítica no se inspira en "buenas
intenciones", sino en la defensa de los "propios intereses". Se nos
inculca a diestra y siniestra que se trata de una "cruzada contra el
terrorismo", como si los servicios de inteligencia del imperio no
fueran los maestros del terrorismo en África (contra Angola y
Mozambique, por ejemplo); en América Latina, incentivado desde 1954
(desde el golpe de estado contra Jacobo Arbenz), pasando por la
invasión de Bahía de los Cochinos en Cuba, por los contras
(terroristas contra el gobierno sandinista democrático de Nicaragua,
luego de la destitución del tirano Somoza educado en las escuelas
militares del Norte), y en la actual "Guerra de Colombia"; en Medio
Oriente (desde la caída de Nasser en 1954); en Asia (desde el golpe
contra Sukarno en el mismo año), hasta el presente. Como si los
terroristas, hoy perseguidos en el Afganistán, no fueran los
disciplinados "aprendices de mago" de esa misma escuela (es decir,
discípulos que pasan de los "servicios de inteligencia" de un bando a

otro, como Noriega en Panamá o como los grupos armados de los
fundamentalistas islamistas contra la ex URSS en el Afganistán, para
después ser perseguidos, encarcelarlos o destruirlos como terroristas

cuando ya nos sirven a "nuestros intereses"). "Terrorista" es, según
la definición hoy vigente, el que atenta contra "nuestros intereses".

Los terroristas de hoy se "equivocan" entonces, porque no saben que
"nuestros intereses" han cambiado, y permanecen tercamente
sosteniendo "nuestras enseñanzas" contra nuestros "enemigos" de ayer,

o, aun peor, cuando pretenden descubrir ellos mismos a sus nuevos
"enemigos" (sus maestros de terrorismo de ayer).

En las últimas tres guerras ha habido una escalada. El imperio,
durante la Guerra Fría -así llamada por los productores de armas, no
por los pueblos de Viet Nam, Mozambique, Nicaragua o el Afganistán,
que debieron usarlas contra sus hermanos-, fue el baluarte del
derecho internacional, desde la ONU y otros organismos, para oponerse

a la URSS. Desde 1989 ya no es más necesaria esa política. Peter
Spiro [2] muestra cómo los Estados Unidos se retiran de hecho de
todos los organismos internacionales y aun se oponen a ellos (no
pagaban las cuotas a la ONU, no apoyan el Tribunal penal
internacional, no firman el protocolo de Kyoto, no dejan redefinir
los objetivos estratégicos del Banco Mundial y del FMI, se oponen a
una efectiva fuerza internacional de paz de la ONU, no aprueban la
Convención del Mar, ni la Convención de Diversidad Biológica, etc.).
El mismo millonario filantrópico George Soros [3] , sugiere la
necesidad constituir instituciones internacionales para implantar una

paz duradera y evitar la futura gran crisis global financiera que
anuncia, pero que encuentra a las elites del poder en los Estados
Unidos hoy como el enemigo principal de tales medidas e instituciones

políticas globales. Soros llama a la doctrina de los grupos
norteamericanos aislacionistas el nuevo fundamentalismo de mercado"
(market fundamentalism) [4] , al que pertenece el equipo de Bush.
Propone, en oposición a la política actual exterior norteamericana,
una "alianza de los estados democráticos" de toda la tierra. Debo
reconocer que, paradójicamente, la obra de Soros es mucho más
interesante, progresista y realista que la visión postmoderna de
Hardt-Negri [5] .

En efecto, si consideramos aunque sea superficialmente los últimos
tres conflictos armados, podemos ver que hay un creciente
"aislacionismo", o un aumento de autonomía en el obrar del país del
Norte. En la Guerra del Golfo contó con el apoyo de la ONU, de la
OTAN, de los países árabes y de muchos otros del Tercer Mundo. En la
Guerra de Kosovo, sólo con la OTAN. En la Guerra del Afganistán se
decidió y operó solo. No hubo necesidad de ninguna colaboración
efectiva de nadie fuera del ejército norteamericano (la intervención
de Blair, con los soldados ingleses o de los alemanes, etc., fue
puramente simbólica). Pueden, entonces, confirmarse una vez más las
hipótesis de la política de los new sovereigntists de Spiro y del
"fundamentalismo de mercado" de Soros.

Pero, al final y estratégicamente, ¿qué se ha intentado en estas tres

guerras? Siempre un mismo objetivo: la expansión global de la
presencia militar -como garantía de la expansión del mercado global
con especial referencia a la fuente principal de energía: el
petróleo-. La Guerra del Golfo permitió a los Estados Unidos imponer
su presencia en Arabia Saudita (la Tierra Santa del Islam) y en
Kuwait (en el centro del Medio Oriente petrolero). La Guerra de
Kosovo, no dirigida por petroleros, situó en un lugar secundario a
Rusia post URSS (que ya no pudo ayudar a su aliado eslavo, serbio y
ortodoxo) y movió a su voluntad a Europa con la OTAN. En la Guerra
del Afganistán, la potencia hegemónica ha instalado bases militares
en el norte de ese país; y sea cual sea el nuevo gobierno y su
orientación le deberá al Pentágono el haber destruido al Talibán; es
decir, le será dependiente y le permitirá pasar el gas y el petróleo
de sus vecinos por su territorio, a más de otros servicios eventuales

en el futuro. Además instala bases militares en las antiguas
repúblicas soviéticas islámicas del Sur, y se encuentra ahora como
"vecino" de China, Rusia y la India, los tres poderes asiáticos por
excelencia.

Esta geopolítica militar manifiesta no sólo una "voluntad de poder"
omnímoda y que no acepta compartir la hegemonía con nadie (menos aún
con una Europa alejándose geopolíticamente del equipo de Bush), sino
también, y principalmente para el filósofo, manifiesta una
racionalidad política que puede ser analizada éticamente, y que
determina el horizonte interpretativo de la filosofía política a
comienzos del siglo xxi -filosofía con alguna pretensión de pensar
"lo real" y no meras piezas arqueológicas-.


"Estado de guerra" y la "razón tautológica" del imperio

El mundo anglosajón, que inicia su hegemonía con el imperio inglés,
como es sabido, nace ante todo gracias a la piratería. Francis Drake
y muchos otros, entre 1585 a 1603, cuentan hasta con 183 barcos que
realizan 74 ataques mayores. La explotación del azúcar en Barbados da

la oportunidad para comenzar la trata de esclavos -con 50 individuos-

[6] . John Selden, en su obra Mare Clausum (1653) justifica el
comercio con un mundo colonial. Jeremy Taylor, con su Ductor
Dubitandium (Londres, 1660) demuestra que es de derecho natural y
fundado en el Antiguo Testamento el ocupar las nuevas tierras
descubiertas, y "therefore to save my own life, I can kill another or

twenty, or a hundred, or take from his hands to please myself" [7] .
John Vaughan o Thomas Hobbes opinarán de la misma manera.

Después de la "Glorious Revolution", la visión tradicional del
pensamiento liberal queda expresada en la posición, el primero entre
sus pares [8] , de un John Locke (1632-1704) [9] . Lo tratamos aquí
porque constituye un capítulo abierto y que no se cerrará, de una u
otra manera, hasta el presente, porque aun en nuestro tiempo se
siguen esgrimiendo argumentos filosóficos políticos dentro de la
"lógica" que expone sobre el tema Locke, en especial en el ámbito de
la política global y en los foros internacionales [10] . Se trata de
una aplicación particular de la "lógica de la totalidad" [11] , pero
con una coherencia tautológica ejemplar, que permite justificar,
dentro del espíritu de la revolución inglesa del 1688, la trata de
esclavos (y la esclavitud como institución), business en el que Locke

privadamente tenía invertido alguno de sus haberes, pero también el
mundo colonial, a partir de los mismos argumentos. En el segundo de
los Two Treatises on Civil Government, publicado en 1690, se ocupa
frecuentemente de estos temas. Opuesto a la iglesia anglicana y al
absolutismo monárquico del partido tory, expresó de manera
secularizada y agresiva la nueva posición burguesa de los whigs. La
trata de esclavos era un comercio en auge, lo mismo que el
establecimiento de colonias en América, donde Inglaterra competía con

Portugal y España, e igualmente con Holanda.

Todo se inicia con una declaración universal sobre la igualdad:

[El estado natural] es también un estado de igualdad [...] en el que
nadie tiene más que otro [...]; nacidos para participar sin
distinción de todas las ventajas de la naturaleza [...]; siendo
también iguales entre ellos, sin subordinación ni sometimiento. [12]

Ante tal declaración sería de esperar la imposibilidad de la
esclavitud y de un mundo colonial. Pero no es así. ¿Cómo se las
arregla Locke para poder justificar la esclavitud y un mundo
colonial? Su argumentación parte de la exigencia de la conservación
de la vida propia y de los demás [13] en el "estado de naturaleza",
de donde se deduce que no puede negarse el derecho de castigar a los
que no cumplen con la ley natural, y por ello "tiene cualquiera el
derecho de castigar a los transgresores de esa ley [... Este]
defiende de ese modo a los inocentes poniendo un obstáculo a los
culpables" [14] . El trasgresor, por el hecho de no cumplir con la
ley, "viene a manifestar que con él no rige la ley de la razón y la
equidad común [...] Al hacerlo se convierte en un peligro para el
género humano" [15] .

La pregunta obvia sería: ¿Quién y cómo puede determinar el crimen del

culpable? ¿Cómo se puede elegir al juez que pueda "defender a la
especie humana en general" [16] ? La respuesta de Locke, suponiendo
que estamos en el "estado de naturaleza", pareciera simple y
evidente: "cualquier hombre tiene el derecho de castigar al culpable"

[17] . El culpable, por haberse opuesto a la ley natural [18] , queda

desprovisto de derechos, ya que "no rige con él la razón". Pero, para

poder atacar al culpable es necesario pasar del mero "estado de
naturaleza" al "estado de guerra", que para Hobbes se daban
simultáneamente. Para Locke, por el contrario, el estado de
naturaleza no es el estado de guerra. Se entra en el "estado de
guerra" cuando hay alguien que se opone a la ley natural o nos odia
sin motivo justo:

Se puede destruir a un hombre [...] que ha manifestado odio contra
nosotros [19] , por la misma razón que podemos matar a un lobo o a un

león. Esa clase de hombres no se somete a los lazos de la ley común
de la razón; por ello pueden ser tratados como fieras. [20] Quien
trata de esclavizarme se coloca a sí mismo en estado de guerra
conmigo [...] La libertad es la base de todo. [21]

En el "estado de guerra" no impera ya el "estado de naturaleza", pero

tampoco el "estado civil" o político. Es justamente para superar el
estado de naturaleza y evitar el estado de guerra, es decir, para
poder tener un juez con derecho, con legitimidad, que nace la
"sociedad civil" o política (el "estado civil"). Pero un juez civil o

político tiene sólo autoridad intraestatal. Las relaciones entre
estados, entre naciones, en cambio, pasan a un "estado de guerra",
porque les "falta un juez común con autoridad" [22] , y en ese caso
"soy yo el único juez dentro de mi propia conciencia" [23] . Como la
esclavitud y las relaciones coloniales se establecen en una
referencia externa a los estados o las naciones (por ejemplo, de
Inglaterra con las comunidades africanas o americanas) no hay
autoridad supranacional política para dilucidar el conflicto, sino
que sólo impera el estado de guerra, cuando una nación ofende a otra
nación o cuando se ve exigida a lanzar una "guerra justa". El "estado

de guerra" es sin embargo un "estado de excepción", a la Carl
Schmitt, en la que el Otro, la dignidad de la Alteridad es
aniquilada. Esta negación de todo derecho del Otro, que, como veremos

queda nuevamente reafirmada en el concepto de "poder despótico", es
lo que Locke debía probar, pero darlo como un supuesto, torna
tautológico todo su argumento.

Levinas comprendió muy bien este argumento tautológico, totalitario,
fundamento mismo de la modernidad (y de la concepción de los derechos

humanos ad extra entre los liberales de Los Estados Unidos -no
hablemos de los conservadores fundamentalistas-, desde el tiempo de
la Constitución hasta la "guerra del Afganistán" [24] ) cuando
escribe en el Prefacio de Totalidad e Infinito:

El estado de guerra [25] suspende la moral; despoja a las
instituciones y a las obligaciones eternas de su eternidad y, desde
entonces, anula en lo provisorio los imperativos incondicionales
[...] La guerra no se sitúa solamente como la mayor entre las
interpelaciones de la moral. Ella la torna ridícula. El arte de
prever y de ganar por todos los medios la guerra [...] se impone
desde entonces como el ejercicio mismo de la razón. [26]

En la ética levinasiana -y en la Ética de la Liberación- el Otro
nunca puede perder sus derechos, su dignidad, y jamás podrá ser
objeto de un "poder despótico", tal como Locke pretende. Es decir, si

una comunidad juzga (ya que "cualquiera" tiene este derecho natural
ante Dios -según Locke-), que el africano, el indio o el mexicano ha
negado la ley natural, o se ha levantado en armas injustamente, o
simplemente "me odia", a partir de tal "juicio" dicho extraño pierde
de inmediato todo derecho, y queda determinado como enemigo (el
inimicus y no el hostis de Schmitt) al que se le puede declarar una
"guerra justa". Si es vencido -y ahora todo depende de la tecnología
militar, puro efecto de la "razón instrumental"- será definido
"justamente" como esclavo o como súbdito colonial. Analicemos paso a
paso el proceso argumentativo en el capítulo IV "De la esclavitud" y
en el capítulo xvi "De la conquista", entre otros parágrafos
referidos a estos temas.

Locke sabe que Inglaterra comienza sus riquezas gracias a los
piratas. Por ello, comienza por desautorizarlos, partiendo de una
premisa mayor o principio universal, cuando afirma:

Quienes no creen que los ladrones y los piratas poseen dominio legal
sobre aquellos a quienes han logrado vencer por la fuerza [...] no
otorgarán jamás derecho sobre los vencidos en una guerra injusta de
esa clase. [27]

Hecha esta declaración para todos aceptable, pasa a exponer la
posibilidad de una "guerra justa". Veamos primero el caso de la
esclavitud. Continúa su argumento enunciando otro principio
universal, que intentará acotar para poder justificar la esclavitud.
Su estrategia argumentativa es entonces enunciar positivamente lo que

intenta negar como excepción: El hombre, que no tiene poder sobre su
propia vida, no puede hacerse esclavo de otro por contrato o por su
propio consentimiento [...] Quien no dispone del poder de acabar con
su propia vida no puede dar a otra persona poder para hacerlo. [28]



Pero, de inmediato se introduce una excepción a la regla, partiendo
del cautivo de una "guerra justa":

Sin duda alguna que quien ha perdido, por su propia culpa [29] y
mediante algún acto merecedor de la pena de muerte [30] , el derecho
a su propia vida [31] , puede encontrarse con que aquel que puede
disponer de esa vida [32] retrase, por algún tiempo, el quitársela
cuando ya lo tiene en poder suyo [33] , sirviéndose de él para su
propia conveniencia, y con ello no le causa prejuicio alguno. Si
alguna vez cree que las penalidades de su esclavitud pesan más que el

valor de su vida, puede atraer sobre sí la muerte que desea [34] con
sólo que se niegue a obedecer las voluntades de su señor. [35]

Y concluye:

Tal es la auténtica condición de la esclavitud; ésta no es sino la
prolongación de un estado de guerra entre un vencedor y un cautivo.
[36]

De la misma manera se argumenta la posibilidad de un mundo colonial o

contra el indígena americano. Primero la afirmación general para
generar "buena conciencia": "Dios ha dado el mundo a los hombres en
común" [37] . Y ahora la excepción:

Pueden, a pesar de todo, encontrarse aún grandes extensiones de
tierras cuyos habitantes no se unieron al resto del género humano
[léase: el liberal burgués inglés] en el acuerdo para el empleo del
dinero común y que permanecen incultas. [38] Allí donde existen más
tierras que las poseídas por sus habitantes y que éstos son capaces
de cultivar [39] , allí puede cualquiera aprovecharse de las no
cultivadas. [40]

El ocupar esas tierras, entonces, no es usurpar el derecho de nadie,
ya que estaban "vacías", incultivadas, mal empleadas. Por supuesto
que el criterio de la buena ocupación y empleo de las tierras es el
de Locke (occidental, capitalista mercantil, colonialista, racistas,
machista, etc.).

Pero cuando no hay juez humano (porque se trata de la relación entre
estados, y no habiendo un Estado internacional), "quien apela al
Cielo deberá estar seguro de que tiene el derecho de su parte" [41] ,

siendo sin embargo e inevitablemente él mismo su último juez
empírico:

Pero suponiendo que la victoria favorezca al bando que tiene de su
parte el derecho, pasemos a estudiar la situación del que triunfa en
una guerra justa, y veamos el poder que le da la victoria, y contra
quién se lo da [...] En mi entender, se trata de un poder totalmente
despótico. [42] El conquistador detenta un poder absoluto sobre la
vida de quienes, por haber hecho una guerra injusta, han perdido su
derecho a la vida. [43]

Y como al conquistador se le deberá "indemnizar de los daños que ha
sufrido en la guerra" [44] , podrá apropiarse de los bienes de los
conquistados "como gastos de guerra".

Si repasamos el argumento, podemos comprender que se ha dado una
conclusión tautológica, que además se inmuniza de toda crítica. El
propio actor define quién es el enemigo y da la razón de la
"justicia" de su guerra contra el dicho enemigo. De hecho, se ha
ejercido el poder del más fuerte, del mejor equipado técnicamente en
el arte y la estrategia militar. En realidad, la modernidad se impuso

siempre sobre los amerindios y los africanos (desde el siglo xvi)
simplemente y en última instancia por la violencia de las armas. Pero

esto no puede aceptarse en la "civilización" como una razón
suficiente. A esta acción ilegítima hay que darle una "apariencia"
moral. Locke intenta entonces encontrar esas "razones" dentro de la
tradición.

En efecto, se inspira en Aristóteles cuando distingue entre un "poder

despótico" (despoteía) y un "poder político" [45] . Aplica así la
conocida distinción, entre el poder en el "estado de naturaleza" o en

el "estado político", del ejercicio del poder en el "estado de
guerra", e invierte los hechos (ya que los africanos o los indígenas
americanos son los atacados injustamente y se los describe como
agresores). Repitamos su argumento:

Poder despótico es el absoluto y arbitrario [poder] que permite a un
hombre atentar contra la vida de otro cuando así le agrade [46] [...]

El agresor se ha salido de la ley de la razón que Dios [47]
estableció como regla para las relaciones entre los hombres y de los
recursos pacíficos que esa regla enseña [48] , recurriendo a la
fuerza para imponer sus pretensiones injustas y carentes de derecho
[...] Por esa razón, los prisioneros capturados en una guerra justa y

legítima, y solamente ellos se encuentran sometidos a un poder
despótico [...] que es en el fondo una prolongación del estado de
guerra. [49] El poder que un conquistador adquiere sobre aquellos a
quienes vence en una guerra justa es totalmente despótico. [50]

Para Locke, como en el caso de las relaciones entre Estados, no se
retorna simplemente al "estado de naturaleza" (como para Hobbes o
posteriormente para Hegel), sino que se accede a un "estado de
guerra" permanente. Y, como hemos citado ya en Levinas "el estado de
guerra suspende la moral".

La esclavitud y el colonialismo son hechos injustificables para la
moral, pero se puede probar su legitimidad dentro de otra lógica, la
del "estado de guerra", "lógica totalitaria" de la modernidad cuyo
silogismo autorreferente (y que se inmuniza de toda discusión)
resumido es aproximadamente el siguiente:
  a) En el estado de naturaleza todos son iguales y libres;

  b) Si alguien deja de cumplir la ley natural se transforma en un
"fuera de la ley", en el "enemigo" que puede ser muerto como las
fieras salvajes, por ser peligroso para la comunidad. No se le
atribuye ya igualdad y libertad. Se actúa entonces en el horizonte
del estado de guerra;

  c) El juez con autoridad sólo existe en el estado civil o político.

En la relación entre los Estados, y más con respecto al mundo
colonial objeto de conquista, no hay autoridad suprema (porque no hay

un Estado mundial). Nos encontramos igualmente en un estado de
guerra;

  d) Cuando un Estado cualquiera juzga que otro lo haya agredido, o
lo haya tratado con injusticia, o simplemente lo odia, juzga a dicho
Estado o nación como el agresor y por ello lo define como el enemigo
fuera de la ley y del derecho, contra el que puede declarase una
guerra justa. Sólo Dios puede juzgar la falsedad de este juicio
práctico, y

  e) El vencedor (evidentemente el más fuerte, el mejor armado) puede

entonces esclavizar al vencido, constituirlo como esclavo o como
colonia conquistada, porque estando fuera de la ley y del derecho se
tiene sobre él poder despótico, como poder justo y legítimo.

Además, los bienes de los vencidos resarcen las pérdidas de la guerra

justa.

Como puede observarse, esta argumentación produce una completa
inversión de lo que acontece en la realidad y, además, es puramente
tautológica, autorreferente en su sentido ético y político. Primero,
porque al inocente campesino africano, indígena americano o comunidad

colonial se lo ha definido como un violento agresor (inversión de los

hechos empíricos). Segundo, porque el "juez" (en el cuarto momento de

la argumentación), aunque no tiene autoridad o poder político por no
estar en condiciones de ser miembros de un inexistente Estado
mundial, se encuentra en un inevitable estado de guerra. Si en este
"estado" resulta vencedor, y teniendo a solo Dios por juez, posee
sobre los vencidos legítimamente poder despótico. Con estas razones
todo Estado puede juzgar a cualquier otro como "fuera de la ley",
simplemente por no cumplir con su interpretación "cultural" o
etnocéntrica de la ley natural o de lo que Dios [el nuestro]
estableció como regla. Se trata de una tautología autorreferente
radical, sin ningún criterio objetivo o en relación con una empírica
intersubjetiva suficiente. Es lo puramente subjetivo, arbitrario,
intracultural, dogmático, totalitario. Este argumento, sin embargo,
expresa la racionalidad misma de la "Razón moderna" esclavista y
colonial. Este tipo de argumento fundamentó (aparentemente) el
comportamiento de las metrópolis europeas hacia el mundo colonial y
hacia la esclavitud en la modernidad hasta el presente. Se trata de
una exclusión radical de la dignidad de la Alteridad, del derecho de
la Identidad propia del africano esclavizado, del indígena americano,

del mundo colonial, contra toda razón universal, no meramente
etnocéntrica, eurocéntrica.

Sin embargo, cuando leemos en los diarios o escuchamos en la
televisión que el secretario de Estado (el general Colin Powell)
anuncia que se deberá continuar la guerra contra los "terroristas"
aunque se quedasen solos -ante la negativa europea, rusa o china de
seguir la guerra contra el Iraq o Irán (habiendo, sin embargo, ya
comenzado la de "Guerra de Colombia"), se repite una vez más el
argumento de Locke: en el "estado de guerra" el Estado hegemónico se
afirma como juez para decidir quién es su enemigo (en este caso los
"terroristas" [51] ), y en referencia última, tomar como testigo de
su propio juicio a Dios mismo [52] .


La "doble moral" o el cinismo político: Democracia ad intra y
despotismo ad extra

Las potencias metropolitanas durante toda la modernidad, y hasta el
presente ante el mundo postcolonial, han ejercido una "doble moral".
Hacia adentro (ad intra) han propuesto un "principio democrático"
como participación simétrica de los afectados en la creación de
instituciones que organicen la procedimentalidad legítima, pero
excluyendo de dicha participación a los esclavos, a los indios, a los

pueblos coloniales durante la época colonialista, y a muchos otros.
Posteriormente, nunca los pueblos postcoloniales pudieron acceder a
una soberanía popular real, sino que siguieron ejerciéndose sobre
ellos presiones, opresiones o exclusiones políticas, económicas,
culturales, religiosas y militares.

El gran país del Norte, bajo el gobierno del grupo de Bush, es hoy la

última expresión de ese "estado de guerra" permanente como horizonte
argumentativo para negar a todos los demás pueblos o estados un
derecho de igualdad internacional. Este grupo del Estado hegemónico
niega la existencia de todo un orden internacional supraestatal que
pudiera limitar su hegemonía militar omnipresente (por sus naves que
navegan en todos los océanos), omnipotente (por el poder destructor
de su aviación), omnisciente (por sus satélites espías y sus
servicios de inteligencia).

Inesperadamente, mi argumentación filosófica ante la ética del
discurso de hace algunos años se torna ahora más clara que nunca [53]

. La "razón cínica", dije en otro trabajo, es la razón del que tiene
el poder y no está decidido a compartirlo. Por ello no acepta
argumentos, ni entra en debates ni discusiones que puedan poner en
cuestión su poder. Por el contrario, intenta desarrollar un argumento

que lo inmuniza de entrar en toda argumentación ajena a la propia.
Este argumento tautológica, etnocéntrico intenta fundamentar su
("aparente") pretensión democrática (ad intra), y ocultar su política

despótica (ad extra). El tipo de argumento de Locke, enunciado más
arriba, permite adecuadamente aportar esa "apariencia" de
fundamentación racional, no siendo sino una pseudoargumentación
tautológica, autoinmunizante, que permite no "entrar" en ninguna
discusión racional con otros estados o pueblos. Cuando alguno de
ellos opina lo contrario, el Estado hegemónico puede declararlo como
su enemigo, "terrorista", ya que se ha puesto por propia culpa fuera
de la ley y de las razones dadas por Dios (evidentemente de las leyes

y del Dios propios). Declarados a priori sin derechos humanos (como
los prisioneros afganos en Guantánamo) [54] , toda guerra contra
ellos (sea la del Iraq, en Kosovo o el Afganistán) es "guerra justa".

El argumento es tautológico, y digo tautológico porque el agente de
la acción es el único juez que emite la razón que se propone para
fundamentar su propia acción: el círculo se cierra en la pura
identidad de la subjetividad autista, esquizoide, dogmática,
fundamentalista, totalitaria. El imperio define lo que es un
terrorista, y declara deductiva y hermenéuticamente a partir de su
definición quiénes son en concreto terroristas (sin ningún otro juez
humano que pueda invalidar su decisión; falta todo criterio
intersubjetivo, objetivo, exterior, internacional, que dé algún viso
de justicia y equidad a su decisión). Este juicio tautológico
autoriza "legítimamente" (para el propio juez y el heroico ejecutor
militar de la sentencia) la total destrucción del "terrorista". Se ha

llegado a la total irracionalidad. La Totalidad totalizada emite un
juicio desde su propio fundamento. El Otro ha sido aniquilado como
otro.

Por todo ello podrá ahora comprenderse que se parte del supuesto
sobre el que se ejerce la "razón cínica". La "razón cínica" usa
siempre un pseudoargumento tautológico: es la razón que se da a sí
mismo el que ostenta el poder, y por la que no necesita "entrar"
jamás en una auténtica discusión (la de la "razón discursiva"),
porque no está dispuesta, desde el punto de partida, a dejarse juzgar

por ningún otro poder. La decisión de no compartir el poder, y de
ejercerlo omnímoda y despóticamente sobre toda la humanidad, le
impide "entrar" auténticamente en alguna discusión con "pretensión"
de verdad, y de validez [55] . El imperio no necesita tener ninguna
"pretensión" de verdad, tiene la verdad, y solo exige su aceptación,
es el pseudoargumento que justifica la "guerra santa" [56] , otra
denominación de la "guerra justa" de John Locke. Un cierto
"fundamentalismo de mercado" -como expresaba Soros- se encuentra
detrás como actitud ética originaria.

Por ello, aunque se declara ser un poder "democrático" con respecto a

su propio pueblo (ad intra), sin embargo, su cinismo con respecto al
Otro, a la Alteridad, al resto externo de la humanidad (ad extra),
impide el ejercicio honesto y serio del principio democrático con
sentido normativo. ¿Cómo puede darse éticamente el reconocimiento de
la igualdad humana a todos los miembros de la propia comunidad
política, cuando se le atribuye a esa misma comunidad el derecho de
declarar "inhumano" al resto de la humanidad? ¿Cómo puede un
demócrata, que conciba la democracia no meramente como un
procedimiento político etnocéntrico sino al mismo tiempo con
exigencias normativas, ser despótico con los Otros, con los débiles,
con los vencidos, con los postcoloniales...? El que mata a los otros
insensiblemente termina por suicidarse en el "sin sentido" de un
orden inmoral.

La "doble moral" de las empresas trasnacionales, que cumplen con las
exigencias normativas ad intra, en el propio Estado metropolitano, y
corrompen, simulan, roban, extraen ganancias excesivas ad extra,
termina por corroer a toda la estructura normativa. La inmoralidad ad

extra termina por imponerse también ad intra. Es el caso de la
trasnacional Enron que con su doble contabilidad y política
financiera engañó primero a los otros estados y al final al propio
"home State" (y hoy se tiene sospecha que la costumbre se ha
generalizado, dándose ya otros ejemplos dudosos como en el caso de la

IBM, la Coca Cola, el City Bank ligado al "blanqueo de dinero" de la
droga, etc.).

[Continuación y notas en la segunda parte]



Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar

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"Aquel que no está orgulloso de su origen no valdrá nunca
nada porque empieza por depreciarse a sí mismo".
Pedro Albizu Campos, compatriota puertorriqueño de todos
los latinoamericanos.
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