[R-P] LA ASCENSION DEL DINERO A LOS CIELOS 2

Julio Fernández Baraibar julfb en alternativagratis.com.ar
Mie Jul 31 01:53:55 MDT 2002


Acá va la segunda y última parte del insigne mamotreto.
Sírvanse otro café, o pongan a hacer más en la cafetera. Va a ser
necesario.
El autor se dedica a analizar el crecimiento del "trabajo improductivo"
frente a la disminución del "trabajo productivo" en el capitalismo
contemporáneo, tanto central como periférico.
Para quienes no estén acostumbrados al método marxista es posible que
aparezca una oposición "moral" al análisis sobre estos dos tipos de
trabajo humano. Sólo les pido que recuerden que estamos hablando de la
dinámica objetiva del capital y de su construcción y reproducción a
través de la plusvalía, y no de categorías éticas, es decir  de juicios
y valores que se
desenvuelven en el plano ideal abstracto de la idea que los hombres se
hacen del mundo objetivo.
Recomiendo atención en el capítulo dedicado a la "tercerización" porque
ese es un proceso que hemos visto crecer día a día y que refleja la
incapacidad del "burgués" abstracto de comprender la totalidad del
sistema que lo tiene como principal protagonista y sobre todo principal
beneficiario.


LA ASCENSION DEL DINERO A LOS CIELOS

Los límites estructurales de la valorización del capital, el capitalismo
de
casino y la crisis financiera global
[segunda parte]

El texto original alemán de Robert Kurz es de 1995, www.krisis.org


Parte II

3. La revolución terciaria

La argumentación desarrollada hasta ahora se refiere exclusivamente al
desarrollo del capital industrial o a la relación entre producción
industrial real de mercancías y capital monetario que rinde intereses.
Sin embargo, sobre esa estructura básica se irguió en el siglo XX (y con
mayor velocidad después de la Segunda Guerra Mundial) el "sector
terciario" de
los llamados servicios en continua expansión. Algunos economistas y
sociólogos dedujeron de ahí la formación gradual de un capitalismo
"postindustrial"
de los servicios (Jean Fourastié, Daniel Bell y otros). Del mismo modo
que
el sector primario de la agricultura perdió su importancia en beneficio
del
"sector secundario" de la industria, así también la industria pasaría
ahora el testigo de los sectores reproductivos al "sector terciario" de
los
servicios.

Sin embargo, esta consideración superficial ignora completamente el
hecho de que el primero de esos cambios en la estructura reproductiva no
constituyó, de ningún modo, un desarrollo interno del capitalismo, sino
que
coincidió con la propia historia de la formación y ascenso del
capitalismo. No
sólo la técnica y el contenido material de la producción se modificaron,
sino
que también las formas elementales de las relaciones sociales fueron
sacudidas por una transformación larga, dolorosa y turbulenta. La
sociedad agraria
preindustrial, es cierto, conocía como forma marginal el capital
comercial y el que rinde intereses, pero no la valorización productiva
del capital;
había mercados, pero no una economía de mercado; existía el dinero, pero
no la economía monetaria. El nexo entre mercancías y dinero, como
sistema
cerrado de reproducción, sólo nació con la transformación de los medios
de producción y de la fuerza de trabajo humana en capital industrial.

Si ahora fuese inminente una transición histórica semejante, de la
sociedad industrial hacia los servicios, es de suponer que la misma no
se
limitará a un mero reagrupamiento sectorial interno de las formas
existentes de
relaciones sociales, legadas por la economía de mercado y por el dinero.
En otras palabras: la pérdida de importancia social de los "sectores"
industriales podrá ser idéntica a una crisis y a una pérdida de
importancia del mercado y del dinero, en la forma capitalista en cuanto
forma
general de reproducción: del mismo modo que en su tiempo la reducción
del "sector"
agrario fue idéntica a una crisis y a una atrofia de la economía de
subsistencia no-capitalista y de las relaciones feudales. Desde este
punto de vista, que va al centro del cambio estructural, el modo de
producción
capitalista aparece como idéntico al ascenso del sistema industrial; y
la "revolución terciaria" aparece en consecuencia como el derrocamiento
y
el fin del propio capitalismo, que es tan poco eterno como lo era la
vieja
sociedad agraria.

Semejante tesis sólo puede ser ilustrada a través del carácter histórico
diverso de las actividades en cuestión en los diferentes sectores. Lo
decisivo para la reproducción capitalista es el concepto de "trabajo
productivo", que implica lógicamente su contrario, o sea el "trabajo
improductivo". Observando el pasado, en el mundo feudal y en la economía
de subsistencia, todo trabajo es "improductivo" desde el punto de vista
capitalista, pues (todavía) no sirve para la valorización del capital;
en rigor, no se trata de "trabajo", ya que esa abstracción de la
actividad
reproductiva nace sólo con el moderno sistema productor de mercancías/9.
Ahora bien, en el interior de este sistema toda actividad realizada a
cambio de dinero o que esté en un contexto de valorización del dinero es
formalmente un trabajo abstracto. Pero esto no significa que lo sea
también en un sentido sustancial. En un sentido sustancial, trabajo
abstracto,
esto es, trabajo cuyo gasto de energía impulsa realmente la reproducción
capitalista, es sólo aquel trabajo "productivo" (productivo de capital),
que crea efectivamente plusvalía/10.

A primera vista, parece difícil imaginar cómo esta distinción puede ser
mantenida de modo analíticamente claro, sin caer en suposiciones
arbitrarias. A este respecto, la teoría de Marx no tiene a disposición
instrumentos capaces de una afirmación unívoca; de manera que el debate
marxista sobre el "trabajo productivo e improductivo", escaso en su
conjunto, tampoco llegó a una conclusión/11. Es preciso, pues, indicar
los criterios que hacen posible distinguir entre el gasto de fuerza de
trabajo humana formal y sustancial, en el sistema productor de
mercancías.
Conviene primero distinguir entre trabajo productivo e improductivo en
un sentido
absoluto y en un sentido relativo.

Improductivo en sentido absoluto es el trabajo en el sistema productor
de mercancías cuando, aunque realizado a cambio de remuneración
monetaria y
en el contexto de la reproducción centrada en el dinero, no produce por
sí
mismo mercancías (o sea, no entra, como tal, en la producción de
mercancías), o cuando los cuasi-productos creados por él asumen un
carácter de mercancía sólo formal y no sustancial. Sería una
seudosolución, con
apego exagerado al empirismo, querer individualizar el carácter
sustancial de
la mercancía en la tangibilidad "material" del producto, declarando
"productivo" por ejemplo el trabajo para la producción de máquinas para
lavar automóviles e "improductivo" el trabajo del peluquero, del
funcionario de correos o del policía, porque los productos "corte de
pelo",
"expedición de cartas" o "seguridad" no son materiales en sentido
estricto.
Semejante definición teórica -cuyo telón de fondo todavía es, de forma
bastante
clara, el materialismo vulgar productivista del antiguo movimiento
obrero
(industrial), con su falso orgullo por el producto industrial-
constituye
cuando mucho una primera y vaga aproximación al problema.

De hecho, es imposible aclarar la cuestión con una definición
positivista del caso singular e inmediato. Por el contrario, el carácter
del trabajo
"en sí" improductivo sólo puede ser deducido del proceso de reproducción
del
capital, en el que el trabajo abstracto pasa por diversas formas de
transformación y de representación. No es preciso que el carácter
improductivo de ciertos trabajos sea determinado externamente por
definiciones arbitrarias; antes bien, debe aparecer en el propio cálculo
como "costo". Las masas de trabajo improductivo y su pago aparecen en la
perspectiva capitalista como "faux-frais" (Marx), como costos falsos.
Sin embargo, debe distinguirse el nivel de capital singular y el de
capital
conjunto. En el plano del capital singular, esto es, de la empresa, el
trabajo improductivo más necesario puede fácilmente ser indicado en la
forma de "gastos generales", por ejemplo, gastos como los de la gestión
de
personal, la contabilidad, la limpieza, etc. Estas actividades son
indispensables, en un sentido técnico-organizativo, para el
funcionamiento general de la empresa; pero no entran en su efectiva
producción de
mercancías (la producción de automóviles o de escobas, por ejemplo),
aunque deban naturalmente ser remuneradas, tal como el trabajo de la
propia
producción empresarial de mercancías.

En el plano del capital singular, el carácter improductivo de estos
trabajos no se manifiesta absolutamente ("en sí"), sino sólo
relativamente, en la
medida en que los "gastos generales" de una empresa pueden aparecer como
producción sustancial de mercancías o servicios de parte de una segunda
empresa, que se especializó en suministrarlos a las otras (por ejemplo,
una firma que emplea personal de limpieza y ofrece este "producto
limpieza"
a otras firmas). Desde el punto de vista de la economía empresarial, el
trabajo de limpieza, improductivo en una empresa automovilística,
constituye a su vez el trabajo productivo de la empresa de servicios, e
ingresa por
tanto en su producción sustancial de mercancías, al tiempo que el
trabajo de los contables de la empresa de limpieza forma parte de sus
"gastos
generales" improductivos. Es posible, sin embargo, que una tercera firma
efectúe la contabilidad para cada tipo de empresa, siendo ésta la
especial mercancía-servicio que ofrece: en tal caso, para los
proveedores de
estos servicios especiales, incluso la propia contabilidad se vuelve un
trabajo productivo en sentido empresarial. Se puede imaginar toda una
cadena de
este género y, en efecto, la externalización de trabajos considerados
como
"gastos generales" hacia empresas de servicios constituye una de las
grandes tendencias de la tercerización: gracias a su especialización,
los
proveedores de servicios pueden racionalizar los procedimientos
operativos y, así, hacer ofertas tales que la organización de estos
trabajos en el
interior de la empresa se vuelve antieconómica/12.

La terciarización en el sentido referido hasta aquí transforma, por
tanto, al parecer, trabajo improductivo en trabajo productivo, a través
de la
simple autonomización formal en empresa propia/13. Pero las cosas son
diferentes en el plano del capital conjunto, que como es obvio no
aparece inmediatamente en el cálculo de los llamados sujetos económicos,
pero
que puede ser sin embargo reconstruido teórica y analíticamente. En
primer
lugar, es preciso decir que los "gastos generales" improductivos
reaparecen en el plano del capital conjunto, o sea, las
externalizaciones operadas
por las empresas singulares y los reagrupamientos en el interior de la
producción conjunta reaparecen en los cálculos. Los "gastos generales"
improductivos pueden ser reducidos, por los motivos indicados,
externalizándolos en empresas autónomas, pero, en el plano del conjunto
de la sociedad, éstos son siempre una sustracción de plusvalía conjunta.
La
representación de los "costos" (de la empresa que crea plusvalía) como
"beneficios" (de la empresa que provee servicios) desaparece en el plano
del capital conjunto. Marx demostró esto ejemplarmente para los costos
de
las transacciones puramente comerciales (compra y venta, intermediación
monetaria, etc.): una gran parte del trabajo en el comercio minorista y
todo el trabajo en el sistema de los bancos, de los créditos y de los
seguros, así como el de la "superestructura jurídica", es "en sí"
improductivo,
porque no hace más que "mediar" las relaciones mercancía-dinero, sin ser
él mismo una producción sustancial de mercancías. Es verdad que los
asalariados de estos sectores crean un beneficio empresarial, pero su
actividad,
efectivamente, se limita a mediar la redistribución entre los capitales
singulares de la plusvalía generada exclusivamente en los sectores
productivos: por medio de este trabajo improductivo de mediación, el
capital comercial se apropia de una parte de la plusvalía conjunta
(explicación
detallada en los volúmenes 2 y 3 de El Capital).

¿Cuál es entonces el criterio económico decisivo que permite determinar
conceptualmente en el plano del capital conjunto (esto es, después de
eliminar la distorsión típica del capital singular) si un trabajo es
productivo o no? La distinción entre la "verdadera" creación de valor y
la actividad de "simple mediación" (en el sentido comercial, monetario o
jurídico) no es suficiente, pues todavía se adhiere a la definición
inmediata de cada gasto de trabajo. Esta definición sólo puede indicar
el motivo exterior por el cual una actividad es considerada un trabajo
improductivo, pero no llega a aclarar el concepto económico subyacente.
Una definición del trabajo productivo, referida al proceso de mediación
de
la reproducción capitalista en su conjunto, sólo puede ser adelantada en
última instancia en términos de teoría de la circulación. Es decir: en
términos
de la teoría de la circulación, sólo es productivo de capital aquel
trabajo
cuyos productos (y también cuyos costos de reproducción) refluyen en el
proceso de acumulación del capital; o sea, aquel cuyo consumo es
recuperado de nuevo en la reproducción ampliada. Únicamente este consumo
es un
"consumo productivo", no sólo inmediatamente, sino también en referencia
a la
reproducción/14. Esto ocurre cuando los bienes de consumo son consumidos
por trabajadores que son a su vez productores de capital, cuyo consumo
no se
agota en sí, sino que retorna en la forma de energía productiva de
capital, en un nuevo ciclo de producción de plusvalía. Inversamente,
ninguno de
los bienes de consumo que son consumidos por trabajadores improductivos
o
por no trabajadores (niños, presos, enfermos) retornan, como energía
renovada,
en la creación de plusvalía: en el plano del conjunto de la sociedad, se
trata sólo de un consumo que desaparece sin dejar rastros o sin impulsar
la
reproducción capitalista. Lo mismo vale también para la producción de
bienes de inversión: en términos de teoría de la circulación, este
trabajo sólo
es productivo si el consumo de sus productos se da en el contexto de la
creación de plusvalía, esto es, si retorna al ciclo de producción de
plusvalía. Por el contrario, todos los bienes de inversión cuyo consumo
ocurre fuera de la producción de plusvalía, integran, en el plano del
conjunto de la sociedad, el mero consumo que "cae fuera" de la
reproducción del capital global y de su movimiento de acumulación.

Concebir el trabajo productivo en términos de teoría de la circulación
puede parecer extraño al pensamiento definidor, infestado de
positivismo, pero
es un abordaje que permite resolver el problema más allá de la tosca
"materialidad" de la mercancía producida. En esta perspectiva, el
trabajo del funcionario público o del policía es rigurosamente
improductivo,
pues el consumo de sus "productos" (no importa si organizados por el
Estado o
comercialmente) desde el inicio no entra, de modo alguno, en el "consumo
productivo". Pero también la producción de carros de combate es
improductiva, aunque se trate de una mercancía más que tangible; de
hecho, el consumo de carros de combate (de la energía de "nervios,
músculos,
cerebro" gastada hasta tal punto) no puede, ni con la mejor buena
voluntad del mundo, reaparecer en el ciclo de creación de plusvalía,
sino que
"cae fuera" de él. Improductiva es también la construcción de
carreteras,
puesto que el consumo de carreteras no es "consumo productivo" ni
creación de
plusvalía y rigurosamente también "cae fuera" de ella. Productivo sería
el trabajo del peluquero, en el caso de cortar el pelo a trabajadores
pr oductivos (lo que entra en los costos para renovar su energía
productiva de capital); el mismo servicio sería entonces improductivo si
se
prestase a trabajadores improductivos. Incluso la producción de
automóviles,
frigoríficos y lavadoras es improductiva en todos los casos en que tales
productos son consumidos por trabajadores improductivos; la energía
gastada con tal intensidad nuevamente "cae fuera" del proceso
reproductivo del
capital conjunto.

En otras palabras: el capitalismo es sólo sustancialmente posible si una
parte suficientemente creciente (y que aumenta con la acumulación de
capital) del "empleo" es capaz de producir, en el contexto de las
relaciones mercancía-dinero, una identidad en sí mediata de "consumo
productivo",
en la cual la producción y el consumo del valor interactúan, de modo de
hacer
coincidir en amplitud suficiente forma-fetiche y sustancia-fetiche. Rosa
Luxemburgo planteó esta temática, pero no pudo desarrollarla, pues su
argumentación se restringía al plano superficial de la "realización"
(circulativa) de la plusvalía, en vez de analizar el problema a partir
del ciclo interno de reproducción del propio capital (que en el plano
del
mercado sólo "aparece" indirectamente), o sea, a partir de las
categorías de trabajo productivo e improductivo. En tanto, su tesis de
una dependencia
creciente de la acumulación del capital en relación a la renta monetaria
de "terceros" (que se hallan fuera de la verdadera reproducción
productiva
del capital) se acerca al nudo del problema. Ciertamente Rosa
Luxemburgo,
hija de su tiempo, todavía veía a estos "terceros" en el contexto de una
producción de mercancías precapitalista o no-capitalista (campesinos,
artesanos, colonias), cuyo poder de compra debía alimentar el mercado
capitalista que se volvía demasiado reducido debido al "subconsumo"
estructural del proletariado industrial. Así, el capitalismo parece
depender, en el plano de la realización del mercado, de los sectores
no-capitalistas de la producción y de las zonas no-capitalistas de la
Tierra; en consecuencia, debería alcanzar su límite absoluto a medida
que absorbiese y asimilase estas zonas y sectores. Es verdad que Rosa
Luxemburgo menciona de pasada, entre los "terceros", a los propios
funcionarios
públicos; pero aún no se le pasa por la cabeza que, exactamente al
contrario de su argumentación, el límite estructural del capital podría
consistir
en el propio hecho de que su dinámica creara un número creciente de
sectores improductivos y de "terceros", cuyos réditos y cuyo consumo se
convirtiesen en una carga creciente, por fin insoportable para la
reproducción del
capital/15.

En efecto, el problema que Rosa Luxemburgo reconoció, aunque al revés
por así decir, se presenta justamente de esta forma: la parte de gasto
de
fuerza de trabajo que no retorna a la circulación ampliada del capital
crece
estructuralmente, hasta superar por fin el umbral crítico. Irónicamente,
se podría decir que los "costos empresariales" o los "gastos generales"
de
la maravillosa economía de mercado crecen tan desproporcionadamente, que
al
fin ella misma se vuelve no rentable, según sus propios criterios. La
mayor
parte del trabajo terciario, estructuralmente en continuo crecimiento,
no puede retornar a la producción de plusvalía como "consumo
productivo", y
eso por diversos motivos; en parte residen en la naturaleza o en el
carácter
de estos mismos trabajos, en parte se trata de limitaciones externas.

En el caso de los trabajos de transacción puramente comercial, jurídica
o monetaria, lo que les impide entrar o retornar a la producción
sustancial de plusvalía es el carácter de simple mediación evocado por
Marx (aunque
los "productos" que suministran aparezcan en el mercado); otros
productos no
pueden asumir de partida siquiera la forma de mercancía, toda vez que su
consumo no es privatizable (por ejemplo, las medidas necesarias para el
mantenimiento de la calidad del aire); con todo, en una economía total
del dinero, también estos trabajos deben ser remunerados y aparecer en
el
mercado de trabajo. Con otros productos (carreteras, canalizaciones,
escuelas, hospitales, etc.) es posible, en principio, una privatización
del consumo (de modo más o menos penoso); pero sería preciso reservar
este
consumo a una minoría capaz de pagar, lo que entraría en contradicción
con el carácter ubicuo de una infraestructura social. La mayor parte de
la
infraestructura no puede ser, por tanto, organizada como producción
empresarial para el mercado (en ese caso, el volumen de las rentas
masivas debería ser el doble o el triple de lo alcanzable en la economía
de
mercado). Diferente es sin embargo el caso de sectores comerciales como
el turismo: se podría discutir si se trata de un consumo improductivo de
lujo de unos pocos países ricos, mediado sólo por la singular potencia
en la
apropiación y la redistribución de la plusvalía mundial (tres cuartas
partes de la humanidad no hacen turismo), o si ese consumo entra
parcialmente
(en la medida en que es disfrutado por trabajadores productivos) en los
gastos productivos de reproducción, regresando nuevamente a la
producción de
plusvalía/16.

El problema que surge aquí es sin embargo mucho más complicado de lo que
parece en los diversos discursos sobre la "Justicia", los cuales muchas
veces suponen que a los países pobres les es sustraída una parte de "su"
producción de valor, a través tal vez de presiones políticas, etc. En
verdad, es la propia "igualdad" del parámetro de valor lo que hace que
los países capitalistas con poco capital puedan apropiarse de una masa
relativamente menor en relación a países con mucho capital. El sistema
de coordenadas no está constituido por procesos autónomos "nacionales"
de
creación de valor, sino por la creación de valor por parte del capital
conjunto global, cuyo parámetro es el nivel de productividad válido en
el mercado mundial. Del mismo modo que un capital singular empresarial
obtiene en el mercado, no un valor "individual" de acuerdo con la medida
de su
tiempo de trabajo efectivamente gastado, sino, a través del precio
realizable en el mercado, sólo una parte de la creación conjunta del
valor, según el nivel de productividad socialmente válido, así también
una
economía nacional no puede obtener en el mercado mundial una masa de
valor
correspondiente a su gasto nacional de trabajo, sino sólo a una parte de
la producción global de valor que corresponde a su productividad; y ésta
es, de hecho, relativamente más baja en los países con poco capital.
Tanto en
la relación entre capital singular y capital conjunto, como en la
relación
entre economía nacional y mercado mundial, la paradoja está en el hecho
de que aquellas empresas o aquellos países que, gracias a su
productividad
relativamente más alta, crean menos valor (menos "trabajo coagulado"
ficticio) -siendo suficiente menos trabajo por cada producto, o sea, por
cada empleo de capital-, puedan apropiarse, en la competencia del
mercado, de la mayor porción de valor real (válido) producido por el
capital
conjunto mundial. Sin embargo, en su estadio terminal, de una
globalización
inmediata del capital, esta competencia demuestra el absurdo de la
producción de
valor y de plusvalía como tal, como se verá más adelante.

Sea como fuere, es cierto que la industria del turismo, por lo menos la
del turismo de masas, constituye en el contexto de la apropiación global
de
la plusvalía una zona gris en la distinción entre trabajo productivo e
improductivo. Aunque seguramente existan aún otros casos-límite, otras
zonas grises y formas "mixtas" de actividad, lo cierto es que, en
conjunto,
aumenta incesantemente la parcela de los trabajadores improductivos que
(desde el punto de vista de la producción de plusvalía) representan nada
más que consumo social, o sea, "gastos generales". Las causas últimas
son,
por un lado, el proceso de cientifización promovido por la competencia
y,
por otro, los crecientes "costos de reparación" del hombre y de la
naturaleza, provocados por "daños sistémicos". Por medio de la
externalización
empresarial y de la conexa racionalización de los "gastos generales"
empresariales, se puede lograr disminuir los costos del trabajo
improductivo, pero esta disminución es sobrecompensada por la expansión
estructural de estos sectores, que son "técnicamente" necesarios, a
pesar de que no creen en sustancia plusvalía. Los costos de las
transacciones
comerciales, monetarias o jurídicas, los costos secundarios del consumo
improductivo de lujo, los costos administrativos, los costos de las
infraestructuras y de los daños socio-ecológicos, los costos de las
condiciones generales y de la logística de la producción real de
plusvalía crecen de tal manera que esta última comienza a asfixiarse.

______________

NOTAS
9. En la medida en que podemos reconstruirlos, en los primeros niveles
de desarrollo y en muchas culturas no existe de hecho un concepto
abstracto
de trabajo, sino solamente diversos conceptos concretos y contextuales
de
actividad. Es cierto que en las culturas agrarias más evolucionadas
surgió un concepto evolucionado de trabajo, aunque no (como Marx parece
suponer) como un concepto lógico superior de actividad social, como
(supuesta)
"abstracción racional" del pensamiento, sino más bien como una
designación de la actividad de los esclavos o de los menores ("lo que
hace aquel que
es socialmente dependiente", aquel que no puede "pedir satisfacción").
Se
trataba, por tanto, de una abstracción social (negativa, peyorativa) y
no de una abstracción lógica del tipo "casa", "árbol", "fruta", etc.
Sólo en
el moderno sistema productor de mercancías y en su contexto lógico e
histórico surge la categoría fetichista abstracta del trabajo, como
concepto de
universalidad social de la actividad bajo la forma-mercancía.

10. Ni siquiera tal determinación superficial y puramente definidora de
"trabajo productivo", que no permite ninguna delimitación analítica, es
respetada por los economistas de origen marxista. El ya citado Kurt
Hübner, al comentar las operaciones de "hedging" que ofrecen protección
de los
riesgos típicos de las fluctuaciones de cambio en las exportaciones,
afirma: "Estas actividades concretas, aunque no creen plusvalía, deben
ser
comprendidas en el sentido del trabajo distributivo y productivo de
Marx, como parte integrante del proceso laboral que genera plusvalía, o
sea,
como trabajos productivos" (Hübner, op. cit.). Esta definición no tiene
el
menor sentido, pues en ese caso todos los trabajos serían trabajos
productivos, en la medida en que el capitalismo no desperdicia trabajo y
 en su esfera
sólo ocurren las actividades "necesarias" para la reproducción del
capital.
Tal necesidad puede subsistir también en un sentido externo,
técnico-organizativo, y por tanto sólo formal, sin ser esencialmente
creadora de plusvalía ni productora de capital (por ejemplo, en lo que
se refiere a las condiciones infraestructurales de la producción
mercantil). En el plano lógico, la actividad que crea plusvalía y el
trabajo productivo
son idénticos, aunque existan actividades que sólo ingresan
indirectamente
en la producción de plusvalía (por ejemplo, transportes y bienes de
construcción). El "obrero productivo integral" del que habla Marx cubre
la totalidad de
las actividades que crean plusvalía y que entran en la producción real
de
mercancías; es preciso distinguirlo conceptualmente de todos los
trabajos, sean parciales o no (un obrero puede también realizar en parte
trabajo
productivo, en parte trabajo improductivo) que no entran en modo alguno
(y por tanto ni indirectamente) en la producción de mercancías que crea
plusvalía. Al separar el concepto de trabajo creador de plusvalía del
concepto de trabajo productivo, Hübner anula toda diferencia entre
trabajo productivo y trabajo improductivo, puesto que así ya no existe
ningún
criterio de distinción. Esta es naturalmente la solución más banal del
problema, que por lo demás coincide perfectamente con el concepto de
"creación de valor" típico de la economía política burguesa, que ignora
igualmente la distinción conceptual aquí discutida.

11. Este debate, o se limitó a afirmar el productivismo industrial
normativo frente a la "inconfiabilidad" sociopolítica de criados aún
semifeudales
(empleadas domésticas, etc.), que además perdían importancia a medida
que su número disminuía (así aún en Karl Kautsky); o entonces sólo se
centraba
en la incipiente terciarización en el terreno del propio desarrollo
capitalista (bautizada parcialmente como "nuevas clases medias"),
discutiéndola
desde un punto de vista puramente sociológico y estratégico, con la
atención
puesta en las "alianzas" del "verdadero" movimiento obrero industrial.
Por el
contrario, descuidó sistemáticamente las consecuencias para la
reproducción capitalista, y por tanto la importancia del problema para
la teoría de
la crisis.

12. Lo que en el plano empresarial significa una disminución de costos
corresponde siempre, tal como en otras formas de racionalización, a una
carga para el trabajador, toda vez que en las microempresas
especializadas el trabajo terciario es intensificado, al tiempo que el
salario es en
general más bajo en comparación con el recibido por quien trabajaba en
el interior de las antiguas empresas (lo que resulta en parte de las
condiciones contractuales diferentes fuera de los sectores industriales
bien organizados sindicalmente). Incluso la precaria seudoautonomía
forzada
bajo la forma de flotas externalizadas (sistemas de subcontratación en
los
servicios de transporte) forma parte del carácter demoníaco de este tipo
de terciarización. Por norma, las empresas de servicios autónomos y
externalizados son locales terribles y bajo condiciones de trabajo
brutales, en las manos de individuos arribistas con aire de yuppies: un
producto
típico del neoliberalismo.

13. En muchos pasajes, Marx trata el problema de este modo, por ejemplo
en las "Teorías sobre la plusvalía" y en los "Resultados del proceso
productivo inmediato", sin que quede claro si se limita a adoptar el
punto de vista
de la lógica del capital aislado, o si cree, de hecho, reconocer aquí un
cambio sustancial. Sea como fuere, es cierto que Marx no argumenta
siempre de
este modo, sino que utiliza también el concepto de un trabajo
absolutamente
("en sí"), o sea en todos los casos, improductivo, refiriéndose en
especial a
los sectores puramente comerciales que se ocupan de meras transacciones
de
dinero.

14. Esta argumentación desde el punto de vista de la circulación fue
elaborada hace ya seis años por Ernst Lohoff, en el número 6 de nuestra
revista [Krisis], en un ensayo titulado "Consumo estatal y quiebra
estatal", aunque se limitase a la actividad estatal en sentido estricto,
ya que su
temática era una crítica al keynesianismo. Además, en este ensayo, la
determinación en términos de teoría de la circulación todavía se
encuentra disociada del concepto de trabajo productivo, de manera que la
fuerza
del argumento tal vez haya pasado inadvertida. Así podemos leer en el
ensayo
en cuestión: "Todos los productos que [...] son gastados de manera
improductiva, es decir, que no reaparecen en los ciclos siguientes de la
producción como elementos de un capital, se transforman para el capital
social conjunto en faux frais, aunque el propio trabajo gastado en su
producción deba clasificarse claramente como trabajo que genera valor".
Aquí se opera todavía con un concepto abstracto y "definidor" del
trabajo
productivo, que parece independiente de la teoría de la circulación, de
manera que, paradójicamente, un trabajo "claramente" productivo y
creador de valor (implícitamente situado en el plano del capital
aislado) se
presenta de forma súbita como faux frais en el plano del capital
conjunto y es
gastado "de manera improductiva". El "trabajo improductivo" y el
"consumo improductivo" se separan conceptualmente. Además, el "consumo
productivo" depende sólo de que los productos aparezcan en el ciclo
productivo
siguiente como elementos de "un capital", esto es, no como consumo
estatal. Así,
aún no se ve que incluso "un capital" (o sea, un capital comercial
aislado)
puede por sí ser tan improductivo como el consumo estatal. Sin embargo,
ambas incongruencias aparecen si -como establecimos arriba- el concepto
de trabajo productivo y creador de valor fuera deducido como tal
exclusivamente en términos de la teoría de la circulación, describiendo
el problema en
un plano de abstracción más elevado que en la mera distinción entre
producción capitalista privada y consumo estatal. Si el concepto de
trabajo
productivo se liga, en términos de la teoría de la circulación, al
proceso del
"consumo productivo", todas las actividades y todos los productos que no
se
agotan en él se vuelven automáticamente un consumo social improductivo,
más allá
de si en su forma exterior son mediados por el Estado o por el capital
privado. Sólo de este modo se obtiene una definición del trabajo
productivo
transversal a los sectores de reproducción, por medio de la cual puede
descifrarse el propio carácter ocultamente improductivo de aquella parte
de la producción "material" e industrial, cuyos productos son consumidos
de
modo improductivo.

15. Así, la crisis estructural como límite absoluto del capital se
agrava desde el principio no en la esfera de los mercados de mercancías,
sino
en la de los mercados financieros. Sin embargo, Rosa Luxemburgo no
incluyó
sistemáticamente, en su teoría de la crisis, la cuestión del crédito y
la creciente relevancia del capital que rinde intereses, del mismo modo
que
ignoró la cuestión conexa de la "revolución terciaria" (entonces sólo en
sus comienzos). Probablemente habría considerado ambas como sospechosas,
por
así decir, ya que se veía forzada, tal como sus adversarios, a asumir
ideológicamente el punto de vista del proletariado industrial. Para
ella, era impensable que el capitalismo pudiera hundirse no por el
aumento
sino por la disminución del proletariado industrial y por la simultánea
expansión del sector terciario y del "capital ficticio". Por eso en su
teoría de
la crisis se llega a una consideración invertida de una problemática
correcta; la crisis no consiste en la desaparición de cierto tipo de
"tercera
persona" (los restos de los modos de producción precapitalista), sino en
el hecho
de que un nuevo tipo de "tercera persona" (resultado del proceso de
tercerización) se vuelve estructuralmente muy numeroso. Los enemigos de
Rosa Luxemburgo, además, intentaron siempre refutarla con argumentos que
presuponían la expansión del capital industrial a largo plazo.

16. Estamos aquí ante un problema que Marx llamó "factor moral" en los
costos de reproducción de los trabajadores. En efecto, la fuerza de
trabajo humana no es una mercancía como cualquier otra -no sólo por su
potencia
productiva de crear valor (que una lavadora posee tan poco como un
taladro, pues se trata sólo de cosas y no de seres con relaciones
sociales), sino
también porque los "costos de producción" y los costos de reproducción
de la mercancía "fuerza de trabajo" no pueden ser objetivados del mismo
modo
que se hace con las mercancías, que son cosas muertas. Incluso en las
sociedades más primitivas, los costos de reproducción de un ser humano
no se agotan
en la mera capacidad física de sobrevivir -y mucho menos en las
sociedades
modernas evolucionadas. Lo que entra en la reproducción de la fuerza de
trabajo como satisfacción necesaria de las necesidades está, por tanto,
sujeto a cambios históricos. Sin embargo, no se trata de una valoración
"moral" en el sentido más estricto, aunque incluso ésta sea posible en
cierto sentido. Los niveles de satisfacción de las necesidades se
vuelven ahora extremos -aun en los países industriales occidentales- en
el
interior de la fuerza de trabajo conjunta: los procesos de
empobrecimiento
debidos a la reducción de los salarios por debajo del nivel de
reproducción, aun
cuando las necesidades sean elementales, contrastan con un consumo
fetichista destructivo, que prevalece en otros segmentos de la fuerza de
trabajo (consumo irracional de los recursos y del paisaje, consumo
directo de la destrucción, etc.). Sin embargo, en el plano económico no
cuenta
la valoración cualitativa del nivel de reproducción, sino la cuestión de
qué factores de la satisfacción de las necesidades tienen vigencia
cuantitativamente en un momento histórico dado, y cuáles no. En el
ámbito del "capital en general", la teoría de Marx, como es sabido,
abstrae la
mediación del mercado mundial, lo que sin embargo puede generar
distorsiones también bajo este aspecto. Esto vale sobre todo cuando
ciertos factores
en el nivel de la reproducción de la fuerza de trabajo conjunta de una
economía nacional se basan en el hecho de que, a través de la posición
más fuerte
en el mercado mundial, es apropiada y redistribuida una parte
superdimensionada de la plusvalía real mundial. Esta redistribución, a
título de mero
consumo suplementario de lujo, va más allá de los costos de reproducción
de la
fuerza de trabajo y es tan improductiva como el consumo estatal, pagado
con cantidades de valor excedentes. Sólo en un plano superficial esta
situación hace recordar el teorema de Lenin sobre la "aristocracia
obrera", ya que
en éste sólo se trata de hecho de un juicio político moral
("corrupción"),
pero no del verdadero nivel económico del sistema: ni en sueños habría
pensado Lenin en debatir explícitamente esta cuestión desde el punto de
vista de
la crisis, en el contexto de la diferencia entre trabajo productivo e
improductivo. Cuál es en todo esto el papel del turismo y de su
"industria" debería ser objeto de una investigación específica.

Julio Fernández Baraibar
julfb en sinectis.com.ar






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