[R-P] Golpe de Estado en Chile/La Jornada

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Jue Jul 18 00:09:54 MDT 2002


Golpe de Estado en Chile
Marcos Roitman Rosenmann
La Jornada

Los años transcurridos en Chile a partir del 11 de septiembre de 1973 poseen
en común ser expresión del llanto colectivo del pueblo cuyas lágrimas
derramadas exigen la restitución de un tiempo de dignidad. La penumbra de un
claroscuro donde se anuncia un orden social vergonzante constituye el medio
físico en el cual sobrevive, vegetando, una elite política legitimada en la
ignominia tras haber postulado el olvido como principio para recuperar su
poder. La pesadez de un ambiente donde respirar libremente es un acto de
insubordinación civil adquiere tintes dramáticos cuando se trata de vivir el
día a día buscando explicar el porqué de tanta mentira social. Casi todos
huyen de sus responsabilidades. La mayoría prefiere subsistir diluyendo su
conciencia en las aguas tranquilas del consenso. Un pacto de sangre entre
víctimas complacientes y verdugos arrepentidos emerge para proclamar el fin
de la justicia. Ya no hay necesidad de perseguir a los responsables de tanta
pena acumulada. El oprobio cometido contra la dignidad y la condición humana
puede quedar impune en la conciencia de unos hacedores públicos convencidos
de las bondades de una transición política adjetivada como perfecta.

La tragedia parece no tener fin. Hasta hoy la imagen de los soldados en la
calle, los tanques frente al palacio de gobierno y los aviones bombardeando
son un referente en la memoria colectiva de toda una generación. Sin
embargo, el golpe de Estado se redita bajo otros métodos. Ya no hace falta
bombardear con obuses, lanzar bombas o matar demócratas. Resulta más
elegante dejar sin juzgar a los responsables directos del asesinato bajo el
supuesto de que padecen locura. Toda una trama urdida, cuya consecuencia es
la perpetuación contingente del golpe de Estado. Es una sensación de estar
en presencia continua de la tortura, la muerte, el exilio o el silencio
obligado.

Esta vez el golpe de Estado no es una caricatura del 11 de septiembre de
1973; se realiza con otras armas. El llamado a una catarsis que logre el
milagro de hacer invisible al torturador tiene como fin vivir un simulacro
de democracia. La falta de referentes éticos se suple con el llamado al
pragmatismo. Una forma de estar en el mundo donde se milita en flexibilidad
del carácter y en la histeria consumista. ¿Cómo entender el sentido de
decisiones políticas que, inmersas en la discrecionalidad del poder, mutan
en arbitrarias? ¿Cómo valorar, igualmente, la acción de la justicia, cuando
debería ser el derecho y el apego a la ley el principio que guiara la
decisión de jueces y no el deseo profundo de traicionar deliberadamente su
neutralidad cometiendo un acto de prevaricación?

La corrupción del carácter democrático y la emergencia de una conducta
fundada en los principios de la razón de Estado acotan el terreno dejando
claro cuáles son los límites de un gobierno socialdemócrata que ha perdido
sus señas de identidad, si alguna vez las tuvo. Constreñidos a cumplir un
pacto en el que no hay lugar para la dignidad, se impone la cultura del
conformismo y la sumisión a un poder militar cuyo peso sigue condicionando
todo el devenir de la sociedad chilena.

Un régimen que para subsistir debe ejercer continuos actos de arbitrariedad
pone al descubierto las espurias bases sobre las cuales se edificó el mito
de la transición democrática en Chile. El proceso político que continuó al
plebiscito en 1988 no ha podido romper las ataduras impuestas por los
hacedores del orden militar. Como sucediera tras la muerte biológica en
España del tirano Francisco Franco, todo estaba atado y bien atado. Nada se
dejó al azar, en Chile tampoco.

Ya no hubo espacio para proyectar nuevos diseños de futuro. El cambio social
se redujo a legalizar partidos, exhibir las banderas, abrir locales
partidarios y reconstruir el parlamento. La democracia se constituyó en un
espectáculo de mercadotecnia. El llamado a las elecciones maquillaba una
realidad tétrica donde los detenidos-desaparecidos y los presos políticos se
transformaron en datos estadísticos y los defensores de los derechos humanos
en un problema estético. La apertura de juicios contra los responsables
intermedios del genocidio y la tortura ha sido vista por el poder político
como un mal menor. El necesario peaje que se debe pagar para dejar inmunes a
los ideólogos civiles y los generales miembros de la junta de gobierno.

La última decisión del Supremo de Justicia en Chile de inhibir por locura al
genocida es la culminación de un grotesco camino iniciado el 16 de octubre
de 1998 por el gobierno de Eduardo Frei tras la detención en Londres del
susodicho. Si una multitud de ciudadanos de Chile y el mundo vivieron la
detención como el verdadero inicio de la transición democrática en ese país,
su puesta en libertad el 2 de marzo de 2000 significó retrotraer Chile al 11
de septiembre de 1973.

En dicha ocasión el golpe de Estado fue planificado minuciosamente por los
tanques de pensamiento de los tres gobiernos ahora interesados en lograr su
excarcelación: España, Chile y Gran Bretaña. Hoy asistimos a su redición.
Cada vez que ello ocurre el recuerdo de los detenidos-desaparecidos, la voz
de los presos políticos aún en las cárceles, la lucha de los familiares de
los detenidos y desaparecidos, la fuerza de los defensores de los derechos
humanos, resuenan para recordar que la dignidad en Chile está en sus manos.

Son estas decisiones arbitrarias y miserables las que permiten verificar,
más allá de las declamaciones, los fundamentos antidemocráticos sobre los
cuales sigue asentada la sociedad chilena. Si ello es así, la traición y la
cobardía -palabras con las cuales el presidente Salvador Allende adjetivó el
comportamiento de los golpistas- mantienen toda su vigencia para definir el
acto de inhibir al dictador de toda responsabilidad política por los delitos
de terrorismo, torturas y genocidio.







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