[R-P] mama hundio un barco

leo cofre lcofre en hotmail.com
Lun Abr 1 20:50:47 MST 2002


Se que lo que hay para decir hoy -2 de Abril- en esta lista debe ser
considerable en cantidad y calidad. A mi se me ocurre pensar en un libro, en
un tipo, que en el medio de aquel fervor y de Buenos Aires, en un cuartito
de la casa de la vieja, escribio una guerra. Un libro. Hoy "como si aquellas
cosas nunca hubieran sucedido", Los Pichiciegos, se puede leer de prestado o
sea de mano en mano, o con suerte comprarlo a un peso en alguna libreria de
saldos. Fogwill, el sujeto de mi "ocurrencia", escribio esta novela en 1982,
durante el transcurso mismo de la guerra.
Ademas de tentar a la suerte, si alguien quiere leer este libro, recorriendo
librerias, se le puede pedir al autor que lo envie via internet.

Si esta es una vieja novedad, sepan disculpar. Van dos capitulos breves del
libro. Una especie de resenia de Fogwill y una lectura critica de la novela
realizada por la "Coca" Sarlo.
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En 1982 Fogwill escribio Los pichiciegos, una obra maestra de cien
paginas sobre Malvinas:  Yo estaba escribiendo un libro, Memoria
romana, uno de los mil que empece y no salia. Tenia una escritura de
diario. Por ese entonces trabajaba en una agencia de publicidad cuyo
presidente era el yerno de un general, uno de los vicepresidentes era
el hijo de otro general, y el otro vicepresidente era un brigadier
Cabrera, a la vez vicepresidente del Banco Central. Yo vivia con mi
vieja, y escribia en un cuartito, con la maquina, un colchon enorme
que habia sido de Osvaldo Lamborghini, y una mugre terrible (incluso
una mina se aterro, pensando que habia un bicho y era la yerba que
habia fermentado en el tacho de basura). El 15 de abril llegue a casa,
estaba mi vieja con las amigas, y me dice:  Nene, hundimos un barco!
Subi a la piecita y escribi: Hoy, mama hundio un barco. Tres dias
despues, me sente a las ocho de la noche y lo escribi de un tiron.

En Los pichiciegos, Fogwill explicaba que uno de los peligros de
Malvinas era la disimulada inoculacion de democracia y consumo que la
guerra dejaria. Incluso, en un ejercicio profetico del que no se
jacta, anunciaba la llegada de un lider turco que sumergiria a la
Argentina en el capitalismo mas furibundo:  En su momento no pense en
Menem, sino en la turquedad, en alguien que representara la supremacia
de lo mercantil y el cagarse en cualquier cosa. Eso que no puede hacer
jamas un oligarca, por sus lazos de valores, ni un milico, porque la
se~ora no lo deja. Eso que solamente lo puede hacer uno de estos
bichos .Vivir afuera, anteultima novela, funciona de la misma manera en la
que parecen deambular los ex combatientes: como la aceitada culminacion de
los peores augurios.
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Veinte anios despues de aquella unica novela sobre la guerra de malvinas, la
literatura "a contraluz" de Fogwill, se puede leer como una verdadera
radiografia de estas pampas.

Leonardo Cofre.
lcofre en hotmail.com


Capítulo 2 (Fragmento)

"Los Pichis": fue una mañana de bombardeo. Estaban en la entrada y en la
pichicera chimenea y nadie se animaba a bajar al almacén, parque la tierra
trepidaba can cada bomba o cohete que caía contra la pista, a más de diez
kilómetros de allí. El bombardeo seguido asusta: hay ruido y vibraciones de
ruido que corren por la piedra, bajo la tierra, y hasta de lejos hacen
vibrar a cualquiera y asustan. Algunos se vuelven locos. Fumaban, quietos.
El Ingeniero calculó:

-Si se derrumba la chimenea, el que esté abajo, en el almacén, se hace
sandwich entre las piedras. . .

Entonces nadie quería bajar. Tenían hambre. Con toda la comida amontonada
abajo, igual se lo aguantaban.

Fumaban quietos. Seguían las explosiones, las vibraciones. A veces se oía
una explosión y no vibraba. Otras veces vibraba y nada más, sin escucharse
ruido. ¡Qué hambre!

- ¡Qué hambre! -dijo uno.

- ¡Con qué ganas me comería un pichi ciego! - dijo el santiagueño.

Y a todos les, produjo risa parque nada sabía qué era un pichi ciego.

-¿Qué. . .? ¿Nunca comieron pichiciegos. . .? -averiguaba el santiagueño.

-Allí -preguntaba a todos- ¿No comen pichiciegos?

Había porteños, formoseños, bahienses, sanjuaninos: nadie había oído hablar
del pichiciego. El santiagueño les contó: .

El pichi es un bicho que vive abajo de la tierra. Hace cuevas. Tiene cáscara
dura -una caparazón- y no ve. Anda de noche. Vos lo agarrás, lo das vuelta,
y nunca sabe enderezarse, se queda pataleando panza arriba. ¡Es rico, más
rico que la vizcachal

-¿Cómo de grande?

-Así -dijo el santiagueño, pero nadie veía. Debió explicar: como una
vizcacha, hay más chicos, hay más grandes. ¡Crecen con la edad¡ La carne es
rica, más rica que la vizcacha, es blanca. Como el pavo de blanca.

-Es la mulita -cantó alguien.

-El peludo -dijo otro, un bahiense.

-"El Peludo" le decían a Yrigoyen -dijo Viterbo, que tenía padre radical.

-¿Quién fue Yrigoyen? -preguntó otro.

Pocos sabían quién había sido Yrigoyen. Uno iba a explicar algo pero
volvieron a pedirle al santiagueño que contara cómo era el pichi, porque los
divertía esa manera de decir, y él les contaba cómo había que matarlo, cómo
lo pelaban y le sacaban la caparazón dura y cómo se lo comían. Contaba las
comidas y quería describir cómo era el gusto del pichi, porque era mulita en
un lugar, y peludo en, otro. Cuestión de nombres, se dijo.

-¿Saben cómo se cazan los peludos en La Pampa? -preguntó alguien.

Nadie sabía. Fumaban quietos. Muchos seguían sin hablar, por respeto a las
vibraciones, a las explosiones; tenían miedo.

- ¡A tiros ha de ser! -contestó uno.

-No -dijo el otro; era un bahiense- se lo caza con perros: va el perro, lo
olfatea, lo persigue y el animal hace una cueva en cualquier lado, para
disimular la suya, donde esconde las crías, y en esa cueva falsa se entierra
y queda con el culito afuera. Entonces lo agarras de la cola y lo quitas. .
.

-¿Y los perros?

-Ladran: respetan al dueño. Pero tenés que enseñar los primero, si no te lo
deshacen a tarascones. Después podés dejarlo panza arriba y cuando juntaste
varios los carneas, clavándoles cuchillos de punta en las partes blandas del
cogote. Las mujeres saben pelarlo. A veces. . .

-Iba a contar pero una vibración fuerte hizo caer más piedras por el
tobogán, que era la entrada, y uno dijo "socorro" y alguien "mamá", a lo que
comentó Viterbo que no jodieran, que no se dieran más manijas, que si no
muchos se iban a volver locos y que siguiera el bahiense la historia.

- A los perros les gustaría matarlo. De dañinos, más que por comerlo. Pero a
veces -decía- el peludo se atrinca en la cueva. Saca uñas y se clava a la
tierra y como tiene forma medio ovalada no lo podés sacar ni que lo enlacés
y lo hagas tironear con el camión. ¿Y sabés. . .? -preguntaba a la
oscuridad, a nadie, a todo- ¿Sabés como se hace para sacarlo?

- Con una pala, cavás y lo sacás. . , -era la voz del Ingeniero.

- ¡Nol ¡Más fácill: le agarrás la cola como si fuera manija con los dedos, y
le metes el dedo gordo en el culo. Entonces el animal se ablanda, encoge la
uña y lo sacás así de fácil.

- ¡Así se hace con el pichi! -confirmó el santiagueño, contento.

- ¡Y tienen cuevas hondas, hondísimas, de hasta mil metros, dicen. .
.! -comentó el Tucumano que casi nunca hablaba.

Nadie creyó. Seguían los bombardeos. Fumaban quietos y escuchaban. Pocos
querían hablar. El dijo con voz medio de risa, medio de nervios:

- ¡Mirá si vienen los británicos y te meten los dedos en el culo, Turco!

Algunos rieron, y otros, más preocupados por las bombas y por las
vibraciones, seguían quietos fumando, o sentados contra las paredes de
arcilla blanda y la cabeza entre las piernas. De a ratos les llegaba el
zumbar de los aviones y el tableteo de la artillería del puerto. Era pleno
día sobre el cerro. Tenían hambre, abajo, en el oscuro.



Capítulo V (Fragmento)

La mañana siguiente, mientras esperaban las noticias de afuera, sacaron a
Pipo del almacén y los cuatro reyes se encerraron entre las bolsas y los
cajones que rodeaban la estufa. Viterbo cebaba. Pasó el mate. Le mandó al
Turco:

- Yo cebo, vos hablá.

- Nada -dijo el Turco. Los miraba a él y al Ingeniero y les decía: Quiquito
y vos tienen que decidir. ¿Cuáles son los peores?

- ¿Los peores qué?

- Los peores pichis.

- Para mí, Manzi, Galtieri y el Marino. Por ahí Acosta . . -dijo el
Ingeniero.

- Yo igual, Manzi, el Marino, Galtieri, el Uruguayo. . .

- No, el Uruguayo no -dijo el Turco.

- ¿Y Manzi?

- Sí, ese sí es de los peores.

El Turco dijo que sobraban pichis. Viterbo cebaba. El preguntó que qué iban
a hacer y Viterbo dijo "nada, sacarlos".

- Dárselos a los ingleses. A los otros se les dice que los llevaron los
ingleses. . . .

- ¿A los ingleses? -Preguntó él, no por saber, porque ya sabía.

- Sí. Ponele que a los ingleses. . .

Fingió creer. Pidió que le pasasen un trago de Tres Plumas y tuvo lástima
por Galtieri, pero pensó que los demás tenían razón. Ese pibe no iba más.
Había ya varios que no iban más. Peores que el Marino eran.

Arriba había un alboroto.

- ¿Qué pasa? -gritó el Turco.

- Llegaron -dijo Pipo, que cubría la guardia.

Habían llegado dos que salieron a mirar y a hacer agua con nieve.

Cerca de allí habían encontrado una patrulla helada. Los habían revisado y
traían para los pichis una brújula, un largavistas, cuatro relojes y un
encendedor de plata.

- El encendedor pasa a sorteo -propuso Núñez, que lo había encontrado.

- Para la mierda que te va a servir. . . ¡Si es a gas! -contestó Viterbo.

- ¿Y eso qué?

- Cómo qué, ¿Con qué lo recargas?

- Eso se consigue.

- Bueno, quedátelo, dijo Viterbo y consultó con un vistazo al Turco que hizo
que sí.

Es notable -dijo García:- los tipos mueren, pero los relojes siguen andando.
. .

(.)¿Quién se iba a impresionar por una muerte, por un muerto?

Esa tarde, cuando oscureció, García y el Turco salieron con los otros para
los británicos. Les habían dicho que los necesitaban para cargar más cosas y
ellos creyeron. Adentro, algunos pichis entendieron, otros no. Nadie habló
de ellos y cuando volvió el Turco solo con García todos festejaron por las
cajas nuevas de pilas que habían traído y por los cigarrillos, que ya
sobraban. Como nadie nombró a los pichis que faltaban, el Turco sacó el tema
y les dijo que habían quedado con los ingleses, en garantía, y todos
creyeron, o quisieron creer o hacer creer que creían: ¡Si ya habían visto
más muertos y muertes que las que se podían pensar habían pasado en este
mundo desde que es mundo¡¤



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