[R-G] Los escenarios pos FARC

Yoshie Furuhashi critical.montages at gmail.com
Fri Jul 11 09:57:29 MDT 2008


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Los escenarios pos FARC

Raúl Zibechi

ALAI AMLATINA, 11/07/2008, Montevideo.- En el primer semestre de 2008
se ha producido un fuerte viraje político, que le permite a las
derechas, locales y globales, y a las multinacionales, recuperar
posiciones y retomar la ofensiva. El viraje no se circunscribe a
Colombia, aunque tiene allí su epicentro mayor, sino que se extiende a
países como Argentina, Bolivia y Perú, pero en lo esencial afecta a
toda la región.

En Colombia, si alguna vez hubo algún equilibrio estratégico entre las
FARC y las fuerzas armadas, en los últimos meses se ha quebrado a
favor del Estado. La guerrilla perdió toda posibilidad de negociar un
acuerdo humanitario en condiciones favorables, no puede mantener
ofensivas militares ni políticas, sufre un agudo descrédito entre la
población y ya no cuenta con aliados significativos en la región ni en
el mundo. Aún así, lo más probable es que las FARC sigan adelante, con
menguada capacidad de iniciativa y con la probable fragmentación entre
sus mandos y frentes, como lo sugiere el desenlace de la liberación de
los 15 secuestrados.

La estrategia delineada por el Comando Sur y el Pentágono, y plasmada
en el Plan Colombia II, no contempla ni la derrota definitiva ni la
negociación con la guerrilla. Eliminar a las FARC del escenario sería
un pésimo negocio para la estrategia imperial de desestabilización y
recolonización de la región andina, a la que Fidel Castro definió como
"paz romana". Ese proyecto no puede llevarse a cabo sin guerra,
directa o indirecta, o sea sin la desestabilización permanente como
forma de reconfiguración territorial y política de la estratégica
región que incluye el arco que va de Venezuela a Bolivia y Paraguay,
pasando por Colombia, Ecuador y Perú.

Por un lado, se trata de despejar la región andina para facilitar el
negocio multinacional actual (minería a cielo abierto, hidrocarburos,
biodiversidad, monocultivos para agrocombustibles) que supone tanto la
apropiación de los bienes comunes como el desplazamiento de las
poblaciones que aún sobreviven en esos espacios. No estamos ante un
capitalismo, digamos, "normal", el que fue capaz en su momento de
establecer alianzas y pactos que dieron vida al Estado benefactor, en
base a la triple alianza entre Estado, empresarios nacionales y
sindicatos. Se trata de un modelo financiero-especulativo y de
acumulación por desposesión, que sustituye las negoaciones por las
guerras y la extracción de plusvalor por la apropiación de la
naturaleza. O sea, un capitalismo de guerra para tiempos de decadencia
imperial.

Este sistema asume la forma de capitalismo criminal o mafioso en
países como Colombia, porque no sólo es funcional a la guerra y al
robo, sino que ellas forman su núcleo central, su principal modo de
acumulación. Eso explica la alianza estrecha entre empresas privadas
de guerra, que cuentan en ese país con 2 a 3 mil mercenarios apodados
ahora "contratistas", con un Estado paramilitar como el que encabeza
Alvaro Uribe, asentado en la alianza con paramilitares y
narcotraficantes. En Colombia, a ese orden de cosas le han hecho
frente tres fuerzas: la guerrilla, la izquierda del Polo Democrático y
los movimientos sociales. La primera cree que puede vencer con las
armas o negociar con ese nuevo poder. El Polo desestima el papel de
Washington y de las multinacionales, como diseñadores y usufructuarios
del Estado paramilitar mafioso, y sobreestima por lo tanto los
márgenes democráticos. Los movimientos, por su parte, tienen grandes
dificultades para superar la escala local y sectorial y no están en
condiciones, por ahora, de erigirse en actores alternativos.

El Plan Colombia II fue el encargado de diseñar ese Estado militarista
y en este momento busca afianzarlo. Ahora que las FARC no representan
riesgo mayor para ese proyecto, aparece con claridad el objetivo de
largo plazo trazado. Lejos de abrir espacios para la negociación, como
desea la izquierda, el mensaje de los últimos meses indica un solo
camino: ni la paz ni la rendición les garantiza la vida a los
guerrilleros. O combaten y resisten o les espera el exterminio, como
sucedió a fines de la década de 1980. Se trata de golpear sus núcleos
territoriales para desplazarlos hacia las zonas fronterizas con
Venezuela y Ecuador, donde el Plan Colombia II aspira a convertirlos
en instrumento de la desestabilización regional.

Por eso Venezuela y Hugo Chávez adoptaron la estrategia de reducir la
tensión con el gobierno de Uribe. No se trata de una cuestión
ideológica, como pretenden algunos analistas. Ese debate vale para las
mesas de café o los despachos académicos, pero tiene escasa utilidad
cuando se trata de la sobrevivencia de proyectos de cambio social. Si
se consolida el proyecto imperial, toda la región sufrirá con la
polarización, de ahí la urgencia por desmontar los conflictos, tanto
en Colombia como en Argentina y Bolivia.

Un eventual triunfo de Barack Obama tampoco modificará las cosas.
Puede atemperar los rasgos más autoritarios del uribismo, lo que
explica el nerviosismo del gobierno de Bogotá y su solícita alianza
con el candidato republicano. Lo cierto es que los planes del Comando
Sur no dependen del inquilino de la Casa Blanca, y que estos apuntan a
promover una acción integral en la región que la convierta en una zona
estable y un baluarte inexpugnable para mantener la hegemonía
estadounidense a escala global. En suma, las elites imperiales aspiran
usar la fuerza de las armas para revertir su decadencia, que pasa por
la recolonización de América Latina. En un período como el actual,
sólo la movilización popular y las vías políticas pueden contribuir a
debilitar la ofensiva que viene del Norte.

- Raúl Zibechi, periodista uruguayo, es docente e investigador en la
Multiversidad Franciscana de América Latina, y asesor de varios grupos
sociales.




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